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Böhm-Bawerk y Marx

Escribe Marcelo Ramal

La mistificación del capital y el interés en la escuela austríaca.

Tiempo de lectura: 24 minutos

Artículo publicado en el número 27 de la revista digital Hic Rodus del Instituto Gino Germani de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires.

El presente trabajo tiene como propósito caracterizar las premisas y conclusiones de la obra más importante de Eugen von Böhm-Bawerk (1851-1914). Nos referimos al conjunto conocido como Capital e interés. Böhm-Bawerk, discípulo de Carl Menger, pertenece a la “segunda generación” de la Escuela Austríaca. Su obra se caracteriza por sus intensas polémicas con las escuelas económicas de su época, pero, principalmente, con el marxismo. El primer tomo de este conjunto (Historia y crítica de las teorías del interés, de 1884) abarca al pensamiento económico en su conjunto, en lo que tiene que ver con lo señalado en su título. La obra ocupa el lugar que Teorías de la Plusvalía (1862) representó para el marxismo. Con ello, nos adelantamos a señalar que su racconto histórico sobre las teorías del “interés” es, en realidad, un examen sobre las teorías que explican el “mayor valor” o la ganancia del capital.

Luego de fijar posición sobre las teorías que lo precedieron, Böhm-Bawerk expuso en el segundo libro (la Teoría positiva del capital, de 1889)- su propia concepción acerca de las categorías de capital, valor, precio e interés. En directa conexión con estas obras, Böhm-Bawerk escribirá más adelante un folleto crítico del tomo III de El Capital de Marx –La conclusión del sistema marxista (1896; el Libro III, editado por Engels, había aparecido en 1894). Allí, afirmará que Marx termina renunciando a la ley del valor-trabajo en el final de su obra1. Los trabajos de Böhm-Bawerk han sido el nexo conceptual entre la obra de Carl Menger, el fundador de la escuela austríaca, y los conocidos referentes austríacos del siglo XX, como Ludwig von Mises y Friedrich Hayek. En nuestro desarrollo sobre Capital e interés, confrontamos críticamente sus conclusiones con las que Karl Marx elaboró en El Capital, acerca de las mismas categorías económicas.

La ganancia como interés, el interés como ganancia

Aunque la Historia crítica tiene como propósito reseñar y caracterizar a otros autores, Böhm-Bawerk empleará la introducción de esta obra para formular su propia concepción sobre el tema en discusión en varios párrafos significativos. En su primera aproximación al tema, señalará que

El interés del capital es independiente de cualquier actividad personal del capitalista. Este se beneficia de él aun cuando no mueva ni un dedo de la mano para hacer que se produzca, razón por la cual parece, en verdad, como si el capital pariese el interés, para usar la antiquísima metáfora (Böhm-Bawerk, 1947/1884: 27)”.

Esta afirmación es por demás interesante, pues alude a la tendencia del interés a aparecer como un puro resultado del capital monetario, por fuera del proceso de reproducción del capital productivo que es financiado por aquél. Marx desarrolla en El Capital esta misma cuestión –la del dinero colocado a préstamo que parece “autovalorizarse”– pero para denunciar enseguida el carácter de esta mistificación: cuando el capital monetario financia al capital productivo, las huellas del proceso social de creación de plusvalor se difuminan. Para ejemplificarlo, Marx señalará que la forma D — M — D´ parece transmutarse en esta otra: D — D´. Es decir, la ficción del dinero creando un mayor valor por sí mismo. El interrogante es el siguiente: Cuando Böhm-Bawerk pone de manifiesto la misma cuestión “parece como si el capital pariera el interés” ¿lo hace, como Marx, para desentrañar su contenido oculto o, por el contrario, asume a esa apariencia como la forma efectiva de su existencia? La respuesta se inclina hacia ésta última variante.

En la Introducción a la “Historia Crítica”, Böhm-Bawerk inicia el camino que lo conducirá a presentar al interés como un fenómeno en sí mismo, y separado del proceso de producción social considerado en su conjunto. Ello se aprecia en la siguiente afirmación:

Todo capital puede producir un interés, cualquiera sea la clase de bienes que lo formen, ya se trate de bienes fructíferos por naturaleza o de bienes estériles”, de bienes consumibles o de bienes inconsumibles, de bienes fungibles o de bienes infungibles, de dinero o de mercancías (Böhm-Bawerk, 1947/1884: 27).

