La gran pelea de los trabajadores aún no ha comenzado

Escribe Jorge Altamira

A una semana del golpe de estado económico.

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Han pasado apenas siete días de la asunción del Javier Milei a la presidencia, pero para los columnistas de los diarios de este domingo han causado “sorpresa” entre los votantes más humildes de la LLA el alcance perjudicial de las medidas económicas tomadas por el gobierno.

Son un porcentaje de quienes se encuentran por debajo de la línea de pobreza; los jubilados que han visto saqueados sus ingresos por los ajustes confiscatorios del kirchnerismo –sistemáticamente inferiores a la tasa de inflación- así como un conjunto de trabajadores del comercio rápido y obreros de la industria, en especial los que están en negro. El aumento de la cotización del dólar en un 120% (devaluación del 60% del peso) y lo mismo de las naftas (hasta el final de diciembre), ha generado una remarcación de precios, que el mismo mandatario libertario estimó, públicamente, del 1% diario y del 3500% anualizada. Agregó, para mejor entendimiento, que este ritmo hiperinflacionario se mantendría por lo menos hasta marzo. Más allá de esto, los funcionarios del gobierno han anunciado que buscarán el restablecimiento del impuesto al salario y la desindexación de salarios y jubilaciones. Los votantes populares de Milei habían pensado, por el contrario, que la factura descomunal que ha caído sobre ellos la pagaría “la casta”. Uno de los columnistas dominicales asegura que Massa hubiera tenido que hacer lo mismo. Por de pronto, el candidato derrotado ha aportado su cuota de funcionarios al nuevo gobierno – en la Aduana, en el Indec, en la Minería-; el encargado de Massa para negociar con el FMI, es ahora el que ha designado Milei para la misma tarea. Cuneo Libarona, el flamante ministro de Justicia, ha decidido apartar a la Oficina Anticorrupción de la querella en los juicios contra Cristina Kirchner

“El golpe de estado económico”, que Política Obrera ha venido advirtiendo desde hace meses, como el resultado inevitable de las elecciones, es denunciado ahora por falta de “anclaje”. Para muchos de sus promotores, el Rodrigazo de Milei no tendría una ‘contención’. Para los libertarios escépticos, Milei se vería forzado a devaluar el peso de nuevo a más tardar en abril. Para un comentarista económico de la televisión esta contingencia marcaría el fin de la experiencia macrista-libertaria.

Es que, en efecto, el golpe económico del nuevo gobierno es fuertemente inflacionario. Mantiene vigente la indexación de la totalidad de la deuda pública. Como el pago de los intereses de esta deuda requiere una emisión monetaria descomunal, se ve obligado a incorporarla como nueva deuda de capital. El asunto es que la deuda pública se acerca a los 600 mil millones de dólares. Como el valor del PBI de Argentina ha caído en picada como consecuencia de la inflación, el porcentaje de deuda sobre PBI representa un 150 por ciento. A diferencia de otros ‘planes de estabilización’, el golpe libertario no incluye reestructuración de la deuda del Estado ni quita en su monto nominal. El escenario hiperinflacionario está servido. Hay que agregar algo no menor: el gobierno va a pagar a los importadores una deuda por 40 mil millones de dólares, al tipo de cambio de 800 pesos, cuando fue contraída, bajo Massa, a 350 pesos. Como no tiene los dólares necesarios para el caso, recurre a la emisión de un bono por ese monto, que tiene incorporada la devaluación en beneficio de esos importadores.

La explosión de este conjunto de contradicciones tiene fecha. Mientras tanto el despojo de magnitud a los trabajadores es inminente. Jubilaciones y salarios necesitan una actualización inmediata, lo mismo la provisión de alimentos a los comedores populares. El gobierno, que se jacta de promover una recesión de alcance inédito, podría valerse de una ola de despidos para frenar los reclamos de aumentos de salarios. Es un escenario que, lejos de bajar los cambios en cuanto a inflación, podría añadir más leña al fuego. Sea como fuere, está planteada una confrontación de gran alcance entre el gobierno y las patronales, de un lado, y el conjunto de los trabajadores, del otro.

En lugar de promover un paro inmediato de la CGT, que es por un lado prematuro y por el otro negativo, porque la burocracia sindical está del lado de los defensores del golpe económico y de “la gobernabilidad”, corresponde desarrollar una agitación por un aumento del ciento por ciento de los salarios, jubilaciones y prestaciones sociales y por su ajuste quincenal. Los viejos acuerdos paritarios han caducado; la necesidad de nuevas paritarias debe servir para impulsar que el pliego de reivindicaciones sea discutido y votado en asambleas. A De la Rúa le llevó entre año y medio y dos agotar la expectativa de sus electores; al gobierno del 1% diario de inflación podría costarle mucho llegar a tanto.

La llegada de Milei al gobierno ha sido presentada por sus partidarios y por la mayoría de sus aliados como “una nueva era” o como “un cambio de época”. Las ilusiones, pocos lo desconocen, forman parte de la condición humana. Pero en un punto esta ilusión podría convertirse en cierta, si provoca una reacción histórica de los trabajadores. Las grandes acciones de las masas en la historia de la humanidad no han ocurrido en forma gradual. Todo lo contrario: como una reacción sin precedentes contra el desplazamiento extremo del campo capitalista hacia el otro extremo.

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