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No obstante las derrotas parciales que ha sufrido el proyecto de ley de propiedad privada en el Congreso, Milei no da señales de recular en sus objetivos reaccionarios.
En oposición a lo que preveían los analistas políticos acerca de que el fascista criollo buscaría contemporizar con sus adversarios e incluso relegar al ajustador Sturzenegger, el círculo liberticida ha redoblado su apuesta mediante el envío de nuevos proyectos que refuerzan la impunidad del capital, como ocurre con la ley de sociedades. Lo mismo ocurre con la expectativa de que Caputo afloje la soga que estrangula a los trabajadores, atemorizado por el nivel de morosidad de los deudores bancarios, la caída de la recaudación fiscal y el recrudecimiento de la carestía.
Milei sube la ofensiva a pesar de la enorme multitud que colmó una Buenos Aires bajo la tormenta para protestar contra los guardianes de la propiedad privada y los verdugos de la fuerza de trabajo. Está dispuesto a meter bala, como lo escenificó el comisario Gauna con armas en la mano y de civil. Sabe que la pendiente de la intención de voto está por llegar al piso del 25 %, pero sigue con la prioridad de pagar los vencimientos de deuda pública hasta finales de 2027, a costa del hambre de ‘los argentinos’.
Javier Milei sigue una agenda internacional, la de Donald Trump, para imponer sus títeres en América Latina, en especial contra Brasil y México.
La burguesía nacional -la clase dominante de la patria capitalista y semicolonial- sigue haciendo pingües beneficios. Lo muestra el balance de Molinos, que ha obtenido beneficios enormes en un mercado de consumo en declinación. Ha aprovechado a fondo la flexibilidad laboral, la reducción de los salarios y la eliminación de los aportes patronales para reducir costos de producción; ha enfrentado con éxito una importación barata. Lo mismo ocurre con los “patriotas” Bulgheroni, Galuccio, Manzano, Vila y los accionistas de YPF que sudan la camiseta del 10. La hipocresía de "la patria no se vende” se manifiesta en este ocultamiento de la burguesía nacional y su despiadada lucha de clases contra los trabajadores argentinos, uruguayos, bolivianos o chilenos.
El patriotismo no acaba acá, pues se manifiesta en la destrucción de los convenios colectivos de trabajo en colaboración con la burocracia superpatriótica. El izquierdismo berreta ha olvidado rápidamente cuando vociferaba “clase contra clase”, para arrastrarse a la colaboración de clase bajo el rótulo de “la patria no se vende”, cuando la deuda usuraria de 600.000 millones de dólares cubre todo el valor del suelo.
Detrás del patrioterismo fomentado en las últimas semanas, está el propósito de eliminar la lucha de clases de la agenda nacional e internacional. Es una operación funcional a un enésimo recambio electoral, que todavía no ha derrotado a Milei en ninguna confrontación de masas.
Llamamos a la nueva generación de trabajadores, que ha demostrado su coraje, otra vez, en las calles, a formarse un criterio político propio e independiente en estos momentos previos a luchas mayores.
Tapa de Política Obrera N°150 edición impresa.
