Una aproximación al estudio del trotskismo y la IV internacional

Escribe Javier Díaz

Trotsky y la Oposición de Izquierda Internacional.

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El trotskismo representa una corriente política singular dentro del marxismo. Luego de décadas de calumnias y persecuciones nacionalistas y stalinistas, la figura y la obra de Trotsky comenzaron a ser cada vez más conocidas y valoradas más allá del propio movimiento trotskista. Así, un exponente de la New Left como Perry Anderson no sólo reconoció el valor y la profundidad de la interpretación elaborada por Trotsky en la Historia de la revolución rusa y de su análisis de la Unión Soviética en La Revolución Traicionada (1980: 27, 85, 170), sino que llegó a la conclusión de que el trotskismo “brinda uno de los elementos fundamentales para todo renacimiento del marxismo revolucionario a escala internacional” (1976: 124).

Miembro desde muy joven del Partido Obrero Social Demócrata Ruso (POSDR), en el congreso de 1903 Trotsky se inclinó por las posiciones de los mencheviques, de quienes acabó tomando distancia al poco tiempo. Durante la revolución de 1905 jugó un rol protagónico, llegando a ser presidente del soviet de Petrogrado. Como balance inmediato de esta experiencia publicó Resultados y perspectivas, donde estableció que la lucha por la democracia conducía a la dictadura del proletariado, en lo que sería su primera formulación de la teoría de la revolución permanente (retomando el concepto de Marx en la circular de 1850). Promovió la reunificación entre bolcheviques y mencheviques, sin pertenecer a ninguna de las dos fracciones, y desde 1913 impulsó la formación de la organización Mejraionka, independiente de ambas. Trotsky tenía mayores coincidencias programáticas con los bolcheviques pero en el aspecto organizativo su postura era centrista frente al menchevismo. La base de su estrategia política estaba dada por su concepción de la unidad mundial de la lucha de clases, de lo cual derivaba que la revolución rusa debía concebirse como el comienzo de la revolución socialista europea. De aquí que Trotsky “es ‘unitario’ dentro del partido ruso, como lo es dentro de la Internacional” (Marie, 1970: 18).

Con el estallido de la revolución de febrero y su regreso del exilio, Lenin y Trotsky comenzaron a coincidir en lo fundamental de su línea política. En sus Cartas desde lejos, y más decididamente en sus Tesis de abril, Lenin dio por muertas las fórmulas bolcheviques anteriores y planteó la lucha contra el gobierno provisional, siendo acusado de “trotskista” por la fracción Stalin-Kamenev. A su vez, Trotsky terminó definitivamente de buscar una unidad imposible con los mencheviques, ahora convertidos en sostenes del gobierno pro-imperialista. En mayo de 1917 tuvieron lugar las primeras reuniones para discutir la fusión de los meirayontsi con los bolcheviques. A partir de entonces, tanto Lenin como Trotsky combatirían tanto el “viejo bolchevismo” (expresado en la consigna “dictadura democrática obrera y campesina”) como el “viejo trotskismo” (centrismo en el problema del partido) en función de desarrollar el Partido Comunista. Ambos fueron además los principales inspiradores de los documentos programáticos más importantes de los cuatro primeros congresos de la III Internacional, realizados entre 1919 y 1922. Trotsky desempeñó cargos de primer orden en el gobierno soviético, primero como ministro de Relaciones Exteriores y luego como comandante en jefe del Ejército Rojo, alcanzando la victoria en la guerra civil rusa. Su popularidad entre los trabajadores era inmensa, sólo comparable a la de Lenin.

