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Por qué estudiar el Programa de Transición

Escribe Partido Obrero - Tendencia

Curso de verano de 2020 de la UJS (PO-T)

Tiempo de lectura: 13 minutos

En la Conferencia del Partido Obrero (T), en noviembre pasado, se aprobó la iniciativa de realizar el campamento de verano y que la materia de estudio fuera el Programa de Transición de la IV Internacional.

¿Por qué volver sobre un tema que ha sido tratado innumerables veces? De un lado, porque la discusión en el PO sobre las consignas del período 2018/19 mostraron una distorsión abismal de ese programa, por parte de la camarilla oficial, que se manifestó asimismo en la cuestión de la Constituyente, que convirtió al PdeT en una receta de reivindicaciones, escalonadas unas con otras, de acuerdo al capricho del burócrata ocasional, sin relación con la crisis histórico-política que se encuentra planteada.

La adaptación al parlamentarismo y al electoralismo ha arrasado con el programa de transición; peor, se ha hecho un uso parlamentario de sus consignas. De otro lado, el programa de transición ha sido separado de su contexto histórico, para ser convertido en un menú de reivindicaciones arbitrarias.

La transición a la que se refiere el programa es históricamente objetiva, pues dice respecto al pasaje del capitalismo decadente al socialismo, a través de un proceso de luchas que culmina en la dictadura del proletariado. El puente entre las necesidades y reivindicaciones inmediatas de las masas a la lucha por el poder no es una construcción ideológica, o sea arbitraria o pre-concebida, sino que se encuentra presente objetivamente como tendencia o proceso en la crisis política concreta y en toda acción de masas significativa.

La actualidad de este abordaje no podría ser mayor, en momentos en que se producen rebeliones populares en todo el mundo, incluida la huelga de masas. La ausencia de partidos revolucionarios en estos procesos se manifiesta antes que nada en la ausencia de un sujeto político que plantee el programa que corresponde a la transición histórica que se encuentra en desarrollo. El programa de la IV° no es un programa sindical radicalizado (y esto vale incluso para las Tesis de Pulacayo), como lo ha desnaturalizado el trotskismo vulgar. El programa de transición es, ante todo, un programa internacional, y por eso condensa todas las cuestiones nacionales históricas no resueltas y todas las formas históricas de opresión en una estrategia política única. Integra las guerras nacionales, las luchas raciales y femeninas, en definitiva, todo lo relativo, como dice textualmente el programa, a “la crisis de la humanidad”.

El partido revolucionario no es otra cosa, en última instancia, que la conciencia organizada de esta transición histórica. No ‘produce’ un programa transicional en el vacío, sino que lo elabora y desarrolla a partir de las experiencias y luchas reales. El partido determina el PdeT y es determinado por él. Las masas construyen la historia, y se ven obligadas a reconstruirla en cada lucha nueva, a partir de experiencias nuevas, de triunfos y derrotas. El espontaneísmo obrero renace en cada nuevo comienzo, pero condicionado a la experiencia histórica recorrida, que se refleja en gran parte en los programas de las fuerzas políticas contradictorias en presencia. La expresión de León Trotsky – la IV° Internacional está presente y vive en las luchas’ -, alude a su vigencia en las luchas, y como palanca para convertir a la vanguardia obrera en partido revolucionario.

El Programa

El PdT contrasta con el Manifiesto del Partido Comunista de 1848, que fue también un programa de transición – de la revolución burguesa a la proletaria, el primer esbozo de la revolución permanente. El Manifiesto parte del ascenso del capitalismo, que revoluciona las fuerzas productivas, crea el mercado mundial y desarrolla la clase obrera; el PdeT parte del hundimiento de las fuerzas productivas en la época del capitalismo decadente. El Manifiesto parte de las condiciones objetivas para arribar a las subjetivas – el programa y la estrategia. El PdT arranca con el planteo de la “crisis de la humanidad”, un impasse que atribuye a la “crisis de dirección” de una clase obrera internacional que ya ha pasado por revoluciones derrotadas y victoriosas y establecido un estado obrero.

