Dejamos la vida por el acero: la seguridad en Siderca no puede esperar a la próxima muerte

Escribe Pablo Capo (trabajador de Siderca)

Crónica de un trabajador del cordón industrial de Zárate, Campana y Escobar.

Tiempo de lectura: 6 minutos

Los que trabajamos en Siderca lo decimos hace rato: la seguridad no depende solo de cumplir los procedimientos que están escritos en un papel. Depende de las condiciones reales de trabajo, de la experiencia que uno junta en cada puesto, y de que la empresa ponga la plata necesaria para mantener y mejorar la infraestructura. Cuando falta alguna de esas patas, la cuenta la pagamos con el cuerpo. Y en esta planta la venimos pagando demasiado seguido.

Sustos que pudieron ser tragedia

En los últimos meses, en Acería, hubo dos incidentes de alta severidad que, según cuentan los compañeros del sector, podrían haber terminado en una desgracia. En uno se produjo el vaciado descontrolado de unas 80 toneladas de acero líquido. En el otro, algo parecido se evitó de milagro, por la reacción rápida del operador, del equipo y de la supervisión que estaba ahí. Como no hubo heridos ni muertos, no salieron en ningún lado. Pero para los que estamos adentro, todos los días, esos episodios son una luz roja que nadie debería apagar como si nada.

A eso hay que sumarle, según relatan los propios trabajadores, dos perforaciones de cucharas en menos de una semana. Por suerte no hubo heridos, pero es un riesgo potencial altísimo: hablamos de recipientes que contienen acero fundido. Que se repita algo así en tan pocos días no es un detalle menor, es una alarma.

Porque la diferencia entre un susto y una tragedia, muchas veces, son unos segundos y la experiencia del que está en el puesto. Y ahí está el problema de fondo que venimos denunciando.

Te mandan a un puesto crítico sin experiencia

El cuerpo de delegados lo viene diciendo: esto no es mala suerte ni hechos aislados. Las reorganizaciones de personal una atrás de la otra, los cambios permanentes de puesto y un clima de trabajo deteriorado hacen que muchos compañeros terminen en funciones críticas con muy poca experiencia. En un proceso industrial tan complejo como el nuestro, se calcula que recién al año de estar en un puesto uno tiene el conocimiento práctico para manejarlo bien. Si te rotan antes, si te mandan a un lugar nuevo sin la espalda suficiente, el riesgo sube. Es de sentido común: menos experiencia en un puesto peligroso es igual a más posibilidades de que algo salga mal.

Los delegados dicen que llevaron este reclamo a la jefatura en distintas reuniones: pidieron más inversión en infraestructura, programas de tutoría para el que entra a una función nueva, y una política que ponga la prevención por delante, en vez de salir a apagar el incendio después del accidente. ¿La respuesta? Según cuentan, llega tarde o se queda corta frente a la gravedad de lo que está en juego.

La mochila que nadie quiere ver

Y hay un factor del que casi nadie habla, pero que cualquiera que pisa la planta conoce: la situación económica. Cuando los sueldos no alcanzan, cuando uno viene con la cabeza llena de deudas, de cuentas que no cierran, de problemas que se arrastran desde la casa, esa mochila entra con uno a la fábrica. Un trabajador preocupado, cansado, exprimido por llegar a fin de mes, no rinde igual ni está igual de atento, y en un puesto peligroso eso se paga caro. No es debilidad del trabajador: es una condición que la empresa ayuda a crear con salarios bajos y presión, y de la que después no se hace cargo cuando pasa algo. La cabeza del que opera una máquina mortal también es una cuestión de seguridad.

Cinco muertes en un año

Y que no nos digan que exageramos, porque los números son una herida abierta. La propia UOM denunció que solo en 2024 hubo cinco trabajadores muertos por accidentes laborales en las empresas Tenaris y Ternium del Grupo Techint. Cinco vidas en un año. Cuando la empresa quiso hablar de “errores humanos”, el gremio le contestó que es inadmisible cargar la responsabilidad de la seguridad sobre los hombros del trabajador, y exigió que cesen las presiones por aumentar los ritmos de producción, porque esa presión es la que hace que los protocolos de seguridad queden en segundo plano.

Eso es exactamente lo que denunciamos los de abajo: cuando la orden de fondo es producir más rápido cueste lo que cueste, la seguridad pasa a estorbar. Y ahí es cuando aparecen los muertos.

