Propuesta de resolución acerca de las tareas que plantea la situación mundial y nacional
Este documento está presentado a debate de la militancia de Política Obrera para el congreso de nuestro partido que tendrá lugar los días 17, 18 y 19 de abril
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El imperialismo norteamericano, bajo la dirección de Donald Trump, ha salido a enfrentar la marcada declinación de Estados Unidos en la economía y política mundiales mediante una guerra comercial, financiera y militar contra todos sus rivales internacionales. El imperialismo norteamericano no puede sobrevivir a la crisis capitalista mundial sin la destrucción y el sometimiento de los imperialismos rivales y de los estados restauracionistas del exespacio soviético internacional. Trump cancela el carácter fragmentado de la vieja “guerra global contra el terrorismo” y la guerra de la OTAN contra Rusia en Ucrania y Europa. El propósito declarado de esta contraofensiva contrarrevolucionaria es imponer un régimen político internacional bajo la tutela de Estados Unidos, mediante la completa instrumentación de los recursos acumulados por el imperialismo norteamericano (económicos, políticos y por sobre todo militares). La conversión de Venezuela en un protectorado ‘de facto’ conducido por el chavismo residual, ha quedado establecida como una suerte de paradigma político internacional, que se busca replicar en Gaza (Palestina), Cuba e Irán, e incluso en Canadá y Groenlandia (o sea en la Unión Europea). El acuerdo de cese del fuego diseñado por la camarilla de Trump, en la guerra de la OTAN y Rusia, combinado con tratados coloniales de explotación de recursos mineros (tierras raras), apunta a una colonización de Ucrania, Rusia y la Unión Europea, y a la conquista del Asia central por parte del imperialismo norteamericano.
La “estrategia de seguridad nacional”, formulada por el gobierno de Trump, es sin embargo inviable en sus propósitos de sometimiento del conjunto de la economía y política mundiales, en tanto supone choques y enfrentamientos de envergadura crecientes, así como una onda de fascistización política, de una parte, y de crisis revolucionarias y revoluciones, de la otra. No existe tal cosa como una “reformulación del orden internacional” que no sea una guerra mundial. La “seguridad nacional” de Estados Unidos es el eufemismo para una guerra mundial. La extensión de la ‘venezuelización’ al resto del mundo (protectorados ‘de facto’), amenaza con desatar una nueva guerra contra Irán, con alcance en todo el Medio Oriente, e incluso el envío de tropas norteamericanas ‘al terreno’; también una catástrofe humanitaria en Cuba. Por otro lado, ha provocado una confusión considerable en la burguesía mundial, como se advirtió en el reciente fórum de Davos. Hay una declarada guerra por la conquista de ‘zonas de influencia’, que se manifiesta en una seguidilla de convenios de “aranceles recíprocos”; Trump ha conseguido que la Corte Suprema de Panamá declare inconstitucionales las licitaciones de los puertos del Canal que se encuentran en manos de un grupo de inversores de China. Está planteado, a término, el sometimiento completo de la OTAN por parte de Estados Unidos (que la ha convertido en un mercado cautivo de la industria armamentista norteamericana), como una alternativa a su disolución y a una guerra con los imperialismos europeos. Hay indicios de que Trump ha logrado imponer un veto a la constitución de un mercado de deuda pública de la Unión Europea (que se había previsto en 500 mil millones de euros) para proteger al mercado de capitales de Wall Street de una fuga de capitales. En abril de 2025, las subas arancelarias de Trump hundieron el mercado de acciones de Nueva York y, por sobre todo, el mercado de deuda pública –el área última de refugio del capital internacional-. Con motivo de los roces por Groenlandia, varios estados europeos han vendido tenencias de bonos norteamericanos y provocado la devaluación del dólar, lo que es perjudicial para sus exportaciones a Estados Unidos. La ‘geopolítica’ de Trump ha sido incorporada como un “factor de riesgo” en los negocios internacionales (“el riesgo geopolítico’). El sistema de dominación internacional (conjunto) del imperialismo se ha quebrado. La “iniciativa estratégica” que la burguesía mundial ha perdido como consecuencia de su decadencia histórica se ha convertido en una ‘guerra civil’ entre sus fracciones principales.