El PdeT fue elaborado bajo las condiciones de una crisis excepcional, que Trotsky presenta desde sus primeros párrafos: “La burguesía misma no ve una salida. En los países en que se vio obligada a hacer su última postura sobre la carta del fascismo marcha ahora con los ojos vendados hacia la catástrofe económica y militar (…). En verdad, la burguesía percibe el peligro mortal que una nueva guerra representa para su dominación, pero es infinitamente menos capaz de prevenirla que en vísperas de 1914”.

El párrafo que citamos describe un período de reacción política, de cuyas entrañas debe nacer un período revolucionario gigantesco. Es en base a esta caracterización histórica dialéctica que Trotsky plantea la cuestión del poder, concretamente la dictadura del proletariado, a través de un programa de reivindicaciones transitorias de carácter nacional e internacional. La declinación capitalista integra a la “estabilidad” e incluso a la victoria de la reacción en una etapa transicional que se caracteriza por giros violentos en la lucha de clases.

Nuestra Tendencia ha ratificado esta caracterización histórica: “La política revolucionaria no pierde vigencia en períodos no revolucionarios - se orienta simplemente a preparar, en términos de propaganda, agitación y organización política, la actuación revolucionaria en los períodos revolucionarios que sobrevendrán. Es así como planteó la IV Internacional la lucha contra el fascismo y la guerra imperialista inminente”. (“Porqué una fracción pública del PO”, junio 2019).

El PdT caracteriza al fascismo y al Frente Popular como los últimos recursos contra la revolución proletaria. La cuestión es de rigurosa actualidad – incluso por el abuso que se ha hecho del asunto de fascismo y, de otro lado, la desnaturalización del frente popular. El punto de partida del fascismo se encuentra en el desclasamiento de la pequeña burguesía –y su organización en fuerza de choque contra la clase obrera, con métodos de guerra civil. Es una expresión de la descomposición del capitalismo en la época del imperialismo. El fascismo es también una expresión de la tendencia a la guerra, en especial cuando tiene lugar en las metrópolis imperialistas. La izquierda vulgar lo confunde con un régimen autoritario, y ve a éste como antesala mecánica del fascismo. Presenta como fascistas o ‘proto fascistas’ a una variante de regímenes bonapartistas. En la actualidad, el uso abusivo del fascismo sirve para tapar las tendencias a la revolución, y para utilizar la defensa de los derechos democráticos para justificar la colaboración de clases que representa el frente popular. La cuestión del fascismo está ligada a la crisis de la dirección revolucionaria, sea en la forma ‘ultraizquerdista’, que caracteriza a las fuerzas políticas intermedias como pro-fascistas, o en la forma de la colaboración de clases bajo la batuta de la burguesía ‘democrática’ o lo que diga parecerse a ella -el Frente Popular. En Bolivia, recientemente, la izquierda se abstuvo de la lucha contra el golpe, sea en clave ultraizquierdista, sea en clave de equidistancia entre la derecha y el llamado populismo.

En el mismo texto de proclamación de nuestra Tendencia, señalamos que un planteo de poder no emerge de condicionamientos arbitrariamente fijados por los autoproclamados revolucionarios, sino que es el emergente de la crisis del capitalismo y de sus regímenes políticos.

Las reivindicaciones del PdeT no se suceden a si mismas en un esquema escalonado, sino que cada una de ellas es la respuesta a una crisis social y política concreta y se aritcula con el desarrollo de esa crisis social y política. Lo contrario sería un regreso al economicismo, que sostenía que la conciencia política era producto de la lucha sindical y de la pulseada económica entre la fuerza de trabajo y el capital. El ‘¿Qué Hacer?´ explicó oportunamente que la conciencia política se desarrolla de la lucha política en su conjunto. Reivindica, de este modo, la categoría dialéctica de “la totalidad”, que no es la suma de las partes, sino que las precede y define su naturaleza.

En este plano, el hilo conductor del Programa de transición parte de la lucha de clases como una lucha política. Ya el Manifiesto Comunista señalaba que “El objetivo inmediato de los comunistas es idéntico al que persiguen los demás partidos proletarios en general: formar la conciencia de clase del proletariado, derrocar el régimen de la burguesía, llevar al proletariado a la conquista del Poder”.

