La crisis capitalista y la lucha por el socialismo

Escribe Marcelo Ramal

Hacia la 2ª conferencia nacional del Partido Obrero (Tendencia)

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Es indudable que la pandemia se ha convertido en un factor histórico propio en la crisis capitalista.

No es un factor suplementario; es la crisis mundial en sus múltiples manifestaciones, entendida como totalidad en el impasse del régimen histórico presente. Desde la depredación del medio ambiente hasta la inviabilidad de las condiciones de vida, de trabajo, de habitat y de la atención sanitaria, la propagación del virus puso de manifiesto una crisis de la misma humanidad, bajo las condiciones del capitalismo.

Por lo pronto, el abordaje capitalista de esa emergencia se reveló incompatible con las formas actuales de existencia. Privó al capital de la disposición incondicional de la fuerza de trabajo – que el lenguaje convencional convirtió en “incertidumbre”. Los regímenes capitalistas, desde los trumpistas a los llamados progresistas, dirigieron sus recursos, en primer lugar al rescate del capital. Minentras la CEPAL planteaba la necesidad de “adoptar una economía de guerra”, o sea de racionamiento, el Estado orientó sus recursos y el monopolio de la fuerza a rescatar la Bolsa, incluso cuando Europa y Estados Unidos atraviesan una ´segunda ola´ exacerbada de contagios y fallecimientos. El apresuramiento en la aprobación de vacunas que no han atravesado todas las fases de experimentación, deja el descubierto, además de la desesperación política, una lucha tremenda por el control del mercado de la salud entre diversos monopolios y sus estados.

Los estados capitalistas ingresan a lo que llaman ´la pospandemia´, no solamente en un cuadro agravado de endeudamiento y potencial de default, sino con el control económico de las principales corporaciones capitalistas, que recurrieron a su socorro. La disputa por el mercado mundial abandona su ropaje de libre competencia para transformarse en una guerra de múltiples dimensiones. Lo prueba la crisis desatada en la alta cúpula militar de EEUU y la OTAN, acerca del retiro de tropas de Afganistan e Irak, que es denunciada como funcional a los intereses de China, que enfrenta una grave crisis nacional en la frontera oeste del país.

“Estado de excepcion”

Las primeras medidas de ´aislamiento obligatorio´ fueron caracterizadas (ver al conjunto de intelectuales conocido como “Sopa de Wuhan”) como el establecimiento de “un estado de excepción”, que culminaba un largo desarrollo de liquidación de la democracia burguesa. Lo mismo ocurrió, por parte de diversas corrientes de izquierda, en Argentina, que añadieron, de su cosecha, la inminente militarización del país. Pero la descomposición de la democracia burguesa se desarrolla en un marco de confusión y desorientación de la burguesia mundial, como lo demuestra el destino de Trump, Bolsonaro, Áñez y Piñera, entre otros. La emergencia sanitaria, un pretexto ideal para avanzar en la regimentación social y política, se convirtió en piedra de discordia, porque suponía nada menos que el cierre de la actividad económica. A la Sopa de Wuhan le faltaba el ingrediente de la dialéctica, o sea de abordar los fenómenos históricos como totalidad. De otro lado, la disolución de la democracia burguesa no solo supone la incapacidad de la clase dominante para gobernar en los términos tradicionales, también supone la indisposición de los explotados para seguir siendo victimizados como de costumbre. Por eso la pandemia y las cuarentenas fueron acompañadas, principalmente por rebeliones populares que se fueron gestando con anterioridad, y por otro lado por protestas ´libertarias´ que encierran el gérmen de movimientos fascistas eventuales. La crítica al ´estado de excepción´ se convirtió en bandera de la derecha, en tanto que la de los trabajadores era la protección de la vida, o sea el desenvolvimiento de todos los medios económicos y sanitarios para la protección de las masas.

