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Murió Anwar Shaikh. Su nombre es casi desconocido fuera de los círculos de economistas críticos, y los manuales con los que se forman los economistas prácticamente lo ignoran. Sin embargo, pocos hicieron tanto como él, desde una universidad norteamericana, por someter a la prueba de los números algunas de las principales tesis económicas de Marx y, al mismo tiempo, construir sobre esa base una teoría propia del capitalismo contemporáneo. El Levy Economics Institute, donde fue investigador durante décadas, lo despidió destacando precisamente esa doble contribución: a la teoría del valor, la distribución, la demanda efectiva, el crecimiento y el comercio, y a la investigación empírica sobre precios, tasas de ganancia, tipos de cambio y cuentas nacionales (Levy Economics Institute, 2026).
Había nacido en Karachi en 1945, cuando la ciudad todavía pertenecía a la India británica. Estudió primero ingeniería en Princeton y luego economía en Columbia, y desde 1972 enseñó en la New School for Social Research de Nueva York. Su formación política estuvo atravesada por la Nueva Izquierda norteamericana, el movimiento por los derechos civiles y las luchas de liberación nacional. Pero su singularidad como economista no consistió en trasladar una identidad política al lenguaje académico: fue intentar que las afirmaciones sobre el capitalismo pudieran ser demostradas, medidas y eventualmente refutadas por los hechos (Shaikh, 2021).
Una imagen del propio Shaikh resume bastante bien su obra. La competencia capitalista real, decía, se parece a una guerra. La “competencia perfecta” de los manuales, en cambio, se parece a un ballet: cada empresa ocupa disciplinadamente su lugar, nadie choca con nadie y todas se mueven al compás de una música celestial llamada equilibrio. El capitalismo que existe se parece bastante más a la guerra: las empresas bajan costos, introducen máquinas, presionan sobre los salarios, copian a sus rivales, conquistan mercados, absorben competidores o quiebran. Los precios no permanecen quietos y las tasas de ganancia tampoco, pero de ese caos emergen regularidades. Para Shaikh, la competencia real es el mecanismo regulador central del capitalismo y es “tan diferente de la llamada competencia perfecta como la guerra lo es del ballet” (Shaikh, 2022, pp. 68-69, 401-402).
Shaikh dedicó más de medio siglo a estudiar esas regularidades. Puso a prueba varias proposiciones heredadas de Marx y de la economía política clásica: que el trabajo desempeña un papel regulador decisivo en la formación de los precios; que la competencia entre capitalistas es una lucha y no un mecanismo armónico; que la mecanización impulsada por esa competencia puede presionar a la baja la tasa de ganancia; y que las crisis no son accidentes provocados por malos gobiernos, banqueros codiciosos o regulaciones equivocadas, sino resultados recurrentes del funcionamiento del sistema. Su obra es munición de primera contra la economía oficial. Pero reducirla a “comprobar que Marx tenía razón” también le bajaría el precio.
Su obra magna, Capitalismo. Competencia, conflicto y crisis, publicada en inglés en 2016 y en castellano por el Fondo de Cultura Económica en 2022, no es un comentario moderno de El Capital. Shaikh la presenta como una alternativa coherente tanto a la economía neoclásica como a la poskeynesiana. Sus más de 1.300 páginas agrupadas en 17 capítulos pasan de la producción, los costos, el dinero, el capital y la ganancia a la competencia, las finanzas, las tasas de interés, el comercio internacional y los tipos de cambio, para terminar en una “macrodinámica turbulenta” de demanda efectiva, desempleo, inflación, crecimiento y crisis. El propio libro resume su propósito de manera ambiciosa: mostrar que las principales proposiciones del análisis económico pueden derivarse sin recurrir a hiperracionalidad, optimización, competencia perfecta, información perfecta, agentes representativos o expectativas racionales (Shaikh, 2016, 2022).
Marx ocupa un lugar central en esa construcción, pero no exclusivo. Shaikh se reivindicaba heredero de una tradición “clásica” que incluía a Smith, Ricardo y Marx, e incorporaba aportes de Keynes, Kalecki y Sraffa. En una entrevista explicó que no bastaba con juntar autores: cada uno había desarrollado problemas que los otros dejaban abiertos y hacía falta construir un marco internamente coherente que pudiera responder preguntas empíricas sobre el capitalismo moderno. Señalaba, por ejemplo, que Marx no había desarrollado una teoría del comercio internacional, que en Ricardo no había lucha de clases y que Sraffa no tenía una teoría del dinero. Shaikh empezó a escribir el libro en 1997 y le llevó casi veinte años terminarlo (Shaikh, 2021).
