A 50 años del Villazo (Parte II)

Escribe El Be

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La respuesta obrera en Acindar a la intervención de la burocracia de la UOM fue demoledora: huelga general y ocupación de la planta por el reconocimiento de los delegados y por la convocatoria a elecciones de la seccional. La toma pronto se replicó en las metalúrgicas Marathon y Metcon, y la huelga se extendió no sólo al conjunto del proletariado de la zona, sino también al conjunto de la población. Los trabajadores de otros sindicatos se vieron impulsados a salir a la lucha y los gremios textiles, aceiteros y portuarios de la zona fueron a la huelga. Docentes y ferroviarios también se sumaron al paro. Los comercios cerraron y rápidamente toda la población se encontró en pie de lucha, que también se extendió a Rosario y San Lorenzo. Política Obrera decía que “una sola seccional metalúrgica se ha transformado en eje de la lucha nacional, en un Sitrac-Sitram, por eso los Calabró, Miguel y Otero proscribieron en toda la línea con el aval de Perón y las patronales”.

La lucha de Acindar fue una escuela de organización obrera. Se conformó un “comité de lucha” que dirigió la coordinación del conflicto. Las familias de los trabajadores pusieron en pie una organización de apoyo para garantizar alimentos y elementos de primera necesidad a los trabajadores que mantenían la toma. Las asambleas de fábrica que votaron continuar la lucha durante una semana seguida se componían de más de 7000 trabajadores. Fuera de la planta ocupada, la población también se encontraba en estado asambleario. El pueblo de Villa Constitución se preparaba para un asalto represivo del Estado o de las patotas de la burocracia sindical, por lo cual levantaron piquetes, barricadas y todo tipo de preparativos tácticos para un enfrentamiento callejero. Los piquetes obreros no permitieron que el personal jerárquico abandonara las instalaciones y se estableció un control obrero de entrada y salida de personas.

Esta respuesta obrera tuvo un carácter extraordinario, tanto por los métodos empleados como por la contundencia y firmeza de la reacción popular. Luego de una semana de huelga y ocupación, la patronal, el gobierno y la burocracia cedieron a todos los reclamos. Se trató de un enorme triunfo obrero. Los delegados fueron reincorporados, a la vez que la burocracia aceptó convocar a elecciones en un plazo de 120 días para la normalización de la seccional, la cual estaría garantizada por una comisión compuesta por delegados electos en asamblea. Los interventores de la burocracia fueron expulsados y se arrancó el compromiso de que no se tomaría ninguna represalia contra los huelguistas en el futuro.

El 16 de marzo de 1974, al conocerse la noticia del triunfo de la lucha, la población de Villa Constitución salió a concentrarse para festejar la victoria. El Villazo contó con unas 20.000 personas en las calles de la ciudad. Política Obrera explicó que “lo de Villa Constitución ha significado la derrota de una de las burocracias sindicales más fuertes, represivas y fraudulentas de todo el movimiento obrero argentino. Villa Constitución logró detener, a través de los métodos clasistas de las ocupaciones fabriles y de la democracia obrera, una ofensiva de la burocracia de la UOM que tuvo sus manifestaciones en todo el país. En este caso, una lucha que comenzó siendo defensiva (contra la expulsión del sindicato de varios delegados de Acindar), se convirtió en una victoria que hizo retroceder a la burocracia hasta más allá de sus posiciones iniciales. Los metalúrgicos de Villa Constitución pueden constituirse en un polo de atracción no sólo de los esfuerzos antiburocráticos en el seno de la UOM, sino en todo el movimiento obrero”.

Acindar y el peronismo

La gran gesta de Villa Constitución, sin embargo, se produjo en el marco de una gran confusión en las filas de la izquierda y del peronismo ‘combativo’. Clarificar el rol del nacionalismo burgués en ese cuadro era una tarea fundamental para separar a las masas de un movimiento que intentaba someter al movimiento obrero y doblegarlo. Para Política Obrera, el avance que la burocracia había obtenido previamente en las Juntas Electorales no debía llevar a la conclusión de que ello fuera consecuencia de la ‘pasividad’ de las masas. Después de que Lorenzo Miguel se impusiera en las Juntas, Política Obrera aseguraba que “el avance de la burocracia no se debe al 'frío' de las bases sino a la incorrecta política de la izquierda peronista”.

