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A 75 años de la nacionalización del petróleo en Irán

Escribe El Be

Dos años después la CIA daba un golpe de Estado y restituía la monarquía hasta 1979.

Tiempo de lectura: 22 minutos

En marzo de 1951, hace 75 años, Irán llevó adelante la nacionalización del petróleo, hasta entonces en manos británicas gracias a una concesión leonina de principios de siglo acordada con el sha de Persia (monarca equivalente al zar de Rusia). Se trataba de la tercera reserva petrolífera más grande del mundo y la compañía petrolera era segunda exportadora mundial de crudo. Huelgas de masas y movilizaciones multitudinarias impusieron la nacionalización, contra la política de claudicación de la monarquía. Las acciones de las masas iraníes no sólo impulsaron la nacionalización de la industria petrolera, sino que además atacaron a la monarquía y obligaron al sha a exiliarse en el extranjero. La medida se tomó en un contexto de luchas anticoloniales de masas que se produjeron luego de la Segunda Guerra Mundial, no sólo en Medio Oriente. Los poderes del sha serían restituídos junto con la reprivatización del petróleo dos años después, mediante un golpe de Estado perpetrado por la CIA y el MI6 (servicio secreto británico) que impondrían una dictadura represiva para aplastar a las masas iraníes y que duraría hasta la revolución de 1979.

La dominación imperialista en Persia

La historia del petróleo en Irán (Perisa antes de 1935) comenzó con la famosa e infame Concesión D’Arcy, que, a su vez, fue el preludio de la formación de la Anglo-Persian Oil Company (APOC). La dinastía que gobernaba la nación persa desde hacía tres siglos, los Qajar, llevaban adelante una política de concesiones al capital extranjero desde fines del siglo XIX, principalmente a los dos imperios que cernían su poder sobre la región: el británico y el ruso. “Empresas británicas adquirieron el derecho a dragar y navegar por el río Karun; construir carreteras y líneas telegráficas en el sur; financiar fábricas de alfombras en Isfahán, Bushire, Sultanabad y Tabriz; establecer el Banco Imperial con control total sobre la impresión de billetes; y, lo más importante, la concesión para perforar en busca de petróleo en el suroeste. (...) Empresas rusas compraron el derecho a pescar en el mar Caspio; dragar Enzeli; perforar en busca de petróleo en el norte; y construir carreteras y líneas telegráficas que conectaran sus fronteras con Teherán, Tabriz y Mashed” (Ervand Abrahamian, “A history of modern Iran”). La influencia británica y rusa sobre Persia se remontaba a comienzos del siglo XIX y, luego, al período del “Gran Juego” (la rivalidad entre los imperios británico y ruso del siglo XIX por la influencia en Asia Central) y la guerra Anglo-Persa de 1956-57 (que Marx y Engels analizaron en los artículos escritos para el New York Daily Tribune). Pero, hasta comienzos del siglo XX, ninguna de las colonias británicas en el mundo producía ni mostraba indicios de llegar a producir petróleo, indispensable para el dominio de los mares.

En 1901, William Knox D’Arcy, un especulador del oro en Australia, compró al sha Muzzaffar al-Din los derechos exclusivos por sesenta años para explorar, extraer, refinar y exportar todos los productos petrolíferos del país (con la excepción de las provincias fronterizas con Rusia). A cambio, el sha recibió 20.000 libras esterlinas en efectivo, otra cantidad similar en acciones de la compañía y la promesa de regalías por el 16% de las ganancias netas anuales. Si bien el contrato favorecía los intereses británicos a cambio de poco más que migajas, esto se agudizó cuando se encontró que Persia contenía el yacimiento petrolífero más grande jamás descubierto hasta entonces. Los líderes británicos, que no tardaron en comprender el alcance de este descubrimiento, armaron una nueva corporación, la Anglo-Persian Oil Company, que absorbió la concesión de D’Arcy y tomó el control de la petrolera en Persia. Desde entonces, los intereses de Gran Bretaña y la Anglo-Persian se fusionaron, en un clásico ejemplo de fusión entre capital y Estado de la época imperialista. La Anglo-Persian comenzó entonces la construcción de la que durante medio siglo sería la refinería de petróleo más grande del mundo en la isla desierta de Abadán, en el Golfo Pérsico.