¿Podría decirse que es una nueva versión del monumental Tratado de economía marxista que Ernest Mandel publicó en 1962? Shaikh admiraba al revolucionario belga aunque discrepó con él en cuestiones importantes. En el obituario que escribió en 1995 destacó de Marxist Economic Theory precisamente la enormidad de su propósito: reconstruir el sistema económico de Marx a la luz del conocimiento científico contemporáneo y de una enorme masa de datos empíricos. También elogió que Mandel concibiera el marxismo como una investigación que debía corregirse mediante la síntesis colectiva de la evidencia, antes que mediante la exégesis (Shaikh, 1995). El Tratado tenía además un campo mucho más amplio, desde sociedades precapitalistas hasta la economía soviética, la transición y el socialismo. Capitalismo se concentra mucho más estrictamente en las leyes económicas del modo de producción capitalista, pero desarrolla dentro de ese terreno una arquitectura teórica y cuantitativa propia de una amplitud excepcional.
Quizá la mejor manera de conocer a Shaikh sea empezar por una broma o, como dicen los pibes ahora, un “trolleo”. En 1974 publicó un artículo contra uno de los instrumentos centrales de la economía neoclásica: la función agregada de producción. La teoría oficial sostiene que trabajadores y capitalistas reciben, en condiciones normales, la remuneración correspondiente a su contribución a la producción. El salario remunera la “productividad marginal” del trabajo; la ganancia, la productividad del capital. La conclusión política no es difícil de advertir: el obrero recibe lo que aporta con su trabajo y el capitalista lo que aportan sus máquinas. La explotación desaparece.
La prueba parecía estar en los números. Desde el célebre trabajo de Robert Solow de 1957, funciones matemáticas como la Cobb-Douglas ajustaban extraordinariamente bien a los datos económicos y ese éxito era utilizado como evidencia de la teoría. Shaikh mostró que podían ajustar igual de bien aunque la supuesta relación tecnológica no existiera. Construyó una serie artificial cuyos puntos, colocados en un gráfico, dibujaban literalmente la palabra HUMBUG (“patraña”), y luego aplicó a esos datos las mismas herramientas econométricas. El ajuste volvió a ser magnífico. Solow respondió en la misma revista, y John E. King observó décadas después que, si hubiera justicia en la profesión, aquel trabajo le habría valido a Shaikh el Nobel (Shaikh, 1974; Solow, 1974; King, 2016).
El chiste tenía una consecuencia seria. La crítica de Shaikh era que buena parte de la calidad del ajuste podía provenir de identidades contables y propiedades algebraicas, especialmente de la identidad que descompone el producto entre ingresos del trabajo y del capital cuando sus participaciones se mantienen relativamente estables. Una regresión capaz de reproducir esa identidad no prueba por sí misma que haya descubierto una relación tecnológica ni que salarios y ganancias estén determinados por productividades marginales. Solow rechazó que esto invalidara el ejercicio que había realizado en 1957, pero la objeción de Shaikh afectaba el uso mucho más amplio de esas estimaciones como confirmación empírica de la teoría neoclásica. Una ecuación puede describir magníficamente unos datos y no demostrar la teoría causal que se pretende extraer de ellos. Ese procedimiento se convirtió en un programa para toda su obra: no combatir las matemáticas de la economía burguesa con una profesión de fe, sino entrar en ellas y preguntar qué demuestran efectivamente.
La misma actitud lo llevó al debate sobre la teoría del valor y el problema de la transformación. En 1977 propuso una reconstrucción iterativa del pasaje de valores a precios de producción, que abrió una larga polémica dentro del propio marxismo; pocos años después publicó The Poverty of Algebra, una crítica a las conclusiones que los autores neoricardianos extraían de la formalización sraffiana contra Marx (Shaikh, 1977, 1981). Su tratamiento posterior no consistió simplemente en repetir aquella solución: en Capitalismo volvió al problema desde otro ángulo, mediante las transferencias de valor e ingreso entre distintos circuitos y, sobre todo, mediante el estudio empírico de la relación entre precios directos, precios de producción y precios de mercado.
