Escribe Juan Valtín
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Murió Juan Iñigo Carrera. Con él, el marxismo argentino pierde a uno de sus intelectuales más originales y discutidos: alguien que hizo de la lectura de El capital no un ejercicio de erudición, sino una herramienta para comprender la sociedad capitalista y la acción de la clase obrera.
Doctor en Historia por la Universidad de Buenos Aires y formado en la crítica de la economía política, desarrolló una intensa actividad docente e investigadora y fundó el Centro para la Investigación como Crítica Práctica (CICP), donde sostuvo durante años talleres colectivos de lectura de El capital y formó a un grupo reconocible de investigadores. No fue un intelectual de partido, pero tampoco un solitario sin escuela: alrededor de su obra se formó una corriente de trabajo que produjo investigaciones, debates y polémicas propias.
Su obra mayor, El capital: razón histórica, sujeto revolucionario y conciencia, y su investigación monumental La formación económica de la sociedad argentina, condensan una vida dedicada a una pregunta decisiva: cómo conocer el capitalismo para poder superarlo.
Su aporte más fecundo (y más polémico) fue su caracterización de la especificidad argentina. Contra las visiones que reducen nuestra historia a una sucesión de “modelos” (agroexportador, industrial, financiero, neoliberal), Iñigo Carrera subrayó que la acumulación de capital en la Argentina estaba atravesada por el flujo de la renta de la tierra. Las condiciones excepcionales de la producción agraria pampeana permiten la apropiación de una masa extraordinaria de renta en el mercado mundial.
Iñigo Carrera no pensaba su trabajo como una variante más del “marxismo” entendido como doctrina, escuela o identidad ideológica. Por el contrario, criticaba esa forma de convertir la obra de Marx en una interpretación entre otras. Para él, lo decisivo era seguir el camino abierto por Marx: reproducir con el pensamiento el movimiento real del capital, desde la mercancía hasta el Estado y la clase obrera. No se trataba de acumular citas ni de discutir qué quiso decir Marx, sino de reconstruir el movimiento por el cual una forma social deviene necesariamente otra.
De ahí el título de su obra mayor, que es también un programa: razón histórica (el capitalismo como resultado necesario de un desarrollo, y no como un orden natural); sujeto revolucionario (la clase obrera como producto y, a la vez, negación de ese desarrollo); y conciencia (el conocimiento de esas determinaciones como un momento de la acción que las supera). Para Iñigo Carrera, una interpretación que no alcanza el conocimiento de sus determinaciones no es un error inocente: se vuelve un límite de la acción transformadora.
Ese método tiene un núcleo que le da rigor a todo lo demás. Para Iñigo Carrera, el valor no es sólo una categoría cualitativa ni una denuncia moral de la enajenación, sino una relación social objetiva que se impone también como una restricción cuantitativa, real y mensurable: la sustancia del valor (el trabajo abstracto) se expresa en magnitudes de tiempo de trabajo socialmente necesario, que regulan a ciegas y en promedio la asignación del trabajo social. De esa convicción nacieron sus polémicas más densas de los últimos años.
Su trayectoria universitaria no estuvo exenta de conflictos y luchas. En la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, donde había creado y sostenido durante años la materia La formación económica de la sociedad argentina y sus crisis, se intentó desplazarlo mediante un concurso que, en verdad, se trató de una maniobra académica y política en contra de Iñigo y de su obra. Pablo Rieznik salió entonces públicamente en su defensa, señalando que no se trataba sólo de una disputa administrativa, sino de la continuidad de una cátedra construida alrededor de una elaboración marxista original. Ese episodio mostró que su obra, aun con todas las diferencias que podía suscitar, no era una producción encerrada en el gabinete: intervenía en una batalla real por el lugar del marxismo en la universidad.
Su obra no fue cómoda ni unánime. Sus tesis sobre el valor, la renta, el Estado, el método, la subjetividad revolucionaria y el imperialismo merecen (y seguramente seguirán provocando) un análisis más amplio. Pero lo que corresponde señalar hoy es que Juan Iñigo Carrera produjo una obra vasta, original y exigente, que obligó a generaciones de militantes, docentes e investigadores a volver sobre problemas fundamentales de la crítica de la economía política y de la revolución social.
Despedimos a un militante intelectual que dedicó su vida a reconocer, bajo las formas más dispersas de la sociedad capitalista, la unidad del capital como relación social histórica, y en la clase obrera la fuerza de su superación.