La burocracia sindical que organizaba la ofensiva contra los trabajadores de Villa Constitución y de todo el gremio no actuaba por cuenta propia: era el brazo del gobierno y las patronales en los sindicatos para maniatar al movimiento obrero que se rebelaba contra el ‘pacto social’. Su accionar en el gremio (al igual que en todos los demás gremios) obedecía directa y claramente la orientación política del gobierno comandado por Juan Domingo Perón. El gobierno peronista fue preparando todos los resortes jurídicos y políticos con los que la burocracia pretendía asegurarse el fraude electoral, la proscripción de la oposición y la expulsión de los delegados combativos. “La sanción de la ley de asociaciones profesionales, decía Política Obrera, fue la plataforma de lanzamiento del fraude sindical”. Esta ley facultó la reforma de los estatutos por parte de la burocracia de acuerdo a sus normas regimentadoras. “La regimentación y el pacto social van de la mano”, aseguraba PO.

Una parte importante de las masas, sin embargo, aún mantenía expectativas en Perón. Esto vale, por supuesto, para un sector de la vanguardia que se encontraba subordinada al viejo general, a pesar de que ella misma se veía masacrada por las bandas armadas comandadas por López Rega y la burocracia sindical peronista. El río de sangre que separaba a la izquierda y la derecha peronista no era suficiente para provocar una ruptura: ambas facciones compartían su subordinación al líder del movimiento. La JP justificaba la relación de Perón con el teniente derechista Juan Manuel Osinde con que “la correlación de fuerzas es desfavorable” (La Nación 23/6), un latiguillo del que se valen hasta el día de hoy para subordinarse a la derecha.

Por ese motivo, el triunfo que la burocracia de Lorenzo Miguel había impuesto en las elecciones de Juntas Electorales antes del Villazo, y que dejaba aislada a la lista opositora de Villa Constitución, no podía entenderse sin un elemento fundamental: el rol del peronismo ‘combativo’ y la izquierda, aportando confusión a las filas del movimiento obrero. Haciendo un balance de este episodio, Política Obrera aseguraba que, aunque el activismo quería sacarse de encima el yugo de la burocracia sindical, “los plenarios realizados el 25 de enero tomaron a este activismo en pleno proceso de reagrupamiento y organización, sin haber definido claramente una táctica para ganar a la gran masa del gremio. Esto permitió el triunfo burocrático”. Por eso, “los plenarios de delegados del 25 demostraron la desorganización que existe en el seno de las corrientes opositoras”. Uno de los problemas más grandes, decía, “son las vacilaciones de la JTP a plegarse a la construcción de una oposición unificada. Es fundamental exigir una definición concreta a esta corriente. La unificación de todos los sectores combativos es una condición para lograr una UOM al servicio de los intereses y las aspiraciones de lucha de la inmensa mayoría del gremio”.

El Villazo fue en concreto esa unificación de todos los sectores combativos: la tarea del momento era extender esa unidad al conjunto de la clase obrera. Pero la Juventud de Trabajadores Peronistas, que era el sector mayoritario de la oposición a Lorenzo Miguel, se negaba a unificar posiciones con sectores de la izquierda e independientes debido a que estaban atados al planteo de presentarse como “peronistas”. “No era esta la exigencia de las bases metalúrgicas, aseguraba PO, sino de 'utilidad' para un sector de la dirección de la JTP en su lucha interna dentro del aparato peronista”.

La respuesta obrera en Villa Constitución era la opuesta a la que la JTP seguía en todo del gremio. En Rosario, donde la oposición que aglutinaba a sectores de izquierda y peronistas (la Lista Azul) se encontraba mejor estructurada y con una larga tradición combativa, su dirección, en manos de la JTP, entendía que el crecimiento de la oposición no era otra cosa que un reflejo del ascenso de Perón al poder, y que “las diferencias entre nosotros y la Blanca (la burocracia de Lorenzo Miguel) hacían a la lealtad al General Perón, a los trabajadores”, sin reparar en que la lealtad al primero entraba en contradicción con la lealtad a los segundos. Su única respuesta a la proscripción de la lista fueron una serie de presentaciones legales que no condujeron a ningún resultado.

La JTP boicoteaba cualquier reagrupamiento que se planteara en su programa la ruptura con el ‘pacto social’ de Perón. “Todos los retrocesos y el sectarismo contrario a la movilización se deben a la confianza y la ilusión en el gobierno, considerarlo un gobierno popular o de los trabajadores. Por este camino se rompe la unidad de lucha contra el gobierno, en nombre de una supuesta estrategia común con Perón”. Por eso concluía que “hay que romper con Perón y formar una tendencia sindical de masas independiente de la burguesía”.

