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El cineasta argentino Adolfo Aristarain falleció este domingo en Buenos Aires a los 82 años. Su muerte representa el cierre de una trayectoria clave para el cine en castellano, tanto en Argentina como en España, donde elaboró parte de su carrera.
Desarrolló un total de 11 películas y en otras seis trabajó como asistente. Entre sus realizaciones hay clásicos como “Tiempo de revancha” (1981), filmada en plena dictadura militar; “Un lugar en el mundo” (1992) y “Martín (Hache)” (1997). Durante sus últimos 20 años, el director argentino no avanzó con ningún proyecto. En una entrevista a El País de España en 2024, Aristarain explicó los motivos por los que no se había abocado a una nueva filmación. “A partir de 2010 paré. Y más tarde desarrollé la idea de hacer una historia de [Astor] Piazzolla. Pero en 2019 me operaron del corazón y recién hace un mes terminé la recuperación (…) Cuando tenía que arrancar con la recuperación, empezó la pandemia. Fui sondeando dónde conseguir el dinero, pero no calculé que la película era demasiado cara”, destacó.
Recientemente había recibido una importante distinción: la Medalla de Oro 2024 otorgada por la Academia de Cine por ser uno de los nombres fundamentales en la historia del cine en español. Aristarain, nacido en 1943 en el barrio porteño de Parque Chas, fue el primer realizador argentino en recibir este reconocimiento, que la Academia de Cine justificó por su contribución central al cine argentino y su destacado aporte a la cinematografía en castellano. Entre los galardones que resaltan en su carrera figuran el Goya a la Mejor Película Iberoamericana por “Un lugar en el mundo” y el Goya al Mejor Guion Adaptado por “Lugares comunes”.
El director reveló en varias oportunidades que su destino en el cine emergió después de aceptar que no podría convertirse en un buen trompetista, destino que imaginó durante años antes de dedicarse completamente al séptimo arte. Entre sus realizaciones, “Un lugar en el mundo” no sólo fue un éxito entre la crítica y público, sino que también quedó vinculada a uno de los sucesos más insólitos de los premios Oscar: la primera descalificación en la historia de los galardones otorgados por la Academia de Hollywood.
Estrenada en 1992, “Un lugar en el mundo” obtuvo un recorrido internacional sobresaliente y representó a la Argentina en distintos festivales y premiaciones. Sin embargo, su sendero hacia los Oscar fue diferente. Para participar en la categoría de Mejor película hablada en lengua extranjera, cada país debe designar una única película como representante oficial. Ese año, la Argentina decidió postular otro filme (“El lado oscuro del corazón”, de Eliseo Subiela) por lo que “Un lugar en el mundo” quedó fuera de la selección local, a pesar de su reconocimiento en San Sebastián, por ejemplo, donde se quedó con la Concha de Oro y el premio OCIC.
“Una vez que ´Un lugar en el mundo´ quedó afuera, ¿qué hacía? ¿Me quedaba en casa a llorar?", explicó el director para quien, junto a los productores del filme, sabían que tenían una obra con mucho potencial entre manos. Y, en medio de la rabia, se les ocurrió un plan maestro: llevar su película al Oscar representando a Uruguay. La estrategia dio sus frutos al principio. La Academia de Hollywood aceptó la postulación y el filme progresó en el proceso hasta ser una de las oficialmente nominados. Sin esperar a que se desate una polémica, Aristarain decidió adelantarse y explicar la decisión.
La película no sólo tenía inversores uruguayos, sino que su mujer, Kathy Saavedra, coguionista y vestuarista, era uruguaya, por lo cual, en los papeles, podría caber su participación en los galardones de la Academia. Y aunque en un comienzo todo iba bien, la situación cambió repentinamente. Tras una revisión más puntillosa, la Academia concluyó que la participación uruguaya no era mayoritaria y que, en esencia, se trataba de una producción argentina.
Como cada país solo puede designar una película, y la Argentina ya tenía representante ese año, el filme quedó inmediatamente fuera de competencia. Más allá de ese episodio, la película ya había consagrado su prestigio internacional y con el tiempo pasó a ser uno de los títulos más emblemáticos de la filmografía de Aristarain. El relato, centrado en una comunidad del interior y sus tensiones sociales, trascendió la polémica y se mantuvo como una referencia del cine argentino.
En cierta oportunidad, Aristarain declaró que se divertía como loco filmando y que tenía ganas de filmar, si hubiera una historia que le interesara. Esa inquietud, profundizó, “es una mezcla de todo. Es el cine que ves como espectador. El que ves filmar. Todo lo que leés, novelas, cuentos, historietas, un mundo del que no salís. Estaba metido en eso, no hacía otra cosa. Veía y leía mucho. Dentro tuyo se forma un gusto particular que desemboca en esto. Pero no creo en el cine que no cuente nada.”
Entre los nombres más convocados y admirados por Aristarain figuran actores y actrices como Federico Luppi, José Sacristán, Mercedes Sampietro, Eusebio Poncela, Aitana Sánchez-Gijón, Cecilia Roth, Juan Diego Botto y Susú Pecoraro. El director dedicó atención especial a sus intérpretes, convencido de que sin ellos “hubiera sido imposible hacer películas”.
Su respeto por directores como John Ford y Alfred Hitchcock se reflejó decisivamente en su estilo narrativo. Sin embargo, en cuanto a la actualidad del cine hollywoodense y la abundancia de efectos especiales, Aristarain puso el acento una vez más en la importancia de una buena historia. Sobre ese punto, en otra ocasión declaró que “el asunto de los efectos especiales me parece que no le mueve un pelo a nadie, porque llegó un punto en que pueden hacer cualquier cosa, terremotos, tsunamis, destruir una ciudad entera. Todo muy bien hecho, sí, pero, ¿qué cuentan?”.
