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La gran prensa argentina se ha zambullido en la cuestión de la reforma laboral, y no solamente para relatar las incidencias de su tratamiento en el Congreso. Columnistas de “Clarin” y “La Nación” se han sumado a la “batalla cultural” en defensa de la contrarreforma. Los columnistas en cuestión, pero no sólo ellos, se embarcan en dos grandes imposturas: en primer lugar, presentar a la incertidumbre en el empleo, la pérdida del derecho a una jornada laboral acotada y fija o a las vacaciones en cierto período establecido del año, como un resultado “inevitable” del progreso técnico. Pero a renglón siguiente, llegan más lejos: las condiciones laborales resultantes de esta contrarreforma no serían una imposición de los patrones o el Estado…sino la voluntad de las nuevas generaciones de trabajadores. Tenemos una contrarreforma laboral “a pedido” de los jóvenes. En su columna de Clarín, Diana Baccaro opone la fábrica que retrata Chaplin en “tiempos Modernos- -“una organización del trabajo que deshumanizaba” a “un mundo presente del trabajo donde “muchos trabajadores priorizan el home office, los esquemas híbridos y una mayor autonomía sobre su tiempo”.(5.2.2026) Pero al igual que en la fábrica de Ford, los trabajadores actuales no priorizan ni eligen nada: las condiciones y modalidades del trabajo, en todos los aspectos, son impuestas por la clase capitalista -ello, con los límites que pueda imponerle la acción colectiva de los trabajadores. Otro columnista, en este caso del diario “La Nación”(Luciano Román), presenta a las condiciones laborales actuales como una elección individual del trabajador: “A la hora de buscar empleo, las generaciones anteriores se fijaban, fundamentalmente, en el sueldo, las posibilidades de ascenso, la jubilación y la cobertura médica”. Hoy, “se fijan en el balance entre trabajo presencial y remoto, en las posibilidades de viajar, en el margen para articular más de una actividad laboral y en un esquema de horizontalidad que, en la medida de lo posible, los exima de tener un jefe”.(LN, 5.2.2025) De acuerdo a este columnista, la decisión de tener dos o más empleos no sería una imposición de la miseria salarial -como ocurre con los asalariados que trabajan los fines de semana como choferes digitales- sino una inclinación vocacional. Los actuales trabajadores también habrían optado “libremente” por perder los derechos previsionales. Entre las “nuevas” actividades que reseña el cronista de “La Nación”, se agrega también el alquiler temporario de un cuarto en la propia casa, para sumar unos pesos, o, peor todavía, la especulación con criptomonedas. La degradación social e incertidumbre a la que nos somete el capitalismo -jornada laboral extendida, varios empleos, penuria habitacional- todo esto pasa a ser glorificado por estos defensores a sueldo -si es que lo tienen- de la reforma laboral.
Una de las mayores falacias que se exhiben en estas horas es la que considera inviable el derecho a una jornada acotada, a un salario o a la estabilidad laboral bajo el llamado “capitalismo de plataformas”. Se afirma que, bajo estas modalidades el empleador no puede ejercer un control del proceso de trabajo y, por lo tanto, no puede establecer alguna forma de retribución salarial. Al trabajador por aplicación, en ese caso, no le quedaría otra salida que actuar como “emprendedor”, la forma mentirosa con la que se disfraza el trabajo a destajo en estas modalidades. Por esa vía, el patrón evita el contrato laboral y se sanciona un supuesto contrato de “iguales”, entre un “transportista”(en moto) y un “organizador”. Eso es lo que consagra la contrarreforma que discutirá el Congreso.
Lo cierto es que los procesos de trabajo bajo el capitalismo “digital” no tienen nada de “libres” ni de “desarticulados”. La coerción patronal se ejerce con toda su fuerza, precisamente, echando mano de los recursos de la tecnología digital. Una aplicación de viajes a domicilio conoce perfectamente cuándo y a dónde es transportado cada pasajero y, por lo tanto, el movimiento laboral diario de cada chofer. Un banco que tiene a parte de su personal trabajando total o parcialmente en home office, organiza rutinas y contactos remotos que le permiten el seguimiento de tiempos y tareas de cada uno de sus empleados. Por lo tanto, el control capitalista del proceso de trabajo es tanto o más intenso que el del trabajo presencial. Más aún: la inexistencia de un horario fijo habilita a todo tipo de abusos, obligando al trabajador a estar permanentemente disponible, a través de su computadora o del celular. De allí que haya aparecido la reivindicación laboral del “derecho a la desconexión”.
