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La etapa histórica de declinación del capitalismo

Escribe Marcelo Ramal

Tiempo de lectura: 22 minutos

(Exposición realizada por zoom el 21 de marzo de 2026, en el marco del Congreso de Política Obrera)

Esta será la primera de las charlas que tenemos previstas con vistas al Congreso de Política Obrera. El objetivo de estas charlas es contribuir a una comprensión y al debate posterior en los círculos del partido y en los plenarios precongresales,

Hoy vamos a caracterizar, para definirlo de algún modo, a la época de esta crisis mundial, a través de cinco cuestiones. La primera tiene que ver con la declinación del capitalismo, la decadencia de la organización social capitalista; el segundo tema que vamos a ver es la restauración del capitalismo en Rusia y China, y su significado a la luz de la actual crisis mundial; en tercer lugar, la cuestión de la declinación de Estados Unidos; el cuarto punto tiene que ver con la siguiente polémica: esa declinación ¿abre las puertas a lo que algunos llaman la “multipolaridad”?; y, finalmente, vamos a ver las conclusiones que deja todo este escenario.

La cuestión del imperialismo

Vamos a arrancar con un punto que es casi vertebrador del documento precongresal, y también de la caracterización política que nuestra corriente ha trabajado sistemáticamente: nos referimos a la declinación del orden social capitalista. Un abordaje sistemático del punto aparece por primera vez, en el marxismo, en un texto muy importante de Lenin: "El Imperialismo". Lenin publica este texto promediando la primera guerra mundial. Para algunos, el elemento central de este libro es el análisis del capitalismo en la fase histórica de los monopolios, es decir de las grandes corporaciones capitalistas que concentran una parte sustancial de la producción en cada una de sus ramas. ¿Analiza esto Lenin? Sí, y presenta los rasgos característicos del capitalismo de los monopolios. Primero, la concentración de la producción en un puñado de corporaciones; luego, la pelea de esas corporaciones y sus Estados asociados por capturar las fuentes más importantes de materias primas para hacer funcionar sus industrias; en tercer lugar, el surgimiento del capital financiero, es decir, la unión de los bancos con la gran industria y, a partir de esa unión, el manejo de esas grandes corporaciones capitalistas por parte de una oligarquía financiera. Emergen los capitalistas rentistas, los cuales, sin ocupar un lugar en el proceso productivo, viven de los dividendos de las acciones que detentaban de las grandes empresas. El último elemento de todo este período del imperialismo es lo que Lenin llama la lucha por el reparto del mundo. ¿Y por qué? Durante todo el último tercio del siglo XIX, las corporaciones monopolistas se lanzaron al copamiento del planeta para asegurarse, por un lado, el suministro de materias primas y, por el otro, la obtención de nuevos mercados. Por esta vía, el capital en sus formas más avanzadas -como la de la gran industria- consuma su extensión al conjunto del planeta. Así, las grandes potencias que albergaban a estos monopolios ocupan virtualmente la totalidad de la geografía mundial, como áreas de influencia de cada una de ellas. Pero cuando culmina esa ocupación, se planteará, naturalmente, la lucha por “barajar y dar de nuevo”, es decir, la lucha por un nuevo reparto, por la vía de la violencia y la guerra. Entonces viene la cuestión crucial del libro de Lenin, muchas veces soslayada: el “lugar histórico del imperialismo”. Y nos dice lo siguiente: "Los monopolios, la oligarquía, la tendencia a la dominación, en vez de la tendencia a la libertad, a la explotación de cada vez más naciones, pequeñas y débiles, por un puñado de las naciones más ricas y poderosas; todo esto muestra los rasgos distintivos del imperialismo que obligan a que lo califiquemos como capitalismo parasitario o decadente”. En otra parte de su libro, Lenin se referirá al “capitalismo moribundo” y acá viene también lo del título del propio libro, "El imperialismo, etapa superior del capitalismo". Este término, "superior", juzgado a la luz de todo lo que estamos explicando, significa etapa madura o final del capitalismo. Esta fue la conclusión central del trabajo de Lenin, y no simplemente la constatación de una cierta estructura de mercado -el monopolio por referencia a la competencia-. Porque no fue Lenin el que “descubrió” la existencia de monopolios, o la exportación de capitales hacia áreas remotas del planeta. Todo esto no sólo fue estudiado, sino que hasta cierto punto era evidente . Lo que sí señaló Lenin, es que esto iniciaba la declinación histórica del capitalismo. Esa no era la posición de la mayoría de la socialdemocracia europea, que veía en las grandes corporaciones monopolistas, en la extrema articulación de la producción, en la existencia de una sociedad donde todos se relacionan con todos a la hora de producir, la ruta indolora hacia el socialismo.