El Documento de Seguridad Nacional del gobierno de Trump declara a China como un “enemigo estratégico’. No toma en cuenta el servicio prestado por la restauración capitalista al capital internacional, a la cual presenta, al revés, como un subsidio otorgado por Estados Unidos a China. La restauración capitalista, como es obvio, ha convertido a China en el espacio rentable más importante para el capital extranjero; aún hoy, la inversión extranjera en China es superior a la exportación de capital de la misma China. Ese período, sin embargo, se ha agotado relativamente, como se manifiesta en la caída de la tasa de rendimiento del capital y en la emergencia de una sobreproducción de mercancías de alcance internacional. La restauración capitalista no ha convertido a China en una semicolonia del capital internacional, que es su objetivo histórico; desde este punto de vista, o sea de la economía capitalista mundial en su conjunto, la restauración “no se ha completado” (no ha ‘retornado’ a su dependencia política internacional del pasado, ni establecido una ‘nueva”). China, por otro lado, tampoco hubiera podido convertirse en una semicolonia sin pasar por una disolución de la unidad nacional. Pero sin unidad nacional, o sea, sin un estado independiente centralizado, como el que impuso por primera vez en varios siglos el régimen maoísta, China no se habría podido convertir en un mercado real, efectivo y amplio para el mismo capital internacional. La presencia de los capitales extranjeros en China, sea para competir en el mercado interno de China como en el internacional, desde sus inversiones en China, no guarda comparación con la inversión del capital de China, sea en Estados Unidos o Europa; incluso capitales chinos han sido forzados a desinvertir en las áreas calificadas como de “seguridad nacional’ por los gobiernos huéspedes. China, por otro lado, depende de las reservas internacionales ganadas por su superávit comercial externo, porque no ha conformado un mercado de capitales de las proporciones de Nueva York, Londres o París y Frankfurt, ni ha desarrollado una moneda de reserva internacional. Este desarrollo contradictorio (receptor de capital y principal exportador internacional de mercancías) ha convertido a China en un competidor de primera línea en el mercado mundial y, por sobre todo, en el principal agente de la sobreproducción mundial de mercancías y de la caída de la tasa de beneficios internacional. Después de décadas “acumulación primitiva” (creación de un mercado laboral ‘libre’); monetización de la propiedad agraria comunal o pública (despojo de las tierras campesinas); ingreso de capital extranjero, China ha ingresado en el ciclo de las crisis capitalistas. Atraviesa, en la actualidad, una deflación persistente, luego de la bancarrota de su mercado inmobiliario. La agudeza de los antagonismos de clase tiene su expresión en la represión de cualquier acción obrera independiente, y en un bonapartismo personal excepcional en la cúpula del poder. En contraste con China, el trumpismo evalúa que la regresión económica y social que ha sufrido Rusia haría factible una segunda disolución (después de la Unión Soviética). Lo que es manifiestamente inviable es una economía y política “multipolar” internacional a tres bandas –EEUU, la UE, los BRICS- con sus propias reglas. Por otro lado, la reconversión de las cadenas internacionales de producción y valor en cadenas tuteladas por el imperialismo norteamericano es solamente viable como abstracción: en la práctica, equivale al dislocamiento del mercado mundial y al derrumbe (desigual) de las economías nacionales. La contradicción entre el desarrollo internacional de las fuerzas productivas, de un parte, y el carácter nacional de los estados, de la otra, no se puede conciliar; lleva a crisis mundiales, guerras y revoluciones.