En 1910, en medio de la carrera de las grandes potencias por el reparto del mundo, un acuerdo Anglo-Ruso dividió a Persia en “zonas de influencia”: Gran Bretaña se quedó con el suroeste y Rusia con el norte. Ambas potencias consolidaron aún más su dominio en 1914, cuando el gobierno británico envió tropas y ocupó todo el sur, para proteger las instalaciones petroleras del peligro del ejército otomano y de las tribus locales aliadas con las potencias Centrales, mientras que los rusos ocuparon el norte. Los británicos también se adentraron en Afganistán y el Golfo Pérsico. El imperio ruso, por su parte, se expandió hacia el sur, al Cáucaso y Asia Central y, tras derrotar a Persia en dos breves guerras, obtuvieron no solo concesiones económicas, sino también grandes extensiones de territorio en el norte. Los shas concedieron a cada una de las dos potencias privilegios comerciales, concesiones económicas, derechos extraterritoriales e influencia en la elección de ministros, gobernadores y hasta herederos al trono. En el libro “El imperialismo, fase superior del capitalismo”, de 1915, Lenin incluía a Persia entre las semi-colonias junto a Turquía y China, aunque el primero “se ha transformado ya casi del todo en colonia”. Al finalizar la Primera Guerra Mundial, Persia, excluida del Tratado de Versalles, firmó el infame Acuerdo Anglo-Persa de 1919, que convertía al país en un protectorado de hecho del imperio británico. El sojuzgamiento ruso se terminó con la revolución bolchevique de 1917. En 1918, Trotsky, como Comisario del Pueblo para Relaciones Exteriores, declaró oficialmente que, en lo que respecta a la Rusia revolucionaria, todos los tratados y concesiones impuestos a Persia por el zar eran nulos, lo cual se concretó en un tratado firmado en Moscú en 1921, que derogó todos los acuerdos de la Rusia zarista con el sha Persia y Gran Bretaña, y se devolvían a Persia todas las concesiones recibidas de su territorio al gobierno zarista. Sin embargo, la ocupación británica y rusa (bajo Stalin) se repetirá en la Segunda Guerra Mundial y, para supervisar la ocupación, Gran Bretaña abrió consulados en casi todas las ciudades, desplegando una presencia omnipresente.

La Anglo-Persian Oil Company dio prioridad a la Marina Real, que compró su petróleo con un gran descuento. La refinería de Abadán cubría el 10% de las necesidades de combustible de la Marina Real y la Real Fuerza Aérea en Asia, atracaba hasta doscientos buques cisterna al mes y poseía más de trescientos buques cisterna transoceánicos en todo el mundo. El Ministro de Relaciones exteriores Británico, Lord Curzon, dijo entonces que los Aliados “navegaron hacia la victoria sobre una ola de petróleo”. Los beneficios de la empresa estaban alcanzando niveles astronómicos, aunque los métodos que utilizaba para calcular los derechos del 16% que debía pagar a Persia se volvían cada vez más cuestionables. El pago de regalías, para 1920, fue de 47.000 libras esterlinas; una migaja, teniendo en cuenta que su producción era la más grande de Oriente Medio y la cuarta del mundo (después de la de Estados Unidos, la URSS y Venezuela), sus exportaciones de crudo eran las segundas más grandes del mundo (después de las de Venezuela) y su refinería de Abadán era la más grande del mundo, abarcando ocho kilómetros cuadrados y produciendo 24 millones de toneladas al año.

“Para cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, la Anglo-Iranian Oil Company (que había cambiado su nombre en 1935 para ajustarse al decreto gubernamental que sustituía a Persia por Irán) era fundamental para el Imperio Británico en más de un sentido. Con seis nuevos campos petrolíferos cerca de Masjed-e Suleiman (en Agha ari, ach Seran, Naft-e Sefid, Lali, asr-e Shirin y Haft el), los más grandes fuera de Texas, la AIOC producía más de 3000 barriles al día. Se encontraba entre las otras llamadas 'Seis Hermanas' que dominaban el mercado mundial: las otras eran Royal Dutch Shell, Gulf Oil, Texas (más tarde llamada Texaco), Standard Oil of New York (conocida como Socony y más tarde Mobil), Standard Oil of New ersey (más tarde Exxon) y Standard Oil of California (más tarde Chevron), así como la a menudo ignorada Compagnie Française des Pétroles. AIOC aportó sumas constantes al Tesoro británico: más de 24 millones de libras esterlinas al año en impuestos y 2 millones en divisas. Estas eran sumas sustanciales, especialmente en los años de austeridad posteriores a la Segunda Guerra Mundial. El Ministerio de Combustible y Energía calculó que solo la refinería de Abadán aportó a la zona de la libra esterlina más de 34 millones de dólares al año” (Ervand Abrahamian, “El golpe de 1953. La CIA y las raíces de las relaciones modernas entre Irán y Estados Unidos”).

