Lipcovich y las justificaciones teóricas del aparato

Escribe El Be

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En un reciente artículo, Alejandro Lipcovich ha prendido las alarmas contra una supuesta revisión de la concepción del partido por parte de Altamira. Lamentablemente, en su artículo encontramos menos desarrollo teórico que un intento vano de forzar posiciones y falsificarlas. La exposición de un militante ante tan burda maniobra sólo puede explicarse cuando se indaga qué es lo que está defendiendo en el fondo de su argumentación. De esta forma, tal vez podamos sacar algo provechoso de esta polémica.

Culto al aparato

Lipcovich se horroriza con la afirmación de Altamira de que "se han producido más revoluciones sin que las dirija un partido que lo contrario". El articulista no siente necesidad de fijar posición sobre esta aseveración, no la refuta ni dice si es verdadera o falsa, sino que sostiene que, para un revolucionario, esto no tiene ninguna importancia.

“Para un revolucionario no se trata de verificar que se desencadenan situaciones revolucionarias, con o sin intervención de partidos, sino cuáles son las condiciones para lograr que triunfen y cómo trabajamos para construirlas”.

No puede resultar llamativo que los que sostienen que no tiene importancia "verificar que se desencadenan situaciones revolucionarias" son los mismos que sostuvieron que no se verificaba ninguna situación revolucionaria, siquiera potencialmente, en el horizonte latinoamericano hace apenas unos pocos meses. Los motivos de esta falta de precisión fueron los mismos que guían el texto de Lipcovich: no existían partidos revolucionarios independientes, por lo tanto, no había perspectivas revolucionarias, según nos decían. Como "no se trata de verificar", entonces no tiene ninguna importancia que los que orientaron su política en base al "planchazo" de las luchas se hayan visto sorprendidos por luchas y rebeliones por doquier, desmintiendo sus caracterizaciones. Una vez que los hechos desmintieron al aparato oficial del PO, nos encontramos con que "no se trata de verificar", sino de hacer triunfar las revoluciones. ¡Buenísimo! La pregunta es cómo un partido pretende contribuir siquiera algo a ese triunfo cuando dormía la siesta electoral y negaba las potencialidades revolucionarias en el país y en el continente. Pero en el razonamiento de Lipcovich y del aparato del PO, estos procesos objetivos carecen de interés para un revolucionario ya que el partido no se forja al calor de los procesos históricos objetivos, por lo que no hay necesidad de verificarlos, sino que es el demiurgo de esos procesos. El culto al aparato aún no ha tocado su techo.

Los que no han siquiera podido “verificar” las situaciones revolucionarias del continente, ahora nos vienen a dar lecciones de cómo hacer que esos levantamientos triunfen. Para un partido revolucionario, el hecho elemental de que las revoluciones son procesos objetivos es la piedra angular de su práctica revolucionaria, desde allí parten sus caracterizaciones y su actividad. Sin una caracterización de los procesos objetivos de la presente etapa, dominada por guerras y revoluciones, el partido carece de una orientación adecuada. La militancia revolucionaria tiene una relación dialéctica con los procesos objetivos: es condicionada por ellos a la vez que interfiere en los mismos para incidir en el curso de la historia. Que una organización tome este hecho (que las revoluciones suelen escapar a sus directivas) como una ofensa y un cuestionamiento a su misma existencia habla a las claras de un razonamiento de aparato que está reñido con los procesos históricos.

Febrero y Octubre

Altamira da el ejemplo claro de la revolución de Febrero de 1917 en Rusia. Explica que ningún partido dio la orden de la insurrección y de la creación de soviets, pero que fue justamente este proceso el que abrió nuevas perspectivas y posibilidades para el desarrollo de un partido revolucionario. La revolución de Febrero no fue para Lenin un hecho que, por encontrarse fuera del control de su partido, refutaba la necesidad de un partido revolucionario, como lo es para Lipcovich y el aparato del PO. Más bien al contrario. Fueron las Tesis de Abril de Lenin las que produjeron un giro en el Partido Bolchevique, cuya dirección se encontraba embarcada en el apoyo al gobierno burgués de Kerensky. Fue el giro político de la revolución de Febrero lo que hizo a Lenin comenzar a hablar de lo obsoleto del “viejo bolchevismo”. Las revoluciones que hacen las masas sin un partido que las oriente no descartan la necesidad de un partido, sino que le dan un marco de acción para que desarrolle su potencial revolucionario y deseche sus obsolescencias. Si Lenin y el Partido Bolchevique pudieron dar este giro fue porque entendían que su acción política estaba guiada por la marcha de los procesos objetivos y no al revés, es decir, no esperar a que la historia se desarrolle con acuerdo a un esquema o una planificación de antemano creada por un aparato inmutable. Esto es lo que le permitió comenzar a hablar del “viejo” y el “nuevo” bolchevismo, a la luz de los acontecimientos objetivos.