A diferencia de éstos, Lenin capturaba el carácter contradictorio de la nueva época histórica. Es cierto que las grandes corporaciones capitalistas, en esos gigantescos conjuntos de trabajadores y medios de producción completamente interrelacionados, se observa la pista, el indicio, de una nueva forma de organización social. Pero esa socialización tiene como contrapartida a la más estricta apropiación privada de la riqueza social producida. Bajo las relaciones sociales capitalistas, por lo tanto, el monopolio no va a conducir a un equilibrio, sino a una nueva forma de competencia más intensa y encarnizada. Naturalmente, los que veían en el capitalismo monopolista a un nuevo equilibrio terminaron como colaboradores de sus respectivas burguesías bajo la guerra imperialista. Lenin, con su caracterización, preparó a la clase obrera para la lucha contra la guerra y contra las burguesías que la conducían. Y sentó las bases, la estrategia y el programa, que después llevó a los bolcheviques a dirigir la toma del poder por parte de la clase obrera en Rusia. Todo esto “es historia”: pero ¿quién puede dudar que estas cuestiones están completamente vigentes en la época que pretendemos retratar en esta primera charla?.

Fuerzas productivas, Estados nacionales

Efectivamente, lo que vamos a tener por delante en todo el largo siglo XX es la declinación de un orden social. No estamos juzgando aisladamente un índice, una cierta estadística o lo que ocurre con una rama de la producción u otra: lo que estamos señalando es que las relaciones de producción, las relaciones que establecen los seres humanos entre sí para producir, esas relaciones de explotación, se han convertido en una traba para el desenvolvimiento general de la humanidad: en un bloqueo. Lo tenemos presente en muchas de las manifestaciones de barbarie que caracterizan a nuestra época. Volviendo a la historia: en las vísperas de la primera guerra, el régimen social capitalista había concluido su misión histórica -la unificación del mercado mundial, el desarrollo de la gran industria-, naturalmente, con la contrapartida de un salto extraordinario en el grado de explotación del trabajo humano. Cumplido ese cometido, y bajo las condiciones de la era imperialista, los factores de bloqueo, despilfarro y destrucción de fuerzas productivas, constituyen la tendencia dominante del régimen social vigente.

Entonces, podemos presentar algunas características de este periodo. La primera de ellas es la guerra, como una forma exacerbada de la competencia capitalista. Lo que hasta cierto punto se desenvolvía en el marco de un mercado, pasa al estadio del enfrentamiento político y militar. Otro elemento del período son las crisis capitalistas recurrentes y la tendencia a la sobreproducción, es decir, al exceso de producción de mercancías, no en relación a las necesidades sociales, sino a las posibilidades de compra de una inmensa población que, naturalmente, es explotada y no recibe la totalidad de la riqueza que aporta a la sociedad. Y, finalmente, dentro de estas características, tenemos la tendencia a la intervención estatal, el Estado saliendo al rescate del capital. Ese rescate es la confesión de que los mecanismos mercantiles convencionales, es decir, el simple metabolismo de la economía capitalista, no puede desenvolverse sin pasar por graves crisis. Y aparece, como conclusión de todo lo anterior, la más importante contradicción de este escenario histórico: el desarrollo de las fuerzas productivas, o sea, de la capacidad de la sociedad humana para transformar productivamente el medio que la rodea, esa productividad se despliega hoy más allá de las fronteras nacionales. Por ejemplo, lo que conocemos como “cadenas de valor”, donde para la fabricación de un automóvil intervienen industrias de un número muy elevado y diversos de países, hasta concluir en el ensamblado final.

