La OTAN va a la guerra

Escribe Jorge Altamira

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Los diarios del martes 18 de enero vinieron con una noticia sorprendente – que Suecia teme un ataque militar de Rusia. Ante la eventualidad, ha movilizado tropas y equipo militar a la Isla de Gotland, frente a Polonia, Letonia, Lituania y Rusia. La plataforma marítima en cuestión se encuentra a pocos kilómetros de donde pasa el gasoducto Nordstream2, que espera la autorización de autoridades germanas para llevar gas natural a Alemania y Europa. Siempre cauta, Finlandia, según la misma información, delibera acerca de pedir el ingreso a la OTAN, en prevención de una agresión de su vecino oriental. Letonia, más práctica, ha reforzado, con el mismo argumento, la presencia militar norteamericana en su territorio. Si todo esto fuera cierto, Putin estaría organizando la mayor campaña militar de la historia – la ocupación, por etapas, de Europa. De hecho, está ocurriendo lo contrario: el mayor despliegue militar de la OTAN en las fronteras de Rusia desde siempre. En los últimos días, la OTAN ha denunciado que Putin está organizando operaciones de sabotaje contra el territorio del este de Ucrania, bajo su control, para justificar una acción militar. Esas operaciones de sabotaje e incluso la organización de guerrillas son, sin embargo, las medidas que anunció la propia OTAN para resistir una invasión de Rusia.

Las intenciones de la OTAN son conocidas: tender un cerco a Rusia, que se extienda de Europa oriental hasta el Cáucaso y Asia Central. Esto es oficial, figura en los cuadernos del estado mayor de la OTAN. Biden ha declarado repetidamente que la integración de Ucrania a la OTAN no es negociable, como tampoco lo sería la de cualquier país de la periferia de Rusia. Turquía, un miembro de la OTAN, ha expuesto sus propias aspiraciones en este marco, como demostró recientemente al armar a Azerbaiján, un ex república soviética musulmana, contra Armenia, también ex soviética, de filiación cristiana. El objetivo estratégico de la OTAN es abrir el territorio ruso al capital financiero internacional. Se integra con el propósito de aislar geopolíticamente a China y reforzar de este modo la disputa contra el régimen político chino. Sin embargo, la OTAN encara esta tarea desde el retroceso histórico sistemático de su estado líder, Estados Unidos, o sea el imperialismo norteamericano. Por otra parte, la colonización del espacio ruso llevaría a una disputa de su mercado y su territorio entre los propios socios de la OTAN.

Putin ha buscado llegar a un compromiso que la OTAN rechaza, que en síntesis significa un status de neutralidad de sus vecinos, en el marco de un tratado de seguridad con toda Europa. Para el imperialismo mundial, semejante acuerdo significaría cancelar todas las ventajas geopolíticas conseguidas con la disolución de la Unión Soviética. Biden, e incluso parte del gabinete de Alemania, exige la desactivación del gasoducto Nordstream 2, que ataría a Rusia y Alemania a proyectos económicos comunes. El destino del gasoducto se ha convertido en un objetivo de guerra, que acompaña el propósito de convertir a Ucrania en una base de la OTAN. Serviría a los intereses que desarrollan el gas licuado no convencional norteamericano, que podrían ingresar a Europa en sustitución del fluido ruso. Abre la posibilidad, por sobre todo, de traer el gas de Asia Central a Europa por medio de Turquía y el mar Caspio – el flanco asiático de Rusia. Esta posibilidad explica el envío de tropas rusas a Kazajistán para reprimir la rebelión popular reciente.

Putin carece de una alternativa estratégica de la OTAN, porque es obvio que no hay espacio para un capitalismo de oligarcas “en un solo país”. El propósito de proteger a Rusia mediante “un cordón sanitario” significa el sometimiento de la periferia rusa al atraso y al despotismo. China ha señalado en forma pública que no tiene intención de cerrarse en sus fronteras, luego de haber alcanzado la condición de primera exportadora internacional. La burocracia gobernante tiene un único temor, la rebelión de la clase obrera y del campesinado. China es el país más desigual, socialmente, del planeta, y tiene al proletariado más numeroso. En las entrañas de todo este proceso de guerras y crisis humanitarias se desarrolla la necesidad y la perspectiva de la revolución socialista internacional.

Una guerra en Ucrania tendría efectos devastadores sobre la economía mundial, en medio de una crisis pandémica, una crisis migratoria y un empobrecimiento masivo. Es claro que un compromiso de último momento sólo serviría para postergar esa guerra. En la OTAN, por otro lado, se ha profundizado una crisis que viene de lejos, relacionada con la autonomía de la Unión Europea respecto de Estados Unidos. Los últimos llegados a la UE, los países del este y de la ex federación yugoslava operan como satélites de Estados Unidos en la disputa de intereses con Francia y Alemania. La prensa alemana ha lanzado, en los últimos días, una demencial campaña contra cualquier acuerdo con Rusia, que responde a la resistencia del gobierno alemán, en especial bajo la ex primera ministra, Ángela Merkel, a seguir la política norteamericana.

La restauración capitalista en la ex URSS y en China han acentuado las tendencias a las guerras imperialistas – lo contrario de lo que pronosticaron los apóstoles de la globalización capitalista. Esto ocurre cuando colapsa del sistema sanitario mundial y se multiplican contagios y muertes para "salvar" a la "actividad económica" y el capital. Ocurre también cuando se perfila la tendencia a una nueva crisis financiera internacional, con el derrumbe de los títulos públicos de los países avanzados. El Banco Mundial tiene una lista de 72 países que se preparan para anunciar el default.