A 75 años de Hiroshima y Nagasaki

Escribe Norberto Malaj

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En 1945, Japón estaba vencido y en las vísperas de su capitulación, la Italia fascista había caído hacía casi dos años; desde el 2 de mayo, Berlín estaba libre de la bota hitleriana. Las bombas estallaron el 6 y el 9 de agosto de 1945. “La catástrofe más concentrada y destructora que jamás se haya abatido sobre seres humanos”, diría el premio nobel de literatura Elías Canetti.

“A una altura de 580 metros sobre el centro de la ciudad y sobre el hospital Shima estalló la primera bomba nuclear de la historia con una fuerza de 12 mil 500 toneladas de trinitrotolueno. A las 8:17, en plena hora pico matutina, una enorme esfera de fuego envolvió al centro de la ciudad, la temperatura alcanzó 300 mil grados celsius en una millonésima fracción de segundo; las personas que estaban en el hospital se evaporaron y una onda expansiva de 6 mil grados de calor carbonizó los árboles a 120 kilómetros de distancia; de las 76 mil casas y edificios de Hiroshima, 73 mil desaparecieron. Mientras tanto se había levantado un hongo atómico de 13 kilómetros de altura que expandía material radiactivo por toda la región y, 20 minutos después, comenzó la lluvia atómica contaminando de muerte a las personas que habían escapado del calor y las radiaciones …Dos horas después habían muerto entre 90 mil y 200 mil personas, y el 80% de la ciudad había desaparecido” (La Jornada, 11/8/2005).

“Al igual que la ciudad de Dresde -destruida meses antes por la Fuerza Aérea británica- la mayoría de los habitantes de Hiroshima eran civiles, entre ellos 30 mil coreanos, 10 mil chinos y algunos estadunidenses prisioneros de guerra. Tres días después, el jueves 9 de agosto, la fuerza aérea de Estados Unidos lanzó otra bomba atómica sobre Nagasaki. Por causas que se desconocen la bomba se desvió y no estalló en el centro de la ciudad, las víctimas fueron 70 mil personas” (ídem).

Al momento de la primera explosión “Nadie está seguro de haber escapado al peligro y a la muerte; los efectos «secundarios» de la explosión nuclear son más terribles que cualquier otro síntoma, destruyen todos los pronósticos «normales» de la medicina, nadie sabe qué tienen los heridos. (El Dr.) Sasaki se dio muy pronto cuenta de que avanzaba a ciegas en medio de la oscuridad más absoluta …. La gran mayoría de los heridos nunca llegará al hospital; al atardecer del 7 de agosto de 1945, el pastor Tanimoto transporta a los heridos de la explosión de una orilla a la otra (de la ciudad), que todavía no está en llamas. Tanimoto se improvisa como barquero, va de un lado al otro, infatigable, toma las manos de una mujer para subirla a bordo y su piel se desprende en grandes pedazos que parecen guantes, la mujer se va deshaciendo por partes hasta desaparecer en el agua. A pesar de su pequeña estatura, Tanimoto logra poner muchos cuerpos en la otra orilla, pero la piel de los heridos está viscosa y azul. El doctor Sasaki se estremece al imaginar todas las quemaduras que ha visto en el día, heridas nunca antes vistas: amarillas, luego rojas e hinchadas, con la piel acostrada, y al final, cuando llega la noche, supurantes y hediondas” (ídem).

Hiroshima tenía 225 mil habitantes. Sobrevivieron sólo 25 mil. Dos días después, el 8 de agosto, la Unión Soviética invadió Manchuria y le declaró la guerra al Japón. El 14 de agosto el imperio japonés anunció su rendición incondicional. Al día siguiente se levantó la censura vigente durante todos los años de guerra, con excepción de que no se podía informar sobre los efectos de la bomba atómica (rigió por casi dos décadas).

El ´arma milagrosa´ salvó, sin embargo, al imperio de Japón y hasta su figura más icónica: el emperador Hirohito, quien gobernó ininterrumpidamente desde 1926 hasta su muerte en 1989.