El “corolario Trump de la doctrina Monroe” (‘Donroe’) busca convertir a América Latina (y Canadá) en eslabones de las cadenas de producción controladas por los capitales y el estado de Estados Unidos, y por lo tanto en vasallos políticos de una guerra internacional. De forma relativamente diferente es lo que ha ocurrido en las guerras mundiales anteriores. En América Latina operan el Comando Sur del Pentágono y la IV flota norteamericana. China no tiene presencia militar en los distintos terrenos de confrontación (salvo en Djibouti, en el noroeste de África); la presencia de Rusia ha sido neutralizada (en Venezuela y Cuba). Pero las cadenas de producción, con participación de China, son relevantes en Brasil y México, y también en Perú y Argentina. La tentativa de desmantelarlas generaría confrontaciones en otros espacios mundiales, ya que China carece de la proyección política y militar que caracteriza al imperialismo estadounidense. El gobierno de Milei, por ejemplo, se ha convertido en una suerte de viceconsulado norteamericano, a partir de la intervención del Tesoro de Estados Unidos en la corrida cambiaria de septiembre pasado, que salvó a Milei de la caída de su gobierno; el salvataje financiero se ha repetido ante la falta de fondos para pagar intereses vencidos de Argentina con el FMI. Habiendo convertido a Milei en una Delcy Rodríguez ríoplatense, Trump le ha impuesto un tratado comercial enteramente entreguista, porque satisface en forma entera y exclusiva los reclamos de Estados Unidos (patentes – semillas y medicamentos – apertura industrial indiscriminada con dólar doblemente devaluado (internacionalmente y respecto al peso) – y preferencias de inversiones para capitales norteamericanos en detrimento de los brasileños, europeos y de China). Este acuerdo desmantela de hecho al Mercosur y está acompañado de un memorando de entendimiento para la explotación de minerales de tierras raras con preferencia hacia Estados Unidos; es el equivalente a la confiscación del petróleo, el oro y el cobre impuesto por Trump a los hermanos Rodríguez y a Diosdado Cabello en Venezuela. La lucha por el control de las fuentes fósiles y no fósiles de energía se ha convertido en el eje de una guerra imperialista contra China en todos los escenarios internacionales. El llamado “Sur Global” es objeto de una ofensiva política, económica y militar del gobierno de Trump con el objetivo de reunir una masa crítica para el asedio y la presión militar contra sus rivales internacionales. La “cuestión nacional” ha recobrado una relativa vigencia, precisamente cuando la capitulación política ante el imperialismo, de parte del antiimperialismo burgués (bolivariano, ‘nacional y popular’, mexicanista o brasileñista) se ha acentuado. La defensa de la independencia nacional, en este escenario de descomposición del capitalismo, recae por entero en el proletariado, que para ello deberá independizarse del nacionalismo de ‘izquierda’ como de derecha: adoptar un programa socialista frente a la guerra imperialista internacional; y convertirse en clase revolucionaria a nivel nacional e internacional.
El ‘patio trasero’ principal que debe asegurar para sí el imperialismo norteamericano, se encuentra esta vez en los propios Estados Unidos. En la guerra actual, no representa la ficción del “imperialismo democrático”, como ocurrió en el pasado, contra el “totalitarismo”. Ahora, se encuentra a la vanguardia de la promoción de “regímenes de excepción’ y asume por entero su condición fascistizante. La administración Trump gobierna por decreto, con violaciones extraordinarias del estatuto legislativo, judicial y constitucional de Estados Unidos, tanto en política interna como exterior. La arremetida contra la inmigración no se distingue de administraciones anteriores por el número de deportaciones, sino que lo hace por el método político que emplea. El ‘famoso’ ICE es un ‘grupo de tareas’ diseñado para secuestrar migrantes sin consideración por el “debido proceso”; guarda incluso similitud con la caza de judíos por parte del hitlerismo. Esta operación criminal es violatoria del régimen federal del país y es asistida por la Guardia Nacional y las Fuerzas Armadas. Se trata de una subversión completa del sistema constitucional establecido hace exactamente 250 años; procura suplantar la “unión de estados” por un protorégimen unitario: Estados Unidos da paso a América. A la pérdida de peso en el comercio internacional y la consiguiente pérdida de mercados, se añade la declinación relativa del nivel de vida de los trabajadores de Estados Unidos, que han dejado de participar de las migajas históricamente ofrecidas por la extracción de valor de los trabajadores de la periferia capitalista. El crecimiento de la tasa internacional de beneficio que tuvo lugar en las primeras décadas que siguieron a la disolución de la URSS y la penetración del capital internacional en China, se ha disipado; las ganancias financieras han crecido el doble de las industriales. Este cambio de tendencia se manifiesta en la multiplicación de conflictos en la industria y los servicios, en especial debido a cesantías masivas y ataques a las condiciones laborales, en especial en “las tecnológicas”. El pseudoaumento de la sindicalización bajo el gobierno de Biden, así como los aumentos del salario mínimo en cierto número de estados ha sido revertido por completo. Advertido del descenso espectacular de la intención de voto hacia el partido Republicano para las elecciones de medio término en noviembre próximo, Trump ha manifestado su intención de quitar a los estados la organización de las elecciones y suprimir el voto por correspondencia. Se quiere convertir en “King” (rey), en referencia al dominio de la monarquía británica sobre las colonias norteamericanas.