La Anglo-Persian y la clase obrera

La empresa era, con diferencia, el mayor empleador industrial de Irán. Sólo los yacimientos empleaban a más de 21.000 personas, a los que hay que sumar los miles de las refinerías y los miles de los muelles. Tenía cerca de 2.000 empleados de alto nivel, casi todos ciudadanos británicos. La empresa también empleaba a más de 14.000 trabajadores subcontratados para trabajos de temporada, especialmente para la construcción de carreteras. La ciudad de Abadán, con una población de 11.000 habitantes, albergaba a 30.000 empleados de la empresa.

Pero muchos de los trabajadores de las refinerías vivían en barrios marginales y los trabajadores de los yacimientos petrolíferos en tiendas de campaña en el desierto. La empresa no respetaba ninguna ley laboral ni reconocía derechos sindicales. El sentimiento antiimperialista de la clase obrera estaba arraigado en su conciencia, ya que la misma firma del acuerdo Anglo-Iraní de 1910 habían sido recibida en Persia con protestas masivas, huelgas en los bazares, manifestaciones callejeras e incluso hubo asesinatos.

En estas condiciones, las huelgas generales que estallaban con frecuencia en la empresa tenían una dimensión realmente espectacular. El 1° de Mayo de 1929, 11.000 trabajadores de la refinería se declararon en huelga exigiendo la jornada de ocho horas, mejores salarios, vivienda, reconocimiento sindical y vacaciones, entre otros reclamos. “Los huelguistas persiguieron al gobernador y al jefe de policía hasta la estación de bomberos de la ciudad. Los británicos enviaron cañoneras a Abadán. El orden no se restableció hasta que el gobierno declaró la ley marcial, envió refuerzos del ejército y arrestó a veintinueve cabecillas. Otros 500 trabajadores fueron despedidos. El gobierno británico agradeció al sha su «rápida y eficaz gestión» de la situación” (ídem).

El malestar se acrecentó con las noticias internacionales que llegaban al país: en 1943 Venezuela había firmado el primer tratado 50/50, recibiendo la mitad de las ganancias anuales de la compañías petroleras extranjeras, a partir de una nueva Ley de Hidrocarburos, y el México de Lázaro Cárdenas ya había ido todavía más allá nacionalizando las petroleras de propiedad británica y norteamericana. La población iraní era consciente, además, de que el acuerdo no sólo era leonino contra la población de Irán, sino que además la empresa pagaba muy por debajo del porcentaje acordado mediante la falsificación de sus balances financieros. Un elemento adicional, pero no menor, eran los desastres ecológicos que la empresa estaba provocando en el medio ambiente persa.

Presión por la nacionalización y la gran huelga general de 1946

En 1932, el sha Reza Pahlaví, después de largas e infructuosas negociaciones, notificó a la Anglo-Persian que cancelaba la concesión de D’Arcy. Reza Pahlaví había asumido tras un golpe militar en 1921 financiado por Gran Bretaña para frenar la influencia bolchevique, dando fin a la dinastía centenaria de los Qajar. Pero con la crisis mundial iniciada en 1929, la compañía redujo las regalías entregadas a Irán a números ridículos. “Las ganancias habían caído de 6.5 millones de libras en 1930 a menos de 3,1 millones en 1933; las regalías de 1.288.000 a 306.800. El sha presentó varias quejas: las regalías generales eran irrisorias: entre 1905 y 1932, la empresa había obtenido más de 171 millones de libras en ganancias, pero había dado a Irán menos de 11 millones en regalías; la reciente caída de las ganancias, así como de la libra esterlina, había hecho que las regalías no solo fueran irrisorios, sino también impredecibles; los libros de la empresa se mantenían en secreto; los iraníes no estaban siendo capacitados para puestos de responsabilidad; y el gobierno iraní, a diferencia del británico, no tenía representación en el consejo de administración de la empresa”. (ídem). La noticia de recesión del contrato fue recibida con fuegos artificiales, días festivos nacionales y celebraciones callejeras. La presión en favor de esta medida era muy alta y ya se hablaba a viva voz de las falsificaciones sistemáticas que realizaba la empresa sobre sus cuentas y la estafa que llevaba adelante sobre la población iraní con su concesión leonína. El sha, sin embargo, reculó inmediatamente y, luego de una breve reunión con el presidente de la Anglo-Persina, llegó a un acuerdo: se redujo la zona cubierta por la concesión de D’Arcy (aunque la empresa se cuidó bien de ceder el territorio donde tenía la certeza de que no contenía petróleo), se garantizó a Irán un pago mínimo de 975.000 libras esterlinas anuales, se acordó un (mísero) aumento del 4 por ciento en las regalías y la empresa se comprometió a mejorar las condiciones laborales en Abadán (que obviamente no cumplió). A cambio de estos cambios, Reza Pahlaví prorrogó la concesión, que debía expirar en 1961, por treinta y dos años más, es decir, hasta el año 1993.