Esos métodos de producción han traspuesto las fronteras; pero ello no ha abolido la permanencia de los diferentes estados nacionales, que actúan como gendarmes para asegurar la apropiación privada -es decir, los beneficios de las grandes corporaciones capitalistas entrelazadas con los Estados-. Por ese motivo la competencia entre los monopolios capitalistas termina en la guerra. Este entrelazamiento entre el capital y los Estados nacionales, y la acción agresiva de los Estados, se puede ver, por ejemplo, en lo que ocurrió el año pasado cuando Trump levantó brutalmente los aranceles de los productos de otros países que debían ingresar al mercado norteamericano. Ahí el Estado aparece levantando un escudo y defendiendo a intereses capitalistas de su país que, en este caso, no quieren el ingreso de otros productores. Sin meternos demasiado en el tema, el Estado norteamericano, a través de Trump, supone que esas barreras arancelarias van a fomentar el renacimiento de industrias que en Estados Unidos habían desaparecido.

Las fuerzas productivas, real y potencialmente, desbordan las fronteras nacionales, pero el beneficio capitalista privado es defendido por medios políticos y militares a través de la acción de cada Estado. Acá volvemos al debate que había planteado Lenin con la socialdemocracia reformista, que veían en el imperialismo un tránsito de características indoloras a una sociedad superior.

Este tema volvió a discutirse, con argumentos similares, en los años 90 del siglo XX, cuando apareció la tesis de la “globalización”. Por un lado, se vinculó a esa tesis con la restauración en la URSS y China, en el sentido de que el mundo, ya sin Estados donde se hubiera expropiado el capital, podría unificarse bajo relaciones sociales capitalistas. En otro sentido, la “globalización” planteaba la ilusión de que esta internacionalización de las fuerzas productivas iba a poder organizar al mundo armónicamente. Pero todos sabemos cómo terminó la “globalización”: con fragmentaciones políticas y geográficas de todo tipo, guerras regionales y, ahora, una guerra internacional de gran alcance.

Las crisis capitalistas

En resumen: la era del imperialismo no ha sido un factor de neutralización de las contradicciones capitalistas sino que las ha llevado a su punto más agudo. Este capitalismo senil o declinante, soporta crisis cada vez más intensas y recurrentes. Trotsky utilizó la metáfora de la persona que enfrenta las mismas dolencias en su juventud y cuando tiene edad avanzada. Lo que en la juventud es sólo un tropiezo, bajo la senectud el enfermo tiene que ser todo el tiempo reanimado y hasta resucitado con estímulos. Hagamos el derrotero desde el final de la primera guerra hasta hoy: apenas una década después de su final, estalló la crisis y la Gran Depresión de 1930, que sólo encontró “salida” a través del gasto militar y de la carnicería de la Segunda Guerra. Ya en los últimos cincuenta años asistimos a crisis crecientes en intensidad y frecuencia. La que se incubó entre 1971 y 1973, fue, de alguna manera, el final de aquello que algunos llamaban “los 30 años dorados”, en alusión al periodo capitalista de posguerra, que no fueron 30 sino un periodo más breve y que esencialmente consistió en la reconstrucción de las fuerzas productivas destruidas durante la Segunda Guerra; diez años después tuvimos el derrumbe de la bolsa de Nueva York y un periodo muy convulsivo a fines de los años 80; y pasado ya el periodo en el cual se inicia la restauración capitalista en los estados obreros, crisis de enorme importancia: la crisis asiática que se prolongó prácticamente durante un lustro; luego se extendió a Rusia, y tuvo su punto más alto en 1998 con la importancia de que ya era la Rusia invadida por el capital financiero, es decir, fue la primera crisis capitalista de la Rusia donde el capitalismo estaba en plena vía de restauración; y, casi sin solución de continuidad, una nueva crisis financiera en Estados Unidos, en Brasil, con la devaluación de su moneda, y enseguida la crisis argentina que llevó a la bancarrota de la convertibilidad y al Argentinazo. Al final de la década siguiente tuvimos una crisis de enorme profundidad que, estrictamente hablando, no ha sido superada: la que comenzó con la caída del pulpo financiero Lehman Brothers. Lo más importante es que el volumen de medios financieros y del propio Tesoro norteamericano que fue necesario para operar un salvataje dejó una secuela de capital ficticio, nuevos procesos de especulación, y un salto sustantivo del endeudamiento público de Estados Unidos. El último punto de esta saga ha sido la crisis del COVID, donde alguien podría aducir: "bueno, el COVID no es una crisis financiera o ¨propia¨ del capitalismo”. Ello, como si en el origen del COVID no estuviera presente el manejo predatorio del capitalismo hacia el medio natural, y luego, ya con la pandemia en pleno, no se hubiera puesto de manifiesto la incapacidad del capitalismo para disponer de los medios sanitarios y vacunas para combatirla, con la restricción irrevocable de que todos esos elementos sólo podían llegar a la humanidad a través de la mediación del mercado y el beneficio privado en favor de laboratorios y la industria de la salud. El COVID, en ese sentido, fue indudablemente una crisis capitalista, aún bajo la forma extrema de una crisis humanitaria.