El de Lenin y Trotsky fue un partido en el cual estaban garantizados tanto el derecho a manifestar públicamente las divergencias políticas como el derecho de fracción pública como último recurso para preservar la unidad de acción del partido. Las diferentes fracciones públicas (los “Comunistas de Izquierda” encabezados por Bujarin y Uritsky en 1918, la “Oposición Obrera” de Kollontai y Schliapnikov en 1920) se habían dirigido siempre al conjunto de la clase obrera, expresando sus divergencias en la prensa partidaria e incluso en algunos casos en folletos o periódicos distintos al del Comité Central (Broué, 1963: 137-141; 165-166). El X Congreso del partido, reunido en marzo de 1921, en medio de la guerra civil y la insurrección de Kronstadt, se vio obligado a prohibir las fracciones de forma transitoria, limitando la democracia obrera. Pero a su vez el fin del “comunismo de guerra” y el inicio de la Nueva Política Económica (NEP) dieron lugar al desarrollo de un aparato cada vez más grande que fue adquiriendo un peso creciente en relación con el partido. Una nueva camada de hombres de aparato, entre los cuales no había ningún teórico o dirigente de masas de origen obrero, fue ocupando roles de responsabilidad y dirección. De esta forma, alrededor de Stalin “comienza a constituirse una facción que no proclama su nombre pero que actúa y extiende su influencia” (Broué, 1963: 198). El surgimiento posterior de una fracción opositora fue, por lo tanto, la respuesta a una facción formada de hecho previamente en silencio y sin proclamarse como tal.

Entre fines de 1922 y comienzos de 1923, después de varios meses de enfermedad, Lenin emprendió su lucha contra la burocracia y le propuso a Trotsky formar un bloque contra Stalin. En aquel período escribió su testamento, en cuya posdata recomendaba la separación de Stalin del cargo de secretario general del partido. Incluso hizo públicas estas críticas en un artículo que vio la luz en enero en Pravda. Pero la batalla se vio interrumpida cuando Lenin cayó de nuevo gravemente enfermo.

No fue sino hasta octubre de 1923 cuando Trotsky reemprendió la lucha contra el aparato. En una carta al comité central denunció el avance de la burocratización y reivindicó el derecho de los militantes a expresar públicamente sus críticas políticas:

Se ha creado una amplia capa de militantes que al introducirse en el aparato gubernamental del partido, renuncian por completo a sus propias opiniones dentro de la organización o por lo menos a su manifestación pública, como si la jerarquía burocrática fuera el ente encargado de fabricar la opinión del partido y sus decisiones. (cit. en Broué, 1963: 216-217; itálicas nuestras)

El mismo mes cuarenta y seis militantes, entre ellos importantes dirigentes como Preobrazhensky, Piatakov y Antonov-Ovseienko, redactaron una declaración, dirigida al comité central, en defensa de la democracia interna, denunciando el sofocamiento del derecho a crítica y la degeneración del régimen partidario. Representando a la oposición, Preobrazhensky propuso dar la discusión en la prensa del partido, es decir en forma pública, de cara al conjunto de la clase obrera. La mayoría del comité central, dominado por la troika Stalin-Zinoviev-Kamenev, respondió acusando a los díscolos de “fraccionalistas” y de vulnerar la disciplina. Según los burócratas, la acción de Trotsky constituía un “ataque” a la dirección y amenazaba con “inferir un duro golpe a la unidad del partido”. Por ello resolvieron no publicar la declaración opositora, aunque a cambio se vieron obligados a abrir la prensa partidaria al debate durante algunos meses. En El Nuevo Curso, Trotsky sostenía que: “El partido debe subordinar a su propio aparato, sin dejar de ser una organización centralizada” (cit. en Marie, 1970: 39). La intervención de Stalin fue para plantear que era necesario “poner límites a la discusión, impedir que el partido, que constituye una unidad combatiente del proletariado, se convierta en un club de discusiones” (cit. en Broué, 1963: 220). Sin embargo, todavía en enero de 1924 el Politburó emitía una resolución garantizando “para todos los camaradas la libertad de examinar y discutir públicamente los principales problemas del partido” (cit. en Broué, 1963: 221; itálicas nuestras). Tras la muerte de Lenin, y ya disuelta la Oposición de Izquierda, el libro Lecciones de octubre de Trotsky fue retirado de las librerías y toda la maquinaria del partido y de la Internacional fue puesta en movimiento para denunciar el “trotskismo”. A partir de entonces el stalinismo convirtió la prohibición de fracciones en una política permanente en nombre del “centralismo democrático” y de una tergiversación de la “concepción leninista de partido”, pasando a proscribir directamente toda crítica pública.

