De la primera a la segunda vuelta: por un voto clasista anti-Bolsonaro y anti-Centrão

Escribe Evandro Maia

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El balance de la primera vuelta de las elecciones municipales es inequívocamente una derrota para Bolsonaro, sin partido y sin candidatos victoriosos en ninguna de las capitales. El golpe contra el gobierno ha sido tan extenso que los candidatos otrora campeones del bolsonarismo se esfuerzan ahora para disociarse del presidente de pies fríos. Bolsonaro hizo campaña para 59 candidatos, de los cuales apenas nueve fueron elegidos. De los 13 candidatos a intendentes que contaban con el apoyo electoral de Bolsonaro, solo dos llegaron a segunda vuelta (Río de Janeiro y Fortaleza) y otros dos fueron electos en ciudades del interior de Piauí y Minas Gerais. El acto electoral también estuvo marcado por una operación de bolsonarismo, ejecutada desde el exterior. A través de un ataque de hackers sin precedentes contra los sistemas de justicia electoral y una furiosa campaña en las redes sociales, los bolsonaristas prepararon el escenario para cuestionar la confiabilidad del voto electrónico y reavivar la demanda de voto impreso.

Bolsonaro explicó sus planes en la mañana del lunes 16 de noviembre, tuiteando que “con un sistema de votación mejor” conquistará la reelección en 2022. Políticamente devaluado, cuenta con el aparato policial y las dificultades de fiscalización que provocaría el voto impreso, para intentar una gigantesca operación de fraude, carta que ya había jugado en 2018 cuando, a la Trump, anunció que solo reconocería un resultado ganador. El ensayo general de este operativo fue la elección en Río de Janeiro, donde los paramilitares -que, como mostró un estudio reciente, controlan el 57% del territorio de la ciudad- condicionaron los votos en las comunidades, a favor de Crivella y Paes, con base en la intimidación a mano armada. El objetivo estratégico de la política de los paramilitares es establecer las condiciones para un sistema permanente de fraude, basado en la violencia política. De hecho, esta primera vuelta ha sido una de las elecciones más violentas de la historia del país, con al menos 90 candidatos asesinados y más de un centenar de heridos.

Entre los vencedores de la primera vuelta se destacan los partidos del Centrão. Valiéndose del ciclo de “lucha contra la corrupción”, los partidos más venales del país se encuentran entre los que más progresaron respecto a 2016: el PP pasó de 495 a 682 intendencias y el PSD de 537 a 650. El otro gran beneficiado fue el DEM, que pasó de 272 a 440. Desde el punto de vista de la situación política general, el resultado significa que el gobierno, que ya dependía del Centrão, a partir de ahora será totalmente rehén de las exigencias materiales y de poder de este sector. Los movimientos políticos concretos deben esperar la definición de la segunda vuelta, pero, a través de Ricardo Barros (PP), líder del gobierno en la Cámara de Diputados, se expresó la ambición de tomar el control del gabinete ministerial. La derrota de Trump ya había devaluado el precio de la cabeza de Ernesto Araújo en el Itamaraty ( ministerio de relaciones exteriores) y Ricardo Salles en Medio Ambiente, pero Centrão también va en busca de los voluminosos presupuestos, como los de Salud, Minas y Energía e Infraestructura, actualmente bajo el control de los militares. La gran pregunta es el destino de Paulo Guedes, con un rediseño ministerial que dejaría el equilibrio de poder en el gobierno claramente a favor del ala “intervencionista”, centrada en el ministro de Desarrollo Regional, Rogério Marinho.

Rodrigo Maia estimó que el resultado de la primera vuelta mostró que el ciclo que eligió a Bolsonaro en 2018 debe repetirse "solo en 30 o 40 años", haciéndose eco de un giro político que se multiplica entre los voceros de la gran burguesía, alejándose de Bolsonaro. Empieza a tomar forma una sustitución que apuntaría a reeditar, en otras condiciones, el bloque PSDB-PMBD-DEM, que sustentaba el ciclo FHC, cuyo eje se manifiesta en la campaña de Bruno Covas bajo el lema "contra el radicalismo". Esta perspectiva encuentra eco en las Fuerzas Armadas, donde existe una demanda creciente de distanciarse (y lavarse las manos) del gobierno de Bolsonaro, alegando que "el país vota en contra de los extremos". La apuesta para recoger las viudas del bolsonarismo entre la burguesía y el aparato militar y, con ello, aggiornar este plato recalentado, pasa por negociar la inclusión de Sergio Moro en el panel, posiblemente con algún "outsider", tipo Luciano Huck, como abanderado.

En la izquierda, el resultado electoral ratificó el desmantelamiento de las bases obreras a nivel político. El PSOL, que aparece como la fuerza de una supuesta renovación de la izquierda y la estrella de las elecciones, ganó solo 4 intendencias (contra 2 en 2016) de las 5.567 en juego. El PT, con alianzas a la izquierda y a la derecha, ganó 179, contra 630 en 2012 y 254 en 2016. El PT hizo alianzas en 85 municipios con el PSL, el partido ultraderechista que llevó a Bolsonaro a la presidencia. Dígase, de paso, que la claque bolsonarista, después de dejar el PSL por problemas de caja, se refugió para candidatearse con los Republicanos, el partido fundado por José Alencar, cuando era vicepresidente de Lula.