Böhm-Bawerk atribuye la capacidad de producir interés a los bienes en cuanto tales, con independencia de la clase a la que pertenezcan: en la terminología austríaca heredada de Menger, tanto a los bienes de orden superior –medios de producción– como a los de primer orden –bienes de consumo–.2 La amplitud de la formulación es decisiva: si cualquier bien disponible en el tiempo –e incluso el dinero o las mercancías indistintamente– puede portar interés, entonces el interés queda desligado a la vez de la forma bajo la cual se presenta específicamente en el capitalismo –el capital monetario– y de su fuente real: el plusvalor generado en el capital productivo. Para Marx, en cambio, el interés remite a una forma social precisa: es la parte de la ganancia que el capitalista en funciones transfiere al capitalista dinerario por el derecho a usar el dinero “como capital”. El desplazamiento de Böhm-Bawerk consiste, así, en convertir una relación social determinada en un rendimiento general de los bienes en el tiempo: universalizado hasta volverse propiedad de cualquier cosa, el interés se vuelve ajeno a toda forma social de la reproducción del capital y parece producirse al margen de ella. La respuesta se desarrollará en la Teoría positiva del capital, donde Böhm-Bawerk explicará el interés por la diferencia de valoración subjetiva entre bienes presentes y futuros, es decir, por la preferencia temporal.

Al asimilar al interés como la retribución de toda forma de capital, Böhm-Bawerk abonará el terreno para su siguiente mistificación: la asimilación del concepto de interés con la ganancia del capital. “Llamaremos a los ingresos del capital renta del capital a interés, empleando esta palabra en su sentido más amplio” (Böhm-Bawerk, 1947/1884: 33). Böhm-Bawerk establece como objeto de su estudio al “interés neto” (una vez efectuados gastos por mantenimiento o reposición de activos). Pero en ese “interés neto” incluye, por ejemplo, a los alquileres, es decir, a la renta del suelo, urbano o rural. La renta, sin embargo, es el ingreso que el propietario fundiario percibe por las propiedades de un medio de producción no producido. Es una detracción de la ganancia.

Es cierto que Böhm-Bawerk diferencia al “interés originario” del “interés contractual” (Böhm-Bawerk, 1947/1884: 34), siendo el primero asimilable a la “ganancia del capital”, y el segundo, a la renta percibida por quien presta el capital monetario. Pero apenas realiza esta distinción, Böhm-Bawerk pone en tela de juicio a la “ganancia del empresario”, es decir, al rédito percibido por el capitalista que maneja un negocio, y que podría asimilarse al “interés originario”. Sin mucha convicción, se inclina por atribuir a dicha ganancia la condición de un “salario empresarial”, que remunera a quien; “aporta a la empresa cierto grado de esfuerzo personal, con la alta dirección de los negocios, con la redacción de los planes para éstos o, simplemente, con el acto de voluntad por medio del cual pone los medios de producción a disposición de la empresa” (Böhm-Bawerk, 1947/1884: 34). En oposición a esta presentación de la ganancia empresarial como un salario peculiar, Marx había dicho que “frente al capitalista financiero, el capitalista industrial es un trabajador, pero trabajador como capitalista, es decir como explotador de trabajo ajeno” (Marx, 1977/1894: 495)

Lo cierto es que al despejar la cuestión del “interés originario”, para Böhm-Bawerk el excedente propiamente dicho queda concentrado en el interés. De este modo, el beneficio del capital aparece como el rendimiento brindado por una “pura” relación de propiedad. De allí, lo del interés misteriosamente “parido” por el capital.

Mistificación del interés y capital financiero

La operación conceptual de Böhm-Bawerk ofrece una racionalización especialmente compatible con una forma de propiedad capitalista en la que el rendimiento aparece separado de la producción directa y cristalizado como ingreso por la mera posesión de activos. La ganancia como interés –o como renta de una acción o título– es la forma mistificada del beneficio en la etapa del capital financiero, cuando el capital productivo se entrelaza y se subordina al capital monetario que lo financia. Ese proceso tuvo lugar en las últimas décadas del siglo XIX, y fue descripto y caracterizado por Hobson (1981) primero y, más adelante, por Lenin (1974). Siguiendo el marco histórico de este último, el economista soviético Nikolái Bujarin (1888-1938), caracterizó a la economía marginalista como una “economía política del rentista” (Bujarín, 1919). Ese es el título del libro que escribió en 1914. Según relata en el prólogo, Bujarin había asistido en su exilio a clases de Böhm-Bawerk en la Universidad de Viena. Al asociar al marginalismo con una ideología económica de “rentistas”, Bujarin alude al capitalista que, separado de la producción, recibe una parte de la plusvalía bajo la forma de intereses o rentas de acciones, préstamos o títulos. En la fase “madura” de la organización social capitalista, el mayor valor vuelve a cobrar la forma de los tiempos de la acumulación primitiva: la renta, o sea, el ingreso percibido por un puro derecho de propiedad, en este caso, sobre una cierta porción de capital monetario. Notablemente, Böhm-Bawerk incluye a la renta del suelo como una forma de “interés”.

