¿Los derechos humanos, en el último barril?

Escribe Nicolás Cadabón

Una obra que critica la subordinación de la vida humana, a los intereses económicos y bélicos.

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El artista plástico Eugenio Merino es reconocido por sus polémicas obras de fuerte contenido político e irreverente. Por ejemplo, por “Always Franco”, Siempre Franco es una escultura hiperrealista que presenta al dictador español envestido con todos los atributos de Generalísimo, ya viejo y de tamaño natural, es conservado dentro de una heladera exhibidora con insignias de Coca-Cola. Recientemente, el autor preparó otra pieza controversial que condensa en su metáfora una polifonía de críticas al mercado y a la ruptura del marco legal internacional.

Presentada en la feria de arte ARCO de Madrid, la obra titulada The End of History (El fin de la historia) consiste en un barril petrolero pintado de negro brillante sobre el cual se inscribe, en letras blancas, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, adoptada por las Naciones Unidas tras el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Desde el título, el autor ironiza directamente sobre la tesis de Francis Fukuyama, quien, tras la caída del Muro de Berlín, postuló que la democracia y el libre mercado constituirían el punto final de la evolución sociocultural humana. La pieza golpea esa narrativa que anunció el fin de la lucha de clases y celebró al capitalismo como el horizonte definitivo de la humanidad; una teoría que durante décadas ocupó los anaqueles de las librerías y entretuvo a la academia mientras la realidad acumulaba evidencias en sentido contrario.

Frente al barril, el espectador no puede más que concluir que lo único definitivo es el fin de la supuesta globalización, a la vez que reflexiona inevitablemente sobre los horrores de la guerra. La destrucción de regiones enteras en Ucrania, Gaza e Irán -donde, lejos de objetivos militares, los bombardeos caen sobre la población civil- demuestra que este horror es el verdadero motor del desarrollo de los intereses económicos ligados al negocio bélico.

La propuesta de la obra disparó numerosas críticas por parte de los patrocinadores del evento, quienes salieron en defensa de los intereses vinculados al petróleo que el barril cuestiona. Para agudizar la provocación, el artista presentó una variante de la obra cuyo precio fluctuaba en tiempo real según la cotización del crudo en el mercado internacional. Este dispositivo de fluctuación del valor es una ironía que condensa el filo crítico del autor: por un lado, evidencia que los derechos humanos se han subordinado al mercado; por el otro, denuncia la especulación financiera y expone los vínculos de las instituciones artísticas con empresas estrechamente entrelazadas con las tragedias humanitarias en curso.

Mediante esta metáfora, el escultor expone una contradicción: los derechos humanos aparecen como una mercancía y, a la vez, como un bien escaso, al ser presentados bajo su concepto alternativo de "el último barril". Subyace aquí una verdad indiscutible: la guerra por los recursos que libran los Estados y el capital arrasa sin consideración alguna por la vida humana y el ecosistema del planeta.

En esta línea, los Estados beligerantes, como Estados Unidos y sus países asociados -entre ellos, la Argentina-, no cejan en sus esfuerzos por instaurar regímenes de excepción política y económica. Estos mecanismos permiten la reasignación de recursos públicos hacia el rearme militar, mientras se arremete contra las libertades democráticas fundamentales. Asimismo, las élites aprovechan la recesión económica como excusa para liquidar derechos laborales, un proceso que avanza obligatoriamente junto a la regimentación política de las clases trabajadoras, algo que resulta incompatible con la vigencia efectiva de cualquier declaración de derechos.

Piezas como la de Merino dan la pauta de que las consecuencias de la guerra imperialista han empezado a erigirse como el canalizador central de las preocupaciones de los artistas. Ellos con sus obras actúan como catalizadores de la percepción de los tiempos que corren y, a través de su producción estética, expresan un rechazo de las políticas de barbarie.

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