Para ello utilizó matrices de insumo-producto de Estados Unidos entre 1947 y 1998. Calculó los tiempos de trabajo integrados (el trabajo directo e indirecto requerido por cada rama) y los precios directamente proporcionales a esos tiempos, para compararlos con precios de producción y precios de mercado. Con una medida ponderada de distancia, encontró que los precios de mercado se apartaban de los precios directos alrededor de 15%, que la distancia de los precios de producción respecto de los precios directos era aproximadamente 13% y que los precios de mercado se apartaban de los precios de producción nuevamente cerca de 15% (Shaikh, 2022, cap. 9).
Es un resultado notable, que Shaikh presentó como evidencia favorable a la teoría clásica (incluyendo a Marx) de los precios relativos: las magnitudes de trabajo aparecen empíricamente conectadas con la estructura de precios, y los precios directos se ubican cuantitativamente cerca de las otras medidas de precios.
La discusión está lejos de haberse cerrado. Andrew Kliman objetó hace años que las correlaciones entre valores y precios eran en buena medida espurias, un efecto del tamaño de las industrias, y que la cercanía podía deberse a la escasa dispersión de los datos. Capitalismo ya discute los límites de las regresiones y por eso usa medidas de distancia, pero el problema de la dispersión sigue abierto. En 2026 Isabella Sabatino llevó el argumento mucho más lejos: construyó tablas artificiales, entre ellas una matriz insumo-producto que volvía a dibujar HUMBUG, y obtuvo relaciones estrechas entre magnitudes laborales y monetarias. La ironía respecto del artículo de Shaikh de 1974 es evidente. Thanos Moraitis y Deepankar Basu respondieron pocos meses después que la proximidad no puede reducirse a una tautología contable: depende de propiedades concretas de la estructura productiva, como la dispersión de los coeficientes de trabajo verticalmente integrados y la matriz de relaciones interindustriales (Kliman, 2002; Sabatino, 2026; Moraitis & Basu, 2026). La controversia toca exactamente el criterio que Shaikh había impuesto a los demás: no alcanza con obtener un buen resultado estadístico; hay que establecer qué lo produce.
Con Ertuğrul Ahmet Tonak, Shaikh había llevado el mismo programa a las cuentas nacionales en Measuring the Wealth of Nations (1994). Allí reconstruyeron las cuentas estadounidenses distinguiendo producción, circulación, trabajo productivo e improductivo y distintas formas del excedente. El PBI suma bajo una misma magnitud actividades que cumplen funciones diferentes en la reproducción del capital; por eso, para Shaikh y Tonak, no alcanzaba con tomar las estadísticas oficiales y rebautizarlas con terminología marxista: había que reconstruirlas desde otras categorías y observar cómo cambiaban las magnitudes resultantes (Shaikh & Tonak, 1994).
De allí salieron estimaciones de tasa de explotación, trabajo productivo e improductivo y apropiación del excedente que abrieron un programa de investigación todavía vigente. Hay algo decisivo en ese procedimiento: las categorías marxistas dejan de ser rótulos que se aplican después de mirar los datos y pasan a definir reglas explícitas de medición. El propio Capitalismo hace algo parecido en casi todos sus capítulos: formula mecanismos, los compara con teorías rivales y busca qué relación guardan con las regularidades observables.
Su teoría de la competencia es probablemente la contribución original que articula el conjunto. Para los manuales neoclásicos, la competencia es un mercado con muchas empresas que toman el precio como dado; para la tradición del “capital monopolista” de Paul Baran y Paul Sweezy, muy influyente en la izquierda, la concentración habría reducido decisivamente la competencia de precios. Shaikh rechazó las dos imágenes: la concentración y el tamaño de las empresas cambian, pero no eliminan la coerción competitiva que obliga a cada capital a abaratar costos, innovar y defender su rentabilidad (Shaikh, 2022, caps. 7-8).
Cada capital intenta producir más barato que su competidor. Puede reducir salarios, intensificar la jornada, reorganizar la fábrica o introducir una técnica que permita bajar el costo unitario. Si logra vender más barato conservando una ganancia satisfactoria, conquista mercado; si el rival no responde, retrocede o desaparece. Pero en una rama conviven empresas de edades, tamaños, costos y tecnologías diferentes. Por eso el centro de gravedad del precio no puede derivarse de una empresa promedio imaginaria.