A partir de esta formulación, en la obra de Böhm-Bawerk los conceptos de ganancia e interés se utilizan indistintamente. La diferencia con los economistas clásicos y con Marx es sustantiva, pues éstos explicaron inequívocamente al interés del capital monetario como una detracción de la ganancia general del capital. Adam Smith, por ejemplo, comprendió perfectamente que la tasa de interés debería situarse razonablemente por debajo de la ganancia del capital, al señalar que, frente a una tasa excesivamente alta, “el hombre sobrio, que no piensa dar por el uso del dinero sino una parte de lo que puede obtener por su uso, no querrá aventurarse en esa clase de competencia” (Smith, 2017/1776: 323).3 El interés, en Smith, está ligado a la creación de valor y al beneficio. En cambio, Böhm-Bawerk dará los pasos metodológicos necesarios para separar la cuestión del interés –o sea de la ganancia– de la relación social de explotación, y reconducirla al ámbito de la subjetividad humana.

El ataque de Böhm-Bawerk a la ley del valor-trabajo

Böhm-Bawerk inicia su indagación histórica reseñando las teorías del interés en la transición del feudalismo al capitalismo, donde todavía rigen las objeciones de los pensadores canónicos que condenan la percepción de intereses y lo parangonan con la usura. Ya en el siglo XVIII, esta concepción se extenderá a fisiócratas como Mirabeau. En los albores del capitalismo, la acumulación de dinero en base a la percepción de intereses constituyó una de las vías de la acumulación originaria. Böhm-Bawerk acierta al señalar que en ese período “el poder del capital era aún pequeño, apenas se había desarrollado todavía el antagonismo entre el capital y el trabajo; es decir, entre las dos partes a las que afecta el “interés originario”. En oposición a los críticos religiosos de antaño, la legitimación del interés estará presente en los filósofos del liberalismo clásico: John Locke, por ejemplo, verá al interés pagado por el deudor a su acreedor como “el fruto del trabajo de otra persona”. Asocia la cuestión con lo que Böhm-Bawerk llama el “interés originario” y, en nuestras palabras, la ganancia del capital.

Pero, llegado a este punto, lo que el economista austríaco pone sobre el tapete es “el porqué de aquella ganancia del capital”. La “historia del interés” pasa a ser enteramente una historia de las teorías del valor y el beneficio. El interés, por lo tanto, se convierte en la forma natural de la ganancia. La operación es comprensible, insistimos, bajo el periodo histórico donde el capitalismo se transmuta en un régimen de “recortadores de cupones”, y la función de gerenciar el capital se separa de su propiedad, corporizada en el conjunto de accionistas que percibe dividendos sin involucrarse en la gestión de las firmas que controlan.

En esa recorrida por las diferentes escuelas económicas, Historia y crítica de las teorías sobre el interés despliega un esfuerzo considerable por impugnar las teorías del valor que, de un modo u otro, encuentran alguna vinculación con el trabajo humano. Al referirse a Adam Smith, Böhm-Bawerk capta correctamente la ambigüedad de su pensamiento en relación con la cuestión del valor. Smith, en efecto, presenta a la ganancia como “deducción del trabajo” y, a la vez, como el ingreso que el capitalista percibe por el mérito de haber aportado el capital necesario para los medios de producción y el empleo de los trabajadores. Ese capital, para Smith, tiene su origen en la “austeridad” y la “prudencia”. A partir de allí, Smith abandona la formulación de una teoría del valor fundada exclusivamente en el trabajo para abrazar una teoría de los costos de producción, donde el precio sería el resultado de la adición de salarios, ganancia y renta. Böhm-Bawerk detecta esta dualidad de Smith, sin advertir, claro está, sus razones de clase –el economista escocés, abanderado de la naciente burguesía industrial, no pudo ni quiso ir hasta el final en una teoría del valor fundada en el trabajo, que debía concluir en caracterizar a la ganancia como “trabajo no retribuido” al obrero–. Según Böhm-Bawerk, de la ambigüedad de Smith se abrirán varios caminos divergentes con relación a las teorías del “interés originario”. Deteniéndose primero en las teorías que otorgan centralidad al trabajo humano, Böhm-Bawerk le reprocha a Adam Smith y David Ricardo que “sientan sin probar lo que dicen, simplemente como un axioma, la tesis de que el trabajo es el principio de valor de todos los bienes” (Böhm-Bawerk, 1947/1884: 440). Pero presentar a la teoría del valor-trabajo como una creación caprichosa implica desconocerla como creación conceptual ligada a un desarrollo histórico concreto.