La socialdemocracia interrumpe ese hilo histórico bajo el período de la II Internacional.

Marx y Engels someten a crítica los programas de Gotha y de Erfurt; el debate de estos dos textos debe ser objeto de estudio en el Campamento dedicado al PdeT. En este último, En el capítulo referido a las reivindicaciones políticas del programa de Erfurt, Engels es particularmente claro: “Si todas esas reivindicaciones fuesen satisfechas, tendríamos en nuestras manos más medios para lograr nuestro objetivo político principal, pero no lograríamos ese objetivo”. Criticando al oportunismo político de “gran parte de la prensa socialdemócrata de la época, Engels señala que se “quieren convencer a sí mismos y al partido de que "la sociedad actual se integra en el socialismo", sin preguntarse si con ello no está obligada a rebasar el viejo orden social; si no debe hacer saltar esta vieja envoltura con la misma violencia con que un cangrejo rompe la suya”.

En contradicción con el Manifiesto, la socialdemocracia separa al programa mínimo del máximo. Trotsky, en el Programa de Transición, denuncia que entre aquel programa mínimo y el programa máximo “no existía puente alguno”. La socialdemocracia se vio obligada a reconocer la vigencia de la época de transición, por ejemplo, en el folleto de Kautsky “La cuestión del poder”, sobre la revolución inminente en Rusia, y en la socialdemocracia rusa misma, que, adherida a la II Internacional, debe discutir la ‘revolución ininterrumpida’, en oposición a la revolución por etapas del menchevismo. El programa de transición es la expresión del carácter “permanente” de la revolución proletaria. En el curso deberemos discutir el programa del partido comunista de Alemania (Espartaco), que se caracteriza por invertir la prioridad de la socialdemocracia por el programa mínimo, por el programa máximo, sin planteos transicionales. Será, sin embargo, un discípulo de Rosa Luxemburgo, quien tomará la iniciativa de la agenda del frente único y las reivindicaciones transitorias, en medio de una crisis espectacular en la III Internacional.

En los años 60, el mandelismo y el SU revisan el Programa de Transición, bajo la presión de la recomposición capitalista de postguerra y el espejismo de los (mal) llamados “treinta años dorados”. Convierten a la decadencia capitalista en “neocapitalismo”. Así, las reivindicaciones del programa de transición fueron malversadas a favor de un reformismo fuera de época, o sea en la integración de la clase obrera a la gestión capitalista o burocrática (control obrero institucional, autogestión).

Las revoluciones china (1948) y cubana (1959) mostraron de nuevo que las “revoluciones coloniales”, entendidas en el cuadro capitalista histórico, daban paso a transiciones históricas de características propias. Por primera vez, formaciones stalinistas o pequeño burguesas procedían a la expropiación del capital – hasta ese momento reservada al proletariado (Revolución de Octubre), y lo mismo ocurría con la ocupación de Europa oriental por parte de la burocracia stalinista. El carácter de estas transiciones ha consumido medio siglo de debates en la IV Internacional, y lo sigue consumiendo. Se ha puesto en cuestión el rol del proletariado en la revolución socialista mundial, a partir de estas experiencias nacionales. Es lo que ha ocurrido con el aparato oficialista que usurpa nuestro partido.

El Programa que redacta Trotsky en 1938, es importante insistir, no es un catálogo de recetas, sino la refracción en forma de programa y de estrategia, de una transición histórica objetiva. Como señala el Manifiesto, “las proposiciones teóricas de los comunistas no descansan ni mucho menos en las ideas, en los principios forjados o descubiertos por ningún redentor de la humanidad. Son todas expresión generalizada de las condiciones materiales de una lucha de clases real y vívida, de un movimiento histórico que se está desarrollando a la vista de todos”. El que se equivoca en la caracterización histórica de la etapa y la forma política correspondiente, tendrá un programa arbitrario, contradictorio y caprichoso. La adaptación al parlamentarismo tiene esta base, y se convierte en crónico cuando es la expresión del arribismo partidario.

