Escribe Juan Valtín
Presentación de la edición argentina.
Tiempo de lectura: 8 minutos
Publicamos por primera vez en castellano el estudio biográfico de Liudmila L. Vasina y Yakov G. Rokityansky sobre Isaak Ilich Rubin. El artículo apareció en 1992 en el Boletín de la Academia Rusa de Ciencias, cuando acababan de abrirse archivos hasta entonces inaccesibles y Rubin acababa de ser rehabilitado en todas las causas que se le habían iniciado desde la década de 1920. Sus autores encabezaron en Rusia la tarea de devolverlo a la historia del marxismo. No se trata, por eso, de una semblanza convencional: está construida sobre expedientes policiales, documentos institucionales, manuscritos desconocidos y materiales conservados en secreto durante décadas por la familia del economista.
En español, Rubin es conocido principalmente por sus Ensayos sobre la teoría marxista del valor, publicado en 1974 por Cuadernos de Pasado y Presente. Su contribución fundamental consistió en devolver la teoría del valor al terreno de la teoría del fetichismo de la mercancía. Las categorías económicas, insistía, no designan simplemente cosas ni atributos técnicos de las cosas: expresan relaciones sociales entre personas que, en una economía mercantil, se presentan como relaciones entre cosas. El valor no es sólo una cantidad de trabajo ni un recurso para calcular precios, sino la forma social que adquiere el trabajo cuando los productores privados se relacionan por medio del intercambio. Esta reconstrucción hizo de Rubin uno de los intérpretes más originales de El capital y conserva toda su fuerza frente a las teorías que presentan el mercado, el dinero y el capital como mecanismos naturales y eternos de cualquier sociedad. Los Ensayos fueron, además, una referencia relevante para la elaboración desarrollada por Política Obrera en torno de El capital, en particular para una lectura que no separa la teoría del valor de la crítica del fetichismo ni las categorías económicas de las relaciones sociales que expresan. También debe destacarse la traducción completa de Una historia del pensamiento económico realizada por Graciela Molle, militante histórica de Política Obrera, a partir de la versión inglesa preparada por Donald Filtzer. Concebida inicialmente como material para los estudiantes de Economía del Ciclo Básico Común de la Universidad de Buenos Aires, y difundida en sucesivas versiones preliminares, esta traducción permitió que circulara en castellano una parte considerablemente más amplia de la obra de Rubin, aunque nunca llegara a publicarse como libro. Recientemente, Hic Rhodus, la revista fundada por Pablo Rieznik, acaba de publicar una traducción directa de La escuela austríaca, artículo enciclopédico de 1926.
La investigación de Vasina y Rokityansky descubre todo lo que queda oculto cuando Rubin es reducido al libro por el que fue casi exclusivamente conocido. Fue abogado laboralista, estudioso de los seguros sociales y la desocupación, periodista y militante del Bund –la organización socialista judía– y mucho más. Después de la Revolución de Octubre defendió la independencia de los sindicatos respecto del Estado, su organización sobre bases electivas y su responsabilidad ante las masas obreras. Fue también un extraordinario docente, historiador del pensamiento económico, traductor y editor de Marx y de los clásicos. En el Instituto Marx-Engels, bajo la dirección de David Riazánov, participó en la preparación de las obras económicas de Marx y comenzó a trabajar sobre una nueva edición de El capital.
La trayectoria de Rubin permite observar, en el campo de la intelectualidad, el proceso de degeneración burocrática de la Revolución de Octubre. Fue detenido por primera vez en 1921 –en el contexto de la guerra civil–, pero la condena de 1923 –tres años de campo de concentración, prisión y destierro– ya no tuvo nada de benigna. Sin embargo, ese régimen represivo todavía no era el aparato cerrado de la década siguiente. La revolución salía de la guerra civil aislada internacionalmente, con la economía devastada y el proletariado diezmado y disperso. Sobre ese agotamiento social se elevaba una capa administrativa cada vez más independiente de las masas, aunque todavía no había conquistado el monopolio de la vida política y cultural. Dentro del partido bolchevique la lucha seguía abierta: desde 1923 la Oposición de Izquierda, encabezada por León Trotsky, combatió la burocratización y defendió la democracia soviética y partidaria, la industrialización planificada y el internacionalismo. Las instituciones científicas conservaban, al mismo tiempo, un margen real de autonomía y el nuevo Estado necesitaba el trabajo de especialistas formados antes de Octubre.
