Escribe Nicolás Cadabón
El arte disputa el sentido de la guerra imperialista en el siglo XXI. Banksy ataca de nuevo.
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El multifacético artista, autor de trascendentales intervenciones en el espacio público, lo ha hecho otra vez.
En el corazón simbólico de Londres, durante la madrugada del miércoles 27 de abril y a pocos días del 1 de mayo, instaló una escultura en Waterloo Place, cerca de Buckingham. Como señala BBC Mundo: “Es una zona diseñada para conmemorar el imperialismo y el dominio militar británico en el siglo XIX”. La aparición del monumento sorprendió tanto a transeúntes como a autoridades. Mientras la noticia recorre el mundo, crece la incógnita: ¿qué pasará con la obra?
Técnicamente, se trata de una pieza realizada en resina y fibra de vidrio sobre un pedestal tradicional. El acabado imita el cemento en la base y el bronce patinado en la figura; a pesar de su apariencia robusta, la ligereza de los materiales facilitó un operativo de instalación secreto y relámpago, sello distintivo de su trabajo. Ubicada entre el monumento al rey Eduardo VII y el Memorial de la Guerra de Crimea, la escultura establece un diálogo crítico con su entorno. Al mismo tiempo que confronta las políticas imperialistas históricas de Inglaterra, funciona como un presagio de la embestida del imperialismo del siglo XXI: aumento de presupuestos bélicos y un horizonte de incertidumbre para el mundo y los trabajadores.
La figura —un hombre de traje, marchando de forma hierática mientras una bandera ondeante le cubre la cabeza y lo deja ciego— funciona como una alegoría de la política imperialista y del capital asociado a estos intereses. El personaje está a punto de dar un paso fuera del pedestal, evocando el proceso que relata Javier Maderuelo en su libro El espacio raptado. Ese paso inminente genera una inestabilidad en todo el conjunto; es, como diría Henri Cartier-Bresson, un “momento decisivo” presentado al espectador como el segundo previo al desastre. Este salto al vacío cuestiona directamente la dirección política y económica global.
Utilizando un formato formalmente asociado a la conmemoración de hitos históricos, Banksy se adelanta a su tiempo y recupera lo mejor del debate estético para cuestionar tanto los usos del arte como la marcha de los acontecimientos actuales. El presagio del artista interpela al mundo sobre la guerra imperialista en curso y la necesidad de cuestionarla como parte esencial de la intervención de los pueblos, verdaderos hacedores de la historia. Saludamos la audacia de artistas capaces de convertir su obra en la mejor herramienta para desarmar ese “sentido común” que dé común no tiene nada. El arte es, siempre y en todo lugar, un espacio de disputa.
