El matonaje presidencial contra Lali Espósito

Escribe Olga Cristóbal

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“Qué peligroso, Qué triste”. Con esas cuatro palabras, tuiteadas cuando Milei ganó las PASO 2023, Lali Espósito se ganó un enemigo perdurable. Desde entonces Javier Milei y el ejército de trolls que lo multiplica en las redes se dedicaron a perseguir y hostilizar a una de las cantantes más populares del país.

En Cosquín Rock, la artista respondió a su manera. “Todo lo que le sucede al cantante es una cuestión colectiva y no depende solo del artista, es netamente del público. No es demagogia. Eso quiero celebrar hoy”. Y le cambió ligeramente la letra a un tema -"Que si bebo, que si vivo del Estado"- y se lo dedicó "a los mentirosos, los giles, las malas personas, las que no valoran, los antipatria... Todos". Cosquín se puso de pie para aplaudirla del mismo modo que aplaudió al trapero Dillom cuando reversionó la letra de Sr Cobranza, el tema de Las Manos que Bersuit Vergarabat convirtió en hit, y cantó “A Caputo en la plaza lo tienen que matar".

La respuesta a Dillom fue una denuncia ante la Justicia por “incitación a la violencia”. La respuesta a Lali también fue salvaje, con el presidente a la cabeza: miles de trolls -un ejército digital de cuentas fantasma- acusaron a Espósito en las redes de vivir a expensas del Estado, de no pagar los impuestos, de ser responsable del hambre de los chicos en el Chaco y de los bajos sueldos docentes porque la plata para educación se gasta en festivales como Cosquín.

Con el lenguaje de cloaca que lo caracteriza, Milei, responsable de haber cancelado la entrega de la comida a los comedores de las barriadas, tuiteó: "Lali 'Depósito' cobró de varios gobiernos. De La Rioja, por ejemplo. En uno de los recitales cobró 350 mil dólares. Entonces la pregunta es, ¿vos estás dispuesto a financiar esos gastos contra el IVA que le saca el alimento a los chicos del Chaco?".

Muchas voces se alzaron en solidaridad con la artista, entendiendo el ataque a la cantante como un acto de misoginia, de odio a las mujeres. En verdad, en Davos, entre su catarata de dislates, Milei desarrolló una intervención de guerra -se podría decir programática- contra las conquistas de las trabajadoras y las mujeres en general en los últimos 150 años. En un país donde es asesinada una mujer casi diariamente negó que exista la violencia de género. Llegó al fantasioso extremo de calificar al feminismo -una concepción política basada en la conciliación de clases y en la defensa de la democracia parlamentaria- como un subterfugio usado por los socialistas ante el fracaso de la lucha de clases.

La extensa respuesta que ayer publicó Lali en las redes sociales parte de otra comprensión, la de su carácter de trabajadora de la cultura:

“Mi nombre es Mariana Espósito, Nací en Parque Patricios, en el Sur de la ciudad de Buenos Aires. Tengo 32 años y trabajo hace 22". (…) "Les pude comprar la casa a mis padres, Sr presidente!! No sabe qué emoción tan grande".

Lali extendió su respuesta. "La cultura no solo genera muchísimo trabajo sino que construye y narra la identidad de un pueblo y, sobre todo, genera alegría y emoción” (…) "Respeto, aunque no comparto, que su plan no priorice a la cultura, pero creo que la demonización de una industria y de las personas que la conforman no es el camino, siento que la asimetría de poder entre Ud. y los que ataca por pensar distinto y la información falsa vuelve a su discurso injusto y violento", planteó la ex Casi Ángeles.

Milei, sin embargo, está muy lejos de ser un enemigo de la “industria” cultural, como de cualquier otra “industria”. Simplemente querrá privatizarla o incluso extranjerizarla, porque eso abre una ruta de financiamientos y grandes beneficios capitalistas. Buenos Aires atrae al turismo, otro gran negocio, gracias a su condición de centro cultural. Firme defensora del kirchnerismo, la cantante y actriz evita la crítica anticapitalista al negocio del espectáculo y el arte. Ella misma dice que la “cultura genera trabajo”, que en la cúspide de la pirámide remunera a precios elevados de mercado y en la base salarios paupérrimos. En cuanto a que “la cultura narra la identidad de un pueblo”, no es más que una abstracción autojustificatoria. Hay varias culturas populares –algunas celebran a líderes populares, otras son en cambio revolucionarias-. La misoginia en el tango es hoy indiscutible. La identidad más prolífica de “un pueblo” se alcanza cuando se une a otros pueblos contra la guerra y la barbarie del capitalismo, por una sociedad sin explotadores ni explotados.

Aunque intente presentarse como un outsider despeinado, Milei es la brutal cabeza del Estado burgués. Entre otros, dispone de los recursos del Estado para solventar una maquinaria electrónica que incluye tuiteros militantes y mercenarios, “influencers”, granjas de trollsy bots, y operadores anónimos que se encargan de las tareas sucias, como desarrollar campañas de desprestigio o llamar por teléfono o enviar e-mails, desde la impunidad de las sombras, para sugerirle que cierre la boca a quien sea necesario (La Nación, 6/5/23). Uno de los jefes de esta guerra sucia es Fernando Cerimedo, procesado en Brasil como miembro de la “milicia electrónica” que colaboró con Bolsonaro en el intento de golpe en enero de 2023.

Si no fuera una gravísima incitación a la violencia, la estupidez argumental del presidente y sus trolls movería a risa. Pero Milei aplica todo el peso del Poder Ejecutivo, del Estado, para acallar una reflexión disidente. Milei sabe que la disidencia social y política que se encarne en las masas pondrá fin a su gobierno, y no sólo por vía ‘constitucional’

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