En pocos meses la gestión capitalista de la pandemia devino en crisis políticas de envergadura, derrumbes económicos y desplazamientos politicos. El vendaval de esta crisis arrastró a la administración Trump y agravó el impasse de sus satélites continentales, como Piñera o Bolsonaro. En Estados Unidos, el paquete de 12 billones de dólares para rescatar a las corporaciones capitalistas no hizo más que agravar la crisis, en la medida que reforzó a las operaciones especulativas y provocó 40 millones de desocupados. Como en todo el mundo el proceso electoral norteamericano ha sido una manifestación distorsionada del derrumbe del equilibrio político en Estados Unidos y de una tendencia a la polarización de la lucha de clases.

Argentina

En Argentina, la pandemia puso de manifiesto la precariedad de la coalición política que se había improvisado un año atrás para sortear una crisis de poder. Los limites de la alianza urdida entre el kirchnerismo, perdidoso de varias elecciones anteriores, y los ex socios del macrismo, en el Frente de Todos, se pusieron de manifiesto enseguida. La advertencias acerca de aprestos “bonapartistas”, por parte de los Fernández, medidas ´de excepción” y despliegue represivo del ejército, acabaron como un caso patológico de impresionismo izquierdista. El régimen evitó, por sobre todo, recurrir al estado de sitio, y recurrir a la ´unidad nacional´ en lugar del gobierno personal. Las tempranas medidas de aislamiento fueron rápidamente barridas por la desorganización del estado y el sabotaje capitalista. Un estado capitalista en default es incapaz, por definición, de encarar con claridad cualquier crisis sanitaria de envergadura.

La “política económica de la pandemia” agravó todos los desequilibrios económicos: el gobierno destinó el 70% de los dos billones de pesos aplicados a la emergencia a subsidios y rescates diversos a grupos capitalistas. Antes que esos recursos vaciaran las reservas del Banco Central, , Guzmán y Kicillof se encargaron de hacerlo, al pagar los intereses de una deuda defolteada, en negociación.

En ¡marzo de 2020! nuestra Tendencia planteaba: “Con la perspectiva de cuarentenas crecientes, la salida que se pergeña es improcedente, porque para mover la producción no alcanza el dinero – hay que movilizar la fuerza de trabajo. El dinero no crea valor – depende de la fuerza de trabajo. El descuido de la fuerza de trabajo, por parte del capital, no es novedad – las condiciones y métodos de trabajo son cada vez peores. (…) En estas condiciones, los rescates a los capitales super-endeudados o en default, no irán a la producción sino al dinero” (“El capital infectado por el virus”, Jorge Altamira, Política Obrera, 26/3/20)

Esta quiebra financiera del Estado opera como dínamo de un régimen político en verdadera disolución. La Corte Suprema, que ha quedado como árbitro de la escalada judicial de los dos principales bloques políticos del régimen, preside un Poder Judicial inmerso en una lucha de camarillas. Las causas de corrupción o lavado envuelven a buena parte de la clase capitalista ´nacional´, también en default, por la imposibilidad de renegociar una deuda externa superior 80.000 millones de dólares, y no poder girar utilidades, intereses y dividendos. La crisis monetaria y cambiaria de Argentina es un resultado de este cuadro de default, que no fue superado por el alargamiento de plazos negociado con los fondos internacionales. Argentina no enfrenta ´restricciones externas´, como lo demuestra que fue capaz de acumular una deuda pública y privada de más de 400 mil millones de dólares, sino una bancarrota del capitalismo.

La precariedad de la coalición oficial se pone de manifiesto en el intento cristinista de soldar un “acuerdo nacional” para sustentar el acuerdo con el FMI. La Vicepresidenta se adelantó a una exigencia que ahora reclama el propio FMI. El acuerdo se ha convertido en la piedra de una disputa política; en lugar de unidad, división. De conjunto, todo en Argentina es hoy inviable: la economía, el régimen político, los acuerdos, el Poder Judicial, el sistema de salud, el conjunto del Estado. En lugar de un bonapartismo o gobierno de poder personal, con instrumentos de ´estado de excepción´, Argentina marcha a un bonapartismo de suma cero, o sea que no tiene capacidad de gobernar. El nudo de este paquete será desatado por una intervención histórica independiente de la clase obrera.

