El USS Abraham Lincoln y el colapso imperialista en el mar Arábigo

Escribe Iara Bogado

Tiempo de lectura: 3 minutos

El USS Abraham Lincoln -el emblemático portaviones estadounidense que fue protagonista de la invasión a Irak en 2003- navega hoy por el mar Arábigo convertido en la imagen perfecta del declive y la descomposición del imperialismo estadounidense.

Tras acumular más de 260 días desplegado en la agresión militar contra el pueblo de Irán, el gigante de propulsión nuclear expone en su propio interior las grietas materiales de una potencia en decadencia que pretende sostener su hegemonía mundial mediante la guerra, mientras su infraestructura interna y la salud de su tropa colapsan.

Las denuncias de familiares sobre intentos de suicidio, falta de alimentos, problemas sanitarios y angustia de la tripulación por la extensión indefinida del despliegue se multiplican. Donald Trump respondió con el cinismo propio de la oligarquía dominante al afirmar que el tiempo en altamar "no es ni de cerca lo suficientemente largo". Esta declaración es la expresión abierta de la clase burguesa norteamericana, que trata la vida de los marineros exactamente como la de los trabajadores de los depósitos y las fábricas de donde provienen: como un costo que se debe minimizar y un insumo descartable en el tablero de la conflagración internacional.

La realidad cotidiana de los 5.000 marineros a bordo del Lincoln desnuda la contradicción intrínseca de la maquinaria bélica capitalista. Mientras el grupo de ataque transporta cazas F-35C valuados en más de 100 millones de dólares cada uno y se jacta de haber empleado más de 680 toneladas de municiones en bombardeos criminales, las condiciones de vida bajo la cubierta de vuelo son inhumanas. El agua potable se ha vuelto insalubre hasta el punto de clausurar bebederos, las duchas acumulan moho, las instalaciones sanitarias se encuentran averiadas y la tripulación padece la escasez de alimentos frescos y artículos básicos de higiene personal.

A esta degradación material se suma un cuadro de agotamiento extremo. Con jornadas de trabajo de 12 a 16 horas diarias bajo un ruido ensordecedor y altas temperaturas, la contención en salud mental es una burla: la Armada dispone de un único psiquiatra para 5.000 personas, provocando demoras de hasta cinco semanas para una atención básica. La desesperación ha llevado a que múltiples marineros intenten tirarse por la borda o ingieran sobredosis de medicamentos al cabo de ocho meses sin tocar puerto. Además perciben salarios miserables por arriesgar la vida en una zona de combate, que apenas superan los USD 2.000 por mes.

El empantanamiento operativo del bloqueo y los ataques contra Irán -10.000 operaciones desde el comienzo de la agresión- desgastan a los marineros y ponen al descubierto los límites de la propia industria militar norteamericana. Para intentar paliar el cuello de botella en los astilleros y acelerar entregas, la Casa Blanca autorizó la construcción de buques en astilleros extranjeros y ordenó retroceder en la tecnología de las catapultas electromagnéticas para volver a los sistemas de vapor tradicional. Incapaz de ofrecer una salida estratégica al conflicto iniciado junto Israel, Trump apela al chauvinismo proponiendo "declarar al estrecho de Ormuz como territorio de EEUU", una frase que solo demuestra la impotencia de un bloqueo que no logra doblegar la resistencia en la región y que consume aceleradamente los recursos navales estadounidenses.

El papel del Partido Demócrata en esta crisis completa el cuadro sin salida de la política burguesa, cuando se limita a advertir que el escándalo a bordo del Lincoln perjudicará las campañas de reclutamiento futuro. Su inquietud no radica en preservar la vida de la tripulación -de origen obrero, mayoritariamente-, sino en evitar que la exposición de la barbarie impida completar los contingentes para los choques militares que Washington proyecta contra Rusia y China.

El USS Abraham Lincoln refleja un régimen social en el que los recursos concentrados por los grandes monopolios se dilapidan en operaciones de destrucción masiva, mientras el proletariado es utilizado como carne de cañón para la guerra imperialista. Con tripulantes hacinados, enfermos, desnutridos y empujados al desesperado recurso de saltar al mar, la conducción militar norteamericana juega con fuego sobre un polvorín. La sombra de un motín masivo está latente en el mar Arábigo, amenazando con convertir la gesta del Acorazado Potemkin en un pálido antecedente frente a la rebelión que incuba el propio imperialismo en las entrañas de su flota. La lucha contra la masacre en Medio Oriente y contra el militarismo depende de la movilización independiente y la unidad internacionalista del proletariado mundial para terminar de raíz con el sistema capitalista y sus conflagraciones armadas.

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