Henry Kissinger: criminal de guerra, Nobel de la Paz

Escribe Jorge Altamira

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El exconsejero de Seguridad Nacional y exsecretario de Estado de Estados Unidos (1969/77), falleció el miércoles pasado del mismo modo que muchos criminales y torturadores de Argentina –sin juicio penal y sin condena-. Locuaz y activo, apoyó con el silencio lo que él hizo sistemáticamente en vida, la guerra genocida del estado sionista contra el pueblo de Gaza, el uso de bombas de fósforo y de armas químicas. Desde Jerusalem envió sus condolencias uno de sus discípulos más aventajados –Benjamín Netanyahu-.

Kissinger se hizo conocer mundialmente por el impulso que dio a las dictaduras genocidas en América Latina. El derrocamiento de Salvador Allende por Augusto Pinochet fue armado durante cuatro años, desde el atentado y asesinato del general René Schneider para evitar que el triunfo electoral de la Unidad Popular de Chile fuera reconocido por el Congreso. En cuanto a Argentina, llamó a los militares a “hacer las cosas pronto y rápido”, para visitar el país, en 1978, en ocasión del Mundial de Fútbol. Dos años más tarde, cuenta Eduardo Amadeo, un peronista convertido al macrismo, Kissinger le pidió dos entradas para ver a Boca, como canje por un servicio prestado al Banco Provincia.

La intervención de Kissinger en Argentina, Chile y el conjunto de América del Sur, retrata perfectamente los objetivos y métodos políticos que se impuso. Desde antes del ‘cordobazo’, Uruguay, Chile y Bolivia conocieron un ascenso político de masas que en determinado momento se convirtió en revolucionario. En todos estos países se habían ensayado métodos políticos de contención de la marea obrera dentro del ámbito constitucional o de las fuerzas en presencia. El Frente Amplio, en Uruguay, el nacionalismo cívico-militar en Bolivia, la UP en Chile, el retorno de Perón en Argentina. La variedad de las corrientes políticas mencionadas demostraba que no se trataba de ‘una operación soviética’ en la región. Por el contrario, la visita de Fidel Castro a Chile, en 1971, para apoyar al gobierno de la UP y llamar a la oposición de izquierda a respetar el marco establecido, despejaban cualquier duda acerca de un inminente asalto comunista. El temor era el desarrollo de una corriente revolucionaria de masas en una clase obrera en franco ascenso. Kissinger fue, por sobre todas las cosas, un contrarrevolucionario. En un momento llegó a decir que de no haber sido por “un accidente de nacimiento”, en una familia judía, habría sido un SS antisemita.

La época de llegada de Kissinger al gobierno coincide con el definitivo final del ascenso económico de la posguerra. Es el comienzo de la declinación norteamericana. Bajo la presidencia de Richard Nixon, cuando HK era consejero de Seguridad Nacional, Estados Unidos declara, en agosto de 1971, el fin de la convertibilidad del dólar. Estuvo precedido por el levantamiento del Mayo Francés y la Primavera de Praga (1968). En abril de 1974 estalla la Revolución de los Claveles, en Portugal, que debuta con la completa disolución del aparato estatal como consecuencia de la intervención de masas. A finales del año, Kissinger informa a las autoridades de las principales potencias europeas de la intención de Estados Unidos de invadir Portugal. Sólo la intervención extrema del presidente francés Giscard D’Estaing evita ese extremo contra la promesa de una contención de la Revolución por medio de una reconstrucción de las Fuerzas Armadas apoyada por los partidos Socialista y Comunista.

La guerra revolucionaria en Vietnam fue el acontecimiento vertebral de esa época. Antes de resignarse a buscar un acuerdo de paz con el gobierno comunista de Vietnam del Norte, Nixon y Kissinger sometieron al pueblo de Vietnam y del conjunto de Indochina a una guerra despiadada, con armas químicas y bombas de napalm. Cuando las tratativas para un acuerdo ya estaban en desarrollo, Kissinger ordenó un bombardeo implacable contra Cambodia, de dos años de duración, que terminó con la vida de 40 mil civiles. Los acuerdos de paz fueron un intento de salida ordenada del Ejército de Estados Unidos de Vietnam, que terminó en un fracaso monumental: dejó 58 mil soldados norteamericanos muertos y una huida desesperada de Saigón, la capital de Vietnam del Sur, que luego se repetiría con la partida de Biden de Afganistán. La derrota norteamericana en Vietnam, la primera derrota en la historia de Estados Unidos, dejó una llaga en el establishment militar del imperialismo norteamericano, que se ha convertido en más lacerante en lugar de cicatrizarse.