Entonces, si alguien nos dice: "bueno, nos fuimos a Lenin y al imperialismo en 1916, ¿por qué tan lejos?". Pero en este recorrido que hicimos, la declinación capitalista aparece en toda su dimensión: 20 millones de muertos en la primera guerra mundial, 100 millones en la segunda, crisis capitalistas recurrentes en todo este periodo; y ahora, el escenario de una guerra internacional. En relación al parasitismo económico y a la proliferación de capital ficticio, veamos el siguiente dato: hoy, la deuda mundial representa entre cinco y seis veces el conjunto de la producción mundial. Pero en los años 50, a la salida de la Segunda Guerra, el producto bruto mundial duplicaba a la deuda existente. Una deuda de esta magnitud plantea la quiebra de un régimen social, porque no tiene condiciones de ser pagada, sólo se puede reciclar todo el tiempo y convertirla, simplemente, en un mecanismo de extorsión social y de succión de la riqueza social y del trabajo en los países endeudados.

La restauración capitalista

Corresponde entonces caracterizar a la cuestión crucial de la restauración del capitalismo en la Unión Soviética y en China. Y digo "la gran cuestión" porque cuando se produjo esa restauración la expectativa de los círculos capitalistas era sentar las bases para un relanzamiento económico duradero. En última instancia, y volviendo a nuestra metáfora, sacar al “enfermo” de la sala de resucitación. En definitiva, se trataba de la incorporación nada menos que de China, de Rusia y de los países del Este al mercado mundial.
Es el periodo donde se escribieron libros como el de aquel filósofo Francis Fukuyama, que elabora la tesis del “fin de la historia”. Es decir que el capitalismo globalizado, con Rusia y con China adentro, constituía la estación terminal de la sociedad. Y por supuesto, la perspectiva del socialismo quedaba definitivamente cancelada. Esto no fue solo una cuestión de Fukuyama. ¿Cuántos izquierdistas se subieron a ese carro del cual, con matices, la enorme mayoría nunca se bajó después?

Es indudable que el ingreso de Rusia y de China al mercado mundial constituyó un factor sobresaliente para revertir la caída del beneficio capitalista a escala mundial. El capital mundial se sirvió de la explotación de los trabajadores de los ex Estados obreros, por un lado, y de la confiscación de recursos por el otro, para abrirse a sí mismo un importante respiro. Sometió a la clase obrera de todo el mundo a la competencia impuesta por la baratura de la fuerza laboral china. Pero en su desarrollo ulterior, esta incorporación de Rusia y de China al mercado mundial terminó acelerando la crisis mundial. La restauración terminó convirtiendo a China en un competidor internacional del resto de las potencias capitalistas, en un proveedor de bienes baratos, primero, de artículos de consumo; luego, de elementos de mayor tecnología. Se exacerbaron las tendencias a la crisis que la restauración había transitoriamente sofocado, cuando abrió la expectativa de una recuperación capitalista duradera.

