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En 1981, en una de sus visitas al Chile de Pinochet, el economista austríaco Frederik Hayek cruzó las fronteras del apoyo al programa económico del dictador trasandino para zambullirse abiertamente en la cuestión política. “Mi preferencia personal se inclina a una dictadura liberal, y no a un gobierno democrático donde todo liberalismo esté ausente”, le dijo al diario El Mercurio. Con el curso de los años, ese apoyo de Hayek a Pinochet fue afirmado y desmentido en innumerables oportunidades. Pero el economista Adrían Ravier, actual vocero de Milei, se empeñó en despejar dudas, cuando años atrás reivindicó sin reservas a las declaraciones pinochetistas de Hayek. Al fin y al cabo, todo es válido si se trata de ajustar cuentas con el “socialismo”, es decir, con una insurgencia obrera que amenazaba con sobrepasar al gobierno frente populista de Salvador Allende.
Cuarenta y cinco años después, Milei pisó Santiago para reivindicar la gestión económica y política del pinochetismo, es decir, la liquidación de las conquistas obreras y democráticas de la clase obrera chilena a costa de sangre y de fuego. Pero no lo hizo por interés histórico, sino para marcar la hoja de ruta del régimen político que él encabeza en la Argentina. Milei agregó, en su discurso, la alusión infaltable a los “zurdos mugrosos”, y se pavoneó de un dato escalofriante y desconocido: la deportación de 14.000 extranjeros en el último año. El liberticida repitió su libreto acerca de la “conspiración” que en el Congreso llevó a la aprobación de “un conjunto de leyes sin presupuesto”, lo que equivale a decir que todas las normas parlamentarias que no provengan de la iniciativa oficialista serán vetadas o simplemente desconocidas, como ocurre hoy con la ley de financiamiento universitario. Pero, además, extendió la conspiración a las “reiteradas marchas”, abriendo la puerta a una ilegalización de las demostraciones callejeras que supere al actual “protocolo” represivo, varias veces desbordado por las acciones masivas.
En las últimas semanas, Milei ha digitado el nombramiento de casi 200 jueces y fiscales, con la colaboración del pejotakirchnerismo en el Senado. Un poder fundamental del Estado ha quedado blindado para, a su vez, blindar al régimen político y sus tropelías -los aventureros de $Libra, el desfalco de los recursos de discapacidad, los coletazos del caso Cerimedo. El kirchnerismo tramita, a cambio de ese respaldo, un indulto a favor de Cristina Kirchner. El Banco Central, también con voto “consensuado”, ha consagrado a un directorio virtualmente vitalicio -el que coloque la moneda y el conjunto del régimen financiero al servicio del pago de la deuda pública. Finalmente, el gobierno se dispone a tratar en el Senado una reforma política que podría dejar en pie a un puñado de partidos que se cuenten con los dedos de una sola mano.
El camino del régimen de excepción contra la clase obrera está trazado, y el círculo rojo lo sabe muy bien. En la Unión Industrial, algunos imaginaban un desplante de la gran burguesía argentina al gobierno, después de que éste vaciara de funcionarios la celebración del día de la industria. Pero no: la cúpula de la UIA reivindicó al “modelo” liberticida y se limitó a pedir un “puente”, es decir, un rescate de sus intereses. Para ello, la formula que planteo Rapallini fue clara: “Rigi para todos y todas”, es decir, extender el régimen de libertad de remisión de utilidades y exención de impuestos al conjunto de los capitalistas, y no solamente a la minería, el petróleo o el agro. Rapallini le pidió a Milei convertir a la Argentina en una gigantesca zona franca, algo que sólo podría tener lugar llevando a menos de cero el sostenimiento estatal a la educación, la salud o las jubilaciones. Es el régimen pinochetista que Milei reivindicó en Santiago de Chile.
Milei culminó su alocución trasandina con una reivindicación “trumpista” del nacionalismo: “Hacer grande a la Argentina” como Protectorado del imperialismo norteamericano, y como peón de sus intereses estratégicos en el subcontinente y, particularmente, en el Atlántico Sur. Es posible que esa alusión “nacional” prepare la cadena nacional de esta noche. Una vez más en la historia argentina, el patrioterismo podría ser usado de gancho para “alardear” contra Inglaterra, y suplicarle a Trump la cogestión militar y política de la plataforma continental.
El fascismo de Milei, peón de un Trump jaqueado por el impasse de la guerra y de un tembladeral financiero internacional, sólo será abatido por una acción histórica de los trabajadores.