Kissinger dio un impulso final al armamento misilístico, convencido de que era necesario trabajar en la hipótesis de una victoria en una guerra nuclear. Cuando se vio obligado a firmar un acuerdo de control de estas armas con la Unión Soviética -unos 2.500 misiles con cabezas nucleares cada uno-, se le atribuyó haber alcanzado “un equilibrio estratégico disuasivo”. El propósito, en realidad, fue obtener un período de tiempo para romper todos los equilibrios con armas más potentes y precisas. Es lo que hará Ronald Reagan en la década de los ‘80 con “la guerra de las estrellas”, o sea las instalaciones de bases misilísticas en el espacio. Se le atribuye a Kissinger la intención de recrear un equilibrio mundial del tipo que estableció el Tratado de Viena, en 1815, a instancias del ‘Premier’ Metternich, de Austria, luego de las derrotas de Napoleón. Era una tentativa de restauración del antiguo orden de legitimidad monárquica. Ese equilibrio fue barrido por las revoluciones europeas de 1848, en Viena, Berlín y París, y ‘restaurado’ por dos napoleones –Luis Napolén y Bismarck-. Lejos de derrotar a un Napoleón, sin embargo, el imperialismo norteamericano acaba de ser derrotado por un ejército de campesinos en harapos. Metternich tenía atrás de él a la Inglaterra moderna, en camino a convertirse en imperialista, y a la retrógrada monarquía zarista, su aliada. Los Estados Unidos de los 70 eran un imperialismo en retroceso, afectado por una grave crisis política, y un fuerte levantamiento de la juventud. Kissinger (este es un capítulo aparte) buscó minar, sin lograrlo, las tendencias que llevarían a la Unión Europea. Para preservar un ‘equilibrio’ harto precario, Kissinger necesitó el apoyo de las burocracias contrarrevolucionarias de Moscú y Pekin – las cuales atravesaban sus propios ‘desequilibrios’ que se manifestarían en la disolución de la URSS y en la gran penetración del capitalismo en China.

La guerra de Vietnam ofreció a Nixon-Kissinger la oportunidad de un acuerdo ‘histórico’ con China – con el mismísimo Mao Tse Tung, atrapado en la gigantesca crisis interna de la Revolución Cultural. Como consecuencia del enfrentamiento con la burocracia rusa, que apoyaba a la oposición a Mao en China, Mao abandonó el apoyo a la guerra de Vietnam contra el imperialismo. Culminaba un enfrentamiento de más de una década, que estuvo por provocar una guerra por disputas fronterizas entre ambos ‘países socialistas’. El establecimiento de relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y la China Popular; el reconocimiento del lugar de la China Popular en el Consejo de Seguridad de la ONU; la ruptura diplomática con Taiwán; esto le dio a Kissinger la estatura de “estratega”, cuando era en realidad una retirada estratégica de autopreservación. Este acuerdo abriría a China el acceso al mercado mundial y ofrecería a la burocracia una salida a una crisis terminal, mediante una restauración capitalista piloteada, hasta hoy, por el inmenso aparato del estado chino.

Henry Kissinger jugó un papel fundamental en un suceso que hoy tiene enorme actualidad. En octubre de 1973, Israel enfrentó un ataque sorpresa por parte de Egipto y Siria, que estuvo a punto de destruir a las fuerzas armadas sionistas en el campo de batalla. Los Servicios Secretos de Israel no habían dado crédito a los informes de una inminente acción militar. El objetivo declarado de Egipto y Siria era recuperar los territorios ocupados por Israel en la guerra de junio de 1967. Un enorme puente aéreo de provisiones militares evitó la derrota militar y permitió dar vuelta la guerra a favor de Israel, que ocupó la península del Sinaí y llegó a Suez y a las cercanías de la capital. La intervención de la URSS salvó del derrumbe a los regímenes de Egipto y Siria, y forzó a un acuerdo que más tarde llevaría a las relaciones diplomáticas entre Egipto e Israel.

La criminalidad de Kissinger ha sido puesta de manifiesto en estos días, en especial las masacres -hasta 300 mil muertos- en la guerra de secesión entre lo que hoy son Pakistán y Bangladesh. Kissinger apoyó las masacres del régimen paquistaní, un aliado de China. Pero en el conjunto de la historia, el personaje es insignificante. Vivió bajo la sombra del patriciado norteamericano, que nunca lo recogió en sus filas como un igual. Importa insertarlo en el período de decadencia del imperialismo norteamericano, que a su muerte es aún más manifiesto. Kissinger no se atrevió a ir a Oslo a recoger el Noble de la Paz, que recibió junto al negociador vietnamita Le Duc Tho. Temía que un escenario de tanto cinismo provocara un repudio popular sin precedentes. Simplemente rechazó el Premio.

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