Contrariamente a la idea de un aparato prefabricado que se encuentra listo en todo momento y en todo lugar para acaudillar las insurrecciones de las masas y guiarlas a su triunfo, fue al calor de un proceso objetivo, la revolución de Febrero, que el Partido Bolchevique pudo transformarse definitivamente en el partido de la revolución. En este sentido, Altamira afirma en el Responde que "en la comprensión del giro político que presenta un proceso de este tipo (revolucionario) es que un partido arriba a una madurez completa para orientar una determinada revolución". De esta forma explica que en el mismo proceso que abrió el triunfo de la revolución de Febrero se construyó una salida victoriosa, es decir, la de Octubre. Lipcovich omite esta parte, recorta la exposición y sostiene que Altamira menciona Febrero de forma "aislada" y de "forma abstracta como 'triunfante'" y, por lo tanto, Altamira se convierte, en palabras de Lipcovich, en un stalinista de la “revolución por etapas”, en un morenista de la “revolución democrática”, en un celebrador de las “revoluciones expropiadas por la burguesía” y "tira al tacho de basura la teoría de la revolución permanente y el Programa de Transición". En este recorte burdo y mal disimulado, Lipcovich presenta a Altamira como un enemigo de la construcción del partido, lo que lo asimilaría al "pablismo y en su versión más grotesca el posadismo" quienes "tributaron en la concepción de que los tiempos históricos de la construcción de partidos revolucionarios estaban agotados y había que valerse de las organizaciones políticas disponibles, sean los movimientos nacionalistas, de centroizquierda o estalinistas". En conclusión, siguiendo al aparato del PO, Altamira se habría convertido en un teórico burgués, un estalinista, un centroizquierdista, un morenista, un pablista y un posadista. ¡Todo al mismo tiempo!

Lipcovich recurre a Marx para explicar que “no alcanza simplemente con que se desaten revoluciones 'objetivas'. Para definir su desarrollo posterior, la constitución de un partido propio es ineludible. Llamativamente, el Altamira de 2019 soslaya este aspecto fundacional del marxismo y también del PO, incluso en polémica con otros grupos de izquierda”. Es sorprendente que un militante exponga así su nombre para poner su firma a un recorte manipulado y una falsificación de posiciones políticas que es tan fácil de refutar con sólo abrir el video y escuchar lo que el propio Altamira sostiene sobre el rol del partido, como fue citado más arriba. Altamira, además, marca los límites del proceso objetivo cuando explica que es sobre éstos que se deben construir las salidas victoriosas – es decir, Octubre se construye sobre la perspectiva abierta por Febrero, cuando el partido Bolchevique logra alcanzar su madurez –, e incluso más allá, ya que “luego se desarrolla una perspectiva triunfante de revolución, porque la captura del poder político no es el final de una experiencia revolucionaria”.

De esta manera, el grueso del texto del Lipcovich se desarrolla polemizando con los fantasmas que él mismo ha creado. Dice que las afirmaciones de Altamira sobre Febrero “es un culto al espontaneísmo”. Lipcovich toma la expresión de Altamira cuando dice en el Responde “¿Qué partido político dirigió la Revolución de Febrero en Rusia? Ninguno”. Pero a continuación afirma “NO POR ESO FUE UNA REBELIÓN ESPONTÁNEA”. Esta parte Lipcovich la ignora olímpicamente para poder afirmar que Altamira realiza un culto al espontaneísmo. Estamos, como se ve, no ante un polemista sino ante un estafador. De esta manera, una polémica que podría haber contribuido a esclarecer posiciones se torna en la desmentida de una maniobra falsificadora.

Propaganda y revolución

La conclusión de Lipcovich es que Altamira sufre una “involución de la lucha por construir un partido de combate a la de una secta propagandística”. Nos advierte en todo el artículo contra el mal de “vegetar como una secta de propaganda” y contra “una acción propagandística que esconda la desmoralización”, etc. Para colmo de males, Lipcovich se vale de innumerables citas recortadas para contraponer posiciones que no se contraponen, un viejo método del estalinismo. Cita una frase de la Historia de la Revolución Rusa de Trotsky para enfrentarla con Altamira. “A la pregunta formulada más arriba ¿Quién dirigió la insurrección de Febrero?, podemos, pues contestar de un modo harto claro y definido: los obreros conscientes, templados y educados principalmente por el partido de Lenin”. Lo que no nos explica Lipcovich es cómo es que logró el partido de Lenin templar y educar a la clase obrera. Por supuesto que el articulista no se tomó la molestia de ampliar la cita y desarrollar lo que el propio Trotsky decía sobre sobre esto unos párrafos atrás:

