"Guaidó se fue a Europa, no sé cuándo vendrá"

Escribe Jorge Altamira

La multifacètica crisis polìtica de Venezuela

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Después del entrevero que dejó dos presidentes a cargo de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, el auto-designado ‘presidente encargado’ de Venezuela, salió subrepticia o clandestinamente del país, para iniciar una gira que arrancó en Colombia y sigue en Europa. Sobre Guaidó pesa una interdicción para salir de Venezuela. En Colombia exhibió el apoyo del presidente Duque y por sobre todo de Mike Pompeo, el canciller de Trump. El interrogante ahora es de qué modo volverá a Venezuela, y cuál la respuesta de Maduro si consigue hacerlo. Unilateral o concertada con el gobierno, la escapada de Guaidó tiene las características de una operación política.

La reconfirmación de Guaidó como presidente de la Asamblea es de todo punta de vista irregular, en primer lugar porque el cargo es rotativo. Con este límite, Guaidó sólo podría durar como ‘encargado’ del gobierno de Venezuela durante 365 días, salvo que lograra antes derrocar a Maduro. La votación que lo volvió a elegir tuvo lugar en la sede de un diario, y no pudo ser verificada por nadie. Según se dice, emitieron un voto por correo electrónico o Skype, legisladores que se encuentran en exilio, aunque también quienes lo reemplazaron. En la sede de la Asamblea fue consagrado Luis Parra, del opositor Primero Justicia, con los votos del oficialismo, aunque sin reunir quórum. Bien mirado, no es verdad que existan dos presidentes de la Asamblea, sino más bien ninguno.

Entretanto, sigue reunida una Asamblea Constituyente inocua, porque de un lado admite la coexistencia con otra asamblea de carácter parlamentario, y porque del otro le reconoce a esta última la prerrogativa de dictar leyes estratégicas, por ejemplo, la desnacionalzación del petróleo, e incluso el arreglo del default en el que se encuentra la deuda externa, en especial la de PDVSA. La escapada de Guaidó es un buen recurso para sacar al ‘designado’ de su atolladero y para poner este impasse en cuarentena, o sea dar tiempo para negociar una salida.

El presidente dibujado ha sido reconocido, o más bien promovido, por alrededor de cincuenta gobiernos, obviamente bajo el látigo de Trump. El asunto es que el status investido a Guaidó es reconocido también, como resulta obvio, por el poder judicial de Estados Unidos, a cargo de los litigios de la deuda externa (en default), tanto de Venezuela como de PDVSA. Los directores designados por Guaidó para la refinería y distribuidora de la petrolera estatal que opera en Estados Unidos, Citgo, son admitidos legalmente en los tribunales norteamericanos. Citgo tiene prendado el 51% de sus activos a inversores internacionales, y el otro 50 a Rosneft, la petrolera privada rusa.

La pelea por la Asamblea Nacional tiene que ver con los contratos de petróleo, con Citgo y con la deuda externa – la soberana y la de PDVSA. Maduro hace gala de una autonomía política sin igual, pero bien mirado es rehén de un discutible segundo poder, la Asamblea, cuya mayoría de dos tercios fue ganada por la oposición en las elecciones de 2015.

Hasta mediados del año pasado, Trump se arrogó la intención de imponer una salida mediante un golpe. El fracaso de tentativas diversas mostró que Guaidó no podía reunir las condiciones militares ni populares para ello. El impasse acabó eyectando al halcón de la derecha, John Bolton, secretario de Estado, del gobierno de Trump. Bolton se quiere tomar ahora la revancha con un libro que denuncia la conspiración de Trump contra el gobierno de Ucrania, la causa del juicio político que se está tramitando. No sorprende que Trump haya decidido alterar el rumbo con Venezuela.

Bajo legislación internacional

La deuda externa de Venezuela se encuentra en default, incluyendo la de PDVSA, y Citgo está quebrada, pero no ha sido llevada a los tribunales para su ejecución, debido medidas ejecutivas de protección dictadas por Donald Trump. El reciente lunes 27, volvió a extender la protección a Citgo por otros tres meses, prorrogó el impasse la deuda y también, a pesar de las sanciones vigentes, la licencia a Chevron para operar en Venezuela, en convenio con PDVSA. Es una política en apariencia muy contradictoria, porque Trump ha bloqueado las exportaciones venezolanas de petróleo a EEUU y la importación de diluyentes y productos químicos, por parte de Venezuela, para las operaciones petroleras, y prohibido las transacciones en dólares con el país caribeño. Esto impide una renegociación de la deuda en default, por un lado, al mismo tiempo que priva de ingresos a Venezuela para poder pagarla. La rusa Rosneft se ha convertido en la intermediaria de la venta del petróleo de PDVSA en el mercado internacional (“trader”), pero no sufre sanciones por ello. El Financial Times asegura que todo esto está suscitando una oposición a Trump en Wall Street, que se queja por el intervencionismo estatal.

