Milei, entre Keynes y Palantir

Escribe Marcelo Ramal

El callejón sin salida de la economía académica, expuesto en el ex CCK.

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Javier Milei llevó adelante su segunda jornada sobre “pensamiento económico”, acompañado del economista libertario Adrian Ravier y el profesor Juan Carlos De Pablo. Las “jornadas” han intentado darle una pátina de “conocimiento” a un régimen económico que viene sobreviviendo con el pulmotor del FMI y el Tesoro norteamericano. Esta vez, el sayo le cupo a John Maynard Keynes -anteriormente, le había tocado al economista escocés Adam Smith. Keynes ha sido el economista que diseñó una política de rescate a la depresión de los años 30 mediante el gasto y la inversión pública, y, paralelamente, produjo una ruptura con la economía neoclásica prevaleciente.

Milei, como era de esperarse, estigmatizó a Keynes, al punto de llamarlo un “genio del mal”. Pero no consiguió desarrollar una crítica de las ideas del economista británico. Entre otras cuestiones, el actual presidente reivindicó la existencia de un equilibrio con “pleno empleo”, siempre que el valor de los salarios se fije “libremente”, o sea, que caigan hasta un nivel que atraigan inversiones y un mayor empleo. Para eso, fustigó el “inconveniente” que representa la organización colectiva de los trabajadores. De acuerdo a esta visión, en una economía de mercado “no trabaja el que no quiere” (desempleo voluntario). Los compradores y vendedores de fuerza de trabajo se enfrentarían en el mercado como iguales, sin importar que unos detenten el monopolio de los medios de producción y otros sólo puedan ofrecer su capacidad de trabajar. Milei defendió este punto de vista, que es el de la Argentina de la reforma laboral: aboliendo los convenios colectivos y las huelgas, los trabajadores se emplearían a un salario tan bajo como el que los patrones estén dispuestos a pagar.

Esta fue la receta que aplicaron los gobiernos de Estados Unidos y Gran Bretaña inmediatamente después del estallido de la Gran Depresión de 1929. Pero la deflación general agravó la recesión, y por ende, el desempleo masivo. A partir de 1933, las principales potencias comenzaron a improvisar medidas de emergencia para reanimar el ciclo económico por medio del gasto estatal. En su libro de 1935, Keynes, no hizo más que teorizar sobre esos rescates en marcha, que él se había encargado de recomendar a sus gobiernos (Roosevelt en Estados Unidos; Mac Donald en Inglaterra).

El colapso de 1930 desmentía todo lo escrito por los economistas de las décadas anteriores, en relación a que la economía capitalista podría crecer de un modo armónico o en “equilibrio general”. Keynes buscó una explicación a la crisis y a sus desequilibrios: señaló que, cuanto mayor es el ingreso de las personas o de las familias, mayor es la proporción que le dedican al ahorro. Cuando esa abundancia de ahorro no pudiera ser colocada a una tasa de interés redituable, comenzaría a ser atesorada, es decir, a retirarse de la circulación económica y a disparar entonces la crisis. Keynes, entonces, atribuía la crisis a “un exceso de ahorro”, o sea a un déficit relativo de inversión. En cambio, los economistas tradicionales culpaban de la crisis a la insuficiencia de ahorro - el capital, en la visión de ellos, crecería a partir de la “austeridad” y de la contención del gasto inmediato. Keynes había sido educado en aquella tradición, pero en los años 30 defendió un camino antagónico: incentivar el consumo, y fomentar la intervención del Estado para “rebanar” el ahorro excedente, convirtiéndolo en gasto público. Cincuenta años antes de Keynes, Marx había señalado que el “exceso de ahorro” (de capital), empujaba a la tasa de ganancia a su declinación, demostrando que el limite del capital “era el capital mismo”. Keynes, el gran economista del capitalismo en declinación, buscó darle al régimen social que defendía una chance final, a través de la intervención del Estado. Los límites de esta terapia intensiva, como veremos enseguida, no tardarían en exponerse.

En su conferencia, Milei presentó a la teoría de Keynes como una superchería, sin poder explicar ni preguntarse siquiera acerca de las raíces históricas de sus ideas. Milei llegó incluso a criticar a uno de sus propios mentores y adversario de Keynes, el economista austríaco Frederic Hayek, por no haber sido “consecuente” en sus polémicas con Keynes en los años 30. Mientras que Keynes estimulaba la aplicación de inyecciones monetarias y crediticias a una economía en derrumbe, Hayek había defendido en 1931 exactamente lo opuesto: el emisionismo y el crédito público no eran el remedio de las crisis, sino más bien su causa. Para volver al equilibrio, sostenía Hayek, la depresión económica debía hacer su trabajo – la quiebra de los capitales más débiles. Milei dijo que Hayek se “deprimió” (sic) ante la indiferencia de Keynes por sus ideas, y no quiso continuar la polémica directa con él. Es más plausible pensar que lo que “deprimió” a Hayek fueron los resultados desastrosos de la deflación que él propugnaba. Para volver a terciar en el mundo de los economistas, el “austríaco” tendría que asistir, varias décadas después, al impasse del keynesianismo, en otro contexto económico.