Esa situación contradictoria explica un hecho que de otro modo parecería insólito: mientras Rubin estaba preso, las gestiones de Volguin, Lunacharski, Riazánov, Pokrovski, Rýkov y Bujarin podían modificar sus condiciones de reclusión, hacerle llegar libros y permitir la salida de sus manuscritos; a fines de 1926 consiguieron que volviera a Moscú y a la investigación. Entre la prisión de Butyrka, el campo de Súzdal y el destierro en Crimea preparó alrededor de veinte trabajos. Allí inició los Ensayos sobre la teoría del dinero de Marx, con un compromiso tal que llegó a pedir que se postergara algunos días su liberación para terminar de revisar un manuscrito. No era tolerancia del aparato burocrático hacia sus adversarios, sino una porosidad propia de una relación de fuerzas, con la lucha de una oposición todavía no clausurada. La supervivencia intelectual de Rubin dependió de esa autonomía relativa y de una solidaridad científica que pocos años después serían destruidas.
En 1928-1930 se produjo un vuelco en la situación de la academia y los debates científicos. Stalin se había apoyado en Bujarin y en la derecha para derrotar a la Oposición de Izquierda, cuyos dirigentes fueron expulsados del partido en 1927; Trotsky fue deportado primero y expulsado de la Unión Soviética en 1929. Ante la crisis de la NEP (Nueva Política Económica, el programa temporal implementado por Lenin en 1921, que permitía el libre comercio minorista y la propiedad privada agrícola), Stalin giró luego contra sus antiguos aliados y lanzó desde arriba la industrialización acelerada y la colectivización forzosa. Se apropió, bajo una forma burocrática y coercitiva, de la necesidad de industrializar que había esgrimido la Oposición, al mismo tiempo que exterminaba políticamente a quienes la habían defendido. Cada zigzag exigía una nueva ortodoxia y la conversión de los aliados de ayer en “desviaciones” de hoy. No se trataba sólo de la concentración personal del poder por Stalin: una casta burocrática expropiaba políticamente a la clase obrera y subordinaba a sus necesidades el partido, el Estado y las instituciones culturales.
Las ciencias sociales recorrieron el mismo camino. La discusión sobre los Ensayos, todavía relativamente académica a comienzos de 1928, fue absorbida por la lucha oficial entre “mecanicistas” y “dialécticos”. En abril de 1929 estos últimos recibieron el respaldo del aparato; después del giro marcado por Stalin en diciembre, los vencedores fueron denunciados a su vez como “idealistas menchevizantes”. La dirección se reservaba así el derecho exclusivo a interpretar el canon y a trazar la “línea general” entre dos desviaciones fabricadas o sucesivamente condenadas. En ese marco, la crítica a Rubin dejó de interrogar su teoría del trabajo abstracto y pasó a denunciar la “rubinshchina”, una supuesta falsificación idealista y menchevique de Marx. Rubin se mantuvo fuera de esas luchas y procuró respetar hasta el final las reglas de la discusión científica. No fue trotskista y, para entonces, había abandonado la militancia partidaria. Precisamente por eso su caso es revelador: la investigación marxista independiente se volvió incompatible con un régimen que necesitaba hacer de la teoría una prueba de obediencia.
En diciembre de 1930 Rubin fue detenido para incorporarlo al proceso contra el supuesto “Buró Federal” menchevique, una organización construida por la policía política. Mediante interrogatorios interminables, golpizas, aislamiento, torturas y privación del sueño se le arrancó una confesión destinada a comprometer a Riazánov y a liquidar la autonomía del Instituto Marx-Engels. Desterrado luego en Aktiubinsk, continuó investigando hasta su última detención. En 1937 fue acusado de dirigir una organización “trotskista” contrarrevolucionaria: para entonces, el trotskismo funcionaba en los expedientes policiales como una categoría de exterminio, no como una descripción de sus ideas. La policía confiscó una continuación de su Historia del pensamiento económico, estudios sobre Rodbertus y la escuela angloamericana y cuadernos sobre Adam Smith, las crisis, la escuela matemática, Walras y Wicksell. Es probable que todo haya sido destruido después de su fusilamiento, el 27 de noviembre. La burocracia no terminó solamente con una vida: hizo desaparecer buena parte de un programa de investigación marxista.