Shaikh recupera aquí el concepto de capital regulador. Es el capital cuyas condiciones de producción regulan el precio de la rama. En la industria suele corresponder a las condiciones reproducibles de menor costo, a la técnica de “mejor práctica” disponible para un nuevo capital que ingresa a la actividad; en ramas condicionadas por recursos naturales no reproducibles la determinación puede ser diferente. Esta distinción permite explicar por qué dentro de una misma industria pueden persistir empresas con costos y tasas de ganancia muy desiguales sin que ello signifique que la competencia haya desaparecido.
Al mismo tiempo, los nuevos capitales buscan las ramas que ofrecen mejores perspectivas de rentabilidad. De esas entradas y salidas surge una tendencia a la igualación de las tasas de ganancia de los capitales reguladores, pero nunca como un equilibrio en reposo: precios y rentabilidades oscilan continuamente alrededor de centros de gravedad que también se mueven. A eso Shaikh lo llamó “gravitación turbulenta” (Shaikh, 2022, caps. 3 y 7).
La competencia real, entonces, no es simplemente una descripción más realista del comportamiento empresario. Es el mecanismo que conecta en el sistema de Shaikh los precios, la elección de técnicas, las tasas de ganancia, el crédito, el comercio internacional y, después, la dinámica macroeconómica. Allí se ve con claridad por qué Capitalismo va más allá de aplicar a Marx: toma elementos de la tradición clásica y marxiana y trata de convertirlos en el principio regulador de una teoría económica completa.
Una de las pruebas más difíciles para la teoría marxista era la tendencia decreciente de la tasa de ganancia. En 1961 Nobuo Okishio había formulado un resultado que muchos consideraron una refutación de Marx: si el salario real permanece constante y cada capitalista adopta únicamente técnicas que elevan su tasa de ganancia a los precios vigentes, la tasa general de ganancia no puede caer (Okishio, 1961).
Shaikh respondió desde fines de los años setenta que ese criterio supone precisamente al capitalista pasivo que toma el precio como dado. En la competencia real, el innovador elige técnicas por su capacidad para reducir costos, rebajar precios y desplazar rivales. Con capital fijo, una técnica de menor costo unitario puede requerir más capital y no coincidir con la que maximiza la tasa de ganancia calculada a los precios anteriores. Bajo determinadas distribuciones del cambio técnico, la generalización de innovaciones de ese tipo puede reducir la tasa media de ganancia aun con salario real dado (Shaikh, 1978, 2022, cap. 7).
Esa salvedad importa, pues Shaikh no demostró que toda innovación capital-intensiva haga caer necesariamente la rentabilidad. En Capitalismo analiza también casos en los que reaparece el resultado de Okishio. Su contribución fue mostrar que el teorema depende de una teoría particular de la competencia y de la elección de técnicas, y construir una alternativa en la que la caída de la rentabilidad vuelve a ser un resultado posible y empíricamente investigable.
Después intentó medir esa dinámica. Sus series para Estados Unidos muestran una fuerte caída de la tasa general de ganancia desde la posguerra hasta comienzos de los años ochenta y una estabilización posterior, mientras que la reducción excepcional de las tasas de interés elevó de manera marcada la rentabilidad neta de las empresas. Sobre esa base interpretó la ofensiva Reagan-Thatcher, la expansión financiera y el auge que terminó en 2007-2008 (Shaikh, 2011, 2022, cap. 16).
Esta lectura de la crisis es importante porque Shaikh no negó las hipotecas subprime, los derivados, la desregulación financiera o el endeudamiento. Los ubicó en otro nivel causal. La crisis financiera fue el detonante, no la causa fundamental: el auge iniciado en los años ochenta se apoyó en un freno al crecimiento salarial respecto de la productividad, en una enorme caída de las tasas de interés y en una expansión del crédito que permitió sostener consumo y valorización de activos durante décadas. Cuando esas vías llegaron a sus límites, un shock financiero pudo precipitar una crisis general. Por eso llamó al episodio “la primera gran depresión del siglo XXI” (Shaikh, 2011).