Pero un escenario de rebeliones al interior del país destruye la capacidad para emprender guerras en el exterior; la guerra mundial ya no es compatible con la democracia. La participación de trabajadores en esas rebeliones contra las redadas masivas no significa, sin embargo, que el proletariado de Estados Unidos haya ingresado a una etapa de lucha política de clases. La oposición a la guerra imperialista de Trump no ha alcanzado el nivel que tuvo contra la guerra en Vietnam, pero es posible que la supere, a término, vista la magnitud de la crisis política. Este desarrollo ofrece una oportunidad histórica para unir la lucha contra la guerra imperialista con la lucha por el derrocamiento de los gobiernos imperialistas, incluido, nada menos, que Estados Unidos.
Más allá del desarrollo político de la presente guerra mundial a todos los continentes, la humanidad asiste a un desmoronamiento de la organización capitalista internacional en su conjunto. Detrás de la superficie “geopolítica’, opera el agotamiento histórico de la organización social capitalista, con manifestaciones cada vez más amplias y violentas. La versión geopolítica de la historia encubre la lucha de clases. Las guerras son, de una parte, la expresión del estallido de las contradicciones de la acumulación de capital y, de la otra, la forma militarizada de la competencia entre los capitales en mercados saturados. La contradicción entre la forma social de la producción y la apropiación privada, asume en el plano mundial la forma del antagonismo entre la internacionalización de las fuerzas productivas, de un lado, y el carácter nacional de los estados que deben asegurar por otros medios la acumulación de capital. La función ideológica de la ‘geopolítica’ es fomentar el chovinismo, o sea la supremacía del interés nacional. La guerra imperialista mundial ha integrado, históricamente, una diversidad de guerras, incluidas aquellas de liberación nacional de colonias, semicolonias y naciones oprimidas en general. Es, de todos modos, una diversidad de carácter dialéctico, o sea que plantea, en su conjunto, para la clase obrera internacional, la destrucción del imperialismo y el pasaje o tránsito hacia una organización socialista de la humanidad. ‘Desear”, en el desarrollo de la guerra presente, una ‘victoria’ de China o de Rusia contra el imperialismo de la OTAN, no significaría ningún desarrollo alternativo de progreso para la clase obrera internacional y la humanidad, sino una promoción de la guerra imperialista. En las condiciones de una guerra internacional imperialista, una recuperación nacional de Taiwan por vía militar, por parte del estado chino, tendría un carácter contrarrevolucionario. Es necesario trazar una delimitación del proletariado internacional con estos planteos pseudoantiimperialistas, en función de impulsar la transformación de la guerra imperialista en una guerra socialista para poner fin al imperialismo mundial.
La guerra imperialista transcurre en medio de un ciclo de especulación financiera incentivado por la carrera de los grandes grupos tecnológicos por monopolizar la producción de semiconductores e imponer su primacía en el desarrollo de la Inteligencia Artificial. Este ciclo especulativo ha sido fomentado por un proceso de endeudamiento público sin precedentes destinado al rescate de las Bolsas, las grandes compañías y los fondos internacionales, en ocasión de los grandes desplomes internacionales desde la crisis del sudeste de Asia (1992/97, de la quiebra del Long Term Capital Management (LTCM, 2000); el colapso de 2007/8 y en años sucesivos, y por la irrupción del Covid 19 en marzo de 2020. Las transacciones de las siete grandes tecnológicas explican el 90 % de la suba bursátil de los últimos años. Han registrado un endeudamiento y una valorización que no se justifica por la expectativa de ganancias. Los gastos de capital para la instalación de centros de datos no obedecen a una planificación de su producción final, sino que son determinados por una competencia por la conquista de la primacía. La magnitud de las necesidades de materiales básicos y de energía ha desatado una furiosa rivalidad por esos recursos. De cualquier modo, la escala alcanzada por el endeudamiento con relación a los resultados comerciales ha creado el temor de un desplome de los bancos y fondos internacionales. Una señal de este temor es la creación de vehículos financieros extrabalances para aliviar la carga de la deuda oficial de las tecnológicas. Alphabet ha lanzado un bono a cien años para financiar inversiones. La perspectiva de que la Inteligencia Artificial se convierta en una salida a la crisis capitalista en curso (caída de la tasa de ganancia y sobreproducción) debe atravesar, primero, el desencadenamiento de una crisis financiera sin precedentes. Por otro lado, desataría una crisis energética feroz por la magnitud de la