Luego de 1924 las divergencias se extendieron al plano internacional. Trotsky pasó a denunciar, en 1926, la colaboración con la burocracia sindical inglesa en el Comité Anglo-Ruso, durante la huelga general desatada por el conflicto minero, y la disolución del Partido Comunista chino dentro del Kuomintang dirigido por el nacionalista Chiang Kai Shek. En abril de 1926 se estableció un acuerdo entre los ex miembros de la Oposición de Izquierda y los nuevos disidentes liderados por Grigori Zinoviev y Lev Kamenev. Se formó así la Oposición Unificada, que contó en un principio con trece miembros del comité central. Su combate se dio en condiciones difíciles al no poder funcionar como una tendencia con pleno derecho.

En 1927, tras la derrota sangrienta de la revolución china como consecuencia de la política de Stalin-Bujarin, la oposición reunió 3 mil firmas a favor de abrir una verdadera discusión en el XV Congreso. Pero el Secretariado se negó a difundir dentro del partido la plataforma de la oposición. A instancias de Stalin, el comité central votó expulsar a Zinoviev y a Trotsky del mismo. El 7 de noviembre los disidentes participaron con sus propias pancartas y consignas de la manifestación oficial en conmemoración del décimo aniversario de la revolución de octubre. En respuesta, 1500 partidarios de la oposición fueron deportados. Trotsky fue destinado a Alma Ata y a comienzos de 1929 fue desterrado de la URSS, recalando en la isla de Prinkipo.

Hasta entonces, la oposición sólo había tenido existencia dentro del partido ruso y se había definido en relación con él. Sus vínculos internacionales eran tenues y originados en que algunos dirigentes extranjeros consideraban que Trotsky tenía razón sobre los problemas “rusos”. Tras el VI Congreso de la Internacional Comunista (IC) en 1928 y la crítica al programa allí adoptado (publicada como libro con el nombre de La III Internacional después de Lenin), Trotsky y sus partidarios impulsaron la formación de la Oposición de Izquierda Internacional reivindicándose como fracción “bolchevique-leninista”. A pesar de rechazar la formación de un partido nuevo y considerarse fracción de la IC, mantuvo una existencia organizativamente independiente debido a que el stalinismo no la reconocía como fracción partidaria. Pierre Frank, entonces un joven militante, recordaba muchos años después: “A pesar de estar excluidos, nosotros nos considerábamos como una fracción de la Internacional comunista y de los partidos comunistas” (1968: 36).

En julio de 1929 vio la luz el primer número del Boletín de la Oposición. En abril de 1930 una conferencia designó un secretariado provisional integrado por Alfred Rosmer (expulsado del PC francés a fines de 1924), León Sedov, Markin y Kurt Landau. Lejos de la insignificancia, la oposición se extendió ya a comienzos de la década de 1930 por los Partidos Comunistas de Francia, Alemania, Austria, Bélgica, España, Italia, Grecia, Checoslovaquia, Hungría, China, Estados Unidos, Brasil, Bolivia, Argentina, Chile, Cuba, por nombrar sólo los más importantes. En Francia se fundó en 1930 la Liga Comunista, encabezada por Rosmer, Pierre Naville, Pierre Frank y Raymond Molinier, entre otros. La sección belga fue dirigida por Léon Lesoil, quien había sido delegado por su país al IV Congreso de la IC. La oposición alemana se formó por la fusión de cuatro grupos, encabezados por el austríaco Kurt Landau. En Italia surgió de una escisión del grupo de Amadeo Bordiga bajo la dirección por Pietro Tresso, ex miembro del buró político del PC. La oposición griega contaba ya en 1931 con 1400 miembros, más que la fracción oficial. En España se formó, bajo la dirección del catalán Andreu Nin (ex secretario de la Confederación Nacional del Trabajo y de la Internacional Sindical Roja) y de Juan Andrade (ex dirigente de las Juventudes Socialistas), la Izquierda Comunista, que en 1932 ya contaba con más de dos mil militantes. La oposición china era dirigida por Chen Du Xiu, antiguo secretario del PC de ese país. En EE.UU. la oposición fue orientada por James P. Cannon, ex miembro del comité central del PC.

A pesar de su extensión, la Oposición de Izquierda distaba de una homogeneidad política entre sus secciones. En febrero de 1933 una conferencia de la Oposición definió un programa de once puntos, ubicados según la misma “en el terreno de los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista” (cit. en Marie, 1970: 66), incluyendo el reconocimiento del carácter permanente de la revolución proletaria y la necesidad de movilizar a las masas con consignas transicionales.