La recuperación de Rubin comenzó fuera de la Unión Soviética. Roman Rosdolsky lo reivindicó en 1968 y, durante la década siguiente, algunas de sus obras fueron traducidas al inglés, el alemán y el castellano. En Rusia hubo que esperar hasta fines de la década de 1980. El artículo que ahora publicamos, de 1992, fue uno de los hitos de ese retorno. En 2011, al cumplirse 125 años de su nacimiento, el Instituto de Economía de la Academia Rusa de Ciencias organizó una mesa redonda sobre su legado. Ese mismo año, otra publicación dio finalmente a conocer en ruso los Ensayos sobre la teoría del dinero de Marx, exactamente dos décadas después de que la familia entregara el manuscrito al archivo. Los debates reunidos en aquel encuentro mostraron que los problemas planteados por Rubin –el trabajo abstracto, la forma del valor, el fetichismo y el objeto de la economía política– continuaban abiertos.
La presente versión fue traducida directamente del ruso. La traducción inglesa incluida por Richard B. Day y Daniel F. Gaido en su voluminosa e interesantísima compilación Responses to Marx’s Capital: From Rudolf Hilferding to Isaak Illich Rubin (Brill, 2017) sirvió para cotejar nombres, documentos y referencias y para reconstruir la historia editorial posterior. En esta edición incluimos la nota introductoria de la revista rusa y conservamos el sistema de 33 referencias del original. El ensayo sobre Ricardo, publicado como texto independiente a continuación del artículo de 1992, no se reproduce aquí. Lógicamente, algunas de las valoraciones de Vasina y Rokityansky nos resultan discutibles, como su afirmación de que Rubin no habría superado una interpretación “unilateral y apologética” del marxismo, una marca común en los estudios rusos de los primeros años de la restauración capitalista. El enorme mérito documental del artículo no elimina otra limitación: al concentrarse en Stalin y en la maquinaria represiva, deja en segundo plano el proceso social y político por el cual la burocracia se constituyó como casta gobernante y venció las oposiciones levantadas dentro del propio bolchevismo. Esta presentación procura aportar esa mediación histórica sin alterar el texto de los autores.
La discusión no se agota en la historia soviética. En un momento en que ciertos giros políticos hacia la izquierda vienen acompañados por una recuperación del estalinismo, que identifican el socialismo con la estatización, con la planificación burocrática y con el poder de un aparato que habla en nombre de la clase obrera, la historia de Rubin obliga a precisar el contenido social de esa experiencia. El problema no consiste en oponer abstractamente el Estado al mercado, sino en determinar qué clase ejerce el poder, por medio de qué organismos y con qué posibilidades de deliberación, organización y crítica. La burocracia soviética pudo preservar la propiedad estatal de los medios de producción mientras expropiaba políticamente al proletariado, destruía las oposiciones nacidas de la propia Revolución y toda corriente socialista independiente, y subordinaba la elaboración marxista a las necesidades de su dominio. El antistalinismo no es, por lo tanto, un apéndice moral de la lucha socialista: concierne a su programa, sus métodos y al sujeto mismo de la emancipación.
Publicar esta biografía no es solamente un acto de reparación histórica. La vida de Rubin muestra, en una escala individual, cómo la expropiación política del proletariado tuvo por correlato la expropiación de su elaboración teórica: el marxismo dejó de ser un método de crítica y se convirtió, en manos del aparato, en un canon administrado. El estalinismo no fue el desarrollo consecuente ni el desenlace inevitable de Octubre, sino el resultado de una lucha histórica que destruyó a sus oposiciones, clausuró sus debates y liquidó una parte sustancial de la tradición revolucionaria. Recuperar hoy la obra de Rubin significa restituir una investigación que se negó a convertir las categorías de Marx en fórmulas muertas y buscó comprender las relaciones sociales ocultas bajo la apariencia natural del mercado. Es, en ese sentido, una tarea del presente.
