El crimen de Nicolás: un crimen social

Escribe Patricia Urones

Un caso testigo de adolescencias marginadas.

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El lunes 10, por la tarde, en un descampado del barrio Martín Fierro, localidad de Mariano Acosta, un papá y su hijo se encontraron con el cuerpo calcinado de Nicolás Alexander Cernadas, un adolescente de tan solo 13 años. Nicolás habría sido llevado hasta ese lugar por otros dos adolescentes, agredido con un arma blanca y luego arrojado al fuego. Uno de los presuntos autores del hecho, de 14 años, fue entregado por su madre en la comisaría, mientras que el otro, de 17, fue detenido por la policía. El caso, es investigado por la Fiscalía de Responsabilidad Penal Juvenil 2 de Morón, a cargo de Aldana Zingg.

La prensa de la burguesía aborda el problema reclamando a coro "bajar la edad de imputabilidad". En cambio, el poder judicial pretende explicar está barbarie por presuntas motivaciones de los autores en el “odio” hacia la víctima y el “placer” que les causaría su asesinato.

Pero detrás de la historia de Nicolás se encuentra una trayectoria cada vez más corriente entre los adolescentes de los barrios periféricos del conurbano bonaerense. Nicolás tenía 9 hermanos. Todos separados de su madre, que sufría una enfermedad psiquiátrica. El Tribunal de Menores de San Isidro otorgó la tutela a su tío. Al momento del asesinato, el adolescente alternaba entre la casa de la abuela de un amigo y la casa de su tutor. El cuerpo fue encontrado de casualidad, no producto de una búsqueda, a pesar de que Nicolás se había ausentado desde hacía tres días de su casa.

Esta dinámica nómade, en la cual la ausencia de la autoridad de un adulto es un paisaje corriente entre los adolescentes marginados, se encuentra registrada perfectamente en las actas de los gabinetes escolares y las estructuras estatales encargadas del seguimiento de niños y adolescentes judicializados: según su tío, Nicolás fue asistido por “cuanto psicólogo y psicopedagogo se puedan imaginar” y visitó miles de veces a la Secretaría de la Niñez (tn.com, 13/10). Bajo ninguna circunstancia podríamos decir que el Estado haya estado “ausente”.

Lo que en realidad explica tanto el grado de vulnerabilidad de la víctima como la barbarie de los agresores es una profunda crisis social que ha hecho implosionar la institución familiar. La pobreza ha devenido en miseria. Familias enteras sufren el hambre. La falta del sustento más elemental deviene en la desmoralización de mamá y papá, en alcoholismo, drogas, violencia y trastornos psíquicos. Una dirección familiar desmoralizada y una familia sin sustento son incapaces de funcionar como institución cohesionadora, todo lo contrario. Este es el proceso que se cocina en la unidad más pequeña del régimen social capitalista y que empuja a niños y adolescentes a la calle. En esta situación, los lazos y vínculos generados por estos últimos son de una inestabilidad e insania mayúsculas.

A 40 km del descampado donde fue hallado el cuerpo de Nicolás, en el Ministerio de Desarrollo Social, mientras tanto, un funcionario rechazaba el reclamo de apertura de nuevos subsidios a los desocupados, a aumentar los subsidios existentes y a regularizar y mejorar el envío de partidas de alimentos para los comedores barriales. El funcionario del ministerio les respondió a los trabajadores desocupados que allí peticionaron, entre ellos compañeros del barrio Martín Fierro, que no se otorgarían más planes y alimentos porque “la desocupación estaba bajando”.

El caso de Nicolás, y de sus presuntos asesinos, podría ser perfectamente tomado como resultado de una acción delictiva sistemática del capitalismo, que arroja a la miseria y la marginalidad perpetua a enormes contingentes de adolescentes, a los que luego aplica el código penal. El Estado, que archiva registros enteros de adolescencias y niñeces fallidas, es incapaz de dar salida a esta crisis social porque es un estado de clase, que prioriza subsidios al capital financiero, minero y agrario mientras empuja a la barbarie a masas enteras de trabajadores.

Al régimen asesino del capital y su Estado debemos oponer una enérgica organización en los barrios que luche por el trabajo genuino, la obra pública y la urbanización de los barrios populares, contra la barbarie y la miseria, por la vida.

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