demanda que generaría. El mercado prioritario de la IA es el militar, o sea la guerra. La IA ha sido usada en abundancia por el estado sionista en el genocidio en Gaza, y lo mismo ocurre en la guerra en Ucrania; el desnivel numérico de las fuerzas en combate es suplantado por una ecualización de recursos tecnológicos. Lejos de desarrollar las fuerzas productivas, incentiva la destrucción masiva y la tendencia a una guerra de aniquilamiento. El ‘uso civil’ de la IA ha quedado relegado por la barbarie militar. En una organización social que se caracteriza por la anarquía de la producción, el ensamble entre las tecnologías nuevas, de un lado, y la industria y la producción, del otro, procede inevitablemente bajo la forma de crisis . El desarrollo de esta tecnología elevaría en forma extraordinaria la participación del trabajo muerto, o sea el ya realizado como capital, en el valor de la producción, en detrimento del trabajo vivo, o sea la fuerza de trabajo. Ejerce, por lo tanto, una tendencia disolvente del capitalismo, cuya valorización depende del trabajo vivo presente en el proceso de trabajo. En definitiva, mientras la humanidad asiste, en todos los terrenos, a una revolución tecnológica y científica sin parangón, bajo su forma capitalista es incapaz de promover el desarrollo social, acentúa las limitaciones de reproducción del capital y acelera la revolución social.
No sorprende que en una circunstancia histórica como la presente resurja el fascismo como un espectro que todavía no ha encontrado la forma para su desarrollo. El desmoronamiento del capitalismo (crisis catastróficas, desempleo, guerras comerciales y militares) desarrolla un escenario de inseguridad social que la agitación de la ultraderecha adjudica a la lucha de clases y al socialismo. La base de la democracia, un capitalismo en progreso, se encuentra definitivamente minada; el espacio del reformismo, que la izquierda democratizante reivindica para justificar su política parlamentarista y electorera, se ha encogido a los niveles de la crisis histórica de hace un siglo, que es, en la actualidad, incomparablemente más amplia. La tendencia política del momento de la gobernabilidad capitalista es el pasaje al “estado de excepción”, que se manifiesta por sobre todo, aunque no solamente, bajo el trumpismo estadounidense y en el territorio de la mayor democracia de la historia, Estados Unidos. La burocracia restauracionista (en Rusia, China, Vietnam, Cuba) se ha incorporado al capitalismo con el “estado de excepción” bajo el brazo; ha convertido al stalinismo en un régimen de excepción en condiciones capitalistas. Los pronósticos del llamado ‘mandelismo’ acerca de una autorreforma de la burocracia y de la democratización de sus estados, se revelaron como una estafa, lo mismo que el saludo del morenismo a “la revolución democrática” que ponían en marcha la Perestroika (reforma) y el Glasnost (transparencia). El establecimiento de protectorados ‘de facto’ en el exterior refuerza la tendencia al estado policial en los Estados Unidos. El sometimiento de los restantes imperialismos al ‘orden trumpista’, representa una suerte de Acuerdo de Munich 3.0, en el desenvolvimiento de la guerra actual; o sea en una resignación a la extensión de la guerra. Una fracción del imperialismo ‘disidente’, sin embargo, sostiene que el mundo asiste, no a una tendencia, sino a “una anomalía”, que podría ser apartada del curso normal de la historia con, por ejemplo, una derrota de Trump en las elecciones norteamericanas de medio término. Este planteo ha sido recogido por un columnista del Financial Times, el diario financiero británico que alerta acerca de una victoria electoral del fascista Nigel Farage, en Gran Bretaña, en medio del derrumbe del gobierno laborista. Se confunden aquí las irregularidades y la volatilidad de una tendencia, con un cambio de dirección. En realidad, la “anomalía” sería que esa eventual derrota de Trump en las elecciones de medio término o incluso en las presidenciales de 2028, tuerza, siquiera mínimamente, esta tendencia contrarrevolucionaria, por la sencilla razón de que el impasse histórico del capitalismo no puede ser removido por una elección, salvo que el proletariado aproveche esas derrotas para imponer su propia salida histórica por medio de una acción histórica independiente. La agudización del impasse del capital polarizaría aun más el conflicto de clases e internacional. Los ‘traspies’ de la ultraderecha reforzarían la tendencia de los grandes capitales a convertirla de instrumento de represión en instrumento de la guerra civil contra el proletariado internacional, o sea en fascista. Las crisis inevitables de la derechización política deben servir para la liquidación definitiva de la derecha, por medio de la acción directa, y no para estimular treguas mentirosas que sólo servirán para que resurja más monstruosa.