La restauración capitalista

La cuestión del PdeT –y en general de todos los programas revolucionarios- es su capacidad para caracterizar las transiciones históricas y los bruscos virajes propios de transiciones semejantes. Uno de estos giros dramáticos es la restauración capitalista, cuya interpretación volvió a constituir una severa divisoria de aguas en la izquierda internacional y en el trotskismo. Un texto de nuestra corriente de setiembre de 1992 señala que, “las crisis en Europa del Este y el derrumbe de la burocracia soviética y de sus estructuras políticas totalitarias, independientemente de sus características particulares, son una expresión de una crisis de alcance mundial”. De nuevo, la categoría de la totalidad contradictoria permitió refutar la pavada del ‘fracaso del socialismo’ por una previsión de crisis internacionales de mayor escala.

Señala luego que “La crisis mundial es una categoría histórica precisa que se refiere al momento en que la descomposición del conjunto del capitalismo (sistema mundial) adquiere la forma de crisis políticas y revoluciones, y que integra a los Estados obreros burocratizados, ya vinculados a la circulación económica mundial, y a la burocracia como un agente de la burguesía mundial en el seno de los Estados obreros. El desarrollo de la crisis mundial es el desarrollo de la crisis conjunta del imperialismo y la burocracia”. En el curso sería útil discutir aspectos pertinentes de estos textos de nuestro partido.

Esta caracterización delimitó posiciones con el stalinismo –y sus diferentes tributarios de la pequeño burguesía- que vieron en el derrumbe del socialismo real al fin de la etapa histórica abierta con la revolución de octubre - esto de un lado. En el caso del trotskismo, el morenismo vio en la disolución de la URSS cómo “las masas derrotaron a las dictaduras de partido único” (ver www.izquierdasocialista.org), o sea, la revolución democrática, con independencia de su contenido restauracionista.

Al partir, como método, de “la economía y política mundiales”, nuestra corriente pudo integrar la cuestión del retroceso histórico que comportó la restauración capitalista, a la crisis mundial. El capitalismo explotó la restauración capitalista con los métodos propios de su declinación: los monopolios, el parasitismo financiero. Mientras, de otro lado, impuso un fuerte cambio de las relaciones de fuerza contra el proletariado mundial, lo cual abrió un período de precarización gigantesca en todos los planos, al mismo tiempo incorporó a la explotación capitalista a centenas de millones de obreros, en un período de tiempo fulminante.

Este mismo texto de 1992, señala ¡casi en un anticipo de los debates que tendríamos en la crisis del PO! lo siguiente: “La tendencia general explosiva del capitalismo está llevando a un proceso de huelgas en todos lados, que ha refutado a todos los “pesimistas”. Que las huelgas triunfen o no triunfen es otra cuestión; lo que estaba en discusión no es si triunfan o no triunfan sin un partido, sino si el partido tiene que tener en cuenta, como material de trabajo, a masas inertes, políticamente pasivas, frente a burgueses progresistas, o a masas que se rebelan contra capitalistas que tienen que liquidar sus conquistas sociales”. Esto fue escrito hace casi treinta años.

En 2004 se publican las “Tesis Programáticas para la IV Internacional”. En su parte inicial, señala que “La etapa abierta por el derrumbe de los estados obreros degenerados ha disuelto el sistema de relaciones internacionales establecido por los acuerdos de posguerra y, con ello, ha generado crisis internacionales cada vez más profundas. El agotamiento de la arquitectura diplomática de la llamada guerra fría es una expresión de una nueva etapa en las relaciones entre las clases sociales en su conjunto”.

La integración de China y URSS al mercado mundial terminaría reproduciendo a escala ampliada las tendencias del capitalismo a su propia disolución. Estas tendencias eclosionarán en la gran crisis de 2007/2008. Ingresamos así a la “transición” a una crisis mundial de mayor escala” (JA, Panorama Mundial, 2018). “Existe una tendencia al repliegue nacional, que no es más que la evidencia que el Estado es el recurso último del capital frente a la bancarrota. Pero la crisis que el rescate capitalista provoca en los estados nacionales solamente puede ser resuelta en la arena de la rivalidad internacional. De aquí deriva la tendencia al fascismo y a la guerra”.

