La economía y la política de la eliminación de “ganancias”

Escribe Jorge Altamira

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El proyecto que elimina el impuesto a las ganancias de la cuarta categoría ha tenido, incuestionablemente, una motivación electoral.

El reemplazo de Martín Guzmán por Sergio Massa en el ministerio de Economía fue un golpe de palacio para poner al frente del Gobierno a un sector importante de la burguesía local, “especializada en mercados regulados” (con conexiones internacionales), como se la conoce, que fue consumada por medio de una corrida cambiaria. Esta fracción capitalista no tiene la intención de perder esa posición como consecuencia de una derrota electoral. La descalificación de las maniobras en la política es una contradicción en términos, porque las maniobras son, desde Maquiavelo, la forma misma de la política. Una cosa diferente es que ellas no respondan a una estrategia, en cuyo caso no pasan de ser manotazos.

La eliminación de "ganancias" ha puesto en un rincón al macrismo y a Milei, y pretende dar vuelta la taba de las PASO, en las que Massa quedó tercero. El proyecto, que ayer recibió media sanción en Diputados, se distingue de otras medidas de Massa, conocidas como "plan platita", que tienen un alcance acotado en el monto y en el tiempo y que serán consumidas por la inflación. El caso del impuesto es diferente, en primer lugar, porque se trata de un cambio que se puede llamar estructural. Es un reconocimiento a su inviabilidad en un escenario de inflación creciente y de tendencia a la hiperinflación. Antes que una hiperinflación liquide el impuesto en la práctica, Massa propone eliminarlo legislativamente. Su derogación no es inflacionaria, sino al revés: la inflación lo ha tornado altamente conflictivo e inviable. Hemos explicado esto antes, al discutir el proyecto de Presupuesto 2024. El kirchnerismo ha defendido este impuesto durante dos décadas como un gravamen progresista, incluso en medio de huelgas generales; ahora busca derogarlo porque no tiene condiciones de sobrevivir. Con aumentos nominales de salarios todos los meses, el establecimiento de un mínimo no imponible para ganancias se torna imposible. La crisis fenomenal del capitalismo tiene aristas y contradicciones “que son invisibles a los ojos”.

El alineamiento político de la votación en Diputados confirma esta caracterización. Más de una decena de diputados de la UCR fueron autorizados a ausentarse, para evitar que apoyen el proyecto oficial. Lo votó gran parte del “bloque del medio”, en especial Graciela Camaño, que es un fiel de la balanza en las votaciones. Contó con el apoyo de las provincias que, sin embargo, pierden la parte del impuesto que les corresponde por coparticipación. Finalmente, lo votaron Milei y Villarruel, en lo que los diarios han visto un nuevo ejemplo de connivencia con Massa y la UxP. Nadie advirtió, parece, que el pseudolibertario violentó, con su voto a favor, el principio -compartido con el cortesano Carlos Rosenkrantz- de que “la necesidad no da derechos”. El impuesto a las ganancias personales -diferente al que se aplica a empresas- es, sin embargo, un recurso imprescindible para una dolarización. Para evitar que los precios en dólares se ‘desalineen’ de los de Estados Unidos sería necesario eliminar todo gravamen al consumo final y cargar la recaudación en los impuestos directos.

El proyecto consiguió mayoría holgada en Diputados, a pesar de que tiene un carácter antijurídico e incluso clasista, o sea, inconstitucional. Esto es así porque no descarta un cambio de impuestos según el nivel de ingresos, sino que lo descarta para todo aquel en relación de dependencia. Esta ha sido una larga y permanente reivindicación del Partido Obrero "altamirista", a la que los críticos le imputaron inconstitucionalidad. Milei mostró su inconsistencia de principios cuando fundamentó el voto a favor con el argumento clasista de que “el salario no es ganancia”. Desistió, en diez segundos, del principio liberal de la responsabilidad personal.

La crítica más relevante, en el debate legislativo y en la prensa, sostiene que el proyecto impugna el impuesto más progresivo del sistema tributario: el impuesto a los ingresos. Con un tope del 35 %, este impuesto no tiene nada de progresivo, porque apenas afecta a las grandes fortunas en términos absolutos, sin tener en cuenta las deducciones autorizadas por ley (gastos escuelas y universidades privadas, pagos de seguros y así de seguido). La OCDE, hace dos años, ha establecido en el 15 % el piso del impuesto a ganancias personales y corporativas. Es que la rebaja de impuestos al capital se ha transformado desde hace tiempo en un arma ‘competitiva’ entre Estados, con el pretexto de atraer inversiones y personal calificado. La poderosa tendencia a reducir los impuestos que afectan ganancias choca con la más poderosa tendencia al default de los Estados (cada vez más endeudados), pero es un método de preservación para las compañías, más endeudadas que el mismo sector público. Una tentativa de reducir la tasa del impuesto a las ganancias, en estas condiciones financieras, provocó un derrumbe brutal en la bolsa de Londres y la violenta renuncia de la primera ministra, Liz Struss, la promotora del desaguisado.

Sergio Massa, según cuentan los chismosos, pretende valerse de la próxima reunión del Consejo del Salario para aumentar el salario mínimo por encima de la inflación del período, subiendo a la vez los ingresos vinculados al salario mínimo, como el Potenciar Trabajo o las asignaciones por hijo. Si no obtiene el apoyo o el aval del sector empresario, deberá subir la mínima en forma unilateral. La ruptura podría repercutir en el mercado de cambios, con una corrida contra el peso: ” el que a hierro mata, a hierro muere”; quien llegó a Ministro por una corrida, perderá como candidato por otra corrida.

Lo que debe quedar claro es que, en el marco de una crisis capitalista sistémica, con una tendencia a la hiperinflación, “todo lo que parece sólido se deshace en el aire”. La exclusión de la cuarta categoría de ganancias no modifica la vida de la inmensa mayoría de los trabajadores ni, a término, de quienes estaban afectados por el impuesto. Las patronales se benefician porque, sin el obstáculo del impuesto, podrán conseguir la aceptación del alargamiento de la jornada laboral. Pero este alargamiento tiende a reducir el salario en el tiempo, como ha venido ocurriendo con todas las categorías de trabajadores, no solamente con las más bajas. La decadencia capitalista y las crisis económicas crecientes son una barrera infranqueable para el progreso de la clase obrera en todo el mundo.

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