La economía nació de la observación de la sociedad mercantil “en la superficie” –es decir, en el puro intercambio. En sus primeras elaboraciones, vio en el comercio y el atesoramiento monetario al origen de la riqueza social. Este fue el hilo común de los pensadores mercantilistas de los siglos XVI y XVII. Posteriormente, los fisiócratas intentaron correr el velo del intercambio para enfocarse en la producción, y atribuyeron la creación de valor a las propiedades inmanentes del suelo trabajado por el agricultor; las demás formas del trabajo humano fueron interpretadas como “estériles”, es decir, meras alteraciones de forma al trabajo desplegado sobre la tierra. Con William Petty primero, y Smith y Ricardo después, se comprendió la universalidad del trabajo como creador de valor, en correspondencia con la sociedad que desarrollará sucesivamente al taller, a la fábrica y la manufactura. Más adelante, Ricardo profundizó sobre las diferentes formas sociales del trabajo –directo e indirecto, simple y complejo– en el marco histórico brindado por la gran industria, es decir, en la potenciación del trabajo humano “vivo” por parte del trabajo objetivado en la maquinaria.

En el análisis del plusvalor, Smith y Ricardo chocaron con sus propios límites históricos y conceptuales al no lograr distinguir entre trabajo y fuerza de trabajo. Esta breve recorrida sobre el pensamiento económico no tiene otro propósito que el de rechazar que exista algo de arbitrariedad, “axioma” o pensamiento especulativo en esa tradición: la teoría del valor-trabajo es un producto histórico y conceptual, entrelazado con el propio devenir del capitalismo como régimen social.

La más importante de las impugnaciones que Böhm-Bawerk le formula a Marx concierne al procedimiento de abstracción. Es decir, al hecho de que Marx aparte de las mercancías sus cualidades físicas o materiales para buscar lo que tienen en común en tanto valores de cambio. Böhm-Bawerk le reprocha confundir la “abstracción de una circunstancia en general con la abstracción de las modalidades especiales bajo la que esa circunstancia se presenta” (Böhm-Bawerk, 1947/1884: 446). Pero la abstracción consiste precisamente en la exclusión de las “modalidades especiales”, en aras de buscar las propiedades comunes del universo mercantil –pues solo bajo esa generalidad las mercancías son comparables y mensurables, y no en sus formas específicas y disímiles. La condición general de los productos del trabajo no refiere a su forma físico-material, sino el ser objetivaciones de la forma general o abstracta del trabajo humano, matriz social en la que todas ellas se equiparan.

Huyendo de la economía mercantil tal como ella se presenta, Böhm-Bawerk ataca a Marx desde los flancos de las excepciones –como los ejemplos del cantante de ópera o del escultor. De este modo, transforma a los bienes no reproducibles, que David Ricardo había confinado al estatus marginal de mercancías “raras”, en la regla universal de su sistema económico.

Finalmente, es revelador que Böhm-Bawerk sea también crítico de las teorías que fundan el valor en la “productividad del capital”. Si el valor de las mercancías estuviese plenamente determinado por el valor de los bienes de capital empleados, se interroga el austríaco, “¿qué sería de la plusvalía?” (Böhm-Bawerk, 1947/1884: 161). En ese escenario, solo asistiríamos a una mera transmisión de valor. El economista austríaco se acerca, en este punto, a la concepción ricardiana y marxista del capital como trabajo indirecto o pasado, el cual se limita a transferir su propio valor al producto final, pero no tiene la capacidad de crear un valor adicional por sí mismo. “El capital no es un producto independiente de la naturaleza y el trabajo”, dirá más adelante en su “Teoría positiva del capital” (Böhm-Bawerk, 1998/1889: 193). En su rechazo a las teorías de la productividad del capital, dirá: “Ningún elemento de producción, sea el que fuere, tiene la capacidad mágica de infundir valor a sus productos de un modo directo o necesario” (Böhm-Bawerk, 1947/1884: 161).

