Despedida a Alicia García

Escribe Sebastián Ramírez

Tiempo de lectura: 6 minutos

El sábado 06/03/2021, en la ciudad de Buenos Aires, partía nuestra compañera Alicia García. Docente de Letras, gran activista y luchadora de nuestro Partido Obrero, hoy Tendencia, de la ciudad de Bernardo de Irigoyen de la provincia de Misiones. A continuación reproducimos la emotiva despedida, que le dedicó su amigo entrañable y compañero de Universidad, Sebastián Ramírez.

Ale Nolz

Murió Alicia.

Ali, la maga, la negra, la profe, como era reconocida entre sus afectos, abandonó este mundo, al que mientras su salud se lo permitió intento transformar. Una enfermedad malvada la acompañó desde su nacimiento y otra intentó sacarle ventajas desde su adolescencia. Convivió con ellas y batalló en su contra hasta el día de ayer, cuando su corazón dijo basta.

La conocí a comienzos de 2009, en los pasillos de la Facultad de Humanidades, posiblemente en alguna asamblea. Nunca tuvimos precisiones al respecto. Su enorme compromiso social nos unió para siempre. En alguna de esas charlas en las que nuestros sueños de por entonces se hacían presente, un día nos propusimos suplir la vacancia de un espacio para promover el pensamiento crítico dentro de la carrera de Historia y decidimos construirla nosotros mismos. Se llamó “Engranaje”, en homenaje al guion cinematográfico convertido en libro por Jean Paul Sartre. Texto que Alicia había leído hacía un tiempo, pues a sus 18 años ya era una lectora indómita. Aquella fue su primera experiencia militante y siempre la recordamos con mucho cariño, aunque sin dejar la autocrítica hacia nuestras acciones y el escaso desarrollo político que tuvo.

La última decisión que tomó colectivamente esa organización, fue que Alicia y yo viviéramos juntos, por seguridad. Es posible que haya sido la única decisión de la que no nos arrepentimos nunca. Nuestra convivencia fue maravillosa y puedo decir, sin temor a equivocarme, que conocí en primera persona la intimidad de una mujer capaz de dejar de lado sus quehaceres para acompañar a quienes más lo necesitaban. Los demás siempre estuvieron primero que ella y posiblemente eso haya sido un grave error.

Después de ese año, dejó Posadas. Necesitaba estar cerca de su familia para enfrentar esa enfermedad que le seguía los pasos. Regresó a su Irigoyen natal donde tomó la decisión de formarse en el profesorado en Letras. Lo hizo en la ciudad de Eldorado y logró unir sus dos pasiones, la lectura y la educación. En cualquier discusión, Alicia sacaba a relucir su capacidad de explicar un problema a través de la trama de un libro y terminar el argumento con una prosa poética. Aprender con ella era hermoso, sencillamente porque amaba lo que hacía.

Entre tantas lecturas, un día descubrió a Marx. Desde entonces tomo partido por aquella vieja máxima enunciada en “El Manifiesto”, acerca de que la historia de toda la humanidad se basa en la lucha de los explotados contra sus explotadores. Así comprendió en toda su dimensión el proceso de lucha de clases, esa conclusión la llevó a abrazar las banderas del marxismo revolucionario y a tomar posición por el trotskismo e involucrarse con las causas más sentidas del pueblo trabajador del norte de Misiones.

Siempre al lado de su gente, desarrolló y organizó la lucha por la construcción de una escuela para niños/as discapacitados/as en Irigoyen y por la puesta en funcionamiento de una biblioteca -que dicho sea de paso y en un acto de justicia histórica debería llevar su nombre-: “Necesitamos un espacio para que los niños y los jóvenes de las picadas tengan un lugar donde aprender a leer y a escribir”, me supo decir en más de una oportunidad; enojada con ella misma por la falta de tiempo y recursos para llevarlo a cabo.

Durante el 2020, en medio de la pandemia, acompañamos a los pequeños productores de Pozo Azul en la lucha por la defensa de sus tierras; proceso en el que terminó involucrándose luego de acompañar mi trabajo, para que pueda terminar mis estudios de posgrado. Lo hizo con el mismo compromiso militante con el que encaraba todos sus proyectos, no solo poniendo el cuerpo en asambleas y movilizaciones, sino también, en este caso, corrigiendo mis desarrollos analíticos, criticándolos con vehemencia y recordándome siempre que la disputa por la conciencia social es tan importante como la lucha práctica.