La cuenta más fría: la muerte “tolerable”

Y hay algo todavía más frío: la lógica con la que la empresa mira estas muertes. La seguridad e higiene trabaja con un concepto que se llama “riesgo tolerable”, una escala que va de lo trivial a lo intolerable y que cruza qué tan probable es un accidente con qué tan grave sería. En una empresa que pusiera la vida primero, la cosa estaría clara: la muerte de un trabajador es el extremo intolerable, lo que hay que eliminar sí o sí. Pero en los hechos, acá la muerte obrera parece haber entrado en la casilla de lo “tolerable”: un costo estadístico que se da por descontado, como si cada tanto tuviera que haber un muerto y eso fuera parte natural del proceso.

No es una sospecha antojadiza. Cuando un mismo grupo acumula cinco muertes en un solo año y sigue hablando de “errores humanos”, queda claro que para la patronal un número de obreros muertos es asumible mientras la producción no se detenga. Esa es la cuenta que hacen, aunque no la digan en voz alta. Y nosotros somos la variable que están dispuestos a perder.

Los compañeros que ya no están

Que no se nos olviden los nombres, porque detrás de cada “accidente” hubo una familia. En noviembre de 2023, Cristian Paul Medina, de 31 años, trabajador tercerizado de mantenimiento de la empresa IMA, murió en el sector de talleres cuando explotó el neumático de un autoelevador gigante mientras hacían el cambio de cubierta. En diciembre de 2024, en ese mismo sector de gomería, murieron Hernán Cersosimo, de 40 años, y Julio Ibarra, de 47, supervisores de la planta, al explotar una cubierta de gran porte. Hay un detalle que pone la piel de gallina: murieron prácticamente en el mismo lugar, en circunstancias parecidas, con un año de diferencia. No es el destino. Es un punto de la planta donde el peligro estaba señalado y la tragedia se repitió.

Y hay un nombre que viene de más atrás, y que para muchos de nosotros sigue abierto. En 2010, Rodrigo López Amarilla, de 24 años, murió en el sector Acería con apenas un mes y medio de antigüedad en la empresa. Su recuerdo incomoda de una manera distinta a otros. En la planta hay fotos de compañeros que murieron mientras trabajaban en Siderca, y también de otros que fallecieron fuera, por enfermedad o en accidentes de tránsito. Pero los compañeros que estaban en aquel momento recuerdan que a Rodrigo lo enviaron a un puesto para el que no tenía experiencia ni se sentía preparado, y que cuando lo planteó, la respuesta de la jefatura de entonces fue, en los hechos, “es eso o la calle”. No había en esa época los celulares con cámara que hay hoy, así que no quedó registrado en un video. Pero hay algo que no depende de la memoria de nadie: el legajo de Rodrigo, los movimientos de su carrera dentro de la planta, el puesto al que lo mandaron, la tarea que hacía y el lugar donde lo encontraron. Todo eso fue parte de su historia laboral. Y aunque con el tiempo se intente diluir su recuerdo entre tantas fotos, lo que muchos sentimos es que detrás de su muerte hubo una decisión que mandó a un pibe sin experiencia a un puesto peligroso. Esa responsabilidad no se borra con el paso de los años.

Para que quede en la memoria

Hoy la UOM está intervenida, y no es momento de hacerse ilusiones de que la pelea por la seguridad la vaya a levantar esta conducción puesta por la Justicia y digitada por los de arriba. Pero precisamente por eso escribimos esto ahora: para que quede en la memoria. Para cuando el sindicato vuelva a ser autónomo y esté en manos de los trabajadores, que es a quienes les pertenece. Que estos nombres, estos sustos y esta lógica de la “muerte tolerable” no se pierdan, y que el día que podamos organizarnos de verdad, sepamos exactamente qué hay que cambiar.

Nosotros dejamos la vida, literalmente, para producir el acero que hace rico a Rocca. Lo mínimo que podemos exigir es volver a casa enteros. Por eso esta nota no es para llorar a los muertos y seguir como si nada: es para que se reflexione y se cuide al que sigue. Que la memoria de Rodrigo, de Cristian, de Hernán y de Julio sirva para una sola cosa: que no haya un nombre más en esta lista. Como dijeron los compañeros cuando enterramos a Julio y a Hernán: primero la vida. El acero puede esperar; un compañero muerto, no vuelve.

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