En el marco del ascenso del nazismo en Alemania, los trotskistas impulsaron una táctica de frente único obrero contra las hordas fascistas, es decir de unidad entre los partidos Socialista y Comunista alemanes. En contraposición, como parte de lo que se conoce como el “tercer período”, la IC stalinista consideró “social-fascistas” a los socialdemócratas, en lo que los trotskistas calificaron de política burocrática, sectaria y ultraizquierdista. Tras la asunción de Hitler como canciller del Reich, en enero de 1933, y el aplastamiento de las organizaciones obreras, Trotsky estimó necesario promover la constitución de un nuevo partido únicamente en Alemania, todavía esperando la reacción de los otros partidos comunistas. Finalmente en julio de 1933 planteó la necesidad de construir la IV Internacional y nuevos partidos obreros en todos los países. Esta política se expresó en la “Declaración de los 4”, un documento firmado por el SAP alemán, la RSP y la OSP holandesas y la Oposición de Izquierda Rusa en la que se hacía un llamado a crear una nueva Internacional sobre la base de defender la dictadura del proletariado y las bases sociales de la URSS. “La Oposición de izquierda concebía, pues, la lucha por la IV Internacional -lo cual no quiere decir la Internacional- bajo la forma de una unión” (Marie, 1970: 67; subrayado en el original).

En 1934 el panorama cambió rápidamente. En Francia, las jornadas de febrero evidenciaron la disposición de la clase obrera a enfrentar al fascismo con la huelga y la unidad por abajo entre socialistas y comunistas. En España se produjo la insurrección obrera en Asturias y en Estados Unidos estalló la huelga de los teamsters en Minneapolis, en la cual los trotskistas jugaron un rol protagónico. Dentro de los Partidos Socialistas de esos países, amenazados de ser aplastados físicamente por el fascismo, se verificó un proceso de radicalización. En este contexto, en junio de 1934 Trotsky propuso el entrismo en las organizaciones socialdemócratas como táctica opuesta a toda disolución política, que exigía levantar pública y abiertamente las banderas del marxismo y el programa bolchevique-leninista. En palabras del autor de la Historia de la Revolución Rusa:

En una reunión de un sindicato reformista, en mi carácter de agremiado, estaría sin duda obligado a no decirlo todo, pero el partido como tal, en su conjunto, en su prensa, sus reuniones públicas, sus folletos y llamamientos, está forzado a decirlo todo. (cit. en Rieznik, 2012: 90) (1)

La táctica impulsada por Trotsky enfrentó resistencias dentro del movimiento cuartista: la Izquierda Comunista española dirigida por Andreu Nin, por ejemplo, rechazó el entrismo para pasar a formar posteriormente el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) junto con el Bloc Obrer i Camperol (BOC) de Joaquín Maurín. En Francia los trotskistas ingresaron en la Section Française de l’Internationale Ouvrière (SFIO) logrando un rápido desarrollo y alcanzando la dirección de la Juventud Socialista del Sena.

En 1935 la situación política volvió a modificarse. Tanto en Francia como en España se formaron los Frentes Populares, en los cuales comunistas y socialdemócratas se unieron detrás de un programa de gobierno de conciliación de clases. Entonces Trotsky llamó a abandonar el entrismo, aunque nuevamente enfrentó resistencias. En Francia, por ejemplo, se opusieron Frank y Molinier; el primero de ellos afirmó varias décadas después: “La salida de la S.F.I.O. (…) se realizó (…) en condiciones muy malas y la escisión de los bolchevique-leninistas que tuvo lugar por entonces hizo que se pe[r]diera una parte de los beneficios obtenidos al entrar” (1968: 45). En 1936 los frentes populares llegaron al gobierno tanto en Francia como en España. Sin embargo, cuando el general Francisco Franco se levantó en armas contra la república, el gobierno del “socialista” Léon Blum rechazó intervenir en favor de los republicanos.

La primera Conferencia por la IV Internacional se celebró en julio de 1936 en París (anunciada en Ginebra, para eludir la represión). Allí se eligió un Secretariado Internacional (SI) compuesto por los franceses Pierre Naville y Jean Rous, el checo Erwin Wolf y el alemán Rudolf Klement. Poco después los dos últimos fueron asesinados por los servicios secretos stalinistas.