“(...) Era necesario contar, no con una masa como otra cualquiera, sino con la masa de los obreros petersburgueses y de los obreros rusos en general, que habían pasado por la experiencia de la revolución de 1905, por la insurrección de Moscú del mes de diciembre del mismo año, que se estrelló contra el regimiento de Semenov, y era necesario que en el seno de esa masa hubiera obreros que hubiesen reflexionado sobre la experiencia de 1905, que supiera adoptar una actitud crítica ante las ilusiones constitucionalistas de los liberales y de los mencheviques, que se asimilaran a la perspectiva de la revolución, que hubieran meditado docenas de veces acerca de la cuestión del ejército, que observaran celosamente los cambios que se efectuaban en el mismo, que fueran capaces de sacar consecuencias revolucionarias de sus observaciones y de comunicarlas a los demás. Era necesario, en fin, que hubiera en la guarnición misma soldados avanzados ganados para la causa o, al menos, interesados por la propaganda revolucionaria y trabajados por ella”. Es decir, era necesaria la combinación los desarrollos objetivos de los procesos revolucionarios con la acción propagandística del partido para sacar conclusiones políticas de esas experiencias históricas. O, en palabras del Lipcovich y el aparato del PO, era necesario “verificar” las situaciones revolucionarias y la actividad de las “sectas propagandísticas”.

Lipcovich no entendió el problema de la relación entre espontaneidad y dirección. Febrero fue espontáneo en la medida en que ningún partido digitó el levantamiento; pero no lo fue en la medida en que la labor propagandística del partido bolchevique al calor de las experiencias revolucionarias previas fue fundamental para la acción de las masas en el desarrollo de esos acontecimientos. La aversión y el desprecio hacia los levantamientos que no son digitados por un partido es una concepción propia del estalinismo, que calificaba de “espontaneísta” a todo lo que escapara a sus manos. Con esta concepción, el estalinismo se jugó a fondo por la derrota de todas las revoluciones del mundo de posguerra, incluida la cubana. Los aparatos, como se ve, le temen como a la muerte a todo lo que no pueden encorsetar en sus esquemas. La expulsión de más de 1.000 militantes del PO es una prueba de ello.

El aparato y la Tendencia

¿A dónde apuntan, entonces, todas estas falsificaciones y manipulaciones de Lipcovich? El autor nos da la respuesta: “Al reducir la revolución únicamente a su carácter 'objetivo', Altamira muestra la desmoralización política que está detrás de su devenir rupturista, que no es más que el abandono de la tarea de construir el partido revolucionario.”

Nos encontramos ante un verdadero estafador. Lipcovich es miembro de la Comisión de Control que montó la provocación contra Ramal en el XXVI Congreso, avaló el espionaje y no encontró una sola irregularidad en las más de 1.000 expulsiones de compañeros. Ni uno solo de los casos de expulsión fue motivo de investigación por parte de una comisión que se convirtió en un tribunal inquisidor contra sus propios compañeros. Luego de avalar el espionaje, Lipcovich y la Comisión de Control citaron a Ramal para realizar un interrogatorio acerca del contenido de los mails espiados. Lipcovich ha demostrado ser un resorte del aparato en todo terreno, cuando se presentó en la asamblea de Músicos Organizados junto con otros miembros del buró de Mitre para ganar una votación escandalosa. Luego de este accionar, procede a una justificación “teórica” de su propia existencia como aparato y de su propia conducta. Luego de proceder a expulsiones de todo tipo y manipulación de votaciones, realiza un autobombo del aparato y resignifica su lugar en la historia y en los procesos revolucionarios. Frente al “espontaneísmo” de las asambleas de músicos, el aparato fue y puso las cosas en su lugar, para corregir el devenir histórico del proletariado. El cinismo toca ciertos límites cuando le atribuye a los más de 1.000 compañeros expulsados un “abandono de la tarea de construir el partido”. La conformación de la Tendencia y su abrupto desarrollo reflejan más que nunca la necesidad histórica de construcción de un partido revolucionario. Mal que le pese a Lipcovich y al aparato del PO, esta tarea no ha sido abandonada por los militantes de la Tendencia, sino que la han vuelto más vigente y necesaria que antes.

El artículo de Lipcovich sobre Altamira remarca cinco veces la palabra “desmoralización” para referirse a la Tendencia del PO. La insistencia del articulista en calificar de esta forma se asemeja a los golpes que un niño les propina a dos piezas de un rompecabezas que no quieren encajar. Se pueden criticar muchas cosas a la Tendencia, pero hablar de “desmoralización” no puede ser más que una expresión de deseos frente a la actividad resuelta de compañeros que de la nada misma han cerrado un año con innumerables logros organizativos y políticos, fruto de denodados sacrificios.

Que viva la clase obrera latinoamericana.

Por un 2020 socialista.

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