Escribe Joaquín Antúnez
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Las invasiones inglesas suelen ser señaladas como el antecedente inmediato al proceso revolucionario iniciado por los criollos en las jornadas de Mayo de 1810 y clausuradas con la Declaración de Independencia de julio de 1816. Indudablemente, esta presentación del tema le repara un lugar de privilegio entre los historiadores que han hecho del Río de la Plata su tema de estudio y ha dado lugar a una reivindicación casi unánime de todas las corrientes historiográficas nacionales.
Las invasiones inglesas, efectivamente, fueron un episodio de amplio alcance revolucionario y formaron parte de un proceso de levantamientos independentistas que incluyen desde la Revolución estadounidense de 1776 hasta la Revolución nacional de España en 1808 y culmina, una década más tarde, con las independencias nacionales de gran parte de la América española. Como todo evento revolucionario, tuvo entre sus filas a los oprimidos de todas las clases por el propio sistema colonial.
En los años previos a las invasiones inglesas, la crisis del orden imperial español había alcanzado niveles terminales. Las rebeliones en el Alto Perú, encabezadas por Tupac Amarú, así como la encarnizada lucha por la independencia en el Virreinato de Nueva Granada -lo que hoy conocemos como Colombia, Venezuela, Panamá y Ecuador- habían colocado a las colonias del “Nuevo Mundo” en el centro de la agitación política de la época. La expansión napoleónica había alcanzado una expansión sobre gran parte de Europa. Un bloqueo naval mantenía prácticamente aislado del comercio europeo a la principal potencia industrial de la época, Gran Bretaña. Los ingleses buscaron circunvalar ese bloqueo mediante el comercio e ultramar a las colonias españolas. portuguesas y francesas. Su propio mercado externo, que había sufrido un profundo revés con la pérdida de sus colonias en América del Norte.
La intención de lanzarse sobre los territorios sudamericanos se ha demostrado como una discusión presente entre los altos mandos de la Corona. En el “Memorial” de Sir Home Popham, datado en 1804, se hacía referencia a las riquezas y potencial comercial de Buenos Aires, convertida en capital virreinal.
La primera invasión inglesa, según se ha logrado reconstruir, fueron autorizadas por mandos subalternos y no directamente por la Corona. La orden respondía a la debilidad que ostentaba España tras perder el grueso de su flota marítima -una de las más imponentes de Europa- en la Batalla de Trafalgar (1805). La Corona española se había declarado aliada de Napoleón en su cruzada contra Inglaterra y había sido llevada a este combate por exigencia del emperador francés. El catastrófico resultado derivó no solo en la supremacía británica en los mares, puso en jaque todo el sistema de comunicaciones entre la metrópoli y sus territorios de ultramar. Cuando estas noticias llegaron al Cabo de la Buena Esperanza, bajo dominio inglés, se activaron los preparativos para zarpar hacia Buenos Aires.
El 25 de junio de 1806, una dotación de 1.600 hombres desembarcó en las cercanías de la capital virreinal, en las costas de Quilmes, bajo el mando del propio Popham y el general William Carr Beresford. El virrey Sobremonte, al ser alertado por la presencia de embarcaciones británicas próximas al Río de la Plata, había trasladado a las tropas veteranas hacia Montevideo, considerando que el desembarco se produciría en aquella ciudad. Eso le allanó el camino a los británicos, quienes tras pequeñas escaramuzas contra las milicias reclutadas de manera improvisada, lograron llegar a la Plaza Central - hoy Plaza de Mayo. Los reclamos de Beresford incluían la rendición incondicional de la ciudad y la entrega del tesoro virreinal, que fue enviado a Londres como trofeo de guerra. El virrey Sobremonte había decidido escaparse hacia Córdoba para evitar ser capturado por los británicos. La decisión de abandonar la ciudad adquirió carácter público y fue visto como un acto de cobardía por los habitantes de Buenos Aires.