Los análisis de la izquierda del resultado oscilaron entre un balance triunfalista superficial y despolitizado, por un lado, o atribuyendo el paso de Boulos a la segunda vuelta a un mero fenómeno mediático. En verdad, el hecho de que Boulos emergiera como una nueva figura con proyección nacional muestra que para que algo nuevo surgiera en la izquierda, tenía que estar conectado de alguna manera con la movilización de masas. Aunque de manera distorsionada, Boulos representa un emergente del principal movimiento de lucha popular (MTST) que surgió en el contexto del ciclo del PT y su intento de integrar todas las organizaciones de masas al Estado capitalista. El MTST solo logró despertar el interés real de sectores de la clase trabajadora en la lucha por la vivienda, diferenciándose del PT. Habiendo obtenido una plataforma política a partir de esa experiencia, Boulos ahora se esfuerza por ser aceptable para la burguesía insatisfecha con los desmanes de Bolsonaro (“ocupamos propiedades para defender la propiedad”).

En perspectiva histórica, el "fenómeno" Boulos y PSOL son el resultado del silenciamiento de la clase trabajadora en la arena política y su sustitución por los "excluidos", los "pobres", la lucha por la "ciudadanía". En otras palabras, el proceso de despolitización promovido en el ciclo del PT por la apuesta estratégica de la dirección del PT por sofocar y neutralizar cualquier tendencia a la independencia de clase en la vida social y política brasileña.

La supuesta superación del PT que pretendía encarnar el PSOL reforzó este proceso y lo complementó con el dominio de la política identitaria sobre cualquier expresión de clase. No debemos olvidar que esta elección se desarrolla en medio de una profunda crisis social, sanitaria, económica y política, con un gobierno profundamente antiobrero que se encuentra estancado y sin rumbo. En estas condiciones, la clase trabajadora está ausente como expresión política en la disputa electoral, incluso en condiciones en las que el segundo partido más grande del país (el PT) controla la mayor central sindical de América Latina (la CUT).

Las organizaciones obreras brasileñas todavía siguen en pie, pero no tienen ninguna estructuración política, lo que es el resultado de toda una trayectoria consciente del lulismo en los últimos 30 años. Los bloques ganados por el PSOL en los concejos deliberantes de São Paulo y Río están dominados por candidaturas de carácter identitario, con demandas democráticas y sin candidatos obreros o de clase. En otro nivel, como reflejo de todo este proceso histórico, cabe señalar también que el PSTU, que controla Conlutas, una central que agrupa a varios sindicatos importantes a nivel nacional y regional, tuvo un voto marginal, lo que indica que obtuvo pocos votos de su influencia inmediata en los medios obreros.

La candidatura de Boulos, que pasa a segunda vuelta en São Paulo, sin duda el hecho más significativo de la elección, no es una candidatura de clase, por su programa o contenido social. Sin embargo, es necesario analizar si el voto a Boulos puede representar un canal de movilización en la lucha contra Bolsonaro. En el contexto de desorientación y debilidad de las organizaciones históricas del movimiento obrero y popular, es evidente que la inmensa mayoría de los luchadores nutren una expectativas en la victoria de Boulos. Con las particularidades de la elección de São Paulo, claramente representa una candidatura contra Bolsonaro, y una victoria de esta daría un nuevo impulso a la crisis de gobierno. Con distintos matices, se puede realizar un razonamiento similar respecto a la segunda vuelta en Belém, con Edmilson Rodrigues (PSOL) contra un candidato de las milicias paramilitares; en Porto Alegre, con Manuela D’Ávila (PCdoB); y en cierta medida en Recife, con Marília Arraes (PT). Un caso completamente diferente es el de Río de Janeiro, donde la segunda vuelta entre Crivella y Eduardo Paes presenta a dos candidatos bolsonaristas (uno explícito, otro por contrabando) que deben ser rechazados por igual. Crivella era el candidato original de Bolsonaro, pero la perspectiva de la derrota llevó a las bases del bolsonarismo (los paramilitares) a operar abiertamente por la victoria de Paes. El récord de abstenciones y votos nulos en Río reflejó una conciencia generalizada, entre los estratos más politizados de los trabajadores de Río, de que se montó una trampa podrida, que merecía un fuerte repudio político.

Comprensiblemente, el escenario de la segunda vuelta abrió un debate entre el activismo sindical clasista juvenil; no son pocos los que defienden el voto nulo en todos los casos, argumentando que votar por candidatos de izquierda frentepopulista no constituye un voto de clase. Sin embargo, desde el punto de vista metodológico, la definición en relación al voto debe partir de la caracterización de la situación política y no de una simple cuestión doctrinal. El cuadro electoral, en el contexto de la crisis, indica que estamos en una fase de transición hacia un 2021 que presagia (con la paulatina "normalización" que vendrá a medida que se desarrolle la vacunación) un escenario de grandes luchas de masas.

En la agenda estará la disputa sobre quién paga la cuenta de los generosos subsidios recibidos por los bancos y empresas, y también la materialización del inmenso descontento popular frente a los crímenes de Bolsonaro y su gobierno, contenido este año por los límites impuestos por la pandemia. La cuestión de la votación en la segunda vuelta debe responderse desde este ángulo. La preparación política de la lucha por Fuera Bolsonaro, más vigente que nunca, exige un voto subordinado a ese objetivo. Anular el voto es ponerse al margen del problema y permanecer ajeno a las aspiraciones de la mayoría de trabajadores y luchadores. Esto no significa ningún apoyo a los eventuales gobiernos de Boulos, Edmilson o Manuela, sino apenas un paso necesario en la transición para un grupo de luchadores en torno a un programa independiente, para disputar la dirección política de la grandes luchas que se avecinan.

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