En América Latina, el texto destaca “una etapa que se caracteriza por la descomposición de los regímenes sociales y políticos a lo largo de todo el continente”, lo que abarca a las experiencias nacionalistas o centroizquierdistas y también a las de cuño derechista. La burguesía “ha perdido la iniciativa estratégica, que ha pasado potencialmente al campo de la izquierda revolucionaria”. Es este es el escenario que trazamos para intervenir en la “tormenta política y social” de América Latina (ver las resoluciones y el manifiesto de la Conferencia Latinoamericana realizada en Buenos Aires en noviembre de 2018). Esta Conferencia, bajo el liderazgo de los dirigentes que formarían luego la Tendencia, fue saboteada política y organizativamente por el aparato del PO, que impartió directivas en ese sentido.

La cuestión del partido

La cuestión de la construcción Partido es estratégica para el PdeT. Trotsky no elude, en 1938, la cuestión de la debilidad organizativa o numérica de la IV Internacional, que es descomunal, en medio de la reacción política y del fuego cruzado del stalinismo y del fascismo. Pavada de ‘obstáculo’. Para Trotsky, el partido es la expresión organizada del programa, y su construcción está ligada a las masas y sus luchas y experiencias. Cuando Trotsky saluda “las huelgas con ocupación de fábricas y el crecimiento prodigiosamente rápido de los sindicatos industriales en Estados Unidos”, agrega que ello es “la expresión más indiscutible de la aspiración más instintiva de los obreros norteamericanos a elevarse a la altura de la misión que la historia les ha asignado”.

El bolchevismo y Trotsky alentaron numerosas políticas de entrismo en las organizaciones obreras tradicionales, pero combatieron como fieras el seguidismo. Tenemos el ejemplo de la segunda revolución china, contra la disolución en el Kuomintang, o la denuncia del Comité anglo-soviético que sirvió de cobertura a la traición de la huelga general británica de 1926, por parte del laborismo y la burocracia de las Trade Unions. En Argentina, el morenismo dejó establecida una política estratégica de seguidismo – al peronismo, al foquismo y a las corrientes democratizantes en general, que hoy vuelve a asumir un carácter virulento con el ‘feminismo del 99 por ciento’ y el parlamentarismo. La novedad es la incorporación del aparato del PO a esta corriente. Este seguidismo profesional pretende dar ahora lecciones acerca de la construcción del partido, que confunden ostensiblemente con su propio aparato, y que es sólo un reflejo auto-proclamatorio.

El programa y nuestra Tendencia

A la luz de todos estos debates, es claro que el curso aportará una comprensión de la crisis del Partido Obrero, y la lucha y las tareas que tiene planteadas nuestra Tendencia. Bien mirada, la “rebelión del PO” –contra el conservadurismo, el derrotismo y la ideología de aparato- es la refracción interior de otra rebelión –la que recorre a las masas del continente, abriendo una transición que sacude y golpea a todas las formaciones políticas tradicionales. Ello no sólo involucra a los partidos históricos del capital, sino a la izquierda amoldada a la rutina del electoralismo y el carrerismo parlamentario. La comprensión de esta transición histórica exige la deliberación política, la libertad para polemizar y luchar políticamente, en el marco de la unidad de acción y de una disciplina de partido consciente, no impuesta por un aparato. El desarrollo del PdeT en la lucha exige cuadros.

El curso de este campamento 2020 será desarrollado en tres charlas, partiendo del estudio del Programa de Transición (1ª clase); El método del PdT en la transición histórica inaugurada con la restauración capitalista (2 clase) y los desafíos de la revolución latinoamericana (3ª clase).

La bibliografía enlazará el texto de 1938 con documentos políticos liminares del PO, y que hemos citado en esta presentación del curso.

Mesa Ejecutiva del Partido Obrero (Tendencia)

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