El ascenso de LLA al gobierno, en Argentina, es parte de la tendencia internacional generada por el desmoronamiento de las superestructuras y las bases del capitalismo mundial. Milei, sin embargo, cuenta con un apoyo social incomparablemente inferior a quienes lo precedieron en su política de ajuste social violento –Menem, apoyado monolíticamente por el peronismo, y Macri, que había armado una coalición ‘neoliberal’ muy amplia-. En contradicción con esta precariedad política (la abstención electoral continúa siendo masiva), Milei ha impuesto una política de liquidación de derechos políticos y pauperización de la fuerza de trabajo aun mayor que las de sus predecesores; el agravamiento de la crisis financiera (un default) ha servido para unir a la burguesía en una política de “shock”. Milei se inscribe en la tendencia abierta por otro ‘outsider’ o francotirador, en Brasil, Messías Bolsonaro, con la diferencia de que éste llegó al gobierno mediante una operación política judicial del alto mando militar. En ambos casos, los partidos patronales organizados se hundieron en una crisis abismal, incluido el PT, que ha perdido bastiones estaduales fundamentales. Dos años más tarde, Milei se ha reforzado con el apoyo internacional privilegiado del imperialismo norteamericano y del sionismo, y con un armado propio en el alto mando de las Fuerzas Armadas y en los servicios de Seguridad. Cuando se está por cumplir el 50 aniversario del golpe militar genocida, la camarilla liberticida se apresta a sancionar una reivindicación política de la dictadura. A esta intención obedece la entrega del sable corvo de San Martín al regimiento de Granaderos. El entrelazamiento de las FFAA de Argentina con el Pentágono ha facilitado un rearme militar de tierra y marítimo. Esta metamorfosis del gobierno de Milei altera las condiciones de recambios electorales que han prevalecido desde 1983, incluso en el caso de la caída de De la Rua. Milei se ha convertido en un activo estratégico en condiciones de guerra internacional. Como ocurre con Trump en Estados Unidos, que amenaza con el desconocimiento de sus resultados, Milei ya prepara cambios en las leyes electorales y desarrolla un espionaje político sin precedentes. La ultraderecha, por otra parte, ha tenido un importante avance en América Latina, especialmente en Chile, siete años después de una enorme y prolongada rebelión popular, pero también en Honduras y Ecuador. El caso de Chile ha dejado al desnudo la putrefacción de la neoizquierda que lideró las grandes marchas estudiantiles y el partido comunista, que entregaron la rebelión a un acuerdo con el fallecido presidente Sebastián Piñera. El protectorado ‘de facto’ establecido por Trump en Venezuela y el consecuente bloqueo petrolero internacional contra Cuba, abren un escenario de violencia política derechista en América Latina (que se manifestó en parte en las masacres contra las favelas de Río de Janeiro por fuerzas paraestatales). Esta centralidad de la ultraderecha modifica las condiciones y métodos políticos de la clase obrera. Las condiciones económicas y sociales sobre las que se asientan los gobiernos de ultraderecha no están, sin embargo, grabadas en piedra. Milei y Caputo gobiernan bajo la amenaza de corridas cambiarias y bancarias, que los fuerza a la aplicación de políticas deflacionarias que acentúan una enorme crisis industrial. Scott Bessent se ha visto obligado a rescatar a Milei en las vísperas de las elecciones de octubre pasado, más allá del FMI, y esto se repitió en enero ante grandes vencimientos de la deuda externa. Milei ha pagado este rescate con la firma de un acuerdo comercial con Estados Unidos de características coloniales: otorga privilegio legal a las inversiones norteamericanas, para bloquear a China; establece un nuevo sistema de patentes en materia de medicamentos y semillas; da acceso irrestricto al sistema de datos privados de Argentina a Estados Unidos; abre en forma preferencial el mercado argentino a la exportación norteamericana, sin reciprocidades. Argentina, a pesar de estas concesiones y a la ‘apertura’ a la minería y al petróleo no convencional, asiste a un déficit de inversiones extranjeras (salidas mayores a las entradas). Los medios artificiales utilizados para poder conseguir un reingreso al mercado voluntario de deuda internacional (encarecimiento del peso, crecimiento exponencial de la deuda pública en pesos, expansión artificial de la emisión secundaria de pesos, por parte de los bancos), no han tenido éxito. El volumen de vencimientos de la deuda externa y sus intereses en los próximos años es fenomenal, e incluso una apertura lo sometería todavía más a la turbulencia del mercado financiero internacional. De esta manera, la inflación de precios, o sea la devaluación interna del peso, es creciente; la contradicción entre la revalorización exterior del peso, por un lado, y su desvalorización interna, es sencillamente explosiva. El ciclo de las corridas cambiarias sigue abierto.