En este punto es importante comprender el mecanismo confiscatorio de la restauración capitalista. Rusia y China no operaron una restauración partiendo del pequeño taller, como hubiera ocurrido en Inglaterra del siglo XVIII; en cambio, ya existía todo un parque industrial, un patrimonio que fue brutalmente confiscado por el capital financiero internacional. Es cierto que hubo una inyección de capital financiero en Rusia y China, pero ¿de dónde vino el dinero? Vino del propio ahorro nacional de estos países. En Rusia, las empresas estatales fueron vendidas por monedas al capital privado; y en China hubo todo un proceso de desmantelamiento de industrias y despidos. Luego, se puso en marcha lo que se conoció como el "acople" entre China y el capital mundial; principalmente, entre China y Estados Unidos. Y consistió en lo siguiente: China exportaba al mundo, y principalmente a Estados Unidos; con los dólares que recibía por esas exportaciones, le compraba a Estados Unidos títulos de deuda pública; después, los “inversores” norteamericanos utilizaban esos títulos de deuda para apropiarse de activos en China. Vista de conjunto, la puesta en pie del capitalismo en China fue el resultado de este mecanismo confiscatorio. Es a partir de allí donde llegamos a la situación actual, donde China se termina convirtiendo en un competidor del capital internacional. Hoy, asistimos al agotamiento de la restauración capitalista como mecanismo contrarrestante de la caída de beneficios en el capitalismo mundial. En definitiva, China nunca dejó de ser parte de la crisis mundial, antes como factor atenuador; hoy, como factor agravante.

En un artículo publicado en Política Obrera a fines del año pasado , hay un examen muy amplio de la situación en China. Allí se señala que, en el año 2025, en pleno periodo de sanciones comerciales de Estados Unidos, China consigue otro récord exportador; alguien podría considerar ese dato en forma laudatoria, pero en realidad, se vincula con los límites del mercado interior chino, que crece a un ritmo muy inferior al de la producción y la productividad. Hay una crisis inmobiliaria, porque se ha construido demasiado y hay una enorme capacidad ociosa en todo ese sector; y, esa crisis, naturalmente, arrastra a la industria, porque los edificios demandan acero, cemento, y los demás materiales.

El último elemento a señalar es el extraordinario endeudamiento de China. En medio de estas tendencias a la crisis, diferentes sectores la pilotean en base a la baratura de la fuerza de trabajo y los subsidios del Estado, y acá tenemos que volver a vincular todos los elementos de esta charla. Porque China se reintegra al mercado mundial bajo la decadencia del capitalismo internacional y termina siendo presa de sus tendencias parasitarias, de sus crisis capitalistas características -exceso de inversión, sobreproducción-. Con esta caracterización completamos este segundo elemento fundamental para poder entender a la etapa histórica que atravesamos.

Declinación de Estados Unidos

La contrapartida de este ascenso y crisis en China es la decadencia de Estados Unidos. Como ustedes recordarán, el documento del Congreso comienza señalando que la guerra en curso es una tentativa de Estados Unidos por remontar -por la vía de la guerra, la coacción y la violencia- su declinación económica y política.

La restauración capitalista e industrialización de China tuvo como contrapartida a la desindustrialización de las grandes potencias, y de Estados Unidos en particular. Esta “compensación” vuelve a colocar la cuestión de la “restauración en una época de declinación”. El crecimiento de China no ha sido un factor de expansión neta de la economía mundial, sino que, en buena medida, consumió o terminó liquidando las viejas capacidades industriales de otros países donde históricamente había emergido el capitalismo industrial. Y entonces, en la crisis norteamericana aparece la cuestión del desmantelamiento industrial y Trump, sobre todo en su primera presidencia, haciendo toda una demagogia en el sentido de lograr un retorno de las industrias. Esa decadencia norteamericana es muy clara. Se ve en el retroceso de la participación de Estados Unidos en la producción mundial, que hoy es sólo del 25 %. Contradictoriamente, el dólar sigue representando más de las tres cuartas partes de todas las operaciones comerciales y financieras del mundo. De este modo, y por la vía de la coacción y la guerra, el imperialismo norteamericano pretende dar respaldo a una moneda y a una deuda pública cada vez más hipertrofiada.