Un tribunal internacional declaró entonces que “los bombardeos aéreos de ciudades y fábricas se han convertido en práctica habitual y reconocida por todas las naciones”, o sea que desde el momento que el bombardeo de civiles se había convertido en derecho común y no serían punibles. “Cuando el 16 de julio se llevó a cabo el primer ensayo de la bomba nuclear, Leo Szilard (uno de los que la diseñó) y otros 69 científicos enviaron una carta al presidente Truman solicitándole que no se arrojara la bomba sin antes prevenir al adversario. Los militares interceptaron la petición y se ocuparon de que no llegara nunca a manos del presidente Truman” (ídem).

Truman en un diario íntimo escribió durante la Conferencia de Potsdam “Hemos desarrollado la más devastadora de las armas en la historia del género humano (…) La vamos a emplear contra Japón (…) Los objetivos militares serán soldados, marinos, pero nunca mujeres o niños. Aunque los japoneses sean unos salvajes, crueles, implacables y fanáticos, nosotros, los líderes del mundo y los defensores del Estado de bienestar, no debemos arrojar esta bomba terrible sobre la antigua o la nueva capital” (citado en “Hiroshima: la última historia, de Florian Coulmas (2005).

“Wilfred Burchett, un periodista australiano, publicó el 6 de septiembre de 1945 en el London Daily Press un reportaje sobre Hiroshima que demolió la censura y reveló el verdadero horror: «Treinta días después de que la bomba atómica destruyera la ciudad de Hiroshima y estremeciera al mundo, la gente que sobrevivió al cataclismo sigue muriendo en forma enigmática y aterradora, de síntomas desconocidos; sólo puedo describir ese síndrome como la plaga atómica «. Burchett había visitado el único hospital fuera de la ciudad y vio a cientos de pacientes en el suelo: sus cuerpos estaban demacrados y despedían un hedor insoportable, muchos sufrían graves y profundas quemaduras. «Sin alguna razón aparente, su salud comienza a deteriorarse -escribía Wilfred Burchett en su reportaje-, se presentan fallas multiorgánicas, pierden el apetito y el pelo de la cabeza, sus cuerpos se cubren de manchas azules y, antes de morir, sangran por los ojos, la nariz y la boca. Los médicos japoneses les inyectan vitaminas, pero la carne de los enfermos se pudre al contacto con la aguja. Hay algo que acaba con los glóbulos blancos, pero no sabemos qué es. ¿Cómo podemos detener -se preguntaba el doctor Katsuba, director del Hospital- esta aterradora enfermedad?»” (ídem).

“Una semana después el general Robert Farell invitó a 12 científicos a Hiroshima, y les «demostró» que la explosión nuclear no había dejado rastros de contaminación radiactiva. Ya para entonces el general Groves aseguraba al Congreso que la radiación no causaba «sufrimiento inhumano» a sus víctimas; «por cierto», afirmaba el general, «es una manera muy placentera de morir»” (ídem).

Que Japón estaba vencido y no se requería ningún ´arma milagrosa´ para salvar vidas de soldados estadounidenses y provocar la capitulación final es un hecho en el que hay casi unanimidad. Lo ratifican documentos descifrados del Pentágono en años recientes. Hirohito había dado señales, en junio, de querer entrar en negociaciones. Un historiador holandés, Bert V. A. Röling, dice: “A principios de julio, el general Dwight Eisenhower consideraba que la rendición del imperio japonés era inmediata. ¿Harry Truman evitó las negociaciones de paz con Japón porque le habrían impedido lanzar las bombas?” (ídem).

Tras la capitulación de Japón, EE.UU. ocupó el archipiélago e “hizo lo imposible para que Japón rehusara la ayuda de la Cruz Roja Internacional. Durante siete largos años (1945-1952), a los médicos y los científicos japoneses se les prohibió el acceso a los historiales clínicos de las enfermedades producto de la radiactividad, que acaso hubiesen servido para encontrar tratamientos y curaciones más efectivos. Los equipos médicos de Estados Unidos examinaban a las víctimas, pero no las atendían porque, al parecer, significaba reconocer su culpa” (ídem).

La barbarie nipona en la región no tuvo nada que envidiarle a la hitleriana en el teatro europeo. Antes de las dos bombas atómicas Japón sufrió entre el 17 de noviembre de 1944 y mediados de 1945 “el bombardeo no-nuclear más destructivo de la historia” según diversos historiadores (véase wikipedia). Se estima que murieron en Tokio y otras ciudades más de 1 millón de personas.

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