La medición de la rentabilidad tampoco quedó cerrada. Cambian los resultados según cómo se defina el excedente, qué actividades se consideren productivas y cómo se valúe el stock de capital. Shaikh trabajó principalmente con capital valuado a costo corriente; otras estimaciones marxistas utilizan costo histórico. Los resultados no son idénticos, aunque durante el siglo XXI se ha ido acumulando evidencia cuantitativa favorable a la existencia de una caída tendencial de la tasa de ganancia. En particular, en los últimos diez años, trabajos con bases internacionales y distintas definiciones, como el de Pooya Karambakhsh, vuelven a encontrar una tendencia descendente de largo plazo para una amplia muestra de países entre 1952 y 2019 (Karambakhsh, 2026; para el estado del debate previo ver Rabey, 2016).
La teoría de la competencia de Shaikh tiene además una consecuencia particularmente interesante para países como Argentina. La teoría convencional del comercio internacional parte de Ricardo y de la ventaja comparativa: incluso un país menos productivo en todas las ramas puede beneficiarse especializándose en aquello en lo que es relativamente menos ineficiente. El libre comercio tendería, mediante movimientos de precios y tipos de cambio, a producir un equilibrio beneficioso para todos.
Shaikh sostuvo algo muy distinto. La competencia internacional funciona, en lo esencial, como la competencia entre empresas: cuentan las ventajas absolutas de costos. Un país que produce sistemáticamente a costos menores puede sostener superávits comerciales; otro puede arrastrar déficits persistentes. El tipo de cambio real tampoco borra automáticamente esas diferencias: para Shaikh, gravita en el largo plazo alrededor de los costos laborales unitarios relativos, es decir, de la combinación entre salarios y productividad. Ese fue el argumento que presentó en 1999 ante la comisión norteamericana sobre el déficit comercial (Shaikh, 1999). Los déficits persistentes no se corrigen solos: se cubren con entradas de capital, es decir, con endeudamiento externo (Shaikh, 2022, cap. 11).
Esto permite entender por qué una devaluación no produce mágicamente competitividad. Puede abaratar los salarios medidos internacionalmente durante un período; pero si la productividad no cambia y los precios internos recuperan la diferencia, la ventaja desaparece. Como los costos laborales unitarios combinan salarios y productividad, hay dos maneras de bajarlos: elevar la productividad, desarrollar capacidad productiva e invertir, o descargar el ajuste sobre el salario real. La historia argentina conoce bastante mejor la segunda.
Uno de sus trabajos más útiles para la clase obrera pasó casi inadvertido. Shaikh retomó con Tonak el concepto de “salario social neto”: lo que los trabajadores reciben del Estado en salud, educación, vivienda, transferencias y otras prestaciones, menos los impuestos y contribuciones que paga ese mismo universo de asalariados. La pregunta era sencilla y políticamente explosiva: ¿el Estado de bienestar constituye una transferencia neta desde otras clases hacia los trabajadores o, en una proporción importante, los trabajadores financian sus propias prestaciones? (Shaikh, 2003).
Para Estados Unidos, entre 1952 y 1997, Shaikh calculó un salario social neto promedio de -0,33% del PBI. Pero el estudio comparado no arroja el mismo signo en todos los países. En las estimaciones que reúne para seis economías desarrolladas, el saldo promedio era positivo pero reducido en relación con el volumen bruto del gasto social: entre 1 y 2% del PBI en casi todos los años de 1960 a 1987 para el conjunto, con resultados mayores en Gran Bretaña y Alemania, muy pequeños en Suecia y negativos en Estados Unidos. El hallazgo no es que el Estado de bienestar jamás redistribuya ingresos hacia los trabajadores, sino que una gran parte de las prestaciones es financiada por impuestos pagados por los propios asalariados y que el gasto social bruto exagera la magnitud de la transferencia neta entre clases (Shaikh, 2003, 2022).
El resultado depende, además, de cómo se clasifiquen prestaciones e impuestos. Katherine Moos reconstruyó posteriormente el salario social neto estadounidense entre 1959 y 2012 con dos metodologías diferentes y obtuvo, para el mismo período, promedios de 1,3% y -3,8% del PBI. Encontró también un aumento de la redistribución hacia los trabajadores desde comienzos del siglo XXI (Moos, 2019). Lejos de volver inútil la medición, esa sensibilidad muestra exactamente dónde está el problema: antes de afirmar quién financia a quién hay que hacer explícitas las reglas contables y distributivas que producen el resultado.