Durante la década de 1940, la clase obrera iraní alcanzó un mayor grado de organización y su peso social se hizo sentir en el escenario político. En 1941, el sha Reza Pahlaví, simpatizante de la Alemania nazi (que además se estaban convirtiendo en la principal socia comercial de Irán), fue derrocado por la invasión conjunta de Gran Bretaña y la URSS y asumió el cargo su hijo de 21 años, quien será el último sha de Irán, en un reinado se extenderá por casi cuatro décadas.

La caída de Reza Pahlavi abrió un período de apertura política. En un contexto de aguda crisis política, más de 1250 presos políticos de izquierda fueron liberados, entre ellos algunas decenas de intelectuales marxistas y muchos veteranos organizadores sindicales que posteriormente formaron el partido Tudeh (heredero del Partido Comunista). Se reactivan las instituciones democrático burguesas que habían nacido con la Revolución Constitucional de 1906, como el Majlis (parlamento) y el cargo de Primer Ministro, en las últimas décadas habían quedado relegadas a figuras casi decorativas. El Majlis cobró nueva relevancia y comenzó a ser utilizado para canalizar el descontento popular, a la vez que ganó fuerza para elegir al Primer Ministro, anteriormente designado sin discusión por el sha. Por su parte, el partido Tudeh puedo establecer un Consejo Central de Sindicatos en 1942; en 1944, esta organización se convirtió en el Consejo Central Unido de Sindicatos Unificados de Trabajadores Iraníes. Para 1946, contaba con cuatrocientos mil miembros y 186 sindicatos afiliados. En marzo de 1946, menos de un año después de que las armas finalmente callaran, los trabajadores de Abadán se declararon en huelga. El gobierno británico respondió desplegando maniobras amenazantes con dos buques de guerra a la vista de la ciudad. La industria petrolera ya empleaba a más de 52.000 trabajadores y la cantidad de petróleo que se extraía aumentaba de 6,5 millones de toneladas en 1941 a 16,5 millones en 1945.

La huelga de 1946 desató una crisis realmente espectacular. Comenzó el 1° Mayo cuando una manifestación de 80,000 personas en Abadán repitió las demandas de 1929, agregando el pago del viernes, el día de descanso musulmán, y la estricta implementación de la Ley Laboral recientemente aprobada del país. “Una oradora denunció a la empresa por gastar más en comida para perros que en salarios y exigió la toma de control de la industria petrolera: 'Oh hermanos, la producción de petróleo en nuestra tierra es como joyas. Debemos tratar de recuperar estas joyas. Si no lo hacemos, no valemos nada'. Este fue probablemente el primer llamado a la nacionalización escuchado en público” (ídem). En julio de ese mismo año estalló una nueva huelga general que fue masiva en todo Huzestan. “Los huelguistas, que sumaban más de 65,000 trabajadores, incluían trabajadores de refinería y de campo; trabajadores administrativos y manuales, artesanos y técnicos, incluidos indios; comerciantes y estudiantes; bomberos, camioneros, trabajadores ferroviarios y portuarios; e incluso chóferes, sirvientes y cocineros empleados en hogares británicos. Fue, con mucho, la mayor acción industrial vista en Oriente Medio” (ídem).

Los huelguistas también exigían que la compañía petrolera se abstuviera de interferir en los asuntos políticos iraníes y dejara de instigar a las tribus árabes contra los trabajadores sindicalizados, y que Fatemi, gobernador general de Juzestán, fuera reemplazado. Mil quinientos empleados administrativos de la compañía también se unieron a la huelga. Los británicos enviaron rápidamente dos buques de guerra a Abadán y una brigada india a Basora. El gobierno impuso inmediatamente la ley marcial en toda la región y arrestó a cientos de huelguistas. Las fuerzas gubernamentales mataron a varios trabajadores, llevando el número de muertos a entre 40 y 60. La empresa finalmente accedió a considerar todas las demandas y los militares liberaron a los huelguistas detenidos, aunque los trabajadores resignaron su demanda de destitución de Fatemi. “El partido Tudeh, con dos de sus miembros en el gabinete del primer ministro Ghavam, fue fundamental para poner fin a los conflictos. En particular, el Dr. Reza Rad-Manesh, del partido Tudeh y miembro del equipo de investigación, fue clave para persuadir a los huelguistas de que reanudaran sus labores. En una reunión de treinta mil trabajadores petroleros en Abadán, declaró que el gobierno del primer ministro Ghavam era pro-obrero y se comprometió a defender sus intereses” (Misagh Parsa, “Social origns of the iranian revolution”). Entre los trabajadores de la Anglo-Iraní, y entre la población en general, crecía la conciencia de que una empresa extranjera, que mantenía a los trabajadores iraníes en condiciones paupérrimas y era defendida a sangre y fuego por el sha, se estaba quedando con el mayor de los recursos de su país, a cambio de nada.

