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Leopoldo Torre Nilsson, Fernando Birri, Juan José Campanella, Adolfo Aristarain, Pino Solanas, Leonardo Favio, Lucrecia Martel, Lucía Puenzo, María Luisa Bemberg, Clarisa Navas… y se podría seguir enumerando lo que el séptimo arte en Argentina ha dado y sigue recogiendo en la actualidad. A grandes nombres en el rol de la dirección, desde los clásicos hasta los más jóvenes. Pero por supuesto, el listado cometería una falta grave si no incluyera el nombre de Luis Puenzo, afamado director que falleció este martes a los 80 años.
En la memoria histórica que conserva el cine sin diferenciación de fronteras, el nombre de Luis Puenzo siempre estará vinculado con un tiempo, un lugar y una película. Como artífice de “La historia oficial” tuvo el objetivo de revelar al mundo desde la pantalla la oscura realidad que se impuso a sangre y fuego en nuestro país durante la última dictadura militar. Con “La historia oficial” alcanzó en su carrera la cima del reconocimiento artístico internacional, laureada en una fecha marcada por el destino (el 24 de marzo de 1986, diez años exactos después del último golpe de Estado en la Argentina) con el Oscar a la mejor película extranjera, reconocimiento que también lo tuvo junto a Aída Bortnik en una nominación al Oscar en la categoría de mejor guión original.
Cuando subió al escenario para recibir el galardón, no había manera de evitar el tema. Puenzo tampoco quería eludirlo y, por otro lado, ya sabía que su discurso iba a resonar a nivel mundial. “Al mismo tiempo que estoy aquí, sobre este escenario, aceptando este honor, no puedo dejar de recordar que otro 24 de marzo, hace hoy diez años sufrimos el último golpe militar en nuestro país. Nunca olvidaremos esta pesadilla, pero ahora estamos empezando a tener nuevos sueños. Gracias”, expresó emocionado.
Puenzo había comenzado a pensar la película en 1982, cuando las parcas sangrientas de verde oliva todavía estaban en el gobierno. El año del estreno de “La historia oficial” fue el mismo del Juicio a las Juntas. El filme, con el que el público definitivamente lo reconoció, cuenta con un elenco de primera magnitud, entre otros, Norma Aleandro, Héctor Alterio, Chunchuna Villafañe, Hugo Arana, Patricio Contreras y Chela Ruiz, en los roles centrales, más la niña Analía Castro, y Pablo Rago (el único actor que está en las dos películas argentinas que ganaron el Oscar, ya que también participó en “El secreto de sus ojos”, de Juan José Campanella) ganaba el premio más importante al que podía aspirar el cine argentino por primera vez en toda su historia.
La trama de la icónica película se basa en el matrimonio que componían Alicia Marnet de Ibáñez (Norma Aleandro), profesora de historia de un colegio secundario, y Roberto (Héctor Alterio), un exitoso abogado. Ambos tienen una hija adoptiva, Gaby (encarnada por Analía Castro, que cuando la rodó tenía 4 años). Poco a poco, Alicia empieza a sospechar que Gaby es hija de desaparecidos. El relato abonó al dialogo con la lucha, desde sus inicios, de las madres y familiares de desaparecidos, aportando a la construcción de las libertades democráticas.
Luego de La historia oficial, Puenzo avanzó en su carrera con otros títulos: “Gringo viejo” (1989), adaptación de la novela del escritor Carlos Fuentes, una producción internacional rodada en México con capitales de Hollywood, que contó con las actuaciones de Jane Fonda, Gregory Peck, Jimmy Smits y Patricio Contreras, que estaba ambientada en los años de la Revolución Mexicana.
Le sucedió otra coproducción internacional, entre nuestro país, el Reino Unido y Francia. Se trató de “La peste” (1992), basada en la novela homónima de Albert Camus, donde Puenzo adaptó el guion y dirigió a un elenco encabezado por William Hurt (que encarnó al doctor Bernard Rieux), Robert Duvall y Raúl Juliá. La película rodada en San Telmo, La Boca y Monserrat, además de Constitución, Morón, Dock Sud y Chacarita, se trató de dos periodistas franceses que llegan a una ciudad sudamericana asolada por la peste en la que los enfermos se suman de a miles.
La última realización de Puenzo fue “La puta y la ballena” (2004), largometraje rodado entre la Argentina y España, y que protagonizaron Leonardo Sbaraglia y Aitana Sánchez-Gijón junto a Miguel Angel Solá, Carola Reyna y Pompeyo Audivert. En los años siguientes se lanzaría más a su rol como productor en varios filmes argentinos dirigidos por sus hijos Lucía Puenzo (“Wakolda”, “El niño Pez”, “XXY”) y Nicolás (“Los últimos”), más “Infancia clandestina”, de Benjamín Ávila, “Planta madre”, de Gianfranco Quattrini, y “El faro de las orcas”, de Gerardo Olivares, con Maribel Verdú y Joaquín Furriel.
Además de su rol como autor y realizador, Puenzo tuvo participación activa en la política audiovisual argentina, ya que, en 1994 fue un actor decisivo en la redacción de la Ley de Cine (Ley Nº 24.377/94), que estableció la autarquía del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA) y la forma de financiamiento, lo que dio un impulso a la producción de películas. También fue uno de los miembros fundadores de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de la Argentina en 2004, mientras que, entre fines de 2019 y abril de 2022, se desempeñó como presidente del INCAA.
Según declaró en alguna oportunidad, no fue a ninguna escuela de cine porque apenas terminó el secundario, pero le parecía que era necesario transmitir lo propio a otros. Se identificó, de este modo, con una generación de realizadores (integrada entre otros también por Adolfo Aristarain y Carlos Sorín) que se propuso el ejercicio de innovar mucho más desde los aspectos técnicos y menos a través de la estética, porque se dedicaron a honrar una gran historia. Subrayó, entonces, que el cine argentino es tan fuerte por su tradición de un siglo sin interrupciones y por eso mismo el más importante del continente.
Despedir a Luis Puenzo implica también volver a ver sus ficciones, no como piezas de museo, sino como intervenciones vivas. Como un ejemplo de ello, está un fragmento de “La historia oficial” en la que Norma Aleandro está callada durante toda la escena, con la mirada absorta, sin una línea en el guión, tan solo escuchando el monólogo de Chunchuna Villafañe en el que relata el horror, los vejámenes a los que había sido sometida a manos de los represores, en la piel del personaje que encarna, por medio de un solo plano. Lo central, era lo dicho y la escucha, como todo lo que ella le dice, le empieza a generar las dudas.