Para la Argentina, donde cada ajuste vuelve a descubrir que los jubilados son demasiado caros y que el gasto social es una carga que alguien debe “financiar”, el procedimiento es más importante que trasladar mecánicamente aquellos números. Antes de hablar del costo de las jubilaciones, la salud o la educación hay que reconstruir quién aporta los recursos, quién recibe las prestaciones y cuál es el saldo neto por clase social. Es una pregunta que las cuentas fiscales convencionales no responden solas, pero que resulta fundamental para una economía política de la clase obrera.
Hasta aquí, el arsenal que deja Shaikh es formidable. Su proyecto, sin embargo, no se definía simplemente como “economía marxista”, sino como reconstrucción de una tradición clásica que partía de Smith y Ricardo, atravesaba a Marx e incorporaba contribuciones posteriores de Keynes, Kalecki y Sraffa. Allí existe una discusión real con una concepción de Marx como crítico, y no continuador superior, de la economía política.
Esa discusión no pasa por el carácter histórico y social de las categorías capitalistas, que está presente en su obra. Capitalismo define al capital como una forma social particular de la riqueza impulsada por la ganancia. Mucho antes, en su homenaje a Mandel, al describir la tradición del marxismo clásico en la que se inscribía Mandel, Shaikh había escrito que las instituciones y el Estado capitalista pueden modificar la forma en que operan las leyes del sistema, pero no abolirlas, y que sus resultados solo pueden desaparecer eliminando su raíz: el dominio del motivo de la ganancia y de las relaciones capitalistas (Shaikh, 1995).
La diferencia está en otro lado. Interrogado en una ocasión sobre por qué hablaba de economía política clásica y no de “crítica de la economía política”, Shaikh respondió que criticar a los clásicos no significaba desechar sus descubrimientos, sino mostrar que el orden que describían no era natural sino específicamente capitalista, y señalar la representación mística del capitalismo, el valor y la ganancia. Agregó que Marx había muerto sin terminar su trabajo de concretización (Mercatante, 2018). Completarlo es, en buena medida, el programa de Capitalismo.
Si seguimos dentro del capitalismo, decía, hay que conocer el “bote” en el que navegamos porque impone límites de velocidad y de rumbo; pasar a un bote no capitalista era “una historia diferente”. Estaba delimitando el problema que quería resolver.
Esto nos permite situar con mayor precisión el límite de su obra. Shaikh desarrolló como pocos una teoría de las leyes económicas que operan sobre capitalistas, trabajadores y Estados; no desarrolló una teoría comparable del Estado como problema de poder, del sujeto revolucionario, del partido, de la transición o de la estrategia mediante la cual las relaciones capitalistas podrían ser efectivamente abolidas. Esa es la frontera entre la economía política de Shaikh y el marxismo revolucionario de Lenin y Trotsky, y se vuelve decisiva cuando se pasa de explicar las contradicciones del sistema a plantear su superación.
Esa diferencia aparece con particular claridad cuando se pasa al mercado mundial. Shaikh rechazó la tradición del “capitalismo monopolista” de Baran y Sweezy porque ésta tomaba la competencia perfecta como patrón y leía toda fijación de precios como poder de monopolio (Shaikh, 2022, cap. 8). En ese punto, su crítica es poderosa.
La teoría del comercio internacional de Shaikh había nacido mucho antes de Capitalismo, en los artículos Foreign Trade and the Law of Value de 1979 y 1980, escritos en plena controversia con las teorías del intercambio desigual de Arghiri Emmanuel y Samir Amin. Su objetivo era dar cuenta del desarrollo desigual entre países a partir de la propia ley del valor, como Marx había explicado las desigualdades dentro de una economía capitalista. Shaikh intentó extender esa ley al mercado mundial y mostrar que la libre competencia puede producir, y no eliminar, ventajas absolutas persistentes, déficits, acreencias y desigualdad de desarrollo (Shaikh, 1979, 1980).
Baran y Sweezy se inscribían, con diferencias importantes, en una tradición que remitía a Hilferding y a la teoría leninista del imperialismo. Pero Lenin nunca sostuvo que el monopolio aboliera la competencia. Por el contrario, escribió que los monopolios surgen de la libre competencia, existen “por encima y al lado” de ella y agudizan sus contradicciones. Lo específico de la época imperialista no es que los capitales hayan dejado de competir, sino las formas históricas que asume esa competencia bajo una concentración gigantesca del capital: el desarrollo del capital financiero, la exportación de capitales y la lucha entre grandes potencias por mercados, fuentes de materias primas y reparto del mundo (Lenin, 1916).
