Escribe Silvia Jayo
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Siembro mis palabras como semillas / sobre las colinas de mi infancia, / para que mañana la tierra florezca de nuevo.
Yolande Mukagasana, poeta ruandesa, sobreviviente del genocidio de 1994.
El oriente de la República Democrática del Congo (RDC) es el escenario del brutal enfrentamiento armado entre las Fuerzas Armadas de la RDC y el M23 (Movimiento 23 de marzo). La guerra se desarrolla en la región de los Grandes Lagos, una frontera difusa que el Congo comparte con Ruanda y Uganda.
El M23 es un grupo armado que constituye un caso claro de “fuerza proxy”, una milicia local que, aunque compuesta por ciudadanos de la RDC, actúa con el respaldo militar, logístico y político del Estado ruandés. Esto le permite al gobierno de Ruanda intervenir en el conflicto, asegurar el control de enclaves mineros y proyectar su poder regional sin asumir abiertamente el costo político de una invasión estatal directa. Por su parte, Uganda despliega tropas bajo el pretexto de una lucha contra grupos terroristas islámicos, pero asegura sus propios corredores comerciales y concesiones informales de oro y madera.
La violencia de esta contienda actual tiene de por medio la riqueza de los yacimientos masivos de coltán (del que se extraen el tantalio y el niobio), cobalto, estaño, tungsteno y oro. Son materias primas indispensables para la industria digital (smartphones, computadoras, redes de telecomunicaciones, súper aleaciones) y para la industria militar de alta tecnología (sistemas de guía para misiles, turbinas para aviones de combate, blindajes avanzados y motores de cohetes). Una guerra para sostener la guerra. Particularmente en el caso del coltán y el cobalto, aunque existen en otros puntos del globo, ningún lugar se equipara a la concentración, volumen y bajo costo de extracción que posee la RDC.
Para comprender el conflicto hay que considerar que en minas informales como la de Rubaya (Kivu Norte) -de donde sale una porción vital del coltán mundial- la extracción no la gestiona una corporación formal, sino una red administrada por el M23 y comerciantes locales que cobran impuestos y obtienen ingresos directos de la producción.
Los trabajadores subterráneos se internan en galerías precarias en condiciones inhumanas, expuestos a derrumbes, trabajo infantil, violencia endémica y riesgos sanitarios extremos, incluido el contacto con murciélagos reservorios de enfermedades. En una mina de oro del noreste del Congo, por ejemplo, un brote de virus de Marburgo mató a 128 de los 154 mineros infectados.
Joseph Busby, fundador y director de Reality-Based Analysis en su artículo “Los Grandes Lagos de África: La máquina de violencia perpetua” explica que estas condiciones facilitaron rebrotes masivos de Ébola.
El mineral así extraído cruza la frontera porosa hacia Ruanda o Uganda. Allí es blanqueado mediante etiquetados de origen falso y exportado legalmente hacia centros de comercialización internacional en Dubái, Tailandia y refinerías en Asia. El negocio se sostiene porque las compañías de las potencias demandan la materia prima a un costo reducido, conectando la economía informal de la guerra con las cadenas de producción.
Esta guerra es consentida y rentabilizada por las dos principales potencias, que intervienen en forma indirecta. Washington y Pekín tienen intereses contrapuestos en la región, pero ninguno de los dos controla directamente el conjunto del conflicto. Las disputas territoriales y los circuitos informales de extracción permiten que los minerales continúen alimentando las cadenas internacionales de abastecimiento. La falta de gobierno y la presencia de milicias locales crean una "tierra de oportunidades" donde el acceso no oficial a estos recursos críticos permanece garantizado.
China construyó una posición dominante en la RDC mediante el modelo de “infraestructura por recurso" (iniciado formalmente con el acuerdo Sicomines en 2007-2008). Las empresas estatales chinas controlan entre el 70% y el 80% de la producción de cobre y cobalto congoleños. Asimismo, China procesa más del 60% del litio y del cobalto a escala global, además de mantener una posición dominante en tierras raras y tantalio. No necesita controlar militarmente cada pozo minero; le basta con dominar la capacidad industrial que transforma el mineral bruto en insumo tecnológico.
