Escribe Nicolás Cadabón
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La máquina de Christopher Nolan se puso en marcha para construir La Odisea (2026), una versión profundamente personal que sale de la norma de la industria. El film nace de la inspiración provocada por la lectura de la nueva traducción del original de Homero realizada por Emily Wilson, devolviendo a la actualidad un texto de aproximadamente tres mil años de antigüedad. Aunque Nolan pertenece a la maquinaria de la industria cultural masiva, consigue siempre realizar producciones que se hallan a años luz de las películas estándar de los grandes estudios, y este caso no es la excepción.
Como espectador, desde el primer momento en la sala tuve la certeza de reencontrarme con el Cine, con mayúsculas. Desde mi butaca, compartí en muchos pasajes el mismo vértigo de los viajeros. Nolan consigue este efecto inmersivo sin recurrir a encuadres exagerados o efectistas, y rechazando por principio el uso de los recursos tecnológicos que hoy la industria tiene al alcance de la mano. Sin efectos especiales por computadora (CGI) ni Inteligencia Artificial, el director resolvió que toda la experiencia material se construyera a través de imágenes en paisajes naturales y barcos reales navegando el océano.
En este despliegue, lo escultórico merece un capítulo propio. Esta dimensión tridimensional y física está presente desde el regalo dejado a la ciudad de Troya, el monumental caballo, hasta la impresionante armadura de Menelao, la escala de los gigantes, las texturas en los textiles de los actores y la imponente composición visual de la cueva del Cíclope, que es un muñeco real de 18 metros. Lo analógico enriquece la experiencia y se completa de manera orgánica con la banda sonora, la cual influye con un énfasis hiperbólico en la tensión de la imagen y el devenir de la trama.
El texto de la película logra un equilibrio justo entre la potencia de la imagen y la narración. Mediante el uso de palabras de uso cotidiano, acerca al espectador común y lo transforma en un testigo directo de las vivencias de Odiseo y sus soldados, así como de la espera y resistencia de Penélope y el viaje de Telémaco. Lo más notorio de este diseño es que, cronológicamente, no se percibe el paso de los 180 minutos necesarios para ver la obra completa; el tiempo vuela porque la atención se mantiene capturada.
La compleja temporalidad de la ficción está perfectamente aprovechada del poema original. Aunque como lectores o espectadores conocemos de antemano el final, la obra cinematográfica construye un suspenso in crescendo que, al llegar al clímax, no decepciona en absoluto.
Finalmente, es en el terreno político donde la metáfora se actualiza con mayor fuerza. Esto se logra gracias a la poca presencia de lo divino, aunque no de lo mágico, lo que desplaza el eje hacia las decisiones de los hombres. Los horrores de la guerra y las continuas pérdidas materiales y humanas aparecen como las consecuencias directas de los mandatos de “honrar a Zeus”. Ir a una guerra que nadie en Ítaca quiere, termina por complicar la existencia y traer miseria tanto al pueblo como a sus participantes directos. Los problemas vividos por los personajes, aunque a primera vista parecen inevitables debido a las obligaciones sociales de la época, no dejan de estar bajo el balance, el cuestionamiento y la crítica del relato. Es inevitable que esta reflexión resuene y se actualice frente a las guerras en curso de nuestro propio presente; quizás sea este anclaje material e histórico la principal garantía de que el film se convierta en un clásico definitivo del séptimo arte; desde ya que el poema eso lo tiene garantizado.