La conversión de un trabajador digital en “emprendedor”, sin derechos laborales”, combina todos los flagelos del control patronal del proceso de trabajo sin una sola de las conquistas arrancadas por la clase obrera en su lucha contra el capital. Es un apéndice del capital digital que lo controla, pero carece de derechos frente a él.
La tentativa de liquidar el derecho laboral como resultado “inevitable” de los cambios en la organización industrial y la tecnología no es, por cierto, una novedad. Desde los años 70 del siglo pasado, las grandes concentraciones obreras con fábricas integradas han sido sucesivamente reemplazadas por sistemas de encargo y de subcontratación. Por esa vía, la industria automotriz terminal terminó siendo una mera armadora y contratista de empresas de menor porte, a cargo de las partes y piezas del vehículo. En esas empresas “pequeñas y medianas” abundaban la precarización laboral, el trabajo no registrado y la sobreexplotación. La integración “remota” fue ampliamente empleada en el proceso de restauración capitalista en China.
En las décadas siguientes, los ideólogos de la “flexibilidad laboral” peroraron sobre la “imposibilidad” de defender los convenios únicos por rama, dada la “gran fragmentación industrial”. A despecho de ello, emergió la lucha contra la tercerización, y por conquistar la vigencia del mejor convenio en cada rama. Ahora, la existencia del trabajo digital pretende vendernos la ficción del “fin del trabajo” (asalariado), con el único objetivo de degradar hasta un extremo al joven trabajador de las aplicaciones. Lo cierto es que no existe trabajo más socializado que el trabajo digital: las Apps son gigantescas articulaciones de trabajo vivo, conectadas a través de un programa y una red. El rechazo a su reconocimiento como trabajadores y su precarización extrema no responde a ninguna ley natural o tecnológica: es solamente el resultado de una ofensiva del capital sobre el trabajo; de la apropiación despótica de la tecnología por parte del capital, y de la extorsión que se ejerce sobre el joven sin trabajo; pero principalmente, de la complicidad de las direcciones políticas y sindicales de la clase obrera, que miran para otro lado frente a la degradación laboral a la que son sometidos los trabajadores de las aplicaciones.
Los apologistas de la reforma laboral se aferran a los cambios tecnológicos para reclamar un “cambio” o una “alteración” en relaciones laborales que “ya no pueden ser las del pasado”. Pero si el progreso tecnológico bajo el capitalismo debe tener como contrapartida necesaria la degradación del trabajo, entonces lo que “no va” es el propio capitalismo y su evidente senilidad. Que las formas más avanzadas de la industria del conocimiento tengan como contrapartida a las formas más sórdidas de explotación laboral -una App de “Pedidos” articulando a jóvenes en bicicleta o moto- no es una paradoja. Es algo que fue anticipado por el autor de “El Capital” cuando no existían Apps, ni celulares, y ni siquiera motos. Lo que señaló Marx es que el capitalismo, en su desarrollo, acrecentaba la parte del capital –“trabajo muerto”, invertido en máquinas, en tecnología- que sólo transfiere valor, respecto del trabajo “vivo”, único capaz de crear nueva riqueza social. En consecuencia, el capitalista estaba obligado a acentuar el grado de explotación absoluta de esa fuerza laboral, incluso con mayor intensidad a medida que el proceso de trabajo se “tecnificaba”. La misma sociedad que multiplica exponencialmente el rendimiento del trabajo, ahora con la tecnología digital, es la que convierte a ese potencial progreso en un calvario para la humanidad trabajadora. Cuando nos preguntan “qué proponemos” en lugar de la contrarreforma laboral reaccionaria, lo que “proponemos” es el fin del trabajo asalariado, y la asunción colectiva y conciente de la riqueza social creada por los trabajadores. La defensa incondicional de los derechos conquistados en dos siglos de lucha -jornada de ocho horas, estabilidad laboral, convenios- es sólo la plataforma elemental para proyectarnos a esa tarea estratégica.
