Escribe Silvia Jayo
La reacción en cadena del permafrost siberiano.
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El calentamiento global, provocado por la quema de combustibles fósiles, la deforestación y la acumulación prolongada de dióxido de carbono (CO₂), está activando otros mecanismos de retroalimentación crítica. Uno de los más importantes se desarrolla en el permafrost de Siberia, el suelo que ha permanecido congelado durante al menos dos años consecutivos y que, en vastas regiones, lleva miles de años congelado. La evidencia reciente muestra que el permafrost siberiano ya está degradándose: al descongelarse, la materia orgánica que contiene queda expuesta a la descomposición microbiana y puede liberar CO₂ y, en determinadas condiciones, metano (CH₄). La región almacena aproximadamente el doble del carbono actualmente presente en la atmósfera.
Un estudio publicado en Science (2026) muestra que el aumento de las emisiones de CH₄ en Siberia ya está en marcha y que, entre 2010 y 2023, se duplicaron. El estudio identifica dos procesos diferenciados: en Siberia occidental, condiciones más cálidas y húmedas favorecen la producción de CH₄ en los humedales; en Siberia oriental, condiciones más cálidas y secas intensifican los incendios y las emisiones asociadas.
Este aumento no puede atribuirse exclusivamente al deshielo del permafrost: las emisiones proceden de la combinación de la producción de metano en humedales y de los incendios, en un contexto de calentamiento regional. Pero el dato decisivo es que estas fuentes naturales están respondiendo al aumento de la temperatura y pueden amplificar el calentamiento. El estudio encuentra además que el incremento de las emisiones siberianas de CH₄ hacia 2050 podría compensar alrededor del 20 % de las reducciones de metano necesarias para alcanzar los objetivos climáticos.
La importancia del fenómeno no reside solamente en la cantidad de CH₄ liberado. Lo decisivo es que el calentamiento puede activar procesos naturales que, a su vez, incorporan nuevos gases de efecto invernadero a la atmósfera. El sistema climático comienza así a agregar nuevas fuentes de calentamiento a las producidas por la actividad social.
El metano introduce además un segundo reloj en la crisis climática.
El dióxido de carbono tiene una permanencia mucho más prolongada en el sistema climático y se acumula durante décadas y siglos. El CH₄ permanece mucho menos tiempo en la atmósfera, pero tiene un fuerte efecto de calentamiento en el corto plazo. Por eso, reducir las emisiones de CH₄ puede producir efectos relativamente rápidos sobre la trayectoria del calentamiento, mientras que la acumulación de CO₂ plantea un problema de duración mucho mayor.
El deshielo siberiano conecta ambos tiempos: el CO₂ prolonga la permanencia del calentamiento, mientras la liberación de CH₄ introduce una fuente de fuerte efecto climático en el corto plazo.
La cuestión fundamental, por lo tanto, no es solamente cuánto se emite hoy. Es también qué mecanismos está poniendo en funcionamiento el calentamiento actual y a qué velocidad pueden multiplicarse.
La ciencia climática registra así una contradicción cada vez más evidente: mientras los gobiernos calculan reducciones futuras de emisiones, el sistema físico del planeta ya está generando nuevas emisiones como consecuencia del calentamiento acumulado.
Las intervenciones de geoingeniería tecnológicas o biológicas a gran escala intentan manipular el ecosistema para atenuar el calentamiento global, es decir, neutralizar sus síntomas sin erradicar la causa de raíz (las emisiones industriales bajo la organización capitalista). Un ejemplo experimental desarrollado en Siberia es el Parque del Pleistoceno en Yakutia, Rusia, donde se estudia la reintroducción de grandes herbívoros para transformar la vegetación de la tundra. La teoría sostiene que el pisoteo de los animales compacta la capa de nieve durante el invierno, reduciendo su efecto aislante y permitiendo que el frío penetre más profundamente en el suelo para mantener congelado el permafrost. Sin embargo, una iniciativa localizada de este tipo es incapaz de escalar frente a la magnitud continental de la degradación del permafrost y de las emisiones asociadas.
Algo similar ocurre con la captura de CH₄ que, en instalaciones industriales puede funcionar, pero son incapaces de contener las emisiones difusas que emanan de millones de hectáreas de suelos y lagos.
A la vez, el deshielo afecta directamente la infraestructura extractiva de Siberia, corazón energético de Rusia. El deshielo del permafrost afecta carreteras, oleoductos, gasoductos, instalaciones industriales y ciudades construidas sobre suelos cuya estabilidad depende del congelamiento permanente. Ante las sanciones por la guerra de Ucrania, Moscú profundizó la exportación de hidrocarburos hacia China mediante el gasoducto Fuerza de Siberia y la Ruta Marítima del Norte, convirtiendo al Ártico en un foco acelerado de calentamiento y disputas entre potencias.
Incluso la investigación científica queda atravesada por esta situación. La guerra y la dificultad de acceder a extensas regiones siberianas aumentan la importancia de las observaciones satelitales para detectar y cuantificar las emisiones. La militarización y la competencia entre Estados no solamente profundizan la crisis energética y climática: también dificultan el conocimiento directo de sus consecuencias.
Tanto el IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático) que emite diagnósticos y cuantifica el impacto del deshielo, como el Acuerdo de París, que fija metas diplomáticas para limitar el aumento de la temperatura por debajo de los 2°C y buscar no superar los 1.5°C, no constituyen organismos imparciales ni alternativas independientes, sino instituciones adaptadas al orden imperialista y condicionadas por el lobby de los grandes monopolios petroleros, mineros y del capital financiero.
La reducción de las emisiones es indispensable, pero no equivale a una reversión inmediata del daño acumulado.
Incluso si las emisiones fueran reducidas drásticamente, el CO₂ ya incorporado al sistema climático continuaría ejerciendo efectos durante largos períodos. Los océanos seguirían absorbiendo calor y la expansión térmica del agua, junto con la respuesta de los grandes mantos de hielo, puede mantener el ascenso del nivel del mar durante siglos.
Esto significa que el objetivo no puede ser simplemente alcanzar una fecha futura de "cero neto" mientras se continúa acumulando daño durante las décadas previas. Cada tonelada adicional de CO₂ modifica el presupuesto de carbono disponible y cada aumento de temperatura puede activar nuevos mecanismos de retroalimentación.
El problema se hace todavía más evidente en Siberia: cuanto más se demora la reducción de las emisiones, mayor es el calentamiento acumulado y mayores son las posibilidades de activar nuevas fuentes naturales de gases de efecto invernadero.
La transición energética tampoco se desarrolla como una transformación planificada de la producción mundial. Está atravesada por la guerra, el rearme y la competencia por materias primas estratégicas.
La expansión de tecnologías consideradas "limpias" requiere enormes cantidades de cobre, litio, níquel, cobalto, tierras raras y otros minerales. Muchos de ellos se encuentran concentrados en regiones sometidas a disputas entre grandes potencias y empresas transnacionales. La electrificación y la digitalización, además, tienen una dimensión militar creciente.
La crisis climática y el deshielo siberiano no son meros problemas ambientales ni "fallas técnicas", sino la manifestación de la contradicción entre la producción social planetaria y la apropiación privada.
El CH₄ siberiano no es una amenaza aislada ni una catástrofe inevitable. Es una señal física de que el margen de tiempo se reduce y de que las acciones presentes pueden activar procesos que después resulten cada vez más difíciles de controlar.
La lucha contra el colapso ambiental es, por eso, inseparable de la lucha contra la guerra imperialista y por una reorganización socialista de la producción a escala internacional.

