Escribe Marcelo Ramal
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En la ceremonia “cívico-militar” que tuvo lugar este 2 de abril, Javier Milei decidió ir muy lejos en la renuncia a la soberanía argentina sobre Malvinas: colocó el futuro de las Islas en la decisión de sus nativos (kelpers), el argumento histórico que ha utilizado el imperialismo británico para justificar su permanencia en las islas como fuerza de ocupación. Para reforzar esa posición, Milei condicionó el reclamo mismo sobre Malvinas a que “Argentina vuelva a ser una potencia”.
Como es sabido, el liberticida le atribuye esa condición a la Argentina de 1880, una semicolonia financiera y comercial de Gran Bretaña. En definitiva, la perspectiva que dejó planteada Milei en la plaza San Martín es la de un nuevo vasallaje del Estado argentino, pero en las condiciones de la presente guerra internacional. La renuncia a la soberanía de Malvinas tiene lugar cuando las operaciones militares para reforzar la presencia de la OTAN en el Atlántico Sur se refuerzan sin pausa, en las islas en litigio y más allá de ellas. La consolidación de las Malvinas como baza de la OTAN, bajo el progreso de los proyectos petroleros y pesqueros auspiciados por Gran Bretaña, se complementa con la iniciativa norteamericana de instalar una base militar del Comando Sur en Patagonia y, más precisamente, en Tierra del Fuego. El año pasado, Milei comprometió la instalación de esa base a la jefa de la IV Flota Norteamericana, Laura Richardson.
En el mismo discurso, Milei les dijo a los militares presentes que el reequipamiento bélico del Ejército también se encontraba condicionado a “ser potencia” , en buen castellano, a que prospere una alianza estratégica y económica con el imperialismo. Las compras de las aviones F 16 en desuso tuvo lugar con la venia norteamericana.
Milei cargó en su maleta este discurso entreguista en vísperas de su viaje a Estados Unidos. El propósito del viaje es mendigarle a la administración Trump un rescate extraordinario, en vista de los límites que presentan los “anticipos” de fondos que vendrían del acuerdo con el FMI. Una congresista de Trump, ligada al gusanismo radicado en Estados Unidos, ha reclamado para Milei un aporte excepcional en vistas de su “lucha contra el comunismo”. Con vistas al mangazo que se viene, Milei, en este 2 de abril, ha dejado un mensaje claro: las Malvinas y el Atlántico Sur quedan bajo la éjida de la OTAN. En este cuadro, Victoria Villarruel, la vice disidente, ausente en el acto oficial, hizo su propia conmemoración. Aunque fingió nacionalismo, tiró su propio guiño a los yanquis. Recogíó el hilo de Galtieri, que en 1982 aspiró a una ocupación de Malvinas que contara con la complacencia del imperialismo norteamericano y, más adelante, un status compartido con el Estado argentino en materia económica y militar. Villarruel reivindicó la “soberanía en el Atlántico Sur" para el “continente”, desde el “ártico (sic) hasta la Antártida”, y celebró los acuerdos con el Pentágono y el gobierno argentino para instalar la base militar en Tierra del Fuego. Un discurso anglófobo y a la vez proyanqui. Encubrió ese entreguismo con pacifismo vulgar –“no queremos que nos envuelvan en sus guerras”-, pero sólo para atribuirle la guerra en curso a “las potencias europeas”, exonerando así a Trump.
La celebración de Malvinas ha mostrado el entreguismo desesperado de un gobierno en crisis. En su oratoria, Milei le ha atribuido a la “casta política” los fracasos sucesivos en la cuestión Malvinas, "sin darse cuenta" de que esa “casta” ha seguido, con diferentes matices, su propia política en relación a las islas ocupadas -la búsqueda de acuerdos económicos para compartir la explotación de los recursos del Atlántico Sur-. La cuestión Malvinas ha estado históricamente subordinada al sometimiento de los sucesivos gobiernos al capital financiero internacional y Milei no es una excepción. El fin de la presencia de la OTAN en el Atlántico Sur plantea una lucha por la expulsión del imperialismo en todos los órdenes, que sólo será emprendida por un gobierno de trabajadores.