“A este ritmo, las camas de terapia pueden colapsar en agosto”

Escribe Alejandro Guerrero

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El catastrofismo corresponde al ministro de Salud de la provincia de Buenos Aires, Daniel Gollán, quien admite que la prolongación o no de la cuarentena, si se vuelve o no a la fase 1, no depende de evaluaciones sanitarias sino de la capacidad de un sistema de salud destruido para recibir enfermos. El hombre lo dice con todas las letras: la extensión o la flexibilización de la cuarentena “depende del número de camas de terapia intensiva (que) podrían estar colapsadas en la segunda quincena de agosto” (Clarín, 28/7).

Gollán fue acompañado en esta postura por su viceministro, Nicolás Kreplak, quien sostuvo que “no se puede soltar mucho” y que resulta preciso establecer una “estrategia común” en el ámbito del AMBA sobre la base de los informes epidemiológicos.

“Ayer (por el lunes 27 de julio) inauguramos Tecnópolis, que está muy preparado para recibir pacientes”, lo cual indica que ya deben usarse hospitales de campaña porque el sistema normal de salud está sobrepasado.

Lo más alarmante lo dice también Kreplak, quien va más lejos que el ministro: los casos “siguen subiendo (…) no hemos llegado al pico”. Y, sin haber llegado al dichoso pico, distritos del conurbano tienen cubierto el 100 por ciento de las camas de terapia; por eso los traslados a Tecnópolis mientras los clubes de fútbol preparan instalaciones de emergencia para albergar enfermos.

Parece tener razón el viceministro cuando dice: “No hay tiempo para más (…) nos queda poco tiempo, aumentan los casos y las camas de terapia intensiva están ocupadas en un 60 por ciento”, cuando el pico de la enfermedad parece aún lejos de llegar. Y, aun con los principios del aislamiento, todos los días los casos aumentan un 2 por ciento y, como se dijo, la ocupación de camas llega al 60 por ciento. Así, como señalan el ministro y su vice, en la segunda quincena de agosto podría entrar en situación de colapso todo el sistema sanitario.

Ahora bien: el ministro insiste con que la continuación o no de la cuarentena no depende de criterios sanitarios sino del estado deplorable del sistema de salud argentino: “La flexibilización de la cuarentena depende del número de camas de terapia intensiva, que podrían estar colapsadas en la segunda quincena de agosto” (Clarín, 28/7).

Por el momento, la Argentina registra 167.426 infectados y 3.082 muertos por el Covid-19.

Covid-19 y clase obrera

Dan Patrick, vicegobernador republicano del estado de Texas, durante una entrevista brindada a Fox News, opinó que las personas mayores deben sacrificarse por el futuro de los Estados Unidos. Este comentario, que puede resultar muy chocante, pone en evidencia que para el sistema capitalista hay un segmento social prescindible: las personas mayores y la clase trabajadora.

No es el primero. La señora Christine Lagarde, ex titular del FMI y actual presidenta del Banco Central Europeo (perseguida penalmente por no pocos desfalcos, que no se piense que sólo es Lázaro Báez) dijo tiempo atrás que lo viejos bien harían en apurar su muerte, porque así no hay sistema previsional que aguante.

Entretanto, en la Argentina real, lejos de los enguajes especuladores de los funcionarios, en el supermercado Coto, por ejemplo, hubo diez casos positivos y se pretendió que la gente continuara sus tareas de todos modos.

Por otra parte, a los contagiados no se les daban las camas necesarias, se vieron obligados a dormir en sillas, bancos o directamente en el piso de una sala de espera.

Como ellos, son centenares los trabajadores contagiados en sus lugares de empleo, mientras Alberto Fernández, Axel Kicillof y Horacio Rodríguez Larreta discuten el “humor social” para levantar la cuarentena.

Mentira.

El “humor social” ha bajado, lógicamente, por el inevitable estrés que produce el encierro, pero se mantiene en un prudente 60 por ciento en favor de la salud pública; es decir, de la cuarentena. Lo que le importa a las autoridades es la fortísima presión de la gran burguesía, para reanudar la actividad económica. Empíricamente, está comprobado que esa “reactivación” no asegura nada: Donald Trump no detuvo la actividad económica y, después de todo, la tasa de desocupación trepó de un 3,5 % en febrero a un insoportable 15% actual. Ni hablar del fascista frustrado Jair Bolsonaro, quien todos los días bate el récord de muertos y la economía se le derrumba.

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