Sin embargo, Böhm-Bawerk convierte inmediatamente esta desmitificación en un trampolín metodológico para redirigir el problema hacia el plano puramente subjetivo: “donde quiera que aparezca el valor, su causa última ha de buscarse en la relación entre las necesidades humanas y los medios para satisfacerlas”. Para el autor, la insistencia de toda una corriente de economistas en caracterizar al capital como “factor de producción” se debe a que “el interés estaba bajo la amenaza de quedarse en el aire si no se le podía considerar como el pago de un tercer factor independiente” (Böhm-Bawerk, 1998/1889: 194), una observación por cierto aguda. Pero si Böhm-Bawerk apela a ella y dinamita la justificación material del beneficio no es para abrazar la teoría de la explotación, sino porque, como señalamos más arriba, buscará explicar el interés en otro ámbito: el de la estricta y ahistórica subjetividad humana.

La “teoría positiva”

En “La Teoría positiva del capital”, la segunda parte de “Capital e Interés, Böhm-Bawerk desarrolla su propia concepción en torno de las cuestiones en juego. Señalará que los bienes de “primer orden” –bienes de consumo– pueden ser producidos por medios directos –in extremis, por las “propias manos”– o bien indirectos, es decir, apelando a diferentes instrumentos de trabajo. Pero sólo éstos últimos constituyen métodos de producción “capitalistas”. Vale acá la definición que el autor formula sobre “capital”, a saber, “un conjunto de bienes producidos que se utilizan para producir más bienes” (Böhm-Bawerk, 1998/1889: 86). Esa producción “indirecta” o “capitalista”, siendo más productiva que la de los métodos directos, exige un “rodeo”: la determinación de resignar el consumo de bienes de “primer orden” para destinar recursos a la producción de bienes de “orden superior”. Ese “rodeo capitalista es productivo, pero consume tiempo” (Böhm-Bawerk, 1998/1889: 164).

En este desarrollo, aparecen varias cuestiones a señalar. La definición de capital como estructura físico-técnica de la producción recoge la limitación que es propia de la economía clásica y que recorrerá posteriormente a todos los autores neoclásicos. En su crítica de la economía política, Marx despojó a la cuestión del plusvalor de cualquier forma material concreta, para concentrarla en la relación social de explotación –es decir, en la apropiación de trabajo no retribuido a la clase obrera. La estructura técnico-material describe cómo se produce; la relación social explica para quién y a costa de quién se produce. Böhm-Bawerk se asoma a los límites de la definición técnica de capital cuando polemiza con el economista neoclásico Irving Fisher (1867-1947), quien preguntaba con razón: “¿por qué los elementos de cocina de una panadería son capital, mientras que la cocina de una casa particular no lo es”? (Fisher, 1896: 513). Böhm-Bawerk desestima esa observación como circunstancial, sin advertir que Fisher señala una dificultad de fondo: las definiciones que parten de las propiedades técnicas de los bienes que actúan como capital no pueden dar cuenta de lo que los convierte en capital, que es la relación social en la cual se insertan.

Volviendo a la cuestión de los “rodeos” y métodos indirectos, la conclusión central de Böhm-Bawerk en este punto es que “los métodos indirectos nos obligan a esperar durante un tiempo muy largo” (Böhm-Bawerk, 1889/1998: 165). En este autor, la opción entre el consumo inmediato y la reserva de recursos para la producción intermedia no se resuelve, sin embargo, apelando a la teoría de la abstinencia, esbozada por Adam Smith y sistematizada por Nassau William Senior (1790-1864). Según esta teoría, el interés es el resarcimiento que el capitalista percibe por postergar su goce. Böhm Bawerk impugna expresamente este punto en su “historia crítica”: para él la “abstinencia” es una categoría puramente negativa, un no-acto, y como tal incapaz de operar como causa independiente del valor o del interés. En su lugar erige su teoría acerca de la diferencia de valoración subjetiva entre bienes presentes y futuros. No obstante, la distancia con la teoría de la abstinencia es menor de la que el propio Böhm-Bawerk pretende: tanto en Senior como en él, el origen del beneficio se desplaza desde la relación social de explotación hacia una disposición –activa o pasiva– del sujeto propietario frente al tiempo. En esa línea, Böhm-Bawerk dirá:

No puede negarse que tanto la creación como la conservación de nuevo capital exige una postergación de goces momentáneos, un aplazamiento del disfrute (...) tampoco cabe la menor duda de que este hecho encarece aquellos productos que, procediendo de un proceso de producción capitalista más o menos largo, no podrían obtenerse sin un aplazamiento más o menos largo del disfrute (Böhm-Bawerk, 1889/1998: 165).