Se nacionaliza el petróleo

La huelga de 1946 marcó un punto de quiebre en la historia iraní y trazó el camino hacia la nacionalización del petróleo. Unos meses después de que estallara la huelga, el Majlis aprobó una ley que prohibía otorgar más concesiones a empresas extranjeras y ordenaba al gobierno renegociar la que regía la de Anglo-Iranian. El diputado que la redactó la ley era Mohammad Mosaddeq, quien cuatro años después se convertiría en el Primer Ministro iraní encargado de llevar adelante la nacionalización. Sin embargo, durante los años siguientes a la votación de aquella ley, el petróleo siguió permaneciendo en manos británicas. La presión popular llevó finalmente a que, en marzo de 1951, el Majlis aprobara un proyecto de ley que autorizaba la nacionalización del petróleo. La votación de la ley abrió una gigantesca crisis política, que llevó a la renuncia del primer ministro iraní, y se intensificó con el estallido de una huelga de masas de los trabajadores petroleros. Casi al mismo tiempo en que se votaba aquella ley, la Anglo-Iranian imponía una reducción salarial del 30% a tres mil trabajadores petroleros en Bandar-e Ma’shoor, en Juzestán, que provocó una huelga general cuando treinta mil trabajadores petroleros de Abadán y Ahvaz abandonaron sus puestos de trabajo en solidaridad con los huelguistas de Bandar-e Ma’shoor. El carácter masivo de la huelga estaba relacionado con que los reclamos obreros trascendían la cuestión de la medida salarial de la compañía y se entremezclaban con la lucha por la nacionalización. “Esta segunda huelga no fue de origen económico, sino una declaración política contra la propiedad británica del petróleo iraní y la influencia británica en Irán. En pocos días, los trabajadores petroleros de Masjed Soleyman, Khorramshahr y Aghajari también se unieron a la huelga. En respuesta, el gobierno impuso la ley marcial en toda la región e instó a los huelguistas a regresar a sus puestos de trabajo. Dos semanas después del inicio de las huelgas, el Parlamento envió un mensaje a los huelguistas instándolos a reanudar el trabajo para que el gobierno pudiera exigir a la empresa que restituyera el salario recortado. Sin embargo, las huelgas continuaron” (ídem).

Como ya era habitual en las respuestas británicas a las huelgas, el gobierno de ese país envió buques de la armada al Golfo Pérsico. “Los trabajadores se negaron a ceder, lo que llevó a la empresa a rectificar su postura y acceder a algunas de las demandas de los huelguistas, incluyendo el pago de salarios y el cumplimiento de otras obligaciones. Como resultado, algunos trabajadores de Masjed Soleyman regresaron al trabajo. Sin embargo, en Abadán, donde se concentraba la gran mayoría de los trabajadores petroleros, las huelgas continuaron. Cuando el gobierno ordenó al ejército arrestar a algunos de los líderes sindicales, los trabajadores desafiaron al ejército; y en los enfrentamientos subsiguientes, nueve trabajadores murieron y sesenta resultaron heridos. En represalia, los trabajadores atacaron a empleados británicos, matando a tres de ellos” (ídem). Los trabajadores petroleros de Abadán llenaron las calles en una manifestación gigantesca cuyo principal reclamo era la nacionalización inmediata del petróleo. “La intransigencia de los trabajadores, sumada a las amenazas telefónicas contra los empleados británicos, llevó al gobierno a reforzar la ley marcial y enviar soldados adicionales a Abadán. Se produjeron más enfrentamientos en los que murieron más de treinta trabajadores a manos del ejército. En la quinta semana de la huelga, el gobierno comenzó a arrestar a los líderes sindicales. En pocos días, varios cientos de trabajadores habían sido encarcelados” (ídem). El Tudeh organizó huelgas de solidaridad y manifestaciones callejeras en Teherán, Isfahán y las ciudades del norte.

El sha, hablando por la radio nacional, proclamó que los antagonismos de clase eran la mayor desgracia de Irán: "Estos antagonismos envenenan nuestras actitudes sociales y nuestra vida política. La mejor manera de aliviarlos es aplicar las leyes del Islam. Si vivimos como verdaderos musulmanes, el conflicto de clases dará paso a la armonía de clases y a la unidad nacional."

