Gabo Ferro

Escribe Federico Cano

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Murió, sorpresivamente, Gabo Ferro, cuando su voz.se encontraba en plena potencia. Víctima del cáncer, a los 54 años. Artista en general, porque demasiadas precisiones incurrirían en injusticias, Gabo Ferro deja un tendal de canciones, discos y textos. Como todo lo bueno, crecen con paciencia e intensidad en el tallado lento de convertirse en obras canónicas, centrales, de la cultura y el arte argentino del agitado siglo XXI. Gabo Ferro no le habló a su tiempo - excesivamente moderno pareció siempre fuera de lugar: un juglar, un trovador, acaso, en el siglo del Argentinazo.

Su trayectoria musical dialogó, es sabido, con su trabajo como historiador. Líder en los noventas del grupo hardcore Porco, el hijo de un trabajador del Frigorífico Lisandro de la Torre y una concienzuda ama de casa abandonó por largos años, peleado, la música para licenciarse y ser profesor de Historia. Su último concierto antes de dejar la música durante una década, recuerda ahora la prensa, fue en el 97 en el auditorio del Hotel Bauen. Y claro, también por eso lo convocamos, la conciencia histórica de Gabo Ferro, que transmutó en canciones preciosas, lo motivó a poéticos actos políticos. A días de cumplirse diez años del crimen de Mariano Ferreyra cabe el recuerdo del aullido lírico de Ferro en su tema “Ay, asesino”, incluido en el álbum “Cuerpo. Canciones a partir de Mariano Ferreyra”. En la pieza, el criminal, posiblemente Pedraza (la imagen inalienable del asesino de Mariano), aparece como un rey torpe, caricaturesco, que con todo el daño que causa, no puede sino ser insignificante: “Ay asesino, ay asesina / Que ojo tan corto apuntó tu mira / Que dio en el hombre que no moría / Justo, certero, muerte fallida (…) Pobre asesino que no asesina / No hay vía muerta si se camina / No habrá hombre muerto si no se olvida / Que la memoria se multiplica / Con estos hombres que se convidan / La muerte a esto no se le anima / Pobre asesino, pobre asesina”. O recordar también sus producciones más recientes, donde narraba el drama de los despidos durante el macrismo: “Quiero que me tapes mi amor / La boca de un beso / Entre tanto grito y dolor yo te necesito / Necesito que digas que aún tengo mi trabajo / Para poder pararme en mis pies / Amor, yo te necesito”.

Después de largos años, Gabo Ferro volvió a entrar a un estudio. Lo hizo a instancias del guitarrista de Pez, Ariel Minimal, y financiado por el extraordinario poeta cordobés Vicente Luy. Con “Canciones que un hombre no debería cantar” (2005) inició su arrojo más poderoso como poeta y cantante. Le siguieron por lo menos quince álbumes, entre propios y colaboraciones. Participó, como cantante, en la vida literaria contemporánea, en un gesto a la Dylan. Deja discos extraordinarios, como “Todo lo sólido se desvanece en el aire” (2006) que rescata al Manifiesto Comunista con su “anti-tapa” -un breve ensayo que cita la obra de Marx y Engels-, un objeto corrido del fetichismo del consumo cultural. En canciones lindantes al folclore, a la opereta, a la chanson francesa, al canto lírico, al folk o a la experimentación vocal, pero nunca precisas, Gabo Ferro construyó escenas. Pequeñas y delicadas. Despojadas y aparentemente insignificantes. Mostrándonos históricos, repetitivos, movidos por pasiones sobre las que tenemos un control solapado, el cantante apela no tanto por mostrarnos lo que somos, sino lo que fuimos y lo que podemos ser. Demasiado humana, quizás. Graciosa, dramática, irónica, teatral, excesiva, histérica como un chisme, la música de Gabo Ferro tiene aún un recorrido extraordinario. Ya nos pertenece a todos.

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