La izquierda

En las vísperas del ViIlazo, Política Obrera sostenía que “en el gremio (metalúrgico) se abre una nueva situación. La burocracia buscará golpear a los delegados y activistas combativos y clasistas. ¿Tenemos que esperar que la burocracia golpee para recién agruparnos y resistir? Córdoba nos demuestra que perder el tiempo, confiar en las maniobras, es preparar la derrota”.

Es que el Villazo estuvo precedido por el anticordobazo que impulsó Perón en la provincia de la gesta del ‘69, que arrojó importantes lecciones para el movimiento obrero y la izquierda. El accionar contrarrevolucionario del gobierno nacional en Córdoba fue una clara muestra de la política claudicante del sector “combativo” del peronismo y de una parte de la izquierda. Allí, Perón se valió de la subordinación del peronismo “de izquierda” para que entregara la regional de la CGT a la burocracia, en contra de lo que querían las bases, lo que allanó el camino para el anticordobazo (conocido como el Navarrazo), ante el cual paralizó cualquier reacción popular.

Parte de la izquierda independiente, por su parte, actuaba como factor de contención del movimiento obrero. El Partido Comunista, que había votado por Perón en el 73, paralizó a sus bases ante el anticordobazo y su orientación ante los hechos era… llamar a Perón a intervenir contra el golpe (que el mismo Perón impulsaba). Los dirigentes obreros del sector combativo de la provincia, Agustín Tosco (PC) y René Salamanca (PCR), declararon su “prescindencia” de lo que consideraron que era una disputa “interna” entre peronistas, por lo que mantuvieron una posición expectante que favoreció el avance de la derecha. El PC propugnaba, además, integrarse al gobierno peronista.

El ‘trotskista’ PST no se quedaba atrás. Apenas unos días después del Villazo, sus dirigentes formaron parte de la comitiva de partidos que se entrevistaron con Juan Domingo Perón, y emitieron juntos una declaración que propugnaba un frente popular con la excusa de la defensa de la “institucionalización”. En su periódico, Avanzada Socialista (AS), el PST ponía el ejemplo del Villazo para defender esa política.

Política Obrera respondía que “AS levanta el ejemplo de Acindar para embrollar totalmente sus planteos en la cabeza de los militantes. ¿Qué nos dice? Que Acindar fue una lucha democrática. ¡Muy bien! Pero no fue una lucha por la 'institucionalidad burguesa' sino en contra. La institucionalidad en Acindar eran los interventores de la UOM y la reforma de la ley de asociaciones profesionales; lo que impusieron los obreros fue su democracia sindical, sus derechos democráticos, contra la institucionalización. Esto es abonar el terreno para luchar por el gobierno obrero, no ir con Balbín a Olivos para hacer la apología de la instutucionalidad reaccionaria”.

Una etapa de transición en el movimiento obrero

Al triunfo de Acindar le siguió la ocupación y el triunfo de los trabajadores de Panam. Un reguero de luchas obreras se esparcía por todo el país. La cuestión central era la coordinación de las luchas y la centralización de los reclamos y las acciones. Esto era vital tanto para defender las conquistas de Villa Constitución (que el gobierno intentaría revertir ante la primera oportunidad) como para enfrentar la estatización del conjunto del movimiento obrero. Política Obrera explicaba que “estas luchas, junto a las de Insud, Ferrum, Banco Nación, gráficos, etc., indican que el movimiento sindical atraviesa justamente esta etapa transicional, de ruptura con los agentes burgueses metidos en sus filas, hacia su independencia orgánica de los capitalistas y el Estado”. Y agregaba que “el activismo obrero está asimilando la experiencia de un año de gobierno peronista. Sus ilusiones en el peronismo se ven confrontadas con su papel regimentador y antiobrero. La conciencia de la clase evoluciona hacia el más alto nivel político”.

Unas semanas después de su triunfo, la comisión interna de Acindar convocaría a todos los sectores antiburocrátcos a un Plenario Nacional clasista que representaba una oportunidad para un reagrupamiento nacional de la clase obrera.

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A 50 años del Villazo (Parte I) Por El Be, 14/03/2024.

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