La crisis con el cargo de Primer Ministro se había vuelto sistémica. El primer ministro Ali Razmara, que había asumido su cargo en 1950 a instancias del Ministerio de Asuntos Exteriores británico y de la Anglo-Iranian para ratificar el acuerdo de concesión a la compañía petrolera, había visto interrumpido propósito cuando fue asesinado por un miembro de una organización chiita. Su sucesor, Hossein Ala, presentó su renuncia al poco tiempo de asumir debido a la votación de la nacionalización de 1951. Un veterano diputado, hablando en nombre de la mayoría en el Majlis, ofreció el cargo de primer ministro a Mossadeq para que pudiera implementar la ley de nacionalización: “El Dr. Mossadeq cuenta con nuestra confianza porque, a diferencia de muchos otros políticos, proviene de una de las familias más antiguas y distinguidas de Irán”. Mosaddeq aceptó y procedió a implementar la nacionalización. Es que Mossadeq no era precisamente un ousider de la política: además de ser el descendiente de una vieja familia aristocrática iraní vinculada a la dinastía Quajar, después de la Primera Guerra Mundial había ocupado una serie de puestos en el gobierno: Ministro de Justicia, Gobernador de Fars, Ministro de Finanzas, Gobernador de Azerbaijan, y Ministro de relaciones exteriores. La composición de su primer gobierno fue notablemente conservadora: otorgó cuatro puestos, incluido el Ministerio de Guerra, en manos de los favoritos del Sha.

Ante la votación de la ley de nacionalización, la Anglo-Iraní, lejos de sentarse a negociar, comenzó a tomar medidas radicalizadas, lo que agudizó el conflicto. “Los británicos se oponían a la propuesta de acuerdo petrolero, pues creían que la nacionalización del petróleo iraní, de no revertirse, sentaría un precedente que amenazaría todos los intereses británicos en el extranjero y que, en última instancia, conduciría a la desaparición del Imperio Británico” (Ali Rahnema, “Behind the 1953 coup in Irán”). En mayo, el ministro de Asuntos Exteriores británico, Herbert Morrison, afirmó que evaluaban “la posibilidad de tomar represalias económicas o militares contra Persia”. A mediados de mes, el gabinete británico planteó la idea de una intervención militar británica para proteger los yacimientos petrolíferos de la Anglo-Iranian Oil Company y la refinería de petróleo de Abadán. Según las actas de la reunión del Gabinete británico del 19 de julio, “tres brigadas de tropas aerotransportadas fueron trasladadas por aire a la base de Shaiba en Irak, y el escuadrón del Golfo Pérsico se reforzó con tres fragatas y cuatro destructores procedentes del Mediterráneo”. Morrison creía que la intervención “bien podría provocar la caída del régimen de Mussadeq”, para lo cual contaban con los servicios del Sha. Aunque se prepararon folletos en persa para su distribución entre los habitantes de Abadán, instruyéndoles para que no opusieran resistencia, la idea de una ocupación militar indefinida del sur de Irán finalmente se descartó debido a problemas de movilización, así como a “dificultades logísticas y técnicas”. Finalmente, en junio, Mosaddeq y el parlamento enviaron a un comité de diputados a Juzestán para hacerse cargo de las instalaciones petroleras y en julio rompió las negociaciones con la compañía británica. Tres meses después, la Anglo-Iranian evacuó a sus técnicos y cerró las instalaciones petroleras, al tiempo que el gobierno británico reforzaba su fuerza naval en el Golfo y, paralelamente, presentaba una queja contra Irán ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

En octubre, Mossadegh viajó a Nueva York para presentar el caso iraní ante el Consejo de Seguridad y solicitó asistencia financiera al Banco Mundial. “Su discurso ante el Consejo de Seguridad de la ONU sobre la nacionalización del petróleo iraní, su reunión con el presidente Truman y sus negociaciones con [el Secretario de Estado] Dean Acheson dieron a la comunidad internacional la impresión de que Irán estaba siendo liderado por un político razonable, afable y sabio, interesado en una solución al problema del petróleo y que confiaba en los estadounidenses como intermediarios” (Ali Rahnema, ídem). Luego de que la su búsqueda del respaldo norteamericano fracasara y no lograra que se apruebe ninguna asistencia financiera, Mossadeq regresó al país y cerró todos los consulados británicos, donde se cocinaban todas las conspiraciones golpistas.