La discrepancia relevante con Shaikh no consiste, entonces, en oponer “competencia” a “monopolio”. Consiste en preguntar si las leyes de la competencia real y del comercio internacional alcanzan para caracterizar una época histórica en la que los capitales compiten también a través de sistemas financieros, Estados, tratados, sanciones, bloqueos y guerras. Shaikh explica un mecanismo fundamental de la desigualdad capitalista mundial. La teoría leninista del imperialismo busca explicar, además, la forma histórica y política que adopta esa competencia.
Para un país atrasado como la Argentina, la diferencia es decisiva. El desarrollismo puede intentar mejorar la productividad, modificar el tipo de cambio y atraer capitales, pero opera dentro de un mercado mundial ya organizado por relaciones de poder entre capitales y Estados. Perón, Frondizi y el kirchnerismo fueron experiencias muy distintas entre sí, pero todas chocaron con una combinación de restricción externa, dependencia financiera y crisis cambiaria. El problema no se resuelve encontrando una burguesía nacional suficientemente audaz, sino mediante la conquista internacional del poder por parte de la clase obrera.
Es quizá en su explicación de las grandes fases históricas del capitalismo donde aparece con mayor nitidez la diferencia entre una teoría económica de las regularidades y una teoría histórica de las épocas. Shaikh retomó la vieja discusión sobre las “ondas largas” asociadas a Nikolai Kondratiev e intentó encontrarles un mecanismo específicamente capitalista en la dinámica de la rentabilidad.
En Capitalismo reconstruyó largas oscilaciones de los precios medidos en oro y de la acumulación, y sostuvo que después de la gran depresión de los años treinta podían observarse dos ondas en la posguerra: una que alcanzaba su pico alrededor de 1970 y otra aproximadamente en 2000. Desde esa lectura, la crisis iniciada en 2007-2008 aparecía como el desenlace esperable de la segunda fase. Para Shaikh, el movimiento de la tasa de ganancia daba a esas oscilaciones un fundamento endógeno distinto del que había propuesto Kondratiev con la renovación de los grandes bienes de capital (Shaikh, 1992, 2022, caps. 2 y 16).
Mandel había ensayado una solución parcialmente distinta. El auge y su agotamiento podían explicarse en buena medida mediante las contradicciones internas de la acumulación, pero el nacimiento de una nueva onda ascendente no estaba económicamente garantizado. Requería una restauración duradera de la rentabilidad cuya posibilidad dependía del resultado de luchas sociales y políticas, cambios tecnológicos y reordenamientos de gran escala. El mismo Shaikh destacó esa característica cuando escribió el obituario de Mandel (Mandel, 1995; Shaikh, 1995).
Trotsky había discutido el problema con Kondratiev desde otro ángulo. No negó la existencia de largas épocas de ascenso, estancamiento o declinación. Negó que esas grandes fases pudieran equipararse a los ciclos industriales, cuya recurrencia surge de mecanismos internos de la economía capitalista. En La curva del desarrollo capitalista sostuvo que el carácter y la duración de esos largos segmentos estaban determinados “no por la dinámica interna de la economía capitalista, sino por las condiciones externas que constituyen la estructura de la evolución capitalista”: la incorporación de nuevos países y continentes, el descubrimiento de recursos naturales, las guerras y las revoluciones (Trotsky, 1923).
Richard B. Day mostró la tensión que aparece cuando se intenta combinar esa objeción con una teoría de ondas largas. Si existe un mecanismo interno que produce con regularidad el pasaje de una fase a otra, estamos cerca de Kondratiev; si los grandes virajes dependen de acontecimientos históricos cuya aparición y resultado no son periódicos, estamos más cerca de la curva segmentada de Trotsky (Day, 1976). Shaikh asumió el primer desafío con mucha más seriedad que una simple numerología de ciclos: ofreció un mecanismo causal, series empíricas y una anticipación de la crisis de comienzos del siglo XXI. Pero eso no termina la discusión. Pocas oscilaciones históricas son una base estadística débil para establecer una periodicidad, la utilización del oro para construir algunas de las series es discutible y acertar un punto de inflexión no demuestra por sí mismo que el mecanismo que lo produjo sea endógeno.
