Escribe Nicolás Cadabón
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Marjane Satrapi murió en París a los 56 años de edad. Su círculo íntimo adjudicó la causa a una profunda "tristeza", tras un año de duelo provocado por la muerte de su esposo y compañero, Mattias Ripa.
Accediendo a su obra comprobamos que era portadora de una mirada lúcida y política desde niña. El valor de su producción en tanto documento histórico que denuncia la opresión de su pueblo es indeleble, porque ha dejado una huella memorable en todos los que la conocieron. El análisis de su producción artística, su particular trazo estético, la memoria autobiográfica y la historia de Irán resultan absolutamente indiferenciadas. Todas estas fuentes de inspiración configuraron el impulso vital que condujo a Satrapi a dibujar en varios tomos una historieta, siendo ella la protagonista de la ficción. Con sus viñetas, luchó contra la censura y la opresión de la barbarie.
Persépolis, en su soporte de historieta, fue publicada originalmente entre los años 2000 y 2003. Sus dibujos están llenos de contrastes con plenos negros y blancos, donde hallamos un estilo muy personal con la fuerza de la síntesis. Técnicamente, la autora consigue estructurar a sus personajes en un contexto familiar y barrial, alternando perfectamente la narración con primeros planos y detalles que nos pintan las características de los sujetos y su relación con el clima de la ciudad de Teherán. Las líneas continuas y cerradas dan a cada forma peso y equilibrio en una composición que despierta un continuo interés; su dibujo minimalista da la sensación de ser una increíble y efectiva herramienta comunicativa.
Su texto retrata sensiblemente cómo la mirada de una niña se transforma al crecer sin perder sus convicciones. Proveniente de una familia socialista, muy comprometida con los sucesos históricos de su país y con familiares y amigos presos políticos, con quienes participará activamente en la Revolución Iraní de 1979 que volteó a la monarquía del Shah Mohammad Reza Pahlavi, títere del imperialismo.
Conoceremos los efectos de una infancia laica, urbana y con un carácter contestatario que en los años 80 escuchaba bandas de rock prohibidas y discutía sobre materialismo histórico en la mesa familiar. Satrapi, con la simplicidad del trazo como característica estética, nos introduce en la complejidad de las relaciones sociales y en cómo un proceso revolucionario toma un giro fascista con la llegada al poder del Ayatolá Ruhollah Jomeini, representante de una dictadura religiosa que impuso una República Islámica teocrática. Al concentrar todo el poder político, religioso, militar y judicial, a la opresión y los fusilamientos de los líderes de la revolución le siguió la imposición coercitiva del hiyab (pañuelo que cubre el pelo) como mecanismo de control social sobre el cuerpo de la mujer. Este código de vestimenta era controlado constantemente por las instituciones educativas, que dejaron de ser laicas, y en las calles por la policía secreta.
Su adaptación al cine en 2007 recoge el lenguaje de la historieta y aprovecha la animación con reencuadres exquisitos, lo que le valió un rápido reconocimiento con el Premio del Jurado en el Festival de Cannes. La decisión familiar de enviar a Satrapi hacia Europa a los 14 años como única opción para ponerla a salvo se convierte, en este exilio forzado, en una fuente de más atropellos contra su identidad. La banalidad, la hipocresía y la xenofobia son los pesares cotidianos de una inmigrante marginada, que para sobrevivir tiene que negar su identidad. Al regresar temporalmente a un Teherán mutilado por la guerra contra Irak, la obra sella la tesis del desterrado: la imposibilidad de volver al hogar destruido y el rechazo a asimilarse a la Europa del capital. Esta misma coherencia la llevó, décadas más tarde, a rechazar la Legión de Honor del Estado francés, denunciando sus componendas con la dictadura de los ayatolás.
Hasta sus últimos meses de vida, Satrapi rechazó las etiquetas institucionales y la museificación de su producción. Rechazó la categoría comercial de "novela gráfica" por considerarla un intento de lavar la culpa de los lectores tradicionales, ahora interesados en su trabajo, a la vez que defendía el género de la historieta como un vehículo autónomo y válido del arte. Satrapi comprendió que el arte gráfico es un frente de lucha contra el monopolio de la historia oficial.
Aunque la muerte la alcanzó en el exilio de París, despojada del derecho a pisar su suelo natal, su obra permanece en el campo de batalla de las ideas. Persépolis no es memoria pasiva; es un arma cargada de futuro que demuestra que, mientras persistan lápices organizados, el relato de la emancipación popular no podrá ser confiscado, institucionalizado ni domesticado, e inspirará a nuevos artistas para que utilicen la tinta y el papel como sus propias armas de lucha.