Descartada la opción militar de la invasión, el Ministerio de Asuntos Exteriores británico comenzó a explorar otros posibles escenarios para destituir a Mosaddeq por “cualquier medio posible”. La alternativa era un golpe liderado por el Sha, para lo cual el gobierno británico comenzó a maniobrar. Ante la creciente conspiración de un golpe interno, Mossadeq llevó adelante una purga de las Fuerzas Armadas iraníes y reemplazó al Ministro de Guerra adicto al Sha por un hombre de su propio riñón. La disputa con el Sha por el control del ejército llevó a que Mossadeq presentara su renuncia como maniobra para generar una movilización en su respaldo. Los diputados realistas y probritánicos eligieron rápidamente otro primer ministro, pero la movilización en respaldo de Mossadeq no sólo se produjo, sino que además se desató una oleada de huelgas, principalmente entre los sectores petroleros. “En Abadán, Kermanshah e Isfahán, miles de trabajadores petroleros se declararon en huelga durante varios días. En Abadán, catorce personas murieron en las manifestaciones. En Teherán, el 20 de julio, víspera de las protestas, los trabajadores de varias fábricas celebraron reuniones y convocaron una huelga, a pesar de la lentitud del partido Tudeh para exigirla. Al día siguiente, los trabajadores de Teherán participaron masivamente en las manifestaciones” (ídem).

Durante la revuelta de julio estallaron importantes huelgas en todas las ciudades principales, y más de 250 manifestantes murieron o sufrieron heridas graves en Teherán, Hamadán, Ahwaz, Isfahán y Kermanshah. Los enfrentamientos más violentos tuvieron lugar en Teherán. La crisis en la capital comenzó el 16 de julio, tan pronto como la noticia de la renuncia de Mossadeq llegó al bazar (región de comerciantes). “Cerrando sus tiendas y talleres, los ancianos de los gremios se reunieron en la plaza central del bazar y animaron al público a manifestarse al día siguiente frente al Majlis. A la mañana siguiente, mientras una gran multitud se dirigía desde el bazar al Majlis, los empleados del gobierno, los trabajadores ferroviarios y los conductores de autobuses dejaron de trabajar” (Ervand Abrahamian, “Iran between two revolutions”). El Frente Nacional, partido nacionalista fundado por Mossadegh, y el Tudeh llamaron a una huelga para dentro de casi una semana después; pero la lucha se mantuvo todos esos días. El día de la huelga, unas ochocientas personas resultaron heridas o muertas en una masacre de las protestas antimonárquicas. “El día asignado comenzó con una quietud ominosa, mientras que toda la ciudad, incluso el rico norte, que se dirigían al Majles fueron interceptados por tanques del ejército. Durante las siguientes cinco horas, la ciudad estuvo sumida en el caos. Uno de los hermanos del sha estuvo a punto de morir después de que su chófer tomara un desvío equivocado hacia una multitud enfurecida. Un diputado simpatizante de Mossadeq fue apedreado cuando intentó asegurar a los manifestantes conmocionados que el problema podía resolverse pacíficamente. Y seiscientos detenidos de las manifestaciones de los cuatro días anteriores escaparon de la cárcel cuando la policía de la ciudad se quitó los uniformes y se escondió. Después de cinco horas de disparos, los comandantes militares, temerosos de poner a prueba la lealtad de sus tropas, les ordenaron regresar a los cuarteles, dejando la ciudad en manos de los manifestantes”. Al día siguiente, después de cinco días de manifestaciones masivas y de fuertes señales de un comienzo de fractura en las filas del ejército, el sha restituyó a Mosaddegh en el poder y las huelgas cesaron. Mossadeq formó entonces un nuevo gobierno y la victoria pasó a la historia iraní como Siyeh-i Tir.

Con la derrota del Sha y las enormes huelgas y manifestaciones en las calles, Mossadeq declaró el fin de las protestas y declaró que Siyeh-i Tir no era un levantamiento nacional. En paralelo, tomó nuevas medidas de carácter popular, como la exclusión de toda la aristocracia terrateniente y los realistas del gabinete. Además, “devolvió las tierras de Reza Pahlavi al estado; recortó el presupuesto del palacio y asignó los ahorros al Ministerio de Salud; puso las obras de caridad reales bajo la supervisión del gobierno; nombró a Abul Qassem Amini ministro de la corte; prohibió al sha comunicarse directamente con diplomáticos extranjeros; obligó a la princesa Ashraf, la hermana gemela del sha, políticamente activa, a abandonar el país” (ídem). Aunque para mayo de 1953 el sha había sido despojado de todos los poderes, la monarquía no fue abolida y la corte monárquica siguió actuando en las sombras para recuperar su poder. Con los militares destituidos y otros políticos de carrera vinculados a la embajada británica, se fundaron las organizaciones “Asociación de Oficiales Retirados” y los “Devotos del Sha”. El presidente norteamericano, Harry Truman, y el británico, Winston Churchill, emitieron un comunicado conjunto reclamando que la nacionalización iraní se sometiera a arbitraje internacional por el monto de la compensación para la Anglo-Iranian.