La fundación de la IV Internacional

El congreso fundacional del nuevo partido mundial se realizó finalmente el 3 de septiembre de 1938 en Périgny, una aldea en las afueras de París. Exiliado en México, Trotsky no pudo asistir personalmente, aunque redactó el documento central. Tampoco pudieron participar, pues habían sido asesinados previamente, importantes dirigentes como Klement, Wolf, Ignace Reiss y León Sedov (hijo de Trotsky). Por si fuera poco, el representante de la sección rusa, Mark Zborowski, resultó ser un agente stalinista infiltrado. Asistieron en total 22 delegados en representación de once países, pero muy pocas de las secciones tenían alguna implantación de masas y la mayoría de los dirigentes provenía de la pequeña burguesía. Además algunas secciones y dirigentes se opusieron a proclamar una nueva Internacional: fue el caso del holandés Henk Sneevliet, del belga Georges Vereeken y de los delegados polacos. Similar postura tuvo el POUM, que decidió no participar aunque había sido invitado en carácter de observador. La lucha contra esta posición fue liderada principalmente por Max Shachtman y Pierre Naville.

El documento programático votado por el congreso, llamado La agonía mortal del capitalismo y las tareas de la IV Internacional, sería conocido posteriormente con el nombre de Programa de Transición. Rechazando la escisión entre programa mínimo y máximo propia de la socialdemocracia, constituía fundamentalmente una síntesis de las elaboraciones de los cuatro primeros congresos de la IC. El eje estaba colocado en la contradicción entre las condiciones objetivas ya maduras para la revolución socialista y la crisis de dirección del proletariado. Como consecuencia de la táctica de frente único, el programa levantó como consigna transicional la formación de gobiernos obreros y campesinos, entendida como un puente hacia la dictadura del proletariado y no como una etapa intermedia. El congreso eligió también un Comité Ejecutivo Internacional (CEI) integrado por Trotsky, James P. Cannon, Max Shachtman, Cyril Lionel Robert James, Albert Goldman, Sam Gordon, Jan Frankel, Oskar Fischer y el brasileño Mário Pedrosa.

Una nueva modificación del cuadro internacional tendría profundas implicancias en la naciente organización, dando lugar a la primera crisis en la IV Internacional. En el marco del acuerdo de no agresión entre Stalin y Hitler firmado en 1939, conocido como pacto Ribbentrop-Molotov, se produjo la invasión de Finlandia por parte de la URSS. La IV se pronunció, a instancias de Trotsky, por el derrotismo revolucionario (es decir, en contra de unirse al levantamiento nacional finés) y por la independencia de la Finlandia soviética contra la anexión burocrática militar. Una fracción del Socialist Workers Party (SWP) de los Estados Unidos, encabezada por James Burnham y Max Shachtman (e integrada también por C.L.R. James), consideró que a partir de entonces debía dejar de considerarse a la URSS como un “Estado obrero degenerado”, lo cual implicaba abandonar su defensa incondicional. Trotsky debatió contra esta posición en su texto En defensa del marxismo. La fracción rompió con el SWP y con la IV Internacional para crear el Worker’s Party, pero también arrastró al principal dirigente latinoamericano, Mário Pedrosa. La ruptura abarcó al 40% de la sección norteamericana, a la mayoría de la juventud de la sección francesa y a tres miembros, sobre un total de cinco, del CEI. La conferencia de emergencia de la IV Internacional reunida en mayo de 1940 fue la última en vida de Trotsky, quien redactó para ella el proyecto de manifiesto. El viejo revolucionario ruso fue asesinado el 20 de agosto por el sicario stalinista Ramón Mercader.