De Pablo le corta el boleto

Al llegar su turno, De Pablo puso en vereda a Milei, al colocar en contexto histórico a las ideas de Keynes: “En medio de una desocupación del 30%, y un escenario dramático, Keynes actuó. Hayek y (Lionel) Robbins, en cambio, decían pelotudeces”, espetó, demostrándole a Milei que él también podía apelar a los insultos. De Pablo, otra vez, orilló el contexto histórico del keynesianismo cuando aludió a quienes, en los años 30, comparaban al derrumbe de las potencias capitalistas con la planificación de la "Rusia de Stalin" (sic). El profesor encontró una forma sinuosa de decir que la Gran Depresión y, más de conjunto, la inestabilidad que recorrió a toda la primera postguerra, desató una polarización social y política en las principales potencias. Keynes alertó por primera vez acerca de esta radicalización, en medio de la huelga general británica de 1926, desatada contra la decisión gubernamental de bajar el salario de los obreros mineros. Más adelante, Keynes, que era un pulcro afiliado al partido Liberal, le expresaba al premier británico Mac Donald su preocupación por las crecientes simpatías “con el comunismo” que mostraban sus principales discípulos en los claustros de la Universidad de Cambridge. El estatismo keynesiano, que Milei reputa de “socialista”, se erigió como una barrera preventiva contra la revolución socialista en Occidente. Keynes lo sabía mejor que nadie. Milei, en cambio, habla de lo que no sabe.

El New Deal -la batería de medidas sociales e inversión pública dispuesta por Roosevelt desde 1933- siguió la ruta de las recomendaciones keynesianas. Pero no bastó para hacer emerger a Estados Unidos de los escombros que había dejado la gran Depresión. La “salida” plena de la recesión sólo llegó con el ingreso de la potencia del Norte en la Segunda Guerra Mundial. En 1940, Estados Unidos alcanzaba el pleno empleo. No había bastado con disparar un gasto y una inversión desde el propio Estado: hacía falta, también, que la demanda hacia esa producción pública proviniera del propio Estado. Ese círculo cerrado y parasitario se alcanzó con la industria armamentista, de un lado, y la emergencia de la guerra, del otro. El keynesianismo, en su forma más acabada, construyó el “complejo industrial militar”, que se expandió ampliamente en la segunda posguerra y que fue financiado con dosis crecientes de endeudamiento público. Hacia 1971, el gasto militar -directo e indirecto- representaba el 25% de la demanda agregada. Más adelante, entre 2000 y 2017, los gastos de Defensa de Estados Unidos se duplicaron. Sólo cuando la espiral de endeudamiento llegó al paroxismo, el establishment se “acordó” de las recetas de Hayek o de Friedman. Pero cuando ello ocurrió, la purga sobre el gasto estatal no se aplicó a los contratistas militares, sino contra la clase obrera y el gasto social. Los Hayek y Mises, antecesores de Milei, revivieron al compás de sus asistencias técnicas a Margaret Tatcher, verdugo de los mineros británicos, o de Augusto Pinochet.

Milei ha recogido esa saga, bajo las condiciones de una crisis capitalista que, en sus alcances, podría superar a la pesadilla de la Depresión de 1930. Los rescates sucesivos de las corporaciones capitalistas con fondos públicos; la declinación de la economía norteamericana, que Trump pretende superar por medio de la violencia de una nueva guerra mundial; la expansión consiguiente del armamentismo, con presupuestos de guerra que le sustraen recursos a la educación y a la salud; la consiguiente desesperación de las masas, ante el avance de la crisis social. Este es el caldo de cultivo sobre el cual se yerguen los Trump o Milei.

Keynesianismo y antikeynesianismo, en definitiva, son dos tendencias de una misma sociedad en decadencia histórica - el capitalismo. Pero se cruzan hoy en un vértice común - el de la guerra internacional. La oligarquía tecnológica de las “siete magníficas” lidera la provisión de recursos sofisticados para las masacres de civiles y la devastación de regiones enteras, como ha ocurrido en Gaza y ahora en Irán. Pero esta aristocracia digital y “libertaria”... es, en la actualidad, la más importante contratista del Estado norteamericano, a través de los presupuestos de guerra. Los idolos de Milei, en definitiva, viven de la mayor hipertrofia de gasto público presente; los “antikeynesianos” se nutren de la mayor consecuencia de las políticas keynesianas, que es la guerra.

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