Apuntemos acá que, a diferencia del abstinente “Robinson” de Böhm-Bawerk –el economista austríaco elige al solitario náufrago para ilustrar la disyuntiva entre acumulación y consumo– Marx parte del capitalista como tal. El contraste no es anecdótico. Detrás del “Robinson” abstinente opera el individualismo metodológico: la pretensión de deducir leyes sistémicas –el interés, la acumulación– de una psicología individual supuestamente inmutable y universal. Lo que ese procedimiento no puede ver es que las pautas de reproducción social, e incluso la concepción del tiempo que el agente da por natural, están institucional y materialmente determinadas por la forma social en que vive. La “preferencia por el presente” no es un dato de la naturaleza humana, sino una disposición histórica.

En tanto Böhm Bawerk –y de un modo general el subjetivismo económico- presenta al consumo individual del capitalista y al fondo de acumulación como magnitudes antagónicas, Marx desarrolla su unidad contradictoria: la conducta del capitalista cobra significado en tanto “capital personificado”, sujeto “productor de valor de cambio y su incremento”. “Comparte con el atesorador el instinto de enriquecimiento. Pero, lo que aparece en éste como manía individual, en el capitalista es el efecto de un mecanismo social del que él no constituye más que un engranaje” (Marx, 1976/1867: 41). Es la competencia la que empuja a cada capitalista individual a la ampliación incesante de su capital. El capitalista “considera su propio consumo privado como un robo a la acumulación de su capital” y, sin embargo, bajo la reproducción ampliada, “su despilfarro aumenta con su acumulación, sin que uno tenga por qué perjudicar a la otra” (Marx, 1976/1867: 44). En oposición al antagonismo absoluto entre consumo y acumulación, que justifica en Senior o Böhm-Bawerk el origen del capital, Marx señala que bajo la reproducción ampliada “progresivamente se produce y consume más, y por tanto, también se convierte más producto en medios de producción” (Marx, 1976/1867: 49).

La incomprensión “austríaca” –y en general neoclásica– respecto del proceso de reproducción ampliada del capital y sus contradicciones, signará sus elaboraciones posteriores con relación al crédito, la moneda, los ciclos y las crisis capitalistas. Los economistas austríacos atribuirán las crisis a una insuficiencia de ahorro, que debe revertirse con la contracción del gasto, del crédito y de la expansión monetaria dirigida al consumo. Sus adversarios keynesianos, por el contrario, caracterizarán a la crisis como un “exceso de ahorro” o insuficiencia de la inversión, que debería ser compensada por medio del gasto y la inversión estatales.

Qué es el interés

A la hora de explicar la cuestión del interés, la concepción de Böhm-Bawerk emerge con toda claridad. Descartados los diferentes elementos objetivos de la producción social, el análisis se concentra en la pura subjetividad: “la relación entre el presente y el futuro en la vida de los hombres” (Böhm-Bawerk, 1998/1889: 417). La proposición central es que “Los bienes presentes, por regla general, valen más que los bienes futuros a igualdad de cantidad y calidad”. Las razones son principalmente psicológicas: “la fragmentaria imagen que nos hacemos de las necesidades futuras” (Böhm-Bawerk, 1998/1889: 434), la “falta de fuerza de voluntad” para resignar consumos presentes y, por lo tanto, valorar los que vendrán y, finalmente, “la incertidumbre de la vida”, algo así como “consumamos ahora, que la vida es corta”. Böhm-Bawerk agrega una última y única razón que se relaciona con una cuestión objetiva: la mayor productividad de los medios de producción con procesos más largos –“cuanto antes estén disponibles, la cantidad de bienes producidos es mayor”–. Es claro que esta causa parece contradictoria con una interpretación puramente subjetiva del interés, y se parece mucho a las teorías de la “productividad del capital” que el propio autor austríaco criticaba. Esta inconsistencia no pasó inadvertida para la propia tradición. Wicksell y Fisher la señalaron tempranamente, y Mises y Rothbard rechazaron de plano esta “tercera causa” –la superioridad técnica de los bienes presentes– como un resabio objetivista incompatible con una teoría del interés fundada exclusivamente en la preferencia temporal. La Escuela Austríaca no es, en este punto, un bloque homogéneo: la depuración, por parte de Mises, del tercer fundamento es, precisamente, el gesto que lleva el subjetivismo hasta su forma apriorística más pura, que será desarrollada en La acción humana.