En las condiciones así definidas, el peronismo, el kirchnerismo y la burocracia sindical se han convertido en puntales de la consolidación de Milei, sintetizado en un antiguo slogan: “tenemos 2027”. En numerosas provincias y en la provincia de Buenos Aires, los gobernadores ‘nacionales y populares’ son colaboradores de Milei, como ya ocurriera, por otra parte, con Menem y Macri; es un apoyo político que va más allá del “institucional”. Fuerza Patria, o sea CFK, los reincorporó como candidatos propios en octubre pasado, pero luego retornaron al apoyo a LLA sin inconvenientes. Los une a Milei la gran minería y la destrucción de los glaciares. Pero todos, al igual que Kicillof, aplican una política de ajuste sin fallas. La entrega de la burocracia sindical al gobierno no podría haber sido más completa; en el caso del Smata se ha convertido en una fuerza de choque contra los delegados sindicales (Toyota). La burocracia de UTA ha contenido con dificultades la huelga general del transporte. La UOM arrastra dos años sin convenio; ha renunciado de hecho a los convenios por rama antes de la (media) sanción de la contrarreforma laboral. Una parte de la burocracia anuncia huelgas a sabiendas de que las levantará con el dictado de una conciliación obligatoria. El kirchnerismo no tiene una política alternativa a la que Milei ofrece al conjunto del capital; lo alivia que no tengan que ser los ejecutores del “trabajo sucio” que está en marcha. Milei gobierna con el auxilio de lo que se llama “la izquierda’ del régimen político. Esto no ha impedido el apoyo continuo del FITU al kirchnerismo, tanto en la acción política como en el Congreso. Ha estado estafando a los trabajadores con la perspectiva de que la burocracia de la CGT llame a una huelga general, que además confunde adrede con un paro de 24 horas. Le pide nada menos que “un plan de lucha”, o sea que asuma la dirección política de la clase obrera, que no sería sino contrarrevolucionaria. En cuanto al programa, ha reemplazado el programa socialista por el de impuestos a las rentas capitalistas o retenciones a las exportaciones. En tiempos ‘trumpistas’, un libro reciente del PTS ("La Zurda") reivindica el espacio y los métodos del reformismo social. En esta medida, la izquierda democratizante es otra apoyatura del régimen político, siempre a la espera de un “sorpasso’ electoral. El FITU no existe como fuerza o herramienta de lucha, ni como “columna independiente” en las escasas maniobras de la burocracia. Su método interno no se distingue del que impera en cualquier partido patronal, en cuanto a cargos; incluso ha pasado un tiempo suficiente como para que consagre una casta que tiene beneficios económicos considerables en materia previsional. Las expulsiones que tuvieron lugar en el Partido Obrero en 2019 fueron saludadas por la prensa y reivindicadas por los aparatos del FITU como funcionales al abandono del ‘utopismo’ socialista y a la política de “lo concreto”. El conjunto de la superestructura de la clase obrera ha colaborado, ciertamente en forma distinta y con alcances diferentes, en el sostenimiento de un gobierno ultrarreaccionario acosado por una crisis financiera.