Como ya mencionamos, la multiplicación del capital ficticio y el endeudamiento después de las crisis de Lehman Brothers y el COVID, genera una masa de medios de pago que se levanta como una pesada hipoteca sobre la economía mundial. Esa masa de títulos son derechos a percibir una renta que naturalmente no tiene una contrapartida en un activo real que la genere en forma directa. Es un derecho a la percepción de una cierta riqueza arrebatada a los trabajadores por la vía del Estado deudor -y de los compromisos internacionales que ese estado suscriba para pagar su deuda. El peso de esa masa de capital ficticio sobre la economía es gigantesco. Hoy representa más que el conjunto de toda la producción de los Estados Unidos; también, como vimos, es muy importante en China. Pero en EEUU constituye una masa de deuda que se recicla a sí misma con nuevos instrumentos, entonces los síntomas de esta situación están al rojo vivo. En primer lugar, esta gran paradoja: Estados Unidos, como líder financiero del mundo es un deudor financiero. Es decir que el flujo entre los dólares que entran y salen del mercado de capitales, es deficitario. Esa situación deja planteada la posibilidad de una salida de capitales más intensa y una desvalorización de la deuda pública, cuyos títulos eran “tradicionalmente” considerados como activos financieros de mínimo riesgo. El belicismo creciente y la consiguiente expansión de la rama armamentista refuerza el aumento del gasto -y por consiguiente, de un mayor endeudamiento. La consecuencia de esto es que el dólar, que representa en definitiva al conjunto del trabajo y la riqueza social creada en ese país, se debilita tendencialmente. En los últimos años, los grandes acreedores de la deuda pública norteamericana han reducido su exposición a esos títulos.

¿Sigue teniendo un liderazgo tecnológico Estados Unidos? En principio, parece tenerlo en ciertas actividades de alta tecnología, pero el peso que tienen como factor de arrastre del conjunto de la economía no representa lo que, en su momento, era la gran industria del acero o otras actividades tradicionales. La resultante de todo esto es una enorme crisis social. El sostenimiento del mecanismo de la deuda pública y de su reciclaje ha llevado a ajustes recurrentes sobre la salud, sobre los salarios. La masa trabajadora de Estados Unidos se encuentra manifiestamente empobrecida.

Y acá vienen al caso los planteos de Trump, los cuales, bien mirados, ponen de manifiesto la inviabilidad histórica de las salidas capitalistas que se discuten en el país del Nore. Veamos, por ejemplo, la consigna de "volver a hacer grande América", MAGA, que ha llegado, por ejemplo, a que Trump le planteara a empresas como Apple la integración de toda su cadena de suministros en Estados Unidos. Eso es absurdo: quiere afrontar la contradicción entre la internacionalización de fuerzas productivas y el carácter nacional de la acumulación a través de una regresión histórica. “Como el carácter de la acumulación va a seguir siendo nacional -nos diría Trump- , yo ´desinternacionalizo´ las fuerzas productivas”. Es como tener un huevo cocinado y querer volver a tenerlo adentro del cascarón. Es un planteo inviable, y el trumpismo lo sabe. En realidad, el pretendido “proteccionismo” es el primer peldaño de un planteo de expansionismo y hostilidad hacia otros bloques capitalistas, algo que implica en última instancia la guerra. Pero esto nos conduce a otra inviabilidad: la de convertir a Estados Unidos en un gendarme mundial omnipresente, a costa de choques y enfrentamientos de todo carácter; en este cuadro, al menos una fracción de la burguesía internacional pone el alerta sobre las rebeliones y las revoluciones sociales. Volviendo a “El imperialismo”, Lenin fue muy certero cuando señaló que, por todas estas características -guerra, parasitismo, despilfarro-, el imperialismo era una época de guerras… y revoluciones. Ese es el periodo histórico que estamos viviendo.

¿Multipolaridad?

Ahora bien, esta decadencia norteamericana abrió otra ilusión a la cual muchos se subieron para sortear o gambetear, otra vez, la perspectiva de la revolución socialista: de la declinación de Estados Unidos y de esta crisis mundial ¿emerge un mundo multipolar?

La cuestión de la multipolaridad aparece asociada a lo que algunos presentan como un “nuevo equilibrio mundial” o reparto del mundo: China tiene lo suyo, Estados Unidos lo suyo, la Unión Europea lo suyo. Pero no hay nada que se parezca a un equilibrio mundial; Estados Unidos quiere defender su protagonismo histórico, monetario, político y militar con todos los medios que tenga a su disposición. Ello plantea o la liquidación de los bloques rivales o su subordinación definitiva. Observen ustedes que ni siquiera los bloques históricos que emergieron en la segunda posguerra preservan un equilibrio o una estabilidad. Me refiero a la OTAN y a la unidad entre la Unión Europea y los Estados Unidos. Estados Unidos -y esto lo planteó Trump en su famoso documento de seguridad nacional- se ha planteado una ruta, en relación a la Unión Europea y en relación a Rusia y China, y esa ruta es exigir que estos bloques sean doblegados y actúen subordinadamente en relación al imperialismo norteamericano. La multipolaridad es, en definitiva, la ilusión de que la declinación americana pueda ser digerida pacíficamente por propios y extraños, y el capitalismo mundial alcance un nuevo equilibrio en forma indolora. Pero en la dimensión alcanzada por la crisis y el estadio histórico que alcanza esta declinación, la hipótesis de un equilibrio multipolar no tiene lugar. Estados Unidos ha salido a dirimir esta cuestión a través de la guerra. Alguien puede decir: "bueno, puede haber un nuevo equilibrio después de una guerra internacional". Naturalmente, no somos profetas. Pero primero habrá que atravesar esa guerra, y sus consecuencias extraordinariamente destructivas, en un sentido, y revolucionarias en el otro; en este caso, si la revolución social y la clase obrera internacional derrotan la tentativa del imperialismo de zanjar su crisis por medio de una destrucción masiva.