La última vez que nos vimos fue en octubre de 2020, en un café de Posadas. Nos reunimos a trabajar sobre un borrador escrito en “portuñol”, por los productores, que ella misma se encargó de traer. En esa oportunidad me dijo: “vos no te das una idea de lo que nos necesitan, Seba, vos tenés que estar allá conmigo. Necesitan que les ayudemos. Por eso estuve hablando y vamos a conformar brigadas para alfabetizar a las mujeres y a los más jóvenes”.

Alicia fue una compañera convencida de que la educación de las masas era un arma fundamental para cambiarlo todo. Su voluntad militante fue tan grande que luchó codo a codo con las mujeres de su clase, hizo todo lo que estuvo a su alcance por organizarlas a favor de la legalización del aborto y en contra de la violencia patriarcal. Discutía con sus colegas docentes a diario, para sumarlos a luchar por mejorar sus condiciones salariales. Visitaba a jóvenes en sus casas, fuera de su horario de trabajo, para que estos reconozcan sus derechos y no dejen de ir a la escuela, y conversaba con obreros y obreras, sean estos rurales o urbanos, para explicarles que la única manera de garantizar sus condiciones de vida era organizarse contra los patrones y la burocracia sindical detrás de un programa clasista, siempre sin pedir nada a cambio.

Alicia no quiso vivir entre algodones, por eso rechazo de plano cualquier ofrecimiento de los partidos del régimen que intentaron en más de un oportunidad comprar con dinero su dignidad, que fue todo o nada. Por eso la lloran familiares, amigas y amigos; los docentes que supo organizar y los trabajadores y productores que acompañó siempre. Con todos ellos compartió hasta lo que no tenía y es justo que la recuerden como una gran compañera, una amiga, una mujer inclaudicable en sus ideas y una luchadora incansable.

Yo también lo hago. También la recuerdo así y lloro amargamente porque su ausencia deja un vacío enorme en el corazón del pueblo trabajador del norte misionero. Lloro la partida de Alicia, porque ya no tendré con quien discutir de política hasta entrada la madrugada o con quien estudiar “El Capital” e intercambiar mensajes maratónicos para intentar explicar antiguos debates acerca de su origen histórico.

A su recuerdo me unirá para siempre la dicha de haber transitado esta vida como quisimos hacerlo, a puro rocanroll y con una inmensa admiración hacia la labor del otro. Con un odio de clase hacia el enemigo, que a ella le salía por los poros y que supo traducir en grandes acciones de amor hacia la gente que defendió. Pero sobre todo, nos une el pleno convencimiento de que es posible vivir de otra manera y que vale la pena luchar para conseguirlo.

Ayer el corazón de mi compañera dejó de latir. Me queda la satisfacción de todo lo que hicimos juntos y de aquello que quisimos y no pudimos construir. Aunque hubiéramos estado en desacuerdo, ella siempre puso nuestra amistad por sobre todo lo demás y estuvo conmigo, en las buenas y en las malas. En su último mensaje me confesó: “Seba tengo mucho miedo a no salir de esta”. Era el miedo de los valientes, ese fragor que nos lleva a la lucha con la alegría de luchar hasta el final; y así lo hizo, porque amaba la vida.

Ayer, la voz de Alicia se apagó para siempre, pero su coherencia y su ejemplo se quedan conmigo. Me entristece su muerte porque no voy a volver a ver sus ojos encendidos ni oírla ahogarse con una risa; pero a su vez me siento muy feliz de haberla conocido y haber formado parte de su tránsito por estos lares. Yo me quedo y me toca rendirle honores a una luchadora. Lo hago con el ánimo destrozado por el dolor y con el puño izquierdo apretado, como en las jornadas más gloriosas en la que nuestra clase fue capaz de sacrificarse para mostrar de lo que somos capaces.

Te fuiste sabiendo todo lo que necesité decirte y no me quedan deudas con vos. Prometo intentarlo todas las veces que sean necesario hasta que un día logremos cambiar este mundo. La historia nos pertenece y vamos a triunfar, a pesar de todo.

Descansa en paz, amiga

Voy extrañarte mucho.

¡Hasta la victoria, Siempre!

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