Pandemia coronavirus: cómo enfrentamos la catástrofe en ciernes

Escribe Lucía Siola

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La expansión del Coronavirus ha trastocado sin lugar a dudas la vida de todo el planeta, generando una crisis social y económica sin precedentes en el capitalismo contemporáneo. Muchos expertos del campo de la biología y la medicina hacen referencia a que el virus por su virulencia y su alto grado de contagio, presenta altas tasas de morbilidad (en personas mayores a 65 años y pacientes con otras patologías previas), y ubican para nuestro país el último antecedente de una epidemia de estas características en 1918 con la expansión de la gripe española. De alguna forma, la situación que viven España e Italia con centenares de muertos por día y miles contagiados, confirman el potencial de catástrofe para América Latina.

En el continente, nuestro país lidera la tasa de contagio per cápita en América Latina a pesar de que una gran parte de la población se encuentra en cuarentena hace 10 días. El gobierno multicolor fiel representante del empresariado y los terratenientes es contrario a que se paralice la producción, y se niega a garantizar los ingresos a decenas de personas que viven al día y que necesitan por tanto trabajar, arriesgando así la vida de miles de trabajadores al contagio. La política del gobierno frente a la pandemia es de absoluta desidia y desprecio por la vida de la población trabajadora. El método que han utilizado es el de la más completa improvisación, más preocupados por no aumentar el déficit fiscal y desenvolver el ajuste que por frenar la expansión del virus, como lo muestra el aumento de tarifas vigente. En oposición a esta orientación, se ha colocado en el debate público la necesidad de la cuarentena obligatoria, impulsada por el Sindicato Médico, respaldada por el Frente Amplio en la figura de Tabaré Vázquez y acicateada por la indignación que generó en el país la actitud de la empresaria de la moda Carmela Hontou que prácticamente se dedicó a esparcir el virus por toda la capital.

De este modo, los partidos del régimen han colocado el eje de discusión para la resolución de la pandemia en la efectividad de la cuarentena para bajar la curva de contagio. Generando una especie de histeria colectiva que señala, responsabiliza y pide mano dura contra la población “egoísta, irresponsable e individualista que desoye las normas de quedarse en casa y sale a pasear”. Ninguno quiere hacerse responsable de la realidad que ha desnudado la pandemia, los miles de trabajadoras precarizados, cuentapropistas y que viven al día, en viviendas precarias, en los barrios pobres de Montevideo y de todo el país, a los que ahora se le suman los despedidos y los más de 50 mil envíos al seguro de paro. Tampoco quieren hacerse responsables de las condiciones de precariedad en la que se encuentra la salud pública y la falta de inversión a la que la han sometido durante décadas en beneficio del lucro privado.

Tiene que quedar bien claro, ninguna cuarentena general es posible si el Estado no garantiza las condiciones mínimas de subsistencia de los trabajadores. La cuarentena no tiene ninguna utilidad, si junto a ella no se realiza una fuerte inversión en la salud pública, en la compra de insumos, camas e instrumentos necesarios para la prevención y atención, al mismo tiempo que se centralizan los recursos disponibles para hacer frente a la pandemia. En este sentido un punto clave para frenar la pandemia, lo constituye la utilización masiva de test para identificar quiénes están infectados antes de que presenten síntomas y así proceder al aislamiento.

¿Cómo enfrentamos la catástrofe que nos amenaza? Tres palabras: control, planificación y centralización. Para evitar ir por el mismo derrotero que los países europeos, es necesario re organizar la economía. Se requiere centralizar los recursos y redirigirlos. La primer medida es la moratoria o no pago de la deuda interna y externa, lo que liberará recursos para una política económica que no esté subordinada a los superávits financiero y reservas internacionales. La segunda es terminar con los subsidios e incrementar los impuestos a los grandes capitalistas que tienen mucha “espalda”. La tercera es garantizar el control del mercado de capitales, el comercio exterior y nacionalizar la banca. Cuarta: hacer uso de las reservas del Banco Central (7000 mil millones dólares de libre disponibilidad).

El objetivo de estas medidas es centralizar recursos de la sociedad para la construcción inmediata de hospitales, compra de los kits de prueba del coronavirus para realizar test masivos; garantizar un subsidio (o renta) a los trabajadores y pequeños comerciantes golpeados por la crisis, y otorgar los recursos necesarios para la distribución de insumos de desinfección y prevención. Esta política debe ir acompañada por la centralización de la salud pública y privada para ponerla bajo la dirección del estado con control de los trabajadores y el impulso de un programa que contemple la jornada de seis horas en la salud, contratación de enfermeras, médicos y técnicos para cubrir los nuevos turnos de trabajo. Para proteger a los trabajadores: prohibir los despidos y un seguro de paro que cubra el 100% del salario.
La pandemia ha dejado en evidencia quienes son el verdadero motor de la economía y los verdaderos productores de bienes y servicios; los trabajadores y las trabajadoras. En este sentido, debemos ser claros, de esta catástrofe sin precedentes sólo se saldrá positivamente de la mano de la acción colectiva y planificada de la clase obrera, que es la única capaz de organizar a la sociedad priorizando la defensa de la vida.

*Artículo publicado en el Semanario Voces, 26/03/2020. Lucía Siola es dirigente del Partido de los Trabajadores (Uruguay.

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