Conclusión

Ya entrando al último punto de nuestra exposición, tenemos a la crisis capitalista en el estadio de una crisis humanitaria. La humanidad entera es la que está interpelada, lo que pone de manifiesto que el agotamiento del capitalismo no es un fenómeno episódico. Tiene que ver efectivamente con una con una tendencia histórica. Lo sabemos con la crisis jubilatoria, que tiene un alcance mundial: ustedes han visto de qué manera el alargamiento de la expectativa de vida es presentado en la sociedad capitalista como una enorme maldición. El capitalismo carga con las taras de su propio desarrollo y declinación, cuando las posibilidades potenciales de la productividad del trabajo en general, y de la medicina o la farmacología en particular, darían lugar no solamente a que la vida humana pueda desenvolverse hasta cierta edad, sino que lo haga en condiciones saludables en todo sentido. Entonces acá queremos situar el lugar histórico de la guerra. ¿Por qué? Porque leemos referencias a la guerra en términos geopolíticos: un conflicto territorial entre Rusia y Ucrania, otro ancestral en Medio Oriente, y así sucesivamente. Esta visión de la guerra lleva naturalmente a la desorientación política. El método de Política Obrera ha sido otro: el de caracterizar a la guerra como el estallido de las contradicciones del capitalismo en su declinación. Esta caracterización nos permitió entender por qué el choque entre Ucrania y Rusia inauguraba una guerra internacional. Estas caracterizaciones antagónicas son muy importantes para entender la lucha política en la izquierda. Veamos, por caso, La Izquierda Diario: allí donde nosotros hablamos de la declinación del capitalismo, en esta corriente aparece un término desconcertante: la guerra, como parte de un "caos sistémico", o, para citar otra expresión de esta corriente, un "desorden global". Es decir ¿hay una ruta histórica, hay una tendencia a considerar? ¡No! Hay simplemente un lío bárbaro. Esto, evidentemente, ¿a qué lleva? A la política del día a día, al oportunismo, porque se carece de una caracterización, que yo en esta exposición he tratado de sostener. Podrán ustedes ver que el punto de partida de esta charla -la cuestión de una etapa histórica de declinación del capitalismo- lo hemos desplegado en todo el desarrollo que hicimos en relación a la restauración capitalista, a la declinación de Estados Unidos o a la posibilidad de un supuesto nuevo equilibrio con varias potencias.

Pero incorporamos para terminar un elemento importante. Porque, naturalmente, no faltarán quienes nos señalen: "pero, ¿de qué declinación capitalista estamos estás hablando? El capitalismo ha sido capaz de parir la inteligencia artificial", lo cual es falso porque la inteligencia artificial -como todas las conquistas tecnológicas- son resultado del trabajo humano, de científicos cuyas innovaciones han sido capturadas por el capital. Pero en relación a la inteligencia artificial, lo que hoy aparece asociado a ella, y esto ya es objetivo, no es la esperanza sino el pánico: en primer lugar, porque se la ha utilizado como instrumento letal de guerra, como en la masacre de Gaza. Luego, porque en torno de la cuestión de la inteligencia artificial se están discutiendo dos cuestiones muy importantes que están relacionadas: una, que las empresas que han invertido grandes sumas en el desarrollo de la IA no encuentran todavía la rentabilidad de sus inversiones. Hay una demanda de estas empresas por nuevos recursos financieros, con el argumento de que si se puede llevar a un estadio superior la expansión tecnológica y comercial de la IA, ahí recién se podrían obtener beneficios. Pero mientras tanto, en todo el sistema financiero que bancó a la inteligencia artificial está la incertidumbre de que todo termine con el estallido de una nueva burbuja financiera.

