Maniobras y desplazamientos, en medio de una crisis terminal

Escribe Marcelo Ramal

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La deuda renegociada por Fernández-Guzmán en 2020, con un valor nominal de 80.000 millones de dólares, cotiza hoy en el mercado a la quinta parte de ese valor. Ese derrumbe se extiende, naturalmente, a los títulos emitidos en pesos, liquidando el principal medio de financiamiento del Estado pergeñado por Guzmán y aprobado también por el FMI. El gobierno está “sosteniendo” malamente la cotización de esa deuda apelando al Banco Central, el cual emite pesos y engrosa su deuda con los bancos que absorben esa emisión. La corrida contra los títulos de deuda, en este cuadro, amenaza con convertirse en una corrida bancaria. Pero la crisis de financiamiento ha traspasado el mundo de los bancos y amenaza con una paralización productiva, por la falta de gas oil. El gobierno no puede garantizar el requisito elemental de un movimiento económico, que es la circulación de mercancías a lo largo del país. La guerra mundial, y el colapso alimentario y energético que conlleva, ha terminado de liquidar las posibilidades de sobrevivencia de la coalición gobernante.

Comentaristas de diferente laya coinciden en afirmar que semejante colapso reviste un carácter “político”. Con ello, simplemente confiesan que el régimen político ha ingresado en una cuenta regresiva, sin que ninguno de ellos se anime a esbozar aún una salida. Es lo que ocurre también en el corazón del Estado y del gobierno, en la búsqueda de un nuevo eje de poder político y un nuevo gabinete. Catorce gobernadores pejotistas se reunieron para reconstituir su “Liga”, incluyendo entre ellos al cristinista Kicillof –pero sin conseguir sumar todavía al santafecino Perotti y al cordobés Schiaretti. Los diarios informan, mientras tanto, que el llamado “albertismo” ha quedado reducido a un círculo de amigos y al ministro Guzmán. Los ministros que se alineaban con el presidente pasaron a responder a Cristina Kirchner, la cual también movió sus fichas: por un lado, desató una escalada verbal contra los movimientos sociales, que sirvió de punta de lanza para una posterior escalada judicial. El kirchnerismo, así, armó su propio “lawfare”, pero contra un viejo enemigo del matrimonio K –el movimiento piquetero. La vice, además, escuchó el programa económico del macrista Melconian y recibió al ala de la CGT que no responde a ella, en la persona del (¿ex?) albertista Héctor Daer. Los hilos de un golpe político se están tejiendo a la vista del país entero, con Cristina Kirchner como principal titiritera. El blanco de este fragote es la salida del gabinete de Martín Guzmán. Pero esa remoción implicaría un tiro por elevación a Alberto Fernández, el cual quedaría reducido a un papel decorativo hasta 2023. Está en discusión la formación de un nuevo gobierno, con CFK en las bambalinas.

Contradicciones

La operación en curso buscaría presentar a una parte del elenco de la coalición de gobierno con iniciativa -la famosa “lapicera”-, y sobre esa base, recrear la confianza del gran capital y los acreedores de la deuda. Pero el límite insuperable de los conspiradores es que no tienen en la mano ninguna carta sustancialmente diferente a la que ofrecen Fernández-Guzmán. Lo demuestra la propuesta “cristinista” del racionamiento de importaciones, que el gabinete actual, con Scioli a la cabeza, comienza a poner en marcha, con la oposición de la Unión Industrial. Es incierto que un nuevo gabinete consiga, por ejemplo, que la gran burguesía financie las importaciones de materias primas con sus propios recursos, algo que ya le rechazaron a Guzmán y Scioli. Un gobierno de recambio podría intentar también una “rediscusión” con el FMI, aunque un barajar y dar de nuevo podría implicarle a los recién llegados nuevos compromisos de ajuste. Por lo pronto, el Fondo acaba de advertirle al gobierno contra los aumentos "no previstos" de salarios y jubilaciones. El FMI no objeta la inflación galopante, siempre y cuando contribuya a licuar los gastos salariales y sociales del Estado. Al calor de todas estas contradicciones, los conspiradores no han encontrado aún un ministro y un jefe de gabinete, o sea, un programa económico.

Mientras tanto, Guzmán apuesta a "pasar el invierno", o sea, la penuria energética, y sostenerse en el cargo. Le ha jurado a los banqueros nacionales y extranjeros que sostendrá los títulos en pesos a como dé lugar. El gobierno, en suma, se encuentra librado a la suerte de una junta de especuladores de deuda. Después de la crisis de gabinete post PASO, y de la salida de Kulfas, una crisis de gabinete sería un recurso extremo para evitar un adelantamiento electoral general. Las provincias, en cualquier caso, ya están pergeñando sus propios adelantamientos.

Operación contra la clase obrera

Por sobre todas las cosas, el relevo político que se está cocinando es una maniobra contra los trabajadores, en un escenario signado por la carestía galopante, la erosión de los salarios y la perspectiva de un nuevo parate económico, que termine frenando las únicas incorporaciones de empleo que tienen lugar –las del trabajo precario. A nadie escapa que un relevo de Guzmán sería presentado como la "salida del ministro del FMI", y por lo tanto, un paso "para voltear el ajuste". En nombre de esa salida, el nuevo gabinete se aseguraría la venia de los Grabois, Yasky y Pablo Moyano, pero también de los Daer, que están en pleno pasaje al “campo” pejotista-cristinista. El soporte sindical y “social” es necesario para hacer correr una “lapicera” que va por la desindexación de salarios y jubilaciones, en medio de una aceleración inflacionaria y devaluatoria; por la conversión de los planes sociales en trabajo precario de los municipios o, sencillamente, su eliminación. A partir de acá, es muy claro que toda iniciativa de lucha o movilización debe denunciar sin ambigüedades a la operación política que pilotea CFK, como una tentativa de reagrupar a los explotadores frente a una crisis cada vez más aguda y, a la vez, bloquear una intervención propia de los explotados. A los ajustadores de hoy, y a los que se preparan para relevarlos en nombre de banderas “nacionales y populares”, hay que oponerles otra perspectiva de poder, la del gobierno de trabajadores. Con esa orientación, trabajamos por congresos obreros de ocupados y desocupados, y por la perspectiva de la huelga general.

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