Mosssadeq reemplazó la fuerza de la movilización popular por la concentración del poder en su persona: declaró la ley marcial, exigió al Parlamento poderes de emergencia durante seis meses para decretar cualquier ley que considerara necesaria (que luego extendió a doce meses más), decretó una ley de reforma agraria que aumentó la participación del campesino en la producción anual en un 15 por ciento, redactó un nuevo proyecto de ley tributaria, rompió relaciones diplomáticas con Gran Bretaña y cerró la embajada británica y sus consulados en Irán (centro de gravedad de conspiraciones golpistas). Finalmente, disolvió el parlamento y convocó un referéndum nacional en julio de 1953 en el que se votó en favor de la disolución del Majlis.

El golpe

A esta altura, estaba claro que ni el Sha ni los británicos tenían la capacidad para destronar a Mossadeq. El relevo de los británicos fue tomado por Estados Unidos, como lo venía haciendo en todo el mundo como primera potencia global, aunque en este caso con la colaboración británica. El gobierno de Eisenhower aprobó la Operación Ajax, la operación golpista que le presentó el director de la CIA, Allen Dulles. El golpe llevado adelante por la CIA en territorio iraní inaugura una nueva etapa del intervencionismo norteamericano a nivel mundial. El golpe no fue una acción militar de invasión territorial masiva, sino que se desenvolvió con una gigantesca campaña de desinformación y falsificaciones, la utilización del espionaje y servicios de inteligencia, medidas opacas para generar zozobra en la economía, compra de periodistas y parlamentarios, etc. Luego de un intento de golpe fallido en agosto de 1953, el sha se escapó del país y se exilió en Roma. El intento de golpe desató una oleada de manifestaciones y huelgas, con una demostración de 100.000 manifestantes sólo en Teherán. Mosaddeq ordena entonces al ejército “desalojar las calles de todos los manifestantes” luego de que el embajador estadounidense Plotter le prometiera ayuda “si se restablecía el orden público”. Mientras tanto, la CIA lograba dividir al Frente Nacional, explotando las divisiones religiosas y difundiendo el rumor de una supuesta ideología anti-islamita de Mosaddeq. Un famoso dirigente religioso, el ayatola Ghasem Kashani, cobró popularidad dentro del sector opositor al gobierno. Líderes religiosos financiados por la CIA protagonizan movilizaciones contra el gobierno y atacaron locales del Tudeh, cuya dirigencia ordenó no contrarrestar el ataque, siguiendo la política de Mossadeq de hacer buena letra con Estados Unidos. En paralelo, las recurrentes manifestaciones antigolpistas eran reprimidas ferozmente por Mossadeq hasta que, finalmente, bandas armadas por la CIA y el MI6 (servicio secreto británico) junto con un sector del ejército adicto al Sha, destituyen a Mosaddeq y restaura la monarquía, restituyendo al sha exiliado. Se llevaron adelante arrestos y fusilamientos masivos. Los sindicatos independientes fueron prohibidos y disueltos. Se inició una cacería de dirigentes sindicales y activistas. Se impuso la ley marcial durante cuatro años. Las huelgas fueron prohibidas.

Para Estados Unidos, el éxito del golpe lo llevó a adoptarlo como modelo de intervención en otras partes del mundo. Un año después del golpe en Irán, la CIA derrocaba al presidente Jacobo Arbenz de Guatemala (que había emprendido una reforma agraria que tocaba los intereses de la United Fruit Company), masacrando a 200.000 personas. La CÍA estará detrás de asesinatos y golpes en todo el mundo, principalmente en el sudeste asiático y en su “patio trasero”, América Latina. El rol de la CIA en el golpe en Irán, por su puesto, siempre fue negado oficialmente. Sólo pasados más de 60 años se desclasificaron algunos archivos en Estados Unidos (https://www.theguardian.com/world/2013/aug/19/cia-admits-role-1953-iranian-coup) y en el Reino Unido (https://www.theguardian.com/world/2020/aug/17/british-spys-account-sheds-light-on-role-in-1953-iranian-coup) que dieron prueba fehaciente de la conspiración.

La restitución de la monarquía se mantendrá hasta la revolución iraní de 1979. La conciencia popular sobre el papel jugado por Estados Unidos contra el pueblo iraní está inscripto en su historia.

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