La otra gran cuestión es que la contrapartida de una aplicación más o menos generalizada de la inteligencia artificial van a ser los despidos en masa, en una dimensión absolutamente extraordinaria. Entonces, ¿qué es lo que se pone de manifiesto acá? Que el capitalismo no puede procesar las consecuencias de su propio salto tecnológico. ¿Y por qué no lo puede manejar? Supongamos que la sustitución de puestos de trabajo se evitara con una drástica reducción de la jornada laboral, lo que permitiría preservar el nivel de ocupación. También podrían crearse nuevas actividades que den empleo a los trabajadores ociosos, aplicando la riqueza social añadida por la nueva tecnología. Pero todas esas medidas recortarían las ganancias del capital privado, que debe competir con sus pares a costa de estrujar hasta la última gota al trabajo actual, vivo, creador de valor. Nada de que trabajen dos horas: que trabajen todas las horas posibles. (En la época de la IA, la jornada laboral y el trabajo precario se expanden con toda su fuerza). En el tecnocapitalismo, en el capitalismo digital, al lado de las innovaciones, al lado de las App y de todo lo conocemos, hay un chico que se desloma -este sí se desloma de verdad, no como Adorni-, que arriesga su integridad en una moto con una aplicación de pedidos, o alguien agotando sus fuerzas físicas como chofer. El capitalismo tecnológico necesita estrujar a fondo la poca fuerza de trabajo que todavía explota en forma directa. Esa contradicción sólo tiene salida expropiando al capital y llevando adelante una planificación consciente, democrática, dirigida por los trabajadores en el marco de su propio gobierno.

Entonces, y para concluir, ¿que vemos en el plano político en esta época que transitamos? Los métodos de dominación característicos de un capitalismo en ascenso, el régimen democrático, están en elevado grado de agotamiento. Una expresión muy clara de eso es el ascenso de gobiernos de autoridad personal, de corrientes y gobiernos ultraderechistas, incluso cuando no han constituido regímenes fascistas plenos, para lo cual deberían contar con una fuerza de choque de elementos desclasados. Esto no quiere decir que, en un momento, el fascismo no pueda encontrar un camino para su desarrollo. Ello acentúa la necesidad de que enfrentemos la descomposición capitalista con la creación de un partido propio de la clase obrera.

Este es el periodo histórico: no es un periodo de pequeños pasos adelante de la clase obrera, que allí donde se conquisten, por ejemplo, concesiones parciales, sólo serán arrancadas como resultado del temor a las acciones revolucionarias.

Este es el terreno en el cual hoy indudablemente están haciendo su experiencia de lucha las nuevas generaciones de trabajadores. El reformismo, el progreso bajo la vía del parlamentarismo, es una perspectiva histórica que no se corresponde con esta etapa de declinación capitalista. Hay, en este punto, una profundísima adaptación de la izquierda que no quiere ver la dimensión catastrófica de la crisis en juego, porque apuesta al sostenimiento burocrático y rutinario de las pequeñas posiciones que pudo haber obtenido en el marco del Estado capitalista.

Las crisis y las guerras que hoy tenemos reflejan un punto culminante de las contradicciones capitalistas. Pero cualitativamente no son diferentes a todo este periodo de declinación capitalista que hemos visto acá, se integran a un proceso histórico que hoy conseguimos examinar desde el imperialismo hasta hoy.

La restauración capitalista como factor de relanzamiento capitalista recorre indudablemente su agotamiento, y es hoy un factor activo de agudización de la crisis capitalista y de la lucha de clases. Lo demuestran las huelgas y los levantamientos de la clase obrera en China, un aspecto fundamental de este ensamble con la crisis mundial, entonces ¿cuál es el llamado que hace nuestro texto del Congreso? Hacer de esta caracterización el punto de partida de un programa, que vamos a someter a la práctica política en la tarea de construir de un partido. Con una vigencia inusitada, está planteada la necesidad de poner en pie una dirección socialista y revolucionaria de la clase obrera, para enfrentar una crisis capitalista que se ha convertido ya en crisis humanitaria.

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