Estados Unidos: ya votaron casi cincuenta millones de electores

Escribe Norberto Malaj

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Por sus características el filo-fascista Trump no puede ‘tirar la toalla´, y por esto se empeña en una batalla que todos los analistas ya dan por perdida en el terreno electoral, pero que se hará cada vez más aguda en el marco de la pandemia capitalista.

El gran capital yanqui ya votó: Trump se ha quedado sin fondos de campaña. La “campaña (de Trump) —dice The Guardian (17/10)— se ha visto obligada a retirar la publicidad en los estados más disputados después de quedarse sin efectivo, incluso cuando Biden rompe récords de recaudación de fondos”.

El desempleo y salud pública se ha transformado en un “peor imposible”. Se esfumó la promesa de la vacuna contra la pandemia para antes de las elecciones. Trump se ha lanzado a un furioso ataque contra el asesor en salud del estado, el epidemiólogo V. Fauci, en un intento desesperado de minimizar la curva creciente de contagios y muertes en Estados Unidos. Trump ha hecho mitines públicos en el estado de Michigan, donde se reveló un plan supremacista para asesinar a la gobernadora, del partido Demócrata, con discursos que han buscado justificar esa conspiración magnicida.

La burguesía yanqui pegó claramente un giro, consciente de que no es hora aún de recurrir a las bandas supremacistas y al fascismo sino a los métodos de la Teamsters— en los sindicatos, así también como para perpetuar la opresión negra-racial y de otras minorías. El partido demócrata ha sido cómplice desde Roosevelt y Trump ha destruido virtualmente al partido republicano. Según dejan traslucir las informaciones, Estados Unidos conocerá este año una asistencia electoral sin precedentes, cuando en muchas ocasiones no ha llegado a participar ni la mitad del padrón o hasta solamente un 40 por ciento. El voto por correo y el voto adelantado ya es un récord. Bajo el ropaje de una vieja institución de la democracia, incluso hacia un candidato de la burguesía imperialista, como Biden, se sigue desarrollando una tendencia a la rebelión popular.

El aluvión de votos por correo supera los 30 millones. Según el corresponsal de The Guardian en Washington “las encuestas de opinión ponen a Trump en peligro de una derrota humillante” (17/10). “Biden lidera por 17 puntos porcentuales en una encuesta de Opinium Research, 16 puntos en una encuesta de CNN y 11 puntos en una encuesta de NBC News/The Wall Street Journal. El último presidente en ejercicio que sufrió tales déficits fue el último presidente en ejercicio que perdió: George H.W. Bush, derrotado por Bill Clinton en 1992” (íd.). En esto el diario se equivoca – mayor fue la paliza que Johnson le propinó al republicano Goldwater, un candidato del fascismo, en 1964. Probablemente será la participación más alta en cien años en este país y será un baño de sangre para los republicanos´” (ídem).

Mientras tanto en el Congreso sigue a toda marcha el proceso que consagraría, antes del 3/11, a la candidata derechista y anti-abortista de Trump a la Corte. El 17/10 “miles de personas marcharon frente a la Corte Suprema de Justicia, en Washington, para... manifestarse en contra del apuro del presidente por imponer a su reemplazante” (La Nación, 18/10). Amy Coney Barrett, esa “reemplazante”, integra el grupo evangelista de extrema derecha People of Praise: el mismo acaba de ser acusado, por ex miembros, de ser una secta satánica de abusos y tormentos sexuales (The Guardian, 21/10).

Los medios informan que Trump se valdrá de un cuestionamiento a los votos por correo o por adelantado, para provocar un escenario de crisis política en los comicios. Una acción semejante introduce a Estados Unidos en diferentes escenarios alternativos. Por un lado, poner la piedra bastimal a una corriente fascista que intentaría explotar una profundización de la crisis de conjunto en el país; también provocar una división del partido republicano. El vacío que dejaría la derecha serviría para exponer las contradicciones del partido demócrata, que se anticipó en una perspectiva similar cuando Bernie Sanders parecía contar con viento de cola. Una ruptura del bipartidismo sería un paso en una disgregación política de alcances mayores.

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