Maduro quiere recuperar la Asamblea para revertir el nacionalismo inaugurado por Hugo Chávez, que estableció la presencia mayoritaria de PDVSA en los acuerdos de explotación en la cuenca del Orinoco. Chevron, la italiana Eni, Repsol, las petroleras de China e India, y por supuesto Rosneft, están haciendo lobby a favor de contratos con mayoría privada y control de operaciones. (Guaidó no fue recibido por Pedro Sánchez en España, a pesar de que está reconocido como ‘presidente encargado’, atendiendo a las negociaciones de Repsol con el gobierno venezolano.) En Venezuela siguen operando las dos grandes firmas de servicios tecnológicos para la industria petrolera –Halliburton y Schlumberger. Los acreedores quieren recuperar sus acreencias, de alrededor de u$s150 mil millones u$s60 mil millones con acreedores privados, u$s 30 mil con Cnina, y el resto con Rusia y otros estados, además de los contratistas privados.

La imposición del opositor Parra como presidente de la Asamblea no es aceptada por los actores internacionales, ni tampoco otorga un funcionamiento mayoritario al organismo. Maduro ha ofrecido adelantar las elecciones de renovación parlamentaria y una supervisión internacional. El planteo pone en evidencia el interés en una negociación difícil, porque pone en juego el futuro del gobierno. Deberá desarrollarse en medio de la campaña electoral norteamericana, sin que se sepa de antemano si a Trump le convendrá, para ganar votos, acercar posiciones o dar vía libre a la ejecución de activos de Venezuela y a un boicot internacional de mayor alcance, e incluso provocaciones militares.

De Chávez a Maduro

Maduro enfrenta esta crisis, no con posiciones antiimperialistas, sino pro-imperialistas. Busca un ancla internacional para revertir el limitado nacionalismo de principios de gobierno de Chávez, para entregar la mayor cuenca petrolera del mundo, al capital extranjero – sin hablar de las concesiones en el Arco Minero, rico en sus variedades. El 55% de las transacciones comerciales y financieras en Venezuela se realiza, en la actualidad, por medio de dólares – incluso un porcentaje elevado de la compra de alimentos. Maduro acaba de saludar esta dolarización forzada, como un instrumento positivo para reactivar la economía. El abandono de la moneda propia significa la pérdida de un financiamiento autónomo del Estado, y por lo tanto la inevitabilidad del ajuste. Los dólares circulan entre las clases alta de la población; la gran masa popular sigue recibiendo bolívares sin valor y tarjetas de alimentación. La dolarización supone una economía con fuertes ingresos por exportación de combustibles y minerales, que han de pasar a manos privadas y extranjeras.

Defender a Venezuela contra el embargo del imperialismo, ni qué decir de un ataque exterior, no significa que el gobierno sea revolucionario, como tampoco lo era Galtieri durante la guerra de Malvinas. El desarrollo de una oposición obrera y socialista significa ofrecer una salida para los trabajadores, contra la salida anti-obrera que pergeña el chavismo residual. El seguidismo al gobierno equivale a una complicidad con la entrega y el hambre. Es necesario separar políticamente a la clase obrera del chavismo, por supuesto, pero para ello hay que luchar para derrotar la estatización del movimiento obrero. Ninguna de las negociaciones y transas que se clarifican y denuncian en este artículo, han sido puestas a debate por el gobierno. Quiere dominar la Asamblea Nacional para legalizar la entrega, no para que se convierta en órgano soberano de las masas.

América Latina y el chavismo

El chavismo se colocó, en su momento, a la vanguardia de la lucha por la Patria Grande, dentro de los límites del capitalismo y de las alianzas con las burguesías nacionales. En el desarrollo actual de situaciones revolucionarias en América Latina, en ningún caso dirigidas por el nacionalismo del tipo que sea, el chavismo ha pasado a ocupar la retaguardia, porque necesita un acuerdo con el capital extranjero a costa de los intereses de las masas.

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