Pandemia, desempleo, pobreza: capitalismo sin salida

Nota de tapa de Política Obrera N°18

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Que el epicentro de la pandemia se haya instalado en los Estados Unidos comporta un juicio terminante para el capitalismo.

El virus puso al desnudo el desmoronamiento de los sistemas de salud, la cuestión básica de la humanidad.

El país capitalista más potente del mundo encabeza el ránking del desplome sanitario y económico mundial

Dejo al desnudo la insolvencia de las grandes compañías, forzando al Estado, deficitario y endeudado, a salir en su rescate – en detrimento de las necesidades básicas de los pueblos.

El dinero de esos rescates ha ido a operaciones financieras renovadas, como lo prueban la suba de las Bolsas en medio de la más poderosa caída de la producción en toda la historia – o a maniobras especulativas contra la propia moneda nacional.

Ha acentuado la puja entre las grandes potencias, los intereses nacionales de unos contra los intereses nacionales de otros, incluso con operaciones de guerra.

La presión del capital financiero sobre los países más débiles no cesa de crecer, al punto de llevarlos a la insolvencia y a la catástrofe social.

La pandemia ha detenido el movimiento cotidiano del capital, con cuarentena o sin ella.

El capital se repliega ante el golpe que reciben sus posibilidades normales de ganancias, aunque se encuentren a la orden del día, más que nunca, las necesidades de los trabajadores.

Hasta sus mayores protagonistas admiten que la humanidad se enfrenta a la necesidad de poner fin al capitalismo y a la dominación política de la burguesía mundial.

Bajo un gobierno de trabajadores, la industria habría sido reconvertida para atender las necesidades de salud, investigación médica, vivienda, infraestructura básica y educación.

Hoy lucran con las necesidades de salud los pulpos farmacéuticos y la medicina privada, encima subsidiada por dinero estatal.

Un gobierno de trabajadores habría establecido un protocolo de producción que defienda a la fuerza de trabajo, en lugar de minimizar los costos del capital.

Habría establecido un régimen de trabajo de seis horas, en especial para el personal de salud, para facilitar el distanciamiento social en los diferentes turnos.

Habría fomentado una solidaridad y coordinación internacional, con los trabajadores de todos los países, para acelerar las investigaciones virológicas, hallar una vacuna, y reconstruir el trabajo en función de la protección del ser humano y el ambiente natural.

En lugar de financiar las cuarentenas con préstamos usurarios de bancos y fondos de inversión, a tasas usurarias y con renegociaciones de deuda impagables, habría movilizado los recursos productivos mediante dinero público sin intermediación, para ser usado en la actividad social, bajo control de los trabajadores.

¿Es posible esta alternativa? Alcanza con observar las rebeliones populares crecientes que surcan el mundo entero, para llegar a la conclusión que una revolución está en marcha.

Hace falta un programa, una estrategia, y propósito y determinación.

Por la unidad de la clase obrera internacional, por gobiernos de trabajadores.

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