Gaza: de las treguas ‘fake’ a la ampliación de la guerra del Estado sionista

Escribe Jorge Altamira

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Después de despejar sobre un terreno abierto un tonelaje mayor de bombas que las utilizados en Hiroshima, el Estado sionista no ha logrado liberar por sus propios medios a ninguno de los rehenes atrapados en el asalto de las milicias de Hamás al territorio del sur de Israel.

Este ataque despiadado ha dejado un tendal de 15 mil muertos y alrededor de unos siete mil gazatíes desaparecidos entre los escombros de los bombardeos, entre todos ellos, más de 5 mil niños. Para ubicar los túneles y cuevas de Hamás a lo largo de Gaza, el ejército sionista ha desplegado recursos de primera generación -sensores sofisticados, Inteligencia Artificial y una combinación de fuerzas de aire, mar y tierra por vía satelital- para convertir a Gaza en una tierra arrasada. Todo esto en un territorio infinitamente menor al que reúne a Ucrania y parte de la Rusia europea, y en un período aún menor de tiempo del que lleva la guerra de la OTAN contra Rusia. Finalmente, el gabinete de guerra de Israel se vio obligado a aceptar, en votación dividida, una tregua con Hamas, mediada por Qatar y Egipto, para realizar un canje parcial entre rehenes israelíes. La tregua ha sido prorrogada varias veces con la finalidad de permitir que llegue una mayor ayuda humanitaria al lacerado pueblo de Gaza, y para ampliar los canjes de detenidos.

La tregua fue denunciada como una concesión inadmisible del gobierno de Netanyahu, porque serviría al reagrupamiento de fuerzas de Hamás. También fue criticado por sectores de Hamás y adversarios palestinos, porque no consiguió la liberación de presos con condenas, sino centenas de detenidos en forma discrecional por la policía y los militares sionistas. Ni Hamás ni el gabinete de guerra de Netanyahu se adjudican alguna variante de victoria política, porque son conscientes de que se retomarán las acciones bélicas con mayor ferocidad aun y mayor destrucción humanitaria.

Israel ya tiene en marcha el bombardeo masivo del sur de Gaza, adonde se ha refugiado la población masacrada en el norte. Los milicianos de Hamás no se encontraban atrincherados en el norte de la península sino en el lado opuesto. En una exhibición pútrida de cinismo ‘humanitario’, el gobierno estadounidense exhortó a sus colegas de genocidio a que identifiquen espacios de refugio en el sur, que permitan acantonar a la población, mientras se desarrolla la política de tierra arrasada que está pendiente. De acuerdo al Financial Times (28/11), que en este caso rivaliza en cinismo con los actores en el terreno, “los funcionarios israelíes han sido receptivos a las preocupaciones (sic) estadounidenses”.

La tregua, bien entendida, no ha existido realmente. Los militares y colonos sionistas aprovecharon ‘el cuarto intermedio’ para incrementar la eliminación de palestinos en los territorios ocupados y en territorio israelí. No hubo respuestas a estos crímenes, amparados por la tregua; tanto Hamás como Hizbollah interrumpieron el disparo episódico de cohetes en dirección a Israel. Mirada de conjunto, la erradicación de la población palestina de Gaza está acompañada por el mismo movimiento en Cisjordania. La guerra es una sola.

Los gabinetes de Biden y de Netanyahu coinciden en la necesidad absoluta de acabar en el sur el ‘trabajo’ iniciado en el norte de la Franja. Los sionistas han asegurado que no pararán hasta haber asesinado al último de los milicianos involucrados en el asalto armado del 7 de octubre; ninguno de los dos esconde las cartas. Irónicamente, los palestinos liberados en estos días volverán a prisión o serán muertos en las próximas semanas. Pero cumplidos estos propósitos, ¿qué queda?

La “solución final” de la cuestión judía en las cámaras de gases de Alemania obedecía a un método –había que aniquilar al ‘enemigo interior’ para proceder a la invasión de la Unión Soviética, concebida como “una guerra de civilización” y “una guerra existencial”. Para Hitler, los judíos y los comunistas no tenían patria –ser internacionalista es ser un apátrida. ¿Cuál es el método de Netanyahu, cuyo partido político había sido un aliado de Mussolini en las vísperas de la Segunda Guerra Mundial? El ‘método’ es acabar el trabajo de la Nakba (“catástrofe”), iniciada desde antes de 1948, y expulsar a los palestinos al desierto del Sinaí, a Jordania, a Líbano y a otros Estados árabes. En este propósito choca con una realidad mundial que no es la previa a la invasión hitleriana a la URSS. De ahí la aparición de una variedad de alternativas sin destino, como convertir a Gaza en una especie de Protectorado de la ONU o reinstalar al gobierno de la Autoridad Nacional Palestina en la Franja, cuando está comprobada su falta absoluta de representatividad del pueblo y la causa nacional palestina. El gabinete de guerra de Israel ha declarado que la guerra sólo finalizará cuando Gaza deje de representar por completo un peligro para el sionismo. Pero esta bravuconada no reemplaza la necesidad de gobernar el territorio, restaurar una economía y, por lo tanto, una forma de Estado. Es decir que todo volvería al punto de partida, sólo que más agravado. Una derrota militar de Hamás, entonces, sólo agravaría la incongruencia de la presencia del Estado sionista en el Medio Oriente –atravesado por quiebras financieras, crisis políticas y revolucionarias, y guerras civiles. El sionismo se sentirá menos ‘seguro’ en Israel después de esta guerra criminal que antes de ella.

Los Estados ‘amigos’ de Palestina que negocian en nombre de ella en el plano internacional, sólo atienden a sus intereses; tienen resuelta la ‘cuestión nacional’ que les concierne. Todos ellos se esfuerzan por capitular ‘en orden’. Pero el imperialismo mundial no tiene resuelto sus propios intereses, que ya no son nacionales sino de dominación mundial. El destino de Gaza y de Palestina está atado a la crisis mundial en su conjunto y a las guerras que, desatadas, ya constituyen, incluso una guerra mundial.

Los bombardeos genocidas contra Palestina se van a acentuar luego de la ‘tregua’. El Estado sionista sólo puede progresar en sus objetivos desestabilizando una región que, por diferentes vías nacionales y territoriales, unen esta guerra a la de la OTAN contra Rusia, y en última instancia China. El imperialismo norteamericano está enviando dinero y armamento a dos grandes escenarios militares –todo el oriente debajo del Cáucaso y todo el que se encuentra arriba, o sea desde Siria y Turquía, hasta Ucrania y Rusia, pasando por Georgia, Azerbaidján, Chechenia y Dagestán.

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