De cualquier modo, enseguida Böhm-Bawerk se encarga de despejar aquella contradicción, al introducir la cuestión de la utilidad marginal o incremental que los diferentes procesos de producción generan en cada momento del tiempo –y, por ende, el mayor valor subjetivo –o utilidad– que los procesos inmediatos representan en relación con aquellos que se dilatan en el tiempo. Con ello, completará una teoría del interés fundada en el individualismo metodológico, y sentará las bases de lo que después se conocerá como la teoría de la preferencia temporal o de la “impaciencia humana”. (Fisher, 1999: 89)

Vale aquí formular una objeción central. La preferencia temporal puede explicar por qué los bienes futuros se valoran menos que los presentes en el intercambio. Pero no puede explicar, por sí sola, el origen del “mayor valor” que permite pagar un cierto interés. Dicho de otro modo: la preferencia temporal describe la forma en que se valoran las transacciones en diferentes momentos, pero no da cuenta de cuál es la fuente del excedente que el interés retribuye. Una teoría del interés que se remite a la valoración subjetiva del tiempo no puede establecer el origen de la masa de plusvalor que se reparte entre capitalistas industriales y capitalistas dinerarios. Esta cuestión –la del origen social del excedente– es justamente la que pretende responder la teoría marxista de la plusvalía. El descuento intertemporal puede existir en cualquier sociedad donde los bienes presentes sean más valorados que los bienes futuros. Lo que la teoría austríaca no logra explicar es por qué, bajo el capitalismo, ese descuento adopta la forma sistemática de una renta sobre el capital adelantado. Esa forma específica remite necesariamente a una relación social de producción, y no a un atributo universal de la psicología humana.

Böhm-Bawerk se referirá al préstamo a interés como “un auténtico y genuino intercambio de bienes presentes por bienes futuros”. Pero bajo el capitalismo, el fenómeno del interés sólo involucra a un “bien”, el dinero. La forma estrictamente capitalista que devenga interés es el capital monetario. No se trata de imputarle a Böhm-Bawerk la ingenuidad de sostener que el interés sea una propiedad física o biológica del dinero. La imputación es metodológicamente más profunda: al intentar disolver el capital monetario en un supuesto trueque de bienes reales, Böhm-Bawerk termina convalidando la forma más acabada del fetichismo capitalista. En la teoría de Marx, el capital a interés (D — D') es la cúspide de la mistificación mercantil; es aquella configuración donde el origen social del plusvalor queda enteramente borrado y el dinero parece engendrar dinero por sí mismo a través del tiempo. La forma dinero no es aquí un accidente, sino el vehículo constitutivo de ese enmascaramiento. Por lo tanto, el hecho de que bajo el capitalismo el interés se presente socialmente como rendimiento del capital monetario no es un dato contingente que Böhm-Bawerk pueda desestimar mediante abstracciones precapitalistas: es la apariencia necesaria del sistema que su teoría toma por esencia. Böhm-Bawerk funde al beneficio con el interés y, luego, explica a éste como el resultado de diferentes valoraciones psicológicas entre el presente y el futuro. El rastro de la creación y apropiación de riqueza social por medio del trabajo humano se ha perdido.

Ya colocado ante la circunstancia de exponer cómo opera el interés en términos concretos, Böhm-Bawerk nos dirá:

Los medios de producción, comparados en valor con los bienes presentes, son iguales a un número inferior de los bienes de consumo que cabe producir con ese complejo de medios. Nuestro complejo de medios de producción que producirá diez toneladas de alimentos al cabo de un año es igual al valor de 10 toneladas de alimentos del año próximo que equivalen a 9,5 toneladas de alimento de hoy. (Böhm-Bawerk, 1998/1889: 482)

Aparece aquí, al menos en noción, el concepto de valor presente. Entre uno y otro valor, el interés o ganancia del capital expresa un proceso de creación de un mayor valor. Pero Böhm-Bawerk rechaza enseguida esa hipótesis: “esto se debe, en muy pequeña medida, a las posiciones relativas que ocupan trabajador y capitalista en cuanto a posesiones y, en gran medida, a elementos relacionados con la naturaleza humana y la propia técnica de la producción” (Böhm-Bawerk, 1998/1889: 484), aludiendo, en este último caso, a la cuestión de los períodos o “rodeos” que exige la llamada producción indirecta.

El tiempo transcurre, el año próximo se convierte en este año, y ese gran escenario en movimiento que llamamos vida da un paso más hacia adelante, el hombre mismo, sus necesidades, deseos y también las varas de medir los bienes. (Böhm-Bawerk, 1998/1889: 484)

La diferencia de valor entre el presente y el futuro obedece a una cuestión eminentemente subjetiva.

