Escribe Ceferino Cruz
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La liberación parcial de los llamados archivos Epstein, en los últimos meses de 2025 y comienzos de 2026, volvió a poner en escena un dato que no es nuevo, pero que adquiere una densidad explosiva en el actual contexto histórico: la podredumbre estructural de la clase dominante norteamericana y el carácter mafioso de sus vínculos políticos, financieros y estatales. El Departamento de Justicia de Estados Unidos ha culminado la divulgación de millones de documentos, correos electrónicos, fotografías y materiales de investigación acumulados durante décadas alrededor del financista convicto Jeffrey Epstein y su red, que operó traficando y explotando sexualmente a menores.
No estamos ante un “escándalo moral” ni ante una anomalía del sistema. El caso Epstein no revela una desviación del capitalismo imperialista, sino su funcionamiento normal en una etapa de descomposición histórica.
Los archivos son un registro de las conexiones sociales, profesionales y financieras que Epstein cultivó durante años con figuras prominentes en distintas esferas: exjefes de Estado, empresarios, diplomáticos, políticos y miembros de familias reales aparecen en correos, fotografías o registros de contacto relacionados con Epstein o su entorno. La divulgación ha forzado renuncias de funcionarios de alto nivel fuera de Estados Unidos, como el asesor de seguridad de Eslovaquia, Miroslav Lajčák, cuyas comunicaciones con Epstein incluyen conversaciones sobre proyectos geopolíticos. En Estados Unidos, la existencia de correos que mencionan a expresidentes o a figuras como Donald Trump ha reavivado debates sobre su relación con Epstein, aunque no implican cargos formales hasta ahora.
La persistente negativa del Estado norteamericano a avanzar seriamente sobre las redes —más allá de filtraciones controladas y publicaciones dosificadas— confirma que no hay voluntad de depuración, porque lo que está comprometido no es un individuo, sino una fracción entera de la clase dominante.
Los abusos están comprobados judicialmente. Epstein fue condenado en 2008 en Florida por delitos sexuales contra menores, en un proceso amañado que le garantizó una pena irrisoria y condiciones de detención privilegiadas. Años más tarde, frente a nuevas investigaciones federales y a la acumulación de testimonios de víctimas, fue detenido nuevamente en 2019. Murió en prisión antes de enfrentar un juicio que amenazaba con exponer no solo su responsabilidad individual, sino la trama de protección política, judicial y mediática que lo sostuvo. Su muerte —presentada oficialmente como suicidio— cerró de hecho la posibilidad de avanzar sobre los beneficiarios reales del entramado.
Lo decisivo, sin embargo, no es solo la secuencia judicial, sino el contenido social del caso. Las víctimas de Epstein provenían mayoritariamente de la clase trabajadora y de sectores populares: adolescentes y jóvenes en situación de vulnerabilidad económica, familiar o social, captadas mediante promesas de dinero, trabajo o ayuda. No hay registros significativos de víctimas provenientes de la burguesía o de capas acomodadas. Esta asimetría no es un detalle: es la clave política, invisibilizada, de los procesos. Si bien es cierto que el caso muestra la decadencia propia de los imperios que se derrumban en sus crisis históricas, sería superficial plantear el problema solo en estos términos. Si se pone la lupa, justamente, en el origen social de las víctimas, vemos que el abuso sexual operó aquí como una forma extrema de ejercicio del poder de clase. Los cuerpos de jóvenes provenientes de familias trabajadoras aparecen como territorio disponible, como mercancía desechable, protegida por la desigualdad social y por la impunidad estatal.
Epstein no “rompió” el sistema: funcionó dentro de él, cumpliendo un rol preciso. Su red no era un espacio marginal, sino un dispositivo de dominación, donde el acceso impune a cuerpos vulnerables formaba parte de los privilegios de una élite que concentra poder económico, político y militar a escala global.
En este sentido, el caso remite a formas históricas de violencia propias de sociedades preburguesas, donde el poder se ejercía de manera directa y brutal sobre los cuerpos subordinados: prácticas señoriales, medievales, en las que la jerarquía social habilitaba el abuso como derecho implícito del dominante. La “decadencia” que expresa el caso Epstein no es solo moral: es una involución histórica, en la que el capitalismo en crisis deja caer incluso las mediaciones formales que él mismo construyó y expone sin velos relaciones de dominación cruda, arcaica, violenta.
Por eso el encubrimiento fue sistemático. No se protegió a Epstein como individuo, sino a la clase social que se beneficiaba de ese tipo de prácticas. El silencio judicial, la inacción de los fiscales, la complicidad de los servicios de inteligencia y la cautela extrema de los grandes medios no fueron errores: fueron mecanismos conscientes de defensa de intereses del grupo social involucrado. El caso Epstein aparece como una ventana brutal a la podredumbre estructural del poder imperialista, donde la violencia sobre los cuerpos más vulnerables no es un exceso, sino un subproducto del sistema.
La justicia burguesa actúa acá como lo que es: un instrumento de clase. Castiga cuando conviene al equilibrio del régimen y encubre cuando el castigo pondría en cuestión la arquitectura del poder.
El imperialismo norteamericano pretende presentarse como garante de los derechos humanos, de la legalidad internacional y de la moral democrática. Los archivos Epstein muestran el reverso exacto: una oligarquía parasitaria, blindada por el Estado, que vive por encima de la ley mientras predica sacrificios, orden y disciplina para las masas.
La descomposición interna que el caso Epstein deja al descubierto no es independiente de la agresividad externa del imperialismo norteamericano. El mismo Estado que protege redes de abuso y corrupción en su cúpula sostiene y financia genocidios y guerras, mata gente en el Mar Caribe so pretexto de que se trata de narcoterroristas (como si fuera lícito ejecutarlos sumariamente, aunque lo fueran); intervienen en América Latina secuestrando presidentes, con desestabilización y violencia estatal; escala la guerra comercial y tecnológica con China, en un avance objetivo hacia la confrontación militar.
No se trata de fenómenos separados. Así como no puede articular la violencia en el mundo sin practicarla con su propio pueblo (por ejemplo, vía ICE), la brutalidad de su política externa es el correlato necesario de la descomposición interna.
La utilización facciosa del caso Epstein dentro de Estados Unidos expresa algo más profundo que una disputa electoral, a la vista de las elecciones de medio término a fines de este año que acaba de comenzar. Refleja una lucha entre facciones de la burguesía imperialista, cada una tratando de usar el escándalo para debilitar a la otra, incluso a riesgo de poner en cuestión al régimen en su conjunto.
Caso Epstein: Trump hasta las manos en su vínculo con el proxeneta Operación de bloqueo para salvar al gobierno. Por Olga Cristóbal, 26/12/2025.
