Un Congreso “presencial” o “a distancia”: el disfraz de una crisis política

Escribe Jorge Altamira

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Cuando los partidos de la clase capitalista se trenzan en una lucha de principios, los trabajadores deben cuidar el bolsillo. Es lo que ocurre ahora con la pelea acerca de si el Congreso debe funcionar en forma presencial o telemática.

El decreto que determinó el “aislamiento social preventivo y obligatorio”, Aspo, una suerte de ‘Paso’ pandémico, excluye de su cumplimiento a los funcionarios electos. Alberto Fernández se cuidó de no tocar los recaudos democráticos mínimos, esto para mejor gobernar por medio de decretos de necesidad y urgencia, que deben ser supervisados por comisiones legislativas y aprobados, cuando sus efectos ya no permiten vuelta atrás, por el mismísimo Congreso.

Desde entonces, algunas comisiones parlamentarias se reunieron, otras nunca, pero el Congreso tampoco, a pesar de la vigencia del período ordinario de sesiones. Hasta que Alberto F. dijo que el Ejecutivo no tenía competencia constitucional para legislar sobre impuestos, en referencia al que proyecta gravar ‘a los ricos’. Más allá de la cuestionada capacidad recaudatoria de este impuesto de autoría kirchnerista, el proyecto de ley, que aún no ha hecho conocer, pisaba los callos de al menos un ala de la oposición macrista y hasta podía ser interpretado como un intento de ahondar su división. Los grandes grupos económicos se tiraron de cabeza contra esta tentativa, a la cual acusaron de duplicar y triplicar el gravamen sobre un mismo bien, y reforzaron el reclamo de que en lugar de subir impuestos había que bajarlos, sin el menor agradecimiento al gobierno ‘nacional y popular’ por la nueva reducción de aportes patronales a la previsión social. Para hacer más atractiva la riña, CFK subió sus apuestas, y reclama la derogación de la medida, dictada por el gobierno macrista, que permite el ajuste de los balances por inflación, de modo de aumentar el monto nominal de ganancias sobre las cuales las compañías deben tributar ganancias.

El entrevero impositivo no es, sin embargo, el litigio más conflictivo. Luego de cuarenta días la cuarentena no solamente ha perdido su nombre. Ha dejado a la vista una crisis financiera y económica descomunal. Desplome del Producto, derrumbe de salarios, despidos y suspensiones, más empobrecimiento y hambre, un déficit fiscal fuera de control y la devaluación del peso. Las grandes patronales han lanzado una campaña para “reabrir la economía”, sin que importe para el caso que ello derribe en forma definitiva el control de la evolución de la epidemia.

A esto se suma el desenlace de la cuestión de la deuda, que es un asunto sin salida. Porque Argentina no obtendrá financiamiento internacional si acepta las condiciones de los acreedores, ni tampoco si estos se avienen a reducir alguna apetencia, esto porque la condición fundamental de cualquier acuerdo es que Argentina se avenga, como garantía, a un plan de ajuste del FMI. Es también lo que reclama el mismo FMI, que opera en la trastienda, para renegociar lo que le debe Argentina o incluso ofrecer un préstamo adicional. La deuda de Argentina es de u$s400 mil millones redondos, una vez que se incluyen las deudas de provincias y de diversos bancos estatales y el Banco Central. Argentina es insolvente.

La liquidación de la cuarentena, en primer lugar; la pelea por impuesto ‘a los ricos’; la eliminación del ajuste de ganancias por inflación; los despidos, suspensiones y rebaja de salarios, o sea la reforma laboral en caliente; han salido a la superficie como la gran agenda de lucha de clases y de crisis política, que operan como telón de fondo de la reapertura del pleno del Congreso, y si debe ser presencial o telemática. No están en juego principios sino intereses en conflicto agudo, que cuando superen la capacidad de arbitraje de la actual coalición de gobierno, comprometen su continuidad. La coalición actual está compuesta por los gobernadores y cargos ejecutivos, oficialistas y opositores, que han bancado hasta aquí la cuarentena de los Fernández.

De aquí adviene la controversia acerca de la sesión – si telemática o presencial. ¿Cuál de las dos permite un control mayor de las sesiones, por parte de las jefaturas parlamentarias? No es seguro que la telemática sea la más ‘conservadora’ y la presencial la más ‘incendiaria’, salvo que se vede el acceso al público al tele-parlamento. La cuarentena y el derrumbe capitalista han derivado en una crisis política de la mayor pureza. No hay una pugna entre principios democráticos, sino por el poder, cuando faltan cuatro años para las elecciones generales. Lo que huele a tufillo golpista. Dependiendo de las fuerzas relativas que cada sector reúna en el desarrollo de esta crisis, la etapa que se abre podrá conocer distintas combinaciones políticas de gobierno. Un factor de conjunto que condiciona a esta crisis es la crisis política internacional, en especial la Estados Unidos. Todo el mundo percibe que Trump intenta aprovechar esta situación, mientas pueda, para poner al frente de los gobiernos de América Latina a sus agentes directos.

La deliberación del parlamento en forma presencial es, por cierto, no ya la más democrática sino la única que puede reclamar esta institución decrépita de punteros y arribistas. A la luz de los intereses políticos que enfrenta la crisis, esta forma de ver el escenario, presencial o telemática, ‘transparente’ o menos es, sin embargo, abstracta. A la clase obrera, que enfrenta una tragedia social, no le aporta nada. Los trabajadores deben conquistar una posición política propia en este escenario. Esto solamente puede ocurrir por medio de la lucha – de la lucha por una salida propia a la bancarrota capitalista. La crisis sanitaria aparece cada vez más como lo que es – una lucha de clases. El capital solamente puede manejar la crisis sanitaria propinando daños enormes a los explotados. El antagonismo entre las necesidades sanitarias del pueblo, por un lado, y la organización capitalista de la sociedad, por el otro, son irreconciliables. Las quiebras de empresas, incluso con planes de rescate; la lucha de buitres de unos capitalistas contra otros para acaparar mercados y capitales; de unos estados contra otros; todo esto es una manifestación de que el capitalismo ha agotado toda su capacidad histórica, se encuentra en proceso de disolución, es el agente multiplicador de toda esta pandemia.

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