La disolución de la URSS constituyó un derrota fundamental para la clase obrera internacional, esto porque la bancarrota de la burocracia gobernante no dio lugar a revoluciones proletarias que restituyeran la dominación política de la clase obrera sino a una restitución de la propiedad capitalista y a la dominación política capitalista de la propia burocracia y de una oligarquía financiera emanada de las gerencias ‘socialistas’ de las empresas estatales; el capital internacional cooptó a las burocracias ‘comunistas’ para la transición capitalista. Además de la desaparición de los partidos comunistas y también de los socialistas, y de un retroceso del sindicalismo, se estableció un período de reflujo de las luchas obreras internacionales; para muchos, incluso una retroceso histórico en la consciencia de clase. Es precisamente en este período, sin embargo, cuando el retroceso social y político de la Revolución Cubana es ya manifiesto, que se inicia un vuelco popular hacia los llamados movimientos bolivarianos, de contenido burgués y direcciones pequeño burguesas, como consecuencia de grandes rebeliones (e insurrecciones) populares en Argentina, Bolivia, Perú, Venezuela; el ascenso del PT en Brasil y la ‘transición a la democracia’ en Chile, casi todos revestidos de la etiqueta del “socialismo”. Esta nueva fase del antiimperialismo burgués, en América Latina, ha concluido de una forma contundente; el ascenso de la ultraderecha es producto de este inevitable fracaso histórico. El seguidismo del llamado trotskismo (esencialmente el morenismo), sistemático algunas veces, y errático, en otras, ofició de complemento político a esta derechización. La consciencia de clase no es una entidad metafísica sino que está sujeta a una línea de desarrollo histórico y a las luchas políticas concretas de las clases y partidos en pugna. “El fin de la historia”, así como el “fin del socialismo” ha sido una superchería pseudointelectual del propio imperialismo en esta lucha política fundamental. Sin llegar al extremo de defender en forma abierta esta posición reaccionaria, la izquierda internacional se ha adaptado, en sus diversas tendencias, a estas conclusiones, bajo el planteo de que el “ciclo histórico de revoluciones proletarias, iniciado en Octubre de 1917, ha concluido”. Las derivaciones programáticas no se hicieron esperar: la teoría marxista del estado, y por lo tanto de la lucha de clases, fue abandonada y la dictadura del proletariado fue declarada caduca. La conciliación de clases, bajo una forma perimida como el parlamentarismo, pasó a ser el eje de toda la izquierda exstalinista, exsocialista y excuartainternacionalista-. En el escenario de ascenso de la ultraderecha debe integrarse la derechización de la llamada izquierda.
El derrocamiento de la ultraderecha no tendrá lugar con los métodos parlamentarios ni tendrá como canal a la burocracia de los sindicatos, que se ha integrado a sus gobiernos con mayor vigor. El ascenso de la ultraderecha ha concentrado la ofensiva contra el proletariado, como nunca antes, en el Estado. La capacidad reivindicativa de las luchas parciales se ha agotado relativamente; sólo pueden prosperar como plataformas de una lucha de conjunto, o sea una huelga política de masas; ese es el significado del Cordobazo, en las condiciones de la dictadura de Onganía, y de la huelga general de 1975, bajo el gobierno peronista de las Triple A, organizada por Coordinadoras de fábrica. Los ‘paros generales’ (24 horas) de la burocracia son parte de una política de desgaste y división de la clase obrera; sólo pueden ser recuperados como “huelgas de advertencia” de una huelga general indefinida. La agitación en favor de una huelga general y el desarrollo de autoconvocatorias y coordinadoras, es la tarea central del momento político actual de Argentina. Toda la situación mundial en su conjunto, con el desarrollo de una guerra mundial que abarca un espacio territorial considerablemente mayor a las del pasado y un poder de destrucción que incluye la posibilidad del aniquilamiento de la vida humana en el planeta, lleva al estallido de situaciones revolucionarias o prerrevolucionarias, como ya viene ocurriendo. El rearme internacional conlleva políticas de ajuste social brutales, sin que alcancen, sin embargo, para atemperar las monumentales crisis fiscales de las principales potencias. Este desarrollo histórico plantea la construcción de partidos revolucionarios. Solamente un programa de transición que una las reivindicaciones inmediatas de los trabajadores con la huelga política de masas y el armamento del proletariado, puede dar sustento a un partido revolucionario. A partir del programa, los métodos de construcción de ese partido deben estar a la maduración del activismo de la clase obrera, y deben estar asociados.