La explicación de Shaikh de la llamada “era neoliberal” incluye explícitamente el ataque contra los sindicatos, la contención de los salarios y la modificación de la distribución del ingreso, junto con la caída de las tasas de interés. La diferencia con Trotsky no está en que uno vea la economía y el otro la política. Está en el estatuto que tienen esos acontecimientos en la explicación de las grandes épocas: en Shaikh, la lucha de clases y los acontecimientos históricos modifican y canalizan leyes de movimiento generadas por la acumulación; en Trotsky, guerras, revoluciones, derrotas y expansiones del mercado mundial participan en la determinación misma de los grandes cambios de dirección de la curva.
Las contradicciones del capitalismo pueden producir crisis extraordinariamente profundas, pero no generan automáticamente socialismo. Una crisis destruye empresas, desvaloriza capital, arroja trabajadores a la calle, comprime salarios y puede permitir que los capitales sobrevivientes recuperen posteriormente su rentabilidad. En ese sentido, la catástrofe puede convertirse en un mecanismo de recomposición del propio capital. Pero cada salida reproduce las contradicciones que generaron la crisis y puede elevarlas a otra escala (Rieznik, 2008). La posibilidad económica de una recomposición no equivale a una salida histórica progresiva: si la clase obrera no encuentra una salida política, la recomposición prolonga la decadencia del modo de producción.
Lenin advertía en 1920 contra la idea de que pudiera demostrarse de antemano una crisis “absolutamente sin salida” para la burguesía. La demostración decisiva era práctica: dependía de la conciencia, la organización y la capacidad de los partidos revolucionarios para aprovechar una situación de crisis (Lenin, 1920). De una caída de la tasa de ganancia no se desprende una situación revolucionaria, y de una situación revolucionaria tampoco se desprende la victoria obrera. Entre una cosa y la otra están el Estado, las organizaciones de masas, sus direcciones, los partidos, la estrategia y la lucha por el poder.
Shaikh sabía que las leyes que estudiaba no podían ser abolidas mediante una administración más inteligente del capitalismo, pero su economía no podía decir qué clase podía abolirlas, mediante qué organización, bajo qué crisis política y con qué estrategia. Ese es el punto en el que el problema económico deja de ser suficiente y comienza el de la dirección revolucionaria.
Nada de esto reduce la importancia de Anwar Shaikh. Al contrario: permite ubicarla mejor. Durante décadas se ofrecieron dos formas simétricas de escapar al problema. La economía oficial anunció que Marx había sido refutado por las matemáticas, la teoría de los precios y los datos. Una parte del marxismo respondió retirándose de ese terreno y tratando el valor, la explotación o la tasa de ganancia como categorías que podían conservar toda su fuerza sin explicar las magnitudes efectivamente observables del capitalismo.
Shaikh rechazó las dos salidas. Discutió el problema de la transformación, construyó precios directos y precios de producción, reordenó cuentas nacionales, calculó tasas de explotación y de ganancia, estudió la elección de técnicas, reconstruyó tipos de cambio y costos internacionales, formuló una teoría monetaria para el dinero moderno, incorporó la demanda efectiva de Keynes a una macrodinámica de la rentabilidad y trató de explicar el desempleo, la inflación y las crisis dentro de un mismo sistema teórico. No fue solo un gran “aplicador” de Marx: trató de establecer qué partes del edificio marxiano seguían en pie, modificar las que consideraba incompletas y levantar habitaciones que Marx no había llegado a construir. El resultado puede discutirse en cada punto. Esa es precisamente su grandeza científica.
En 2018, interrogado sobre un capitalismo que había extendido sus relaciones a todo el planeta y desplazaba fuerza de trabajo sin encontrar nuevos espacios de expansión equivalentes, Shaikh se declaró pesimista y dijo que no veía cómo se resolvería esa contradicción (Mercatante, 2018).
Trotsky había formulado el problema político en otros términos en 1938: la situación mundial estaba caracterizada, ante todo, por la crisis histórica de la dirección del proletariado. Shaikh dedicó su vida a investigar, medir y explicar las contradicciones objetivas que hacen de ese problema una necesidad histórica. Resolverlo sigue siendo tarea nuestra.
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