Balotaje: izquierda y fascismo

Escribe Camilo Márquez

24 de noviembre, elecciones en Uruguay

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El resultado obtenido por Cabildo Abierto instaló el debate sobre el ascenso de la “ultra” derecha o como muchos simpatizantes y militantes de la izquierda denominan, del fascismo. Existe un amplio espectro de organizaciones y personalidades que comparte esta caracterización incluso y muy especialmente fuera del FA.

La condición para la aparición de este fenómeno, sin embargo, no están presentes en nuestro país. El fascismo irrumpe cuando se produce una polarización aguda entre clase obrera y burguesía. En Uruguay el balotaje tendrá lugar entre dos variantes perfectamente caracterizadas de la última. Manini Ríos se ha recostado en el gobierno de Brasil, y sobre todo en su vicepresidente Hamilton Mourão, igual que el uruguayo, jefe de las FFAA, de quien se jacta ser amigo, pero es justamente Mourao quien representa en el país del norte el limite a las pretensiones fascistizantes de Bolsonaro. Cuando surgieron embriones de grupos de tareas, como los que atacaron y asesinaron a Marielle Franco, rápidamente se instaló una crisis dentro del bolsonarismo. “Cuidado” dijeron al presidente desde el ejército “el monopolio de la fuerza es nuestro”. Por otro lado, Cabildo Abierto es una criatura, antes que nada, del gobierno. Su presidenciable fue entronizado como jefe del ejército, su vice trabajó en presidencia durante 30 años (renunció ente mismo año para dedicar su tiempo a la campaña), quienes vociferan contra el fascismo se les escapa que CA sale de las entrañas mismas del aparato del Estado, aparato que es controlado hace tres periodos por el Frente Amplio.

Si es cierto que Larrañaga representa a un sector que impulsó un endurecimiento represivo por medio del plebiscito “Vivir sin miedo”, también lo es que ahora el FA, por boca de Gustavo Leal es quien promueve ese reforzamiento de la Guardia Republicana con al menos dos mil efectivos más de forma inmediata. Votar al FA es vehiculizar las medidas de Larrañaga rechazadas en las urnas. Martínez ya ha expresado que no se puede obviar el pronunciamiento del 47% de la población, un guiño a la derecha que la coalición de izquierda no ha tenido en el caso de los crímenes de lesa humanidad cuando el plebiscito contra la Ley que protege a los genocidas recogió arriba de los 48 puntos. En este último caso lo que había que hacer era mirar para adelante y, a decir de Mujica, dejar de “tener los ojos en la nuca”.

Los sesudos estrategas que invitan a la izquierda a “frenar al fascismo” con la papeleta electoral cometen un grave atentado político contra los intereses que dicen defender. La pregunta que cabe es, ¿qué va a suceder en caso de una victoria de Martínez en materia de libertades, seguridad ciudadana, y leyes represivas? El parlamento ya establecido indica que hay que negociar, y las señales para tal cosa han sido dirigidas especialmente hacia Cabildo Abierto (Orsi). Como se puede ver todo el planteamiento es un inmenso callejón sin salida de una izquierda visiblemente desmoralizada. Esto último se confirma en lo siguiente: se agita el espectro del fascismo, pero la experiencia indica que donde este se manifiesta es porque también palpita la revolución, algo que los “antifascistas” no mencionan ni por error. ¿O el terror sería el recurso para aplastar a otra variante fondomonetarista más “gradualista”? Toda esta historia no tiene ni pies ni cabeza.

Seguramente, la mayoría de la clase dominante prefiere un triunfo de Lacalle, pero de ninguna manera se plantea un escenario similar al que se vive en Bolivia (golpe) ni al que se vivió en Brasil contra Dilma y Lula. Para los banqueros (como ya lo habían anunciado Standard and Poors y JP Morgan, por ejemplo) no está planteado ningún “riesgo político” cualquiera sea el que gane, en tanto ambas variantes plantean continuar lo fundamental de la política que favorece al capital financiero. La burguesía enfrenta este cambio político con pies de plomo, en vista de la ola de levantamientos populares que recorre América Latina.

El fascismo nunca fue ni será derrotado por la alianza con la burguesía en general, ni mucho menos a través de la subordinación a los mecanismos constitucionales o electorales, ni que hablar que tampoco cediendo a las presiones de los fascistas (Bolivia). Sólo la huelga general y la movilización de masas, la organización de su autodefensa, puede aplastar a los grupos fascistas allí donde estos surjan (si es que surgen). Apoyar la idea de que con el voto a un candidato capitalista y que ataca a los sindicatos, como Martínez, se puede llegar a frenar el fascismo es desarmar al movimiento obrero.

La función que cumplen estas arbitrariedades conceptuales no es otra que el de extorsionar a la vanguardia obrera y presionar a la izquierda de modo de colocarla a la cola de una opción fondomonetarista y crecientemente represiva en cuanto a las libertades y la seguridad ciudadana.

*Publicado en el semanario Voces de Montevideo.

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