Escribe Nicolás Cadabón
El arte y la cultura un campo de batalla. De las listas negras de Milei al “Código de Conducta” en Europa, los gobiernos profundizan la censura y el recorte presupuestario para amordazar a los artistas críticos.
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Los circuitos del arte internacional están hoy en la mira de investigadores, creadores y trabajadores de la cultura. Tal como denunciamos desde esta página de Política Obrera, los principales gobiernos de Europa están tomando medidas drásticas en sus bienales y ferias artísticas porque ven en el arte un problema político de primer orden. La utilización política y la incidencia directa sobre bienales, museos, concursos o exposiciones se vienen llevando adelante sin disimulo, dejando al descubierto que la supuesta “neutralidad, autonomía y libertad de expresión” es un bien bastante escaso en estos foros.
La cultura se ha transformado en un campo de batalla abierto y el objetivo es el disciplinamiento ideológico de artistas e instituciones. Mientras los recortes en los presupuestos de educación, cultura y arte generan excedentes que son destinados al rearme militar de los Estados, los gobiernos que están a la vanguardia en medidas de regimentación avanzan a paso firme. Un claro ejemplo es Alemania: la junta directiva de la prestigiosa bienal Documenta ha definido un nuevo "Código de Conducta" que, según sus términos, “se aplica a toda la organización, incluidos los empleados, las exposiciones y otros terceros relacionados con la muestra. Documenta perseguirá las infracciones utilizando los instrumentos disciplinarios y laborales pertinentes”. Con este instrumento se vuelve vinculante la restrictiva definición de antisemitismo de la IHRA, con el claro objetivo de blindar al Estado alemán en su apoyo al genocidio perpetrado por Israel y neutralizar cualquier expresión de solidaridad con Palestina, tal como ha denunciado el medio especializado ArtReview.
Es evidente, entonces, que el arte oficializado por los Estados opera en Europa abiertamente como un aparato ideológico represivo. Quien no se alinea con la agenda del poder queda fuera del circuito. Así le ocurrió al artista británico James Bridle, a quien le otorgaron un importante premio por sus aportes teóricos a la arquitectura y, solo tres días antes de la ceremonia, se lo revocaron por haber firmado solicitadas críticas contra las instituciones culturales del Estado de Israel, denunciándolas como un dispositivo de artwashing.
De este lado del charco se debaten dos estrategias complementarias. Por un lado, Trump en Estados Unidos sostiene una declarada guerra contra los trabajadores de la cultura y una política de disciplinamiento sobre los museos que ya hemos denunciado. A esto le sumamos los recortes de millones de dólares antes destinados al fomento artístico y la asfixia económica a los medios de comunicación públicos de radio y televisión, como PBS y NPR. A la par del desfinanciamiento masivo, el gobierno norteamericano utiliza los recursos públicos para promover artistas acríticos, como la representante elegida a dedo para el pabellón estadounidense en la Bienal de Venecia gracias a sus aceitados vínculos políticos.
Así sintetiza la cadena internacional CNN la política cultural de la Casa Blanca para la Bienal de Venecia: “la administración Trump, en cambio, está reduciendo el poder del arte estadounidense, recortando drásticamente su financiación federal, ejerciendo presión sobre los museos Smithsonian y examinando con lupa las exposiciones sobre raza e identidad”.
Mientras tanto acá, Javier Milei aplica la versión más violenta de este mismo catálogo. Bajo la mentada bandera de la “libertad” y el achique del Estado, la estrategia oficial consiste en poner en práctica la dictadura descarnada del mercado como mecanismo de disciplinamiento político y de selección estética. Detrás de la exigencia de que los artistas busquen recursos exclusivamente en fondos privados, el poder libertario esconde, a la vista de todos, una cancelación autoritaria. Así quedó demostrado con el vaciamiento presupuestario de la representación argentina para la Bienal de Venecia 2026, un hecho que fue tempranamente denunciado, entre otros, por el colectivo de artistas plásticos Estrella del Oriente.
Sin embargo, el gobierno de Milei no se priva de nada y también practica la censura directa y llana. Un caso testigo es el que afectó a la artista plástica Verónica Gómez: el vicecanciller Eduardo Bustamante ordenó descolgar de urgencia y ocultar en un depósito las obras que iban a ser expuestas en la Embajada de China, por el único "delito" de que la autora había pintado meses atrás retratos satíricos del presidente y de su hermana. Se denuncia la existencia de listas negras y de una persecución ideológica abierta sostenida desde el propio aparato estatal.
El mensaje oficial para los artistas plásticos independientes del país es claro: si tu obra no cuenta con el respaldo económico de empresas o coleccionistas privados, o si tu discurso incomoda al gobierno de turno, la asfixia presupuestaria o la voluntad arbitraria del poder te borrará del circuito.
El desmantelamiento del INCAA, el virtual apagón de Radio Nacional, la parálisis de los fondos del Instituto Nacional del Teatro (INT) y la censura explícita no son agresiones aisladas: son un ataque estratégico contra los trabajadores de la cultura en particular y la clase trabajadora en general. Bajo la doctrina libertaria, que quiere podar con motosierra el trabajo de los artistas, realizadores audiovisuales, el actor y el técnico radial quedan despojados de sus medios de subsistencia y arrojados a la desocupación y a la precarización.
Asistimos a la digitación de un plan cultural nefasto que ejecutan Milei y los gobiernos en guerra junto a los grandes medios de comunicación. Urge la necesidad de abrir un debate entre los artistas, activistas de centros culturales y realizadores audiovisuales para pronunciarse contra el estado actual de situación. Es necesario anteponer a la miseria de los presupuestos de guerra, la censura y el artwashing, la lucha y conquista de presupuestos reforzados para salud, educación, arte y cultura. Es evidente la necesidad de coordinar esfuerzos y unir luchas en curso con banderas independientes de trabajadores culturales.
