El debate político acerca de Villa Azul

Escribe Marcelo Ramal

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El cerco policial sobre la Villa Azul ha sido mucho más riguroso y efectivo que las medidas de atención sanitaria y alimentaria que se dispusieron posteriormente. Los vecinos denuncian que los testeos tienen lugar a cuentagotas, a pesar de los reclamos de familiares y allegados de personas que debieron ser internadas con diagnóstico positivo. Es muy claro, a esta altura, que el cercamiento por dos semanas -que convierte al barrio en un ghetto- delata la incapacidad oficial para montar un operativo sanitario enérgico y certero sobre un barrio de tan sólo 3.000 habitantes. Es un operativo para que el virus no salga de la Villa, y no para proteger a sus vecinos. Una ‘cuarentena’ en el sentido antiguo de la expresión ha sustituido al ampuloso “aislamiento social preventivo obligatorio”.

‘Countries”, villas, democracia

Kicillof y el ministro de Salud, Daniel Gollán, justificaron el cerco a Villa Azul, porque lo mismo harían ante un “barrio cerrado o un consorcio”. Una cosa es, sin embargo, el control sanitario de la población que ingresa o sale de un barrio o un municipio – otra distinta es un encierro policial de una población por un período prolongado, renovable y trazado por encima de las disposiciones sanitarias, que los vecinos siguen reclamando. El carácter clasista del aislamiento de Villa Azul no se puede disimular – tampoco el método policial, que no está relacionado a decreto o ley alguna. La disposición a seguir con este procedimiento para el resto de las villas pone al gobierno al margen de la legalidad.

La derecha se sirve del cerco a Villa Azul para reforzar su agitación contra el aislamiento… obligatorio, como lo hacen Trump, Bolsonaro, Piñera; pero el chileno también ha cercado las comunas que rodean a Santiago, después de dos meses de fracasos con el método de ‘viva la pepa’. La corriente política que apoyó a todos los golpes y dictaduras, desde el 55, y en especial la última, vuelve a la consigna de todos los golpes: la “libertad”. Es la misma que agita Bolsonaro. Países que lideran el ranking de la pandemia están presididos por agitadores ‘liberales’. No cuesta ver que se trata de un planteo capitalista, para reanudar un proceso de explotación, ahora armados con billones de dólares de ‘asistencia’ estatal. También es un arma de agitación hacia la pequeña burguesía que vive de una tienda, con intenciones políticas fascistizantes, a sabiendas que la ‘reapertura’ no va a resolver nada mientras la pandemia no haya sido derrotada, y prosiga la ola de quiebras provocada por la bancarrota financiera y la recesión, que han irrumpido en forma paralela a la pandemia.

Sin barbijos ni testeos

La larga cuarentena que ha entrado en esta crisis ha sido diseñada por Fernández, Kicillof y Larreta. Fue calificada, de entrada, como ‘dinámica’, esto para justificar la improvisación, como si desconocieran el volcán social que es Argentina. Se han tomado dos largos meses para poner en marcha una serie de testeos erráticos -Detectar-, poco numerosos y precarios, sin reunir los medios para desarrollar un plan integral. La cuarentena concebida por el FdT y JpC, no fue aprovechada para superar o paliar carencias del decrépito sistema de salud, ni elaborar alternativas habitacionales. Pactaron una ‘reapertura’ que tuvieron que dar marcha atrás desde el día siguiente a su anuncio.

La existencia de barrios hacinados y sin agua no es, por cierto, un resultado de la presente pandemia, sino de un régimen social y político que ha gobernado, a través de todos sus partidos, a favor del acaparamiento privado del suelo. ¡Pero la pandemia no los ha apartado un milímetro de esa orientación social! No se han puesto a disposición los espacios necesarios -grandes hoteles, playas de centros comerciales, edificios desocupados- para descomprimir las villas y alojar a sus habitantes en peligro. Los slogans a favor de “quedarse en casa” no le dan respuesta a los millones de precarizados que no recibieron siquiera los 10.000 pesos del IFE, y que deben salir a exponer su vida y su salud para poder comer. Los rescates al capital funcionaron mucho más eficazmente que los escasos subsidios a la población sin trabajo.

Una cosa es la oposición al cercamiento de un barrio pobre y al encierro físico compulsivo de sus habitantes en nombre de un plan de testeos masivos, tratamientos adecuados, espacios para el distanciamiento, otra cosa es denunciarlo para reforzar la libertad de mercado y la explotación social, respaldada con subsidios a las patronales. El gobierno recurre a un método fascistizante, el encierro por la fuerza pública de una población que reúne características sociales comunes – pobreza, precariedad laboral, hacinamiento. Ese método no le da el carácter de fascista, porque es una salida desesperada a un fracaso político; no podrá aplicarlo a villas de decenas de miles de habitantes ni con la ayuda de las direcciones ‘sociales’ cooptadas. La tendencia a las dictaduras o fascismos hunde su raíz en el impasse capitalista, para cuando los Berni, de un lado, y las Bullrich, del otro, unan fuerzas para salvar el lecho común, el estado capitalista.

La posición de los socialistas es que se deben reunir todos los recursos para atender la salud de la población, incluida la expropiación bajo control obrero de las grandes compañías y bancos, y en especial empresas de salud y pulpos farmacéuticos, así como los grandes espacios habitacionales. Toda la producción debe estar dirigida al objetivo sanitario y alimenticio, en su sentido integral, lo que incluye la reconversión industrial. El francés Macron ha entregado miles de millones de euros a las automotrices para que fabriquen carros de lujo, que no interesan a la mayoría, o autos eléctricos, incluso cuando Francia carece de una red de energía urbana para atenderlos.

Las llamadas ‘pulsiones’ autoritarias, en el proceso político, no están determinadas por ‘reaperturas’, por un lado, o ‘aislamientos’, por el otro, que no pasan de ser circunstancias de un proceso. La crisis de conjunto del capital mina la capacidad de arbitraje de los sistemas parlamentarios y acentúa la polarización política. Los obreros deben tener en cuenta esta dinámica y concentrar los esfuerzos en desarrollar organizaciones obreras independientes del capital y partidos que señalen en forma sistemática y metódica la vía del derrocamiento del capital y la consagración de gobiernos de trabajadores.

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