Pekín pide abstractamente el respeto a la integridad territorial de la RDC en el Consejo de Seguridad de la ONU y respalda las iniciativas de paz regionales, pero su prioridad operativa es resguardar la continuidad de sus inversiones mineras e infraestructurales masivas, evitando enfrentarse directamente con Ruanda o la RDC.
La contraofensiva de Estados Unidos, que ve vulnerada su seguridad nacional e industria militar por la posición de China, es asegurar el acceso directo a las fuentes y desarrollar rutas alternativas.
El pilar de esta estrategia es el “Corredor de Lobito” una vía ferroviaria financiada por EE.UU. y la Unión Europea que conecta las zonas mineras del Congo y Zambia con el puerto de Lobito en Angola, sobre el Océano Atlántico. Su objetivo estratégico es abrir una vía hacia los mercados occidentales para los minerales de la RDC y Zambia, reduciendo la dependencia de las rutas y cadenas de suministro dominadas por China. Aunque el Departamento de Estado ha acusado a Ruanda de violar la soberanía de la RDC, apoyar militarmente al M23 y desplegar armamento avanzado en Kivu Norte, pacta acuerdos sobre minerales críticos directamente con el gobierno de Ruanda y financia la infraestructura del Corredor de Lobito.
La Unión Europea también condena los ataques del M23, pero firmó un memorando de entendimiento estratégico con Ruanda sobre "cadenas de valor sostenibles de materias primas". El gobierno congoleño acusa a Bruselas de validar el comercio de minerales saqueados.
Para completar el panorama del papel de las fuerzas imperialistas en esta guerra hay que mencionar a las Naciones Unidas, que, durante casi dos décadas, se mantuvo “liberando el territorio” para los genocidios, pero en 2013 intervino por primera vez desembozadamente como fuerza militar con 3.000 soldados contra el M23 porque ponía en riesgo la salida de minerales.
La guerra actual no es un fenómeno aislado ni repentino; es la continuidad de un ciclo bélico ininterrumpido que entra en su cuarta década, agravado como expresión africana del desarrollo de la guerra internacional.
El inicio se encuentra en las matanzas de 1994, en las que cerca de un millón de personas (mayoritariamente tutsis una de las dos etnias principales) fueron exterminadas. Tras la derrota de los genocidas a manos del Frente Patriótico Ruandés (liderado por Paul Kagame, actual presidente de Ruanda), cientos de miles de refugiados y milicianos hutus huyeron al territorio del entonces Zaire (hoy RDC). Desde allí, las milicias hutus (la otra etnia) reorganizadas lanzaron ataques e incursiones transfronterizas contra el nuevo gobierno de Ruanda.
En 1996, Ruanda y Uganda invadieron militarmente Zaire en alianza con fuerzas rebeldes locales, durante la Primera Guerra del Congo.
Luego entre 1998 y 2003 transcurrió la Segunda Guerra del Congo, un conflicto de escala continental en el que Ruanda y Uganda volvieron a invadir la RDC para apoyar a milicias rebeldes, mientras que Angola, Zimbabue y Namibia intervinieron militarmente para defender al gobierno congoleño. La contienda cobró más de cinco millones de vidas -la inmensa mayoría debido al hambre, las epidemias y el colapso social- y formalizó la fragmentación del territorio oriental, transformando los minerales en la principal fuente de financiamiento para ejércitos y grupos armados.
Aunque las guerras terminaron formalmente con los acuerdos de paz de 2003 las tensiones estructurales, el tráfico transfronterizo y la presencia de milicias nunca se resolvieron. El M23 nació precisamente como heredero directo de las organizaciones armadas tutsis consolidadas durante aquellas dos guerras regionales.
El conflicto en el oriente de la RDC pone de manifiesto la barbarie del imperialismo que está cobrando el mayor número de vidas desde la Segunda Guerra Mundial, acercándose al número de asesinatos hitlerianos. Una de las regiones más ricas en recursos estratégicos del planeta con poblaciones que viven un infierno de exterminio y sufrimientos.
Esta guerra no impide la circulación de las riquezas; al contrario, funciona como el mecanismo violento que permite extraer y comerciar materias primas de bajo costo, desreguladas y sin controles ambientales o laborales. Mientras los países imperialistas y organismos emiten declaraciones pidiendo la paz, sus compañías de armamento, tecnología y electromovilidad continúan absorbiendo el mineral que surge de los pozos de Kivu.