La hipótesis de una polarización política

Los voceros del kirchnerismo aseguran que el gobierno no tiene un ´plan de ajuste´, para conformar las exigencias del FMI, sino un ´plan de crecimiento´ que pondrá fin al ajuste en el futuro. O sea que se trataría de un ´ajuste´ benigno, que no haría metastasis. Se trata de un relato expuesto sin la menor vergüenza. Expresa el reconocimiento de una política anti-obrera con argumentos defensivos. En efecto, estamos ante un gobierno defensivo, un gobierno de maniobras, astucias y estafas. Con diferencias de grado, es la situación política de toda América Latina, y de numerosos países más. Explotan la crisis de dirección, o sea de orientación, programa, planteos de organización, de la clase obrera. “Una chispa”, de todos modos, alcanzaría para “incendiar toda una pradera”.

La ´reapertura´ para poner en movimiento la economía, sin ninguna mejora en la atención sanitaria y la sola expectativa en la vacuna, ha incrementado las movilizaciones y reclamos de todo tipo, que nunca dejaron de estar presentes en la cuarentena. El movimiento de la salud protagoniza una escalada de huelgas por el salario y las condiciones laborales de médicos, residentes y enfermeras. La escalada inflacionaria, que es la consecuencia inevitable de la devaluación consentida por Fernández-Guzmán, empuja a la revisión de las paritarias truchas arregladas bajo la pandemia, como ocurre en la alimentación, en metalúrgicos, en todo el transporte y varios otros gremios cruciales. Esta planteado un aumento general de salarios y jubilaciones, que recupere el poder adquistivo confiscado y establezca un nuevo piso a la movilidad de los ingresos por inflación. El ´retorno a las aulas´ ha desatado una rebelión entre los docentes y las familias de los alumnos. El movimiento de desocupados también vive un ascenso. Los preparativos electorales para el año se encuentran condicionados por este escenario convulsivo.

Las elecciones de 2021 son vistas con aprensión por las fuerzas políticas patronales en presencia; temen posibilidades de división. La eliminación de las Paso solo serviría para alargar la fecha de votación, a octubre, sin previas. Aunque ningún sondeo de opinión registra todavía una tendencia a la fragmentación, ella se encuentra presente tanto en el FdT como en JxC.

La aparición de las vacunas contra el coronavirus no disipa, de ningún modo, la tremenda crisis social que ha expuesto la pandemia. Un programa que enlace la situación actual con una lucha política de masas debe tener como eje la cuestión de la salud y la vivienda, y la desocupación, los salarios e ingresos, y la pobreza. Un acuerdo con el FMI, que apunte a reconstruir un financiamiento de la economía, tendrá por eje la libertad cambiaria, o sea la libertad de giras beneficios al exterior, y por lo tanto una unificación devaluatoria del tipo de cambio. Implicará aumentos de tarifas de servicios y en especial de la salud y los medicamentos. Es necesario un programa de transición relacionado con las peculiarides de este período. Si se observa bien, las reividicaciones dejadas por la pandemia se van convirtiendo en el eje de las rebeliones populares que cubren América Latina.

En este marco revolucionario se destaca la ausencia de un atisbo siquiera de hegemonía política socialista. La llamada extrema izquierda sigue en todos lados una línea democratizante, que expresa la expectativa de recoger las migajas de la descomposición capitalista, no su derrocamiento revolucionario. El “ascenso de la izquierda” ha tomado un rumbo democratizante, al confundir los avances electorales con el arribismo parlamentario, en lugar de caracterizarlo como la posibilidad de desarrollar una hegemonía socialista. Esta cuestión es lo que le da a la lucha política en la izquierda un carácter estratégico.

Un programa de transición adecuado a la presente etapa no es un listado de nacionalizaciones en serie por parte de una minoría política, que además es defendido como medio de recaudación fiscal ´eficaz´ o para superar la llamada ´escasez de dólares´. La conferencia nacional del Partido Obrero (Tendencia) tiene el objetivo de elaborar un programa de reivindicaciones transitorias, entendido como un método de movilización contra el estado burgués y sus ajustes, y como una lucha política para dotar de contenido socialista la lucha de clases de las masas.

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