La expedición británica no encontró una férrea resistencia por parte de la población. Por el contrario, la élite criolla buscaba acceder al mercado inglés, regimentado por el monopolio impuesto por la Corona española a todos sus territorios coloniales. Prontamente, los primeros productos ingleses inundaron el mercado local con precios menores a la producción manufacturera local. Sin embargo, la expedición, que no contaba con mayores órdenes que la ocupación militar de la ciudad, fue desnudando su motivación imperial. Las pretensiones de una declaración de independencia se esfumaron rápidamente. Los criollos que habían recibido con brazos abiertos a los ocupantes ingleses, comenzaron a organizar la reconquista junto a los peninsulares de la ciudad.
Al mando de Santiago Liniers, la reconquista fue planificada desde Montevideo con la movilización de 1.300 hombres apostados en la ciudad. Se les sumaron cerca de 1.700 soldados y voluntarios una vez pisado el terreno bonaerense. El 10 de agosto ingresaron las tropas a la zona de lo que hoy conocemos como Once y desde allí fueron enviadas señales clandestinas a todos los barrios de la ciudad. La batalla contra los ingleses, ocurrida el 12 de agosto, adquirió un carácter popular. Desde los techos y balcones la población arrojaba objetos o utilizaba los fusiles disponibles para combatir a las tropas inglesas. El saldo de la batalla arrojó 400 bajas en el bando inglés. El propio Beresford se vio obligado a entregarse ante la autoridad reconocida, que era el propio Liniers. Liniers ofreció una rendición honorífica a las tropas inglesas, lo que fue desautorizado por las autoridades locales y la población de la ciudad, argumentando que Liniers no tenía poder alguno para discutir las condiciones de rendición. Finalmente, las tropas inglesas fueron enviadas al interior del país.
La victoria sobre las tropas inglesas fue motivo de un festejo popular. Pero también de decisiones políticas trascendentales. Se convocó inmediatamente un Cabildo Abierto, una suerte de asamblea reservada a una minoría que recibía el título de vecino de la ciudad: Sesionó el 14 de agosto sin la presencia de su máxima autoridad, el virrey Sobremonte. Allí se rechazaron los términos de la rendición acordados por Liniers y, al mismo tiempo, se lo declaró responsable militar de la Capital y el Virreinato, cargo que correspondía al propio Virrey. Sobremonte fue notificado de esta nueva realidad a su llegada a la ciudad tras retornar de Córdoba.
Las decisiones tomadas por los vecinos de Buenos Aires iban a contramano de la legislación vigente de la época, que establecían que cualquier cambio de las autoridades nombradas directamente por el Rey recaen en él mismo. El Cabildo Abierto se impuso como un órgano soberano ante la autoridad real, representada en el propio Virrey. El nombramiento de Liniers fue seguido de un reclutamiento masivo de la población adulta masculina y la organización de las milicias desconociendo los reglamentos peninsulares establecidos en el año 1800. Prontamente, Buenos Aires se convirtió en una ciudad en armas.
Los anuncios sobre una inminente segunda expedición de los ingleses, mucho mayor en escala, justificaban estas medidas. Al mismo tiempo, la participación popular en la reconquista había demostrado que las autoridades peninsulares carecían de lo necesario para garantizar una defensa efectiva. La organización popular fue vista como el único medio para una lucha efectiva contra el invasor. Esta situación trastocó de manera definitiva las relaciones sociales en la capital virreinal.
Las tropas elegían a sus oficiales por votación directa de la soldadesca, un evento extraordinario que sólo se había visto en el momento de ascenso de la Revolución Francesa. Los dirigentes de los principales regimientos, como el de Patricios, bajo el mando de Cornelio Saavedra, adquirieron reputación ante la población en general. Los soldados españoles, que responden directamente al Virrey, quedaron reducidos a un décimo de la población en armas. El centro de gravedad se había trasladado a las milicias porteñas.
La segunda expedición inglesa no se hizo esperar. Tras ser expulsados de Buenos Aires, tomaron en octubre del mismo año la ciudad de Maldonado y establecieron su centro de operaciones. En febrero de 1807 fue ocupada Montevideo tras intensos combates. Nuevamente fue convocado un Cabildo Abierto en donde se pasó a licencia al virrey Sobremonte por incompetencia. Fue reemplazado por Liniers que se convirtió en el primer (y único) virrey electo por los vecinos de la capital bajo el clamor del bajo pueblo que rodeaba el Cabildo.
A partir de ese momento, se organizó la defensa de Buenos Aires. Los ingleses contaban con cerca de 12.000 hombres bajo el mando del general John Whitelocke, quién intentó tomar la ciudad en julio de 1807. Las tropas inglesas ingresaron a la ciudad con los fusiles descargados para no ser considerados una fuerza de ocupación por la población. Sin embargo, la ciudad había sido fortificada bajo el mando de Martín de Álzaga, encargado de dirigir las tropas. El combate fue una verdadera masacre contra los ingleses. El conjunto de la población se involucró en la defensa, al igual que en la primera excursión inglesa. Las tropas fueron conducidas por las calles de la ciudad bajo la hostilidad permanente desde techos y balcones. Whitelocke se vió obligado a rendirse en 48 horas ante la imposibilidad de tomar la ciudad.
Se calcula que la defensa de Buenos Aires estuvo organizada por 8.000 milicianos de todos los orígenes sociales y étnicos, incluidos los esclavos, mulatos, indios y pardos. Sobre una población calculada en 50.000 almas, la milicia representaba a toda la población masculina con posibilidad de portar un arma. Más de 70 esclavos recibieron la libertad por su accionar en batalla, lo que fue visto como una transformación radical de las relaciones sociales en la ciudad. Las mujeres jugaron también un rol activo en la defensa, siendo el caso de Manuela Pedraza el más destacado por batirse con sus propias manos contra un soldado inglés y continuar combatiendo con el fusil ganado en dicho combate.
Las élites ligadas al sistema colonial entendieron inmediatamente esta situación. Tras las jornadas heroicas intentaron recuperar el control obligando a Liniers a tomar licencia como consecuencia de su origen francés y con el nombramiento de un nuevo Virrey, nombrado directamente por la Corona: Baltasar Hidalgo de Cisneros. Sin embargo, las milicias se negaron a disolverse y mantuvieron la elegibilidad de sus oficiales.
Las invasiones inglesas tuvieron un profundo significado político si se deja de lado la minucia militar de los hechos y se procede a observar las transformaciones sociales que ocasionaron al convertir al ´bajo pueblo´ en un actor político central en la capital del Virreinato del Río de la Plata.
Aunque las jornadas destacaron a futuros líderes criollos de la Revolución de Mayo, como Saavedra o Pueyrredón, demostró una ausencia política de muchos letrados que ocuparon puestos claves en la ola revolucionaria. “El núcleo de intelectuales enfrentado a los peninsulares careció de toda dirección e intervención en la crisis y acunó expectativas en lograr la independencia con la ayuda inglesa” (Christian Rath, 2010).
La búsqueda de la independencia por una vía revolucionaria no figuraba en el radar de los sectores medios que gozaban de ciertos beneficios por su integración al régimen imperial. Su rol de agitadores revolucionarios tendría que esperar a las jornadas de Mayo y ante el escenario de una plebe movilizada que rechazaba ser apartada de las decisiones que transformarán el destino de sus vidas.
Las invasiones inglesas fueron un catalizador de una situación objetivamente revolucionaria y ofrecieron a sus protagonistas la ocasión para despertar a la vida política.
Bibliografía consultada:
Cuadra Centeno, Pablo Andrés y Mazzoni, María Laura. "La invasión inglesa y la participación popular en la Reconquista y Defensa de Buenos Aires 1806-1807". Anuario del Instituto de Historia Argentina, nº 11, diciembre de 2011, pp. 43-71. Universidad Nacional de La Plata.
Gallo, Klaus. Las Invasiones Inglesas. Buenos Aires: Eudeba, Editorial Universitaria de Buenos Aires, 2004. (Colección Historia Argentina).
Moreno, Guillermo Raúl. "Las invasiones inglesas al Río de La Plata: El destacado valor como antecedente de la revolución de mayo y del proceso emancipador argentino". Universidad Nacional de La Plata.
Rath, Christian. "El carácter de la Revolución de Mayo". En Defensa del Marxismo, nº 38, 1 de junio de 2010.
Torres, Fernando Claudio. "La gran invasión británica al Virreinato del Río de la Plata (1806-1807)". Revista Digital Universitaria (ReDiU).
IMAGEN: "Reconquista de Buenos Aires" (1912), obra del artista francés Charles Fouqueray, retrata la rendición de las tropas británicas que, bajo el mando del general