Trabajo y tiempo, Tiempo y trabajo

El análisis de Böhm-Bawerk sobre los períodos de producción pareciera emparentarse con la teoría del valor-trabajo: la producción de los bienes de orden superior se extiende en el tiempo, al cual el autor alude bajo la rúbrica técnica de unidades de “años-hombre”. Pero este parentesco técnico esconde una llamativa distorsión. La “estructura temporal de la producción” que describe –y que Hayek desarrollará en sus modelos de ciclos– no se reduce al tiempo físico de fabricación de una mercancía individual, sino a la articulación de etapas productivas heterogéneas que van desde los bienes de orden superior hasta los bienes de consumo final. De esta manera, la teoría austríaca capta correctamente que la producción capitalista está temporalmente mediada. Sin embargo, traduce esa mediación –que es estrictamente social e histórica– en una relación intertemporal abstracta entre sujetos individuales. En esa traducción se evapora lo esencial: la relación salarial y la coerción estructural que obliga al trabajador, desposeído de medios de producción, a vender su fuerza de trabajo en el presente. El “tiempo” en el aparato conceptual de Böhm-Bawerk es el tiempo de la espera optimizadora de quien posee; nunca el tiempo de la necesidad acuciante de quien debe trabajar para sobrevivir.

En Böhm-Bawerk, esa presentación del trabajo extendido en el tiempo tiene un claro propósito: lo que importa no es el trabajo realizado sino el “tiempo transcurrido”, es decir, la “espera” y la renuncia individual a la tenencia de bienes presentes a cambio de los bienes futuros. En Marx, el tiempo transcurrido importa como “tiempo de trabajo”, donde transcurre la apropiación del trabajo ajeno por parte del capitalista. En Böhm-Bawerk, el trabajo importa como “prolongador del tiempo”, como tiempo de espera, renuncia y abstinencia. En Marx, el interés es el pago que el capitalista “en funciones” le transfiere al capitalista prestamista por el derecho a usar un cierto capital monetario para la creación de plusvalía. En Böhm-Bawerk, el interés halla su origen en la elección supuestamente inherente a la naturaleza humana: la preferencia del presente al respecto del futuro. Lo que en Böhm-Bawerk aparece como sacrificio psicológico –la postergación del goce– en Marx es un proceso social objetivo –la creación de plusvalor–. Así, en pleno período histórico de emergencia del capital financiero, la forma mistificada del beneficio –que aparenta ser la autovalorización del capital monetario– encuentra en Böhm-Bawerk y la Escuela Austríaca su envoltura teórica definitiva.

La divergencia entre Böhm-Bawerk y Marx no es simplemente una disputa sobre el origen del interés, sino una confrontación radical sobre “la naturaleza del tiempo económico”. La Escuela Austríaca opera una progresiva psicologización del tiempo: en Menger, este aparece como el horizonte de las preferencias individuales; en Böhm-Bawerk, como la duración de la espera y la abstinencia; en Hayek, reaparecerá como la extensión de los “rodeos” productivos distorsionados por el crédito. Para la crítica marxista, en cambio, el tiempo económico es la dimensión en la que se despliegan relaciones sociales objetivas: el tiempo de trabajo socialmente necesario, el tiempo de rotación del capital, el tiempo de producción de plusvalía.

Notas

1. El examen detallado de esta obra, donde Böhm-Bawerk interpreta la transformación de los valores en precios de producción del Tomo III de El Capital como un abandono de la ley del valor del Tomo I, excede el objeto de este trabajo, abocado al análisis de su obra magna Capital e interés (1884, 1889).

2. Sobre la distinción entre bienes de primer orden y bienes de orden superior, veáse Carl Menger (1986/1871).

3. Todavía más significativa es la condena de Smith al interés “no productivo”, es decir, el que se paga por financiar al consumo inmediato. El capital prestado a interés “para usarlo como capital (…) será empleado “en mantener obreros productivos, que reproducirán su valor acompañado de un beneficio. En este caso, puede restituir el principal y pagar un interés, sin enajenar ni reducir su fuente de ingreso. Si lo uso como fondo destinado al consumo inmediato (…) manteniendo manos ociosas, no podrá restituir el capital ni pagar el interés, sin enajenar o afectar otra fuente de ingresos, como es la propiedad o la renta de la tierra”

Bibliografía

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Marx, K. (1976/1867). El capital: Crítica de la economía política. Libro primero: El proceso de producción del capital (P. Scaron, Trad.; Vol. 3). Siglo XXI Editores.

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Menger, C. (1986/1871). Principios de economía. Nova Cultural.

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