Durante la Segunda Guerra Mundial los trotskistas fueron víctimas de la represión tanto por parte de los nazis como de los aliados, incluyendo a los stalinistas. El alemán Marcel Widelin, organizador de células clandestinas en la Wehrmacht y redactor del periódico Arbeiter und Soldat, fue fusilado por los nazis. Lo mismo vale para Marcel Hic (secretario del POI francés) y los belgas Léon Lesoil y Abraham Léon. El ejército japonés fusiló a Chen Chi-Chang, líder del trotskismo chino que había sucedido a Chen Du Xiu, muerto a su vez a manos de Chiang Kai Shek. El servicio secreto stalinista hizo ejecutar en Francia al italiano Pietro Tresso. El ejército a las órdenes de Mao Tse-Tung fusiló a Chu Li-Ming, dirigente de la guerrilla trotskista. Ho Chi-Minh hizo ejecutar al líder trotskista vietnamita Ta Thu-Tau. El estado mayor del ejército guerrillero yugoslavo, al mando del mariscal Tito (Josip Broz), resolvió el fusilamiento de todos los trotskistas de Belgrado antes de pasar a la ofensiva contra los nazis; el primer fusilado fue Slobodan Marculic, estudiante trotskista montenegrino. El gobierno de Franklin D. Roosevelt, en los Estados Unidos, acusó a 29 miembros del SWP, y encarceló a 18 de ellos, por llamar a los trabajadores a movilizarse contra la guerra. Los trotskistas, como puede verse, fueron perseguidos tanto por los aliados como por los países del Eje.

El trotskismo en la segunda posguerra

Al estallar la Segunda Guerra Mundial, las dificultades organizativas habían llevado a que el SI se trasladase a los EE.UU. El contacto con las secciones del campo aliado se mantuvo a duras penas. En el marco de la resistencia contra la ocupación nazi, el POI y el CCI, las dos organizaciones francesas que se reclamaban trotskistas y que hasta entonces se habían dividido en torno a la cuestión nacional, se fusionaron en 1944 dando lugar a la fundación del Parti Communiste Internationaliste (PCI). Ese año también se formó por primera vez un Secretariado Europeo, el cual convocó al finalizar la guerra, junto con el SI, a la primera Conferencia Internacional tras la muerte de Trotsky. Realizada en 1946, la misma eligió un nuevo Secretariado y un nuevo Comité Ejecutivo Internacional, encabezados por Michel Pablo (seudónimo del griego Michalis Raptis).

Si bien la III Internacional había sido disuelta en 1943, esto no implicó inmediatamente un declive de la influencia de las organizaciones que la integraban. Al término de la contienda bélica, la ocupación por parte del Ejército Rojo permitió a la burocracia soviética tomar el control de los países de Europa Oriental y asimilar sus estructuras estatales y económicas mediante la planificación y el monopolio del comercio exterior al servicio de las necesidades particulares de la URSS. En Yugoslavia el partido comunista encabezado por Tito, en el gobierno desde 1945, rompió relaciones con Stalin tres años después; a partir de entonces el titoísmo adoptó una orientación pro-imperialista que lo llevó a aceptar la inclusión de Yugoslavia en el Plan Marshall y en 1950 a apoyar a los EE.UU. en la Guerra de Corea. El Partido Comunista chino liderado por Mao Tse-Tung alcanzó el poder en 1949 gracias a haber abandonado la línea de unión con el Kuomintang predicada por Stalin. Los Partidos Comunistas francés e italiano, dirigidos respectivamente por Maurice Thorez y Palmiro Togliatti, tras haber participado en la resistencia antifascista se integraron a los gobiernos capitalistas, pero el inicio de la guerra fría y su expulsión del poder les permitió crecer hasta convertirse en partidos de masas.

En este contexto comenzó a abrirse paso dentro de las filas trotskistas la idea de la posibilidad de un sustituto para la dirección de la revolución proletaria. Pero fue a partir de 1950 cuando Michel Pablo promovió una reorientación completa, aprobada en el III Congreso de 1951. El punto de partida de su análisis era la identificación de la burocracia stalinista con el “campo” del proletariado.

Para nuestro movimiento, la realidad social objetiva consiste esencialmente en el régimen capitalista y el mundo stalinista (…) dado que la abrumadora mayoría de las fuerzas que se oponen al capitalismo están, en estos momentos, bajo la influencia o el liderazgo de la burocracia soviética. (Pablo, 1951: 2)

Sobre esa base, teniendo en cuenta la formación de los estados-tapón en Europa Oriental y los procesos revolucionarios recientes en Yugoslavia y China, Pablo impulsó una política de apoyo a los partidos comunistas, en diferentes medidas según el ala considerada:

(…) en los conflictos del bloque liderado por la URSS con el imperialismo, damos apoyo crítico al primero (…). (…) las nuevas condiciones en las que se encuentran los partidos comunistas de los países de Asia que marchan a la revolución nos dictan, como una actitud general hacia ellos (…) la de una Oposición de Izquierda que les presta apoyo crítico. (…) Apoyamos críticamente al PC chino y al gobierno de Mao Tsé-tung (…). En Europa (…) ligarnos a ellos (…) es un deber esencial de todas nuestras organizaciones que actúan en países donde la mayoría de la clase obrera sigue a los Partidos Comunistas. Más cerca de las filas de estos partidos: éste es nuestro slogan (…). (1951: 7; las itálicas corresponden a negritas en el original) Basado en el pronóstico de que el pronto estallido de una tercera guerra mundial entre el imperialismo y la URSS empujaría a los partidos stalinistas hacia la izquierda, obligándolos a encabezar nuevas revoluciones y a canalizar nuevos ascensos de masas, Pablo orientó a las organizaciones trotskistas a practicar el “entrismo sui generis” en ellos. Toda la actividad de los trotskistas debería subordinarse a esta táctica, limitando su existencia autónoma a mantener la publicación de un órgano independiente. En palabras de uno de los dirigentes que acompañó esta orientación:

Arrancando de lo acaecido en Yugoslavia y en China, las tesis llegaban a la conclusión de que los partidos comunistas, (…) en ciertas condiciones, podrían verse obligados a ir más allá que las orientaciones dictadas por la política del Kremlin y esbozar una política que desbordara sus objetivos estrictamente reformistas. Estas tesis (…) declaraban que los trotskistas tenían que explotar estas contradicciones, para lo cual debían integrarse en el movimiento real de las masas, sobre todo allí donde los partidos comunistas eran organizaciones de masas. (Frank, 1968: 73-74)

Aunque las tesis de Pablo fueron votadas por casi la totalidad de las secciones de la IV Internacional, la mayoría del PCI francés se opuso. Su dirigente Marcel Bleibtreu-Favre redactó un documento explicando que en aquéllas se infiltraba la teoría de los “bloques” y “campos” propia del discurso oficial soviético.

Nosotros pensábamos que la realidad social consistía en la contradicción entre las clases fundamentales: la burguesía y el proletariado. Claramente un error, porque de aquí en más el régimen capitalista, que abarca precisamente estas dos clases, se transforma en una totalidad que está en contraposición… al mundo stalinista (…) El concepto pequeño burgués de bloques necesariamente conduce a una elección entre Stalin (con o sin reservas) y Truman (…). (Bleibtreu-Favre, 1951: 10-11; las itálicas corresponden a negritas en el original)

En oposición a quienes insistían en la falta de tiempo para desarrollar partidos trotskistas y en la fuerza de los stalinistas como argumentos para entrar en estos últimos, Bleibtreu-Favre estimó que: “Nunca antes la tuvo la Cuarta Internacional tantas posibilidades de implantarse como dirección en una lucha revolucionaria de masas” (1951: 17). De su análisis del pablismo concluyó que este reflejaba y se hacía eco del desarrollo de una “tendencia stalinista” (1951: 18) dentro de la IV Internacional.

La respuesta de Pablo fue imponer burocráticamente su política a la sección francesa, designando como interventor al dirigente belga Ernest Mandel y provocando así la ruptura del PCI. La escisión de la IV Internacional, por lo tanto, fue consecuencia no sólo de las tesis sino fundamentalmente de los métodos pablistas, reñidos con el centralismo democrático. El SWP de James P. Cannon, a pesar de que había votado las resoluciones mayoritarias del III Congreso, terminó por rechazar igualmente la pretensión de Pablo de imponerle su línea política en los Estados Unidos y se apartó también del SI junto a otras secciones solidarias. De esta forma, en 1953 las secciones francesa, estadounidense, inglesa, china y suiza constituyeron el Comité Internacional (CI). Michel Pablo continuó como secretario general del SI, apoyado por Mandel, el italiano Livio Maitan, el francés Pierre Frank y el argentino J. Posadas.

Tras la muerte de Stalin, las expectativas de Pablo en las posibilidades de una auto-reforma de la burocracia soviética lo llevaron a apoyar al régimen polaco de Wladyslaw Gomulka y a oponerse al levantamiento húngaro en 1956. Posteriormente extendió sus expectativas hacia los regímenes nacionalistas burgueses o pequeñoburgueses de los países atrasados, llegando a ser asesor personal del gobierno de Ahmed Ben Bella en Argelia.

El triunfo de la revolución cubana provocaría sin embargo un reordenamiento en el mapa del trotskismo internacional. Tanto la mayor parte del SI pablista como un sector del CI “anti-pablista” coincidieron en una política seguidista del castrismo. Esto favoreció la formación en 1963 del Secretariado Unificado (SU), integrado por las principales secciones del SI junto al SWP, dirigido ahora por Joseph Hansen, y la corriente latinoamericana orientada por Nahuel Moreno. Tanto Pablo como Posadas se opusieron a los términos de la unificación, aunque también se separaron entre ellos como producto del estallido del conflicto chino-soviético: el primero pasó a considerar como progresiva la política soviética mientras que el segundo hacía lo propio con la de los maoístas chinos. El mandelismo y el morenismo siguieron por su parte un curso de aproximación al castrismo durante las décadas de 1960 y 1970.

La Socialist Labour League (SLL), dirigida por Gerry Healy, y la Organisation Communiste Internationaliste (OCI), orientada por Pierre Lambert, mantuvieron el CI hasta fines de la década de 1960. Durante los años 70 vio la luz otra organización internacional opositora al SU: el Comité de Organización por la Reconstrucción de la Cuarta Internacional (CORCI). Se trató de un reagrupamiento trotskista internacional que unió a partidos de origen diverso. Sus secciones más importantes fueron: la OCI francesa (tras su ruptura con la SLL inglesa); el Partido Obrero Revolucionario de Bolivia (POR-Masas, por el nombre de su prensa), fundado en los años 30 y encabezado por Guillermo Lora; la argentina Política Obrera (PO), nacida bajo la dirección de Jorge Altamira en 1964. Estas tres organizaciones se vincularon desde 1969 y en 1972 fueron las principales fundadoras del CORCI, permaneciendo unidas hasta 1978 junto a otros grupos de Europa y América Latina. Dentro del trotskismo, el CORCI se diferenció del SU, liderado por Ernest Mandel, el cual, durante los años 60 y 70, incluyó a la corriente latinoamericana de Nahuel Moreno. También se distinguió de tendencias como el posadismo o la que orientaba Gerry Healy.

En el plano teórico los principales exponentes del SU acabaron por reformular la teoría de la revolución permanente en términos no fácilmente distinguibles de las viejas conceptualizaciones mencheviques o stalinistas. Así, Nahuel Moreno pretendió que con la revolución cubana “hemos descubierto que no solamente la clase obrera puede acaudillar la revolución permanente” (1962: 61). En el caso del mandelismo, la revolución permanente fue redefinida como un proceso de “transcrecimiento” de la revolución democrática en revolución proletaria (Bensaïd, 1985); algunos llegarían posteriormente a adjudicarle esta versión de la teoría al propio Trotsky (Duménil, Löwy et Renault, 2009: 120-121).

Conclusión

Las organizaciones trotskistas han sido poco estudiadas por la historiografía académica. La mayor parte de los trabajos que pueden consultarse consisten en trabajos de militantes o ex militantes preocupados principalmente por registrar sus memorias, o por hacer el balance de las posiciones políticas de las diferentes organizaciones. Durante las últimas dos décadas han aparecido algunos estudios que han contribuido al desarrollo de una historia social y política del trotskismo (Massarino, 2009; Camarero, 2013; Mangiantini, 2014 y 2018; Duarte Pinto Meucci, 2015; Gaido y Valera, 2015; John, 2016; Lauria de Moraes Monteiro, 2016), abordando aspectos menos trabajados como la inserción de las corrientes en el movimiento obrero, sus debates sobre procesos revolucionarios contemporáneos, sus prácticas militantes, etc. Sin embargo, el vacío historiográfico es todavía mucho mayor que los avances realizados y el desafío consiste en superar la etapa de los “estudios de caso” para poder realizar trabajos de síntesis o con una visión más panorámica. En este artículo hemos tratado de hacer una primera aproximación a una visión general y de largo plazo de la historia del trotskismo internacional.

(1) Los pablistas de todos los colores intentaron durante toda la segunda posguerra justificar con el nombre de “entrismo” su disolución política y programática en corrientes nacionalistas, socialdemócratas o stalinistas.

Bibliografía:

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